2015

2015/50

I

No hace mucho, en un repentino ejercicio de la memoria, le pedí a un grupo de amigos que pensaran en su recuerdo más lejano. Algunos se vieron, de pronto, en medio de un paisaje impreciso, como los felices protagonistas de un hecho que, por su dimensión, aún mantenía vivos algunos matices. Se veían muy pequeños o, más bien, veían el entorno desde esa perspectiva infantil que despoja de relumbrón una escenografía mental, acaso imaginaria. Otros, de plano, acotaron su búsqueda en la adolescencia; en el repentino latigazo de un amor inicial o en la bofetada de un desencanto. Todos, coincidentemente, trazaron diversos escenarios que hoy ya no existen. O, al menos, ya no se reconocen en el entorno de una ciudad que ha cambiado la naturaleza de su arquitectura. Cuando me tocó el turno, sólo atiné a ver a mi madre de frente, subido en una cama mientras me vestía para ir al kinder o la escuela. No me vi en su mano, aunque podría apostar por esta escena como una de las más comunes que me siguieron en mi infancia. Lo demás pasa por un recordatorio recurrente de mis padres hacia hechos aún más lejanos; actos que no puedo asir y que son irrecuperables. El primer amigo  que tuve se perdió en la noche de los tiempos. Recuerdo, eso sí, el entusiasmo al ver a la primera niña que me regaló el vértigo (¿Alejandra?) y las innumerables veces que recorrí el camino de mi casa a la escuela con ese andar cansino de quien va a cosechar aire entre las piedras.

Ha pasado mucho tiempo desde entonces. La única historia visible de una ciudad que ya no es, o de una época donde uno necesitaba de muy pocos valores domésticos para sobrevivir, se mantiene latente en el rasero de la memoria, tal vez con la fragilidad de una ensoñación. ¿Existió alguna vez Armenta Hermanos, el abarrote donde mi padre compraba sus básicos todos los domingos, en el lado sur del vetusto Mercado Garmendia?¿Y Nevería Morales, un sitio entrañable donde llegábamos a desayunar?¿Y el Tropical, un restaurante de mariscos enfrente del edificio de correos?¿No los está inventando mi memoria en su afán por mantener a flote el perfil de un rostro de ciudad cuyos gestos paulatinamente se borran?

Este año que recién inicia, un servidor cumple medio siglo de vida. De aquel niño a quien su madre tenía que subirlo a la cama para poder dibujarle la partidura, a este hombre aplacado por un arraigo que le deja sentir el pulso de un mundo cambiante, caprichosamente convulsivo, ha habido una revolución interior que renuevan las pasiones permanentes: la literatura que busca sus asideros en la disposición intelectual del lector, la proximidad de su concierto polífónico; la música y sus muchas formas de reconciliación con un lenguaje invisible; mis amigos y el recordatorio de una humanidad temblorosa, necesaria; mi familia y ese cálido recipiente que llenan el amor y la paciencia, en fin.

En 50 años me ha tocado ver cómo una ciudad aburrida y pequeña, se convirtió en una ciudad caótica y pretenciosa; sumida en el autoritarismo que se reproduce en  la calle, en la forma de conducir de la gente; en la manera de asumir la incivilidad al hacer uso de los cajones azules de estacionamiento; en su cinismo al seguir llevando -un sector de jóvenes- el crimen organizado y su cúmulo de próceres a una infeliz sacralización.

Sin embargo, también me ha tocado ver a otro sector de jóvenes en las librerías buscando títulos de moda; aplicados a una disciplina lectora cuya calidad en la selección se la irá dando su propio devenir. Los escucho hablar de asuntos serios. Los veo manifestarse plenamente y reconciliarse con un vitalismo esencial, subversivo, rebelde. Los veo informados y hurgando en la red maneras de recapitular este conocimiento en plataformas que, fragmentariamente, los documentan. A la edad de ellos, vaya, yo atinaba a repetir gestos y lecturas en medio de la aridez.

Por eso, al hablar del año que comienza me es inevitable aludir a la persona que enfrenta 50 años de pasado y no sale indemne.

II

¿Qué espero del 2015? Espero, en el plano político y social, que no se repita un hecho como el de Ayotzinapa. Que las manifestaciones artísticas que han llevado a un plano simbólico este crimen, apunten pacientemente hacia los diversos hechos -inmodificables- que hacen de este país un territorio cruento, amordazado, aplicado a un régimen que procura la manutención de muy pocos y el sacrificio de la mayoría, sostenido desde abajo por el asesinato y la impunidad como norma y el poder fáctico como sistema.

Hace algunos años, cuestionaba a un amigo poeta sobre las posibilidades de la realidad social y política de México como tema del aparato creativo de los escritores actuales. En ese momento, se había reinaugurado un activismo bastante dinámico que atacaba la llamada guerra contra el narco de Felipe Calderón. Desde las redes (sí, ese espacio de libre arbitrio donde cabe la discusión pero también la banalización y el escarnio) se convocaban a distintas manifestaciones que concluían, a veces, con lecturas poéticas o conciertos informales de música. Mi amigo me dijo que, en la poesía, en su expresión primigenia, en la búsqueda que, acaso, le había dado origen, ya latía una forma de transgresión y que sólo era cuestión de llevarla de la mano hacia los territorios minados del presente nacional. Imposible negar la existencia de una poesía política en México. Más difícil soslayar esa poesía de raigambre humana que ha dotado de energía vocativa la tradición. En este 2015, creo, la poesía debe seguir aspirando a ofrecer, dentro de su gama de artilugios, esa dosis de lodo y sangre por los que respira el aire patrio. Fuera de esto, esperaré con gusto los nuevos libros de Jorge Humberto Chávez, Luis Jorge Boone, María Rivera, Luigi Amara o Julián Herbert.

En cuanto a la narrativa, luego del empacho de la novela del narco, y de algunos brillantes ejercicios de autoficción, algunos autores se han dado a la tarea de enfrentar el mapa nacional trazando, en sus diversas regiones físicas o linguísticas, el periplo de personajes transformados por la violencia. De La Fila India, de Antonio Ortuño, a Cualquier Cadaver, de Geney Beltrán, pasando por ejercicios voluminosos de gran riesgo narrativo como Anatomía de la memoria, de Eduardo Ruiz Sosa, o ese canon de voluntad expresiva como La transmigración de las almas, de Yuri Herrera, hablamos del progreso de la novela hacia un campo de referencia que exploran momentos históricos o consecuencias históricas con muchísima fortuna. Ojalá podamos ver, en este año, la confirmación de este progreso que apunta hacia la elusión de los criterios mercantiles que, durante muchos años, han regido las mesas de novedades en las librerías del país. Esperaré con gusto lo que nos puedan decir autores mayores como Cristina Rivera Garza, Álvaro Uribe, David Toscana o Juan Villoro.

Al final, termino por aliarme a las palabras de Geney Beltrán sobre sus perspectivas hacia la narrativa que se gesta en el país, y posiblemente, más allá de sus fronteras: “Uno querría que, en cualquier latitud y en cualquier época, un libro de narrativa se planteara los siguientes objetivos: lucir una prosa bella y potente, tratar un tema de trascendencia humana, presentar un enfoque crítico sobre la realidad. En el contexto mexicano e hispanoamericano, son pocos los autores que parecen darle peso a esas posibilidades en la escritura de ficción. Predominan ejercicios huecos, tibios, complacientes, sin densidad ni ambición creativa. Así, por ejemplo, uno de los temas de mayor y más perentoria presencia en la sociedad, el de la violencia, querría yo que fuera tratado lejos del amarillismo y el miserabilismo, y más bien en busca de identificar los conflictos morales que en la psique de los individuos produce. Esa es la prerrogativa de la ficción: a través de historias particulares explorar los nudos más profundos de la experiencia humana.”

Written by r00t

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