Ensayo para una orquesta

 

Gerardo Ascencio

La creación de la Orquesta Sinaloa de las Artes en septiembre de 2001, fue un evento cultural en toda la extensión del término. A casi tres lustros de distancia, ha demostrado tener pertinencia como programa de difusión cultural, una repercusión significativa en las áreas de fomento y capacitación, y ha consolidado una imagen positiva para la institución cultural y para el estado.

Desde su creación, se planteó como detonador de un movimiento artístico en Sinaloa. Por eso el nombre de Sinaloa de las Artes; no solo por su concurrencia nominal con el Festival Sinaloa de las Artes y el premio del mismo nombre, sino porque fue pensada para impactar en todas las artes escénicas. A la fecha de este recuento, la orquesta ha presentado música de concierto, de cámara y de fusión con la música popular, al igual que óperas, operetas y zarzuelas; ballets clásicos y danza tanto folclórica como moderna; y, finalmente, montaje teatral.

Ha trabajado también con diferentes compañías artísticas y artistas de Sinaloa: Delfos, Tatuas, Delta Teatro, ballets folclóricos de Mazatlán y Culiacán, diversos coros infantiles y mixtos, cantantes y solistas.

Este trabajo es una crónica que recoge un poco de la historia de las agrupaciones orquestales en Sinaloa hasta el primer tercio del siglo XX, datos acerca de la Orquesta Sinfónica del Noroeste  (OSNO) y la crónica de los primeros nueve años de la Orquesta Sinaloa de las Artes, en los cuales me tocó participar tanto en su diseño como en el trabajo cotidiano.

Agradezco al historiador Sergio López Sánchez su contribución para este trabajo, consistente en notas periodísticas y varios programas de mano de la primera temporada de la OSNO.

1). Los primeros acordes

Seguramente desde los tiempos de las evangelizaciones franciscanas y jesuíticas se formaron los primeros grupos orquestales en Sinaloa con instrumentos europeos. Huella de eso es la utilización de instrumentos como el violín y el arpa en la música yoreme, al igual que se encuentran también trazos de la música vocal, en particular del gregoriano. Sin embargo, poco se conoce acerca de estos grupos orquestales y corales, así como de su repertorio.

Andrés Pérez de Riba, citado por el profesor Manuel Flores, mencionaba en “Los triunfos de la Santa Fé” que el padre Gonzalo de Tapia, “después de catequizar por el rumbo de Topia, se dio una vuelta por su favorecedora hermana la villa de Culiacán, (y) en ella hizo diligencia para que le diesen algunos cantores que fuesen en su compañía (a la Villa de san Felipe y Santiago, hoy Sinaloa de Leyva) llevando algunos instrumentos musicales (y) celebrasen la alegre pascua de navidad, que ya se acercaba’”. Este proceso se vio sin duda interrumpido hacia el último tercio del siglo XVIII, cuando –por órdenes del rey Carlos III de España– se expulsó a los jesuitas de la Nueva España.

Más tarde, en el siglo XIX, después de la guerra de Independencia, empieza a haber datos acerca del cultivo de la música en Sinaloa. Narra Helena Simonett que una de las pocas notas al respecto a principios de ese siglo, fue escrita por Juan M. Riesgo, primer gobernador constitucional del estado, quien relató hacia 1820,  que aunque la música estaba aún en atraso, “en El Rosario es donde se ha aventajado un poco más; pero se entiende que hablamos de la música por principios, pues donde quiera se encuentra un biolín (sic), hasta en el rancho más miserable”.

Escribe también Simonett: “No fue sino hasta la segunda mitad del XIX que las referencias a la vida musical de las comunidades urbanas aparecieron más frecuentemente. Los diarios de Mazatlán anunciaban regularmente las compañías de Zarzuela que visitaban el teatro de la ciudad y los conciertos al aire libre ejecutados por la banda militar, que pertenecía a la guarnición de Mazatlán”.

Es muy conocida, de hecho, la historia de la Compañía Italiana de Ángela Peralta, que llegó a Mazatlán hacia 1883 para encontrar su destino: 76 de los 80 integrantes se contagiaron de fiebre amarilla y murieron en el puerto, incluyendo la propia Peralta, el “Ruiseñor Mexicano”.

Sin embargo, tenemos noticias que en Mazatlán, desde catorce años antes, ya se habían formado por lo menos una orquesta y un coro. Dicen las crónicas de la época: “El inteligente profesor don Doroteo Segundo ha establecido una academia de música vocal e instrumental, protegida su formación por el comercio de este puerto y a petición del ciudadano Jesús Escobar. Una suscripción voluntaria bastó para comprar todos los instrumentos necesarios para la enseñanza de los jóvenes que se han presentado para aprender tan glorioso como delicioso arte. Sabemos que algunos de los alumnos de las escuelas municipales han registrado ya sus nombres entre los discípulos del ciudadano Segundo; que el número que recibe lecciones diariamente pasa de treinta y que la dedicación del profesor es esmerada; voluntariamente han ofrecido dar serenatas con estos nuevos discípulos del arte de Euterpe, tan luego como ya comiencen a las piezas bastantes para agradar la concurrencia a la Plaza principal”.

Más adelante, con el apoyo de los notables del puerto –entre ellos los comerciantes y mineros alemanes establecidos ahí, como los Melcher, Karmann, Scoberl, Weher y otros– apoyaron una función en beneficio de la Sociedad Lancasteriana. Se consigna que “El distinguido actor don Miguel Rodríguez y Gabutti a su nombre y en el de la Compañía dramática dedica la representación de mañana a la Escuela de Artes que la Sociedad Lancasteriana de este puerto desea fundar.

“Muy laudable es la concurrencia desinteresada de estos artistas en fomento de tan filantrópica idea y casi puede asegurarse su feliz resultado, pues parece que hay positivo empeño en contribuir a realizar la institución, según se ve lo animado de diversas personas en dar un realce extraordinario a la función.”

Culiacán, una vez que estuvo conectado con el puerto de Altata a través del “Tacuarinero”, también empezó a recibir la visita de compañías de ópera, habilitando como escenario un corralón. Se erigió un teatro (1886) construido con madera y petates donde se escenificaban los títulos más sonados de la época. El teatro, por cierto, se llamaba “Ángela Peralta”, como lo consigna el historiador Sergio López Sánchez en su libro El Teatro Ángela Peralta de Culiacán Rosales. (De tedio, trenes y espectáculos a fines del siglo XIX), editado por el Instituto Sinaloense de Cultura en el 2010.

Ya en el siglo XX fueron comunes las orquestas, sobre todo de salón, que alternaban con las bandas. Dice el profesor Manuel “Chino” Flores que “a la orquesta la denominaban popularmente ‘música de cuerda’, y a la banda ‘de viento’. En cuanto a su preferencia, los campos estaban bien delimitados: la orquesta era música de sectores económicamente más altos, mientras que la banda era la música del pueblo y de uno que otro cacique o hacendado que, en sus parrandas, jalaba con el gusto de sus peones”.

Relata que en 1933 existían orquestas por todo el estado, destacando la de Xavier Vidriales y de Cheché Sánchez, destacado clarinetista, en Mazatlán; y en Culiacán las orquestas Estrella, la del Cachi Anaya, la de Jesús García “papá de una numerosa familia de atrilistas originarios de El Fuerte, entre los que destaca Gilberto García, violinista de la Sinfónica Nacional y del Cuarteto México, y la de Octaviano S. Millán”.

Menciona también, sin precisar las fechas de su fundación, a la Sociedad Filarmónica, que tenía su local por la calle Colón. Ahí se organizaban bailes que eran amenizados por las orquestas de la capital de Sinaloa.

En el recuento incluye otras más en Escuinapa, El Rosario, Guamúchil, Guasave, Los Mochis y El Fuerte, lo cual habla de la gran cantidad de músicos que existían en el estado y que, progresivamente, fueron emigrando en repertorios e instrumentos al tipo de orquesta norteamericana en boga.

Más adelante, a mediados de los años cuarenta, el doctor Leopoldo Corona y su esposa Margarita Sánchez, fundaron la Sociedad de Amigos de la Música, un esfuerzo privado, ciudadano y adelantado a su época para la promoción de la música clásica en Culiacán.

Escribió Martín Amaral que “Durante más de 25 años mantuvieron la iniciativa, trayendo a solistas mexicanos y de distintas nacionalidades. Invitaron a orquestas como la de Jalapa o Guadalajara. Incluso, en un acto que se antoja inverosímil, un día previo al primer juego de béisbol inauguraron el estadio Ángel Flores con un concierto de música clásica dirigida por José Ives Limantour”.

Esta pareja y su asociación fueron no solo definitorias para la creación de la Banda Sinfónica del Estado y de la Escuela de Música de la Universidad Autónoma de Sinaloa, sino también pilar para el establecimiento de la Orquesta Sinfónica del Noroeste en Sinaloa.

2). Los pioneros: La Orquesta Sinfónica del Noroeste

Menudo, vivaz, pero de maneras afables, Luis Ximénez-Caballero (1928-2007) fue violinista, director de orquesta y un extraordinario promotor cultural. Un personaje mítico de la escena musical mexicana.

El maestro había sido director de la Orquesta Sinfónica de su natal Xalapa (OSX, 1952) después de haber fungido ahí mismo, desde los 14 años de edad, como violinista y asistente del director José Ives Limantour. La trascendencia de su trabajo radicó no solo en su labor como artista, sino en su capacidad para reconstruir la OSX –una agrupación musical entonces en quiebra, con apenas una treintena de músicos y la amenaza de su disolución– hasta llevarla a un primer plano nacional y a disputarle el protagonismo a la Sinfónica Nacional.

Su concepto de orquesta-escuela fomentó el movimiento musical en Xalapa y su labor de difusión de la música hizo que la sinfónica y sus grupos se presentaran por todo el estado de Veracruz en lugares no convencionales como escuelas, seminarios, plazas públicas, canchas deportivas, iglesias y cárceles; según se afirma en la página de Wikipedia dedicada a su persona, de los 192 municipios con que contaba Veracruz en esos años, Luis Ximénez-Caballero realizó conciertos en 90.

Ya para 1963, después de esta riquísima experiencia como director y promotor, funda la Orquesta Sinfónica de Chihuahua y hacia 1964 la transforma en Orquesta Sinfónica del Noroeste, con temporadas de primavera programadas un par de años para esta región (1964-65) y luego con asiento definitivo en Guadalajara hasta el cierre de la agrupación en 1982.

Según se lee en el programa general de la Temporada Sinfónica de Primavera de 1964 “La Orquesta Sinfónica del Noroeste, representa la conjugación del esfuerzo de cuatro entidades: Baja California, Chihuahua, Sinaloa y Sonora, en favor de la cultura musical de la provincia mexicana, siendo el resultado más positivo de la identificación entre las más importantes representaciones de la iniciativa privada y los gobiernos de los cuatro estados, que por primera vez en la historia de México, materializan el anhelo más legítimo: La Descentralización”.

Para la organización de los ciclos de concierto se contaba con una compleja estructura. La orquesta era una asociación civil, con un consejo directivo que incluía cuatro patronatos –uno por estado–,  y cuatro comités ejecutivos estatales –uno por cada sede donde la agrupación se presentaba–.

En el caso de Culiacán, el presidente honorario era el Lic. Benjamín J. López; el presidente ejecutivo, el Dr. Leopoldo Corona y Corona; las vicepresidencias eran ocupadas por el Sr. Julio Ibarra y el Lic. Adolfo A. Clouthier; las secretarías, por el Sr. Francisco Villarreal y el Prof. Luis Flores Sarmiento; y las tesorerías, por los Sres. Luis Pérez Huarte y Mario Tamayo Muller. Patrocinaban el H. Ayuntamiento de Culiacán, la Canaco, la Cámara de la Industria, el Centro Bancario de Culiacán y la Unión de Agricultores de Culiacán.

Esta temporada abarcó de marzo hasta julio de 1964, presentando un total de ¡sesenta y cinco conciertos!, con cinco programas. Los conciertos fueron en los estados mencionados; además, se incluyó a las ciudades de Durango y Torreón.

En Sinaloa las presentaciones fueron en Los Mochis, Culiacán y Mazatlán. Participaron como solistas el destacado violinista y compositor tapatío Higinio Ruvalcaba, la soprano norteamericana Adela Semon, la cellista inglesa Rohini Coomara y el organista moreliano Alfonso Vega Núñez. En otro programa, meramente orquestal, estuvo como director huésped el norteamericano John M. Glowacky.

Los programas artísticos no tenían concesiones populacheras, e incluían autores como Beethoven, Dvorak, Rossini, Mozart, Chaikovsky, Händel, Smetana, Borodin, de Falla, Brahms, Liszt, Schumann, Wagner, Poulenc y Wieniawsky. En Culiacán se llevaron a cabo en el Parque Municipal Revolución, todos los segundos viernes del mes, desde marzo hasta julio.

Después de estos años, en el Noroeste, ya de regreso en Guadalajara, Ximénez-Caballero creó la Compañía de Ópera de la Universidad Autónoma de Guadalajara, con la que programó varias temporadas del género en conjunto con el barítono y director de escena Carlo Morelli. Realizó numerosas giras de conciertos en el Noroeste y centro Norte del país, siguiendo con su disposición para presentarse en prácticamente cualquier espacio.

La difusión para nuevos públicos de la música formal, de concierto, clásica, académica o como se le ocurra llamarla, es una tarea poco abordada con sistematicidad. La mayoría de las agrupaciones prefieren permanecer en su sala de concierto (lo cual es muy comprensible: para eso son las salas de concierto); pero hay otras que, sin renunciar a esa labor, también salen al encuentro de las audiencias en sus espacios cotidianos, donde quiera que estén.

Ese fue el espíritu que Ximénez-Caballero le infundió a las orquestas que dirigió y fue la impronta que, años más tarde, aparecería de nuevo con la creación de la Orquesta Sinaloa de las Artes.

3).  La Orquesta Sinaloa de las Artes

Todavía en los años 80, una buena cantidad de gente recordaba las giras que en el transcurso de casi 20 años hizo la OSNO –a veces regular, a veces esporádicamente– por Sinaloa. En esa época Toledo Corro era gobernador del estado y había desmantelado buena parte del aparato cultural que había dejado Alfonso Calderón. El teatro –Pedro Calderón de la Barca, en ese entonces– era un elefante gris a las orillas del río Tamazula, que se abría muy ocasionalmente para montar obras en gira o alguna graduación escolar.

Siguió así hasta la llegada al gobierno de Francisco Labastida (1987-92), quien revitalizó las actividades culturales y fundó el Festival Cultural Sinaloa, de gran renombre en su momento. Volvieron las orquestas sinfónicas al estado, como la Sinfónica (entonces) de Leningrado; los Solistas de México, dirigidos por Mata; y las michoacanas, tanto estatal como universitaria. Pero eran flor de una vez al año, que además se marchitó –como suelen hacerlo tantas– con el cambio de sexenio y de situación económica del país.

Durante el periodo de Renato Vega (1993-98), después de un festival cultural circunscrito a Culiacán, y el de Danza José Limón realizado en Los Mochis, Difocur entró en un letargo ocasionado por la escasez de recursos (después del “error de diciembre”) y una visión regionalista del trabajo cultural.

En 1999, con el sexenio de Juan S. Millán, regresó el festival y, para el 2001, empezó la odisea de la Orquesta Sinaloa de las Artes. Tuve la oportunidad de participar en el diseño de la agrupación, junto con Ronaldo González, director general de Difocur; Alejandro Mojica, director artístico; y el director de orquesta Gordon Campbell. Desde un principio, la OSLA se concibió como un proyecto –no sé si intencionalmente– similar a la experiencia y el modelo del maestro Ximénez-Caballero; es decir, una orquesta destinada a la difusión estatal de la música de concierto y a la enseñanza. Otra vez, una orquesta-escuela.

El entorno programático de Difocur de aquel entonces, había cambiado sensiblemente. A los programas heredados de los Encuentros de Cultural Regional y el Festival de Danza José Limón, se añadieron el Festival Sinaloa de las Artes (FSA), el Encuentro Yoreme del Noroeste (a partir de 2002 Encuentro Yoreme de Sinaloa) y el Programa Permanente de Excelencia Artística.

Aparecieron también, como iniciativas ciudadanas, la temporada de la Sociedad Artística Sinaloense (1999) y el Festival Culiacán de la Guitarra (2001). Ante esta circunstancia y con una programación artística constante, los recursos para traer orquestas de concierto y presentar montajes operísticos en festival eran considerables.

Para finales del 2000, en la cena ofrecida después de las funciones de la ópera Turadot y del concierto de clausura del Festival en la explanada de la Unidad Administrativa Estatal en los que participó la Camerata de Las Américas que coordinaba Roberto Kolb, el maestro Enrique Patrón de Rueda sugirió la creación de la orquesta de Sinaloa. Ahí mismo recomendó y presentó al maestro Gordon Campbell –entonces cornista en la Camerata– como el indicado para formarla.

El maestro Campbell tenía ya una bien ganada fama como formador de orquestas. Había cimentado este prestigio con la Orquesta Sinfónica de Aguascalientes (OSA). De hecho, unos meses antes nos habíamos reunido para explorar las posibilidades de que la OSA participara en el segundo festival. Por razones presupuestales no fue posible, pero ese acercamiento favoreció también para que al año siguiente se integrara al maestro Campbell en el equipo que diseñó el proyecto de la OSLA, que inicialmente era de orquesta sinfónica. Pero, para las posibilidades presupuestales del Difocur de entonces, era incosteable. Se hizo una reducción a una orquesta de treinta y seis integrantes que tampoco resultó viable. Finalmente se propuso una orquesta clásica de veinticinco. Aun así era difícil. La vuelta de tuerca definitiva fue tomar del presupuesto de festival una cantidad para que, sumada a otra similar otorgada de manera extraordinaria por la Secretaría de Finanzas –entonces a cargo del Lic. Óscar Lara Aréchiga–, se iniciara con esa dotación. Ahí se decidió su creación, sin tener que esperar hasta el año siguiente para incluirla en el presupuesto de la institución.

Inició entonces el proceso de reclutamiento, totalmente a cargo de Gordon, que invitó a algunos músicos de las orquestas de México (en particular, como era de esperarse, de la de Aguascalientes) y a varios del extranjero, para los que abrió una convocatoria.

Este proceso se llevó a cabo de mayo a agosto de 2001 y en él se hicieron las audiciones, los trámites migratorios y los arreglos de transportación y alojamiento para los primeros músicos. Leonor Quijada, entonces encargada de logística de Difocur fue quien sacó adelante los trámites que permitieron, a partir del primero de septiembre de ese año, contar con los primeros veinticinco músicos y su director.

Recuerdo con claridad el primer ensayo en la Sala Socorro Astol (entonces Lumière): era la partitura de Jarabe, de Eduardo Gamboa. El maestro Campbell dirigió la primera lectura y la ejecución sonó impecable de principio a fin, como ejecutada por músicos que se conocieran por largo tiempo. La Orquesta Sinaloa de las Artes era una realidad.

4). Los primeros pasos (2001-2004)

Durante la celebración de ese 16 de septiembre, la orquesta tuvo una pequeña participación. Al calor del verano culiacanense sufrieron músicos e instrumentos; hubo necesidad de mandar traer un lutier (michoacano, hasta donde recuerdo) para reparar algunos violines y cellos, reventados por la humedad y el calor; los músicos, afortunadamente, soportaron estoicamente. Fue la primera advertencia: para programar a la orquesta en lugares no convencionales era necesaria una de dos condiciones: que los locales tuvieran aire acondicionado o que los conciertos se hicieran en las temporadas de clima benigno.

Posteriormente, la orquesta se presentó en octubre, con refuerzos de la Camerata de Las Américas, en la ópera Madama Butterfly, de Puccini, los días dieciocho en Mazatlán y veinte en Culiacán. El director concertador fue el maestro Patrón de Rueda, con Silvia Rizo y Jorge López  Yáñez en los protagónicos, acompañados por el Coro de Mazatlán dirigido por Antonio González y la dirección escénica de Luis Miguel Lombana. La concertino fue la maestra Olena Bogaychuck.

Días más tarde, el veinticinco, tuvo su presentación oficial con su director artístico y su dotación original.  Se hizo un programa que en la primera parte incluyó el Jarabe de Gamboa; después, con Paquito D’Rivera como solista, el Concertino para clarinete y orquesta de Carl Maria von Weber; el Adiós Nonino, de Astor Piazzola con arreglo para saxofón y orquesta; y el Adagio sobre un tema de Mozart, del propio Paquito.

Después del estreno del Jarabe, la ovación en el teatro Ángela Peralta fue estruendosa, pero no bajó la tensión en el escenario (el propio Gordon olvidó presentar al compositor de la pieza, que estaba presente en la sala) hasta que apareció Paquito por el lado derecho del escenario. –“Vámonos divirtiendo todos, ¿no?”, dijo en cuanto se puso al lado de Gordon. Y la consigna se cumplió con creces.

En la segunda parte del programa participaron solo los del quinteto de Paquito, salvo en la pieza final, Brenda, para la cual volvió a llamar a la orquesta. Fue un excelente fin de fiesta.

El segundo concierto, el Teatro Pablo de Villavicencio, ante una sala llena y con la presencia del gobernador del estado, la OSLA repitió el éxito y consiguió, desde el principio, el cariño de los sinaloenses. Igual sucedió en la tercera presentación en la ciudad de Los Mochis.

La primera temporada, que inició una vez terminado el festival, se tituló “¿Para qué una orquesta?”. Este título estaba escogido para dar a conocer las posibilidades de la orquesta y su concurrencia con los diferentes programas de Difocur. Así, se presentaron los programas Para toda la familia, Para conocer a tu orquesta, Para los fanáticos de la música, Para las comunidades municipales, Para la SAS, Para el director y sus favoritos, y Para la Navidad. En esta primera temporada se hicieron conciertos en Culiacán, Mazatlán, Los Mochis, Sinaloa de Leyva, Mocorito, Pericos, Guasave y Badiraguato.

Para la de Primavera 2002, la orquesta participó en una diversidad de programas culturales que incluyeron, además de las sedes ya mencionadas, a San Ignacio, Navolato, Escuinapa, Concordia, El Rosario y La Cruz de Elota. Con el ayuntamiento de Culiacán se hicieron conciertos de cámara en Quilá, el Tamarindo, El Salado, Sanalona, Costa Rica, El Espinal y Tacuichamona.

En ese año, se inició también el ciclo Café Concierto, una serie de programas de música de cámara en Culiacán. Con los músicos de la orquesta se formaron ocho grupos, que presentaron igual número de conciertos. Tuvo un inicio incierto, en parte por falta de promoción y en parte porque el público para esta música no es tan amplio. El primer concierto, con el dueto de percusiones de Jorge Barreda y David Espinoza, tuvo una pobre asistencia: 6 personas, incluyendo funcionarios. Con todo, el concierto se llevó a cabo en la sala de usos múltiples del Casino de la Cultura.

Para el siguiente apareció una buena idea: permitir que durante el concierto la gente pudiera tomar no solo café, sino una copa de vino, algún refresco y probar bocadillos mientras disfrutaba de la música. La respuesta fue muy buena. Para el tercer concierto no cabía el público en la sala del Casino y se tuvo que mudar al Museo de Arte de Sinaloa, donde se llevó a cabo el resto de conciertos teniendo, en el de clausura, más de 400 asistentes.

Más adelante, el programa se tuvo que cambiar al Teatro Pablo de Villavicencio para poder atender la demanda del público, que se mantenía en un rango de 500 a 600 personas por concierto.

Con este ritmo de presentaciones, sostenido durante las temporadas que comprende el periodo de Otoño 2001 a Otoño 2004, la OSLA ofreció más de 380 conciertos, entre didácticos, orquestales y de cámara.

Son de mencionar, por su relevancia, los ofrecidos con Arturo Sandoval, Gonzalo Romeu, Sergio Alejandro Matos, Abel Pérez Pitón y los solistas sinaloenses Heriberto Soberanes, Alejandro Madrid y Rosa María Valdés. Además, fue importante la participación de la orquesta con la Compañía Nacional de Danza en el ballet La Bayadera, dirigida por el maestro Enrique Patrón de Rueda.

Uno de los momentos más altos de la agrupación fue la gala de ópera ofrecida por el tenor catalán José Carreras, el doce de mayo de 2003, en el Teatro Pablo de Villavicencio. Participó como director huésped el director argentino Enrique Ricci, lo mismo que la soprano española Ana María González. Para la pieza final, el Brindis de La Traviata, el maestro Carreras invitó al escenario al tenor sinaloense Juan Carlos Angulo. El recital fue memorable y sin duda significó un hito en la vida cultural de Sinaloa. Fue también la primera vez que pudimos entrever las posibilidades de tener una sinfónica, mismas que se concretarían al año siguiente.

5). Primeras producciones

La presencia de la orquesta en Sinaloa potenció además la creación de otras compañías: el mismo año de su creación se formó el Coro de Sinaloa, bajo la batuta del prestigiado maestro Jorge Medina. El maestro Medina, de inmediato, imprimió su sello de profesionalismo y regularidad, y a unas pocas semanas de haberse formado, en septiembre de 2001, comenzó una serie de conciertos corales.

Jorge Medina regresó a la Ciudad de México y entonces, por petición de Gordon Campbell, se invitó al maestro Sergio Martínez Chávez para dirigir el coro, ahora llamado de la Ópera. Con Sergio también llegaron dos cantantes-instructores para apoyar con la docencia: Consuelo Vázquez y Marco Antonio Rodríguez. Con estas bases y con la contratación del maestro Eric Steinmann se formó la Compañía de Ópera de Sinaloa y se estuvo en posibilidad de producir montajes de ópera y zarzuela. Así, se presentaron Elíxir de Amor, Gianni Schicchi (cuya producción, escenografía, vestuario y utilería fueron hechas en Culiacán), Cavalleria Rusticana y Los Payasos.

En este periodo se realizó también el concierto de música tradicional sinaloense (octubre de 2003), conjuntando a la OSLA con la Banda de los Hermanos Rubio. Estrenado en el Teatro Pablo de Villavicencio durante los festejos de la Fundación de Culiacán, fue un éxito inmediato. Tanto así que, por artes corsarias, en las gasolineras de la ciudad empezaron a vender –sacados de quién sabe dónde–discos compactos con la grabación del concierto. De inmediato, el director de Difocur ordenó que se mandaran hacer ediciones propias con la grabación del concierto, remasterizado tanto por Aldo Rodríguez como por Jorge Coty Burgueño.

Se consiguió la comercialización a través de un convenio con la cadena de farmacias Farmacón. Varias reediciones fueron vendidas, debido a la demanda que tuvo el disco.

Fue en ese mismo año que la OSLA recibió el apoyo de la Asociación de Amigos de Culiacán como organismo promotor. Esta asociación que fundó la pareja de Leopoldo y Margarita Corona, resurgió fiel a su labor de (en aquel entonces) casi sesenta años de promover la difusión de la música clásica en Sinaloa.

Como parte de estas acciones, Heriberto Kuroda financió la edición de un libro con fotografías de los músicos y de algunos conciertos de la orquesta. La autoría de las fotos es de Roberto Bernal. Este libro, que se imprimió en diciembre de 2003, presenta uno a uno a los 36 atrilistas que tenía ya la orquesta y a su director artístico; incluye además una ficha biográfica de cada uno de ellos.

Kuroda escribiría en la presentación: “…Y en la tierra de la tambora, los corridos y los chirrines, se ha roto el paradigma de la globalifobia”. Para entonces la orquesta y su intenso trabajo ya habían logrado prestigio y carta de naturalización en el estado y sus presentaciones contaban con un público cada vez más numeroso y entusiasta.

Casos especiales fueron los de Guasave y Mazatlán, donde se contó con el apoyo de dos excelentes promotores culturales: el Ing. Ricardo “Cayo” Urquijo, director de Difusión Cultural del puerto, y del Prof. Héctor Ugalde, Director de Educación, Cultura y Deporte de Guasave. Con el Ing. Urquijo se logró que la orquesta estuviera regularmente en Mazatlán, tanto para ofrecer conciertos como para actividades académicas en la Escuela de Música, como se relatará más delante.

El profesor Ugalde realizó una labor tal, que hizo que el Auditorio Héroes de Sinaloa (entonces el de mayor capacidad en el estado, con más de 1100 localidades) luciera lleno en cada una de las presentaciones que se hicieron ahí entre el 2002 y el 2004.

Durante el receso de verano 2004 de la orquesta, el gobernador Juan S. Millán dio instrucciones para que la orquesta creciera a sinfónica. Se contrataron 26 músicos más, para completar una dotación de 62. El anuncio oficial se hizo en septiembre del 2004, durante la entrega del premio Sinaloa de las Artes al pintor y escultor mazatleco Antonio López Sáenz

Formalmente, la Orquesta Sinfónica Sinaloa de las Artes se presentó en la Ciudad de México, en los festejos del 70 aniversario del Palacio de Bellas Artes, el 30 de octubre de 2004. La programación general incluía conciertos de la Orquesta Sinfónica del Estado de México, de I Solisti Veneti y de la OSSLA, además de la presentación de la Compañía Nacional de Danza.

En su oportunidad, la orquesta de Sinaloa interpretó Cuadros de una Exposición, de Mussorgsky; hizo el estreno absoluto de Danzas Apócrifas, de Aldo Rodríguez; y terminó con el estreno –absoluto también­– de la Suite Culiacán, de Eduardo Gamboa.

El cuatro de noviembre, la orquesta hizo su presentación formal en el estado, en el Teatro Pablo de Villavicencio, interpretando el mismo programa.

En el siguiente mes y medio, la OSSLA se presentó también en Los Mochis, Guasave, Guamúchil, Cosalá y Mazatlán; además, se hizo el montaje de El cascanueces con la Academia de la maestra Karemia Carreón del Rey. Las actividades culminaron en la explanada de la Unidad Administrativa Estatal, en el Festival Decembrino.

6). La Sinfónica (2005-2010)

De pronto, ya era otro sexenio, el de Jesús Aguilar Padilla (2005-10). Otros conceptos, otra agenda. Pero era el mismo Difocur, con un presupuesto incompleto y con el compromiso de mantener una Sinfónica.

Una vez que se ratificó el nombramiento de Ronaldo González como director general, la orquesta reinició actividades, con el propósito de consolidar su pertinencia como programa de gobierno.

La experiencia que se había tenido con una agrupación de tal tamaño era realmente poca. En el periodo anterior tan solo se había trabajado durante tres meses con esta conformación, de tal forma que los asuntos por resolver (contrataciones, servicios médicos, traslados, hospedajes, viáticos, compra de partituras, etc.) llegaron juntos.

Además, había que reformular sus objetivos programáticos y hacer eficientes sus posibilidades como detonador de un movimiento artístico en la región. Se pretendió, pues, a partir de esta nueva dotación: a) llegar al mayor número de sinaloenses; b) realizar producciones de música para la escena, incorporando a los grupos y cantantes sinaloenses; c) fomentar la creación musical, estrenando obras de compositores locales; d) incrementar los montajes con artistas y grupos internacionales; e) realizar presentaciones en diferentes estados de la República, representando a Sinaloa; y f) incidir en los programas de enseñanza musical profesional en la Escuela de Artes José Limón de Culiacán y la Escuela de Música Enrique Patrón de Rueda de Mazatlán.

Así, primero se diseñaron programas para que la orquesta tuviera presencia, además de en las ciudades, en la totalidad de cabeceras municipales. La OSSLA conservó la estructura programática de dos temporadas orquestales (Primavera y Otoño) y una de música de cámara (Invierno). Las primeras contuvieron un promedio de doce programas por temporada, con alrededor de 24 presentaciones, más los conciertos extraordinarios, entre 5 y 6 cada año. El ciclo anual de conciertos (incluyendo los de cámara) superaba entonces las cien presentaciones.

A partir del 2005, con las posibilidades que otorgaba la nueva dotación, se formaron dieciocho grupos de cámara, con los cuales se organizó una temporada de conciertos en todos los municipios que se llamó “Toda la orquesta, todo el estado”. Con la complejidad logística que esto implicaba, a lo largo de tres semanas, entre febrero y marzo de 2005, se ofrecieron cincuenta y cuatro conciertos.

Dentro de la temporada de Primavera se montó la ópera La Bohème, coproducción con el estado de Tamaulipas que se había presentado con la OSSLA el octubre anterior en diversas sedes de esa entidad del Noreste de México.

En ese mismo año, el festival cambió de formato y de nombre, pasando a ser Feria de las Artes y a durar cinco semanas, entre octubre y noviembre. Para ese periodo se diseñó una temporada de artes escénicas, y la OSSLA participó con tres programas: dos conciertos crossover con la Banda del Recodo (arreglos del maestro cubano, ya fallecido, Tony Taño); dos conciertos con la banda de blues Siegel-Schwall; y el montaje en espacios abiertos de la ópera Cavalleria Rusticana. Los montajes de esta última se hicieron en Los Mochis (Iglesia del Sagrado Corazón); Guasave (Iglesia del Rosario); en Villa Unión (Iglesia de san Juan Bautista); y en la iglesia de Imala, Culiacán.

Para 2005 ya fueron constantes los montajes de ópera, opereta y zarzuela; por lo regular, se realizaron tres montajes por año, en los cuales participaron el Coro de la Ópera, solistas de la Compañía y la orquesta, teniendo con frecuencia solistas invitados.

También fueron importantes las presentaciones ofrecidas por la OSSLA en otras entidades del país, como la de León, Guanajuato, acompañando al tenor Plácido Domingo (marzo, 2006).

El 2007 se presentó en el Teatro Degollado, dentro del Festival de Mayo de Guadalajara, con los montajes de La consagración de la primavera, de Stravinsky; y Bolero, de Ravel; acompañando al grupo de danza Delfos. En junio, la orquesta recibió un importante reconocimiento por su labor en la difusión de la música y su calidad interpretativa. Fue otorgado por la Unión Mexicana de Cronistas de Teatro y Música en el Palacio de Bellas Artes, marco en el cual ofreció un concierto con música de Shostakovich y Bártok.

Ese mismo año, en la Feria de las Artes de Sinaloa, se llevó a cabo el estreno mundial de la Misa Flamenca en versión sinfónica. Este montaje incluyó también al Coro de la Ópera y a la Compañía Flamenca de Tito Losada, durante el cual se realizó parte de la película documental española “Senderos del alma”. En la clausura de esta misma feria se realizó un concierto en homenaje a Pedro Infante, con la participación del tenor sinaloense José Manuel Chu.

El 2008, la dirección general de Difocur pasó a manos de Sergio Jacobo Gutiérrez. En ese año, la OSSLA también realizó presentaciones fuera del estado, participando en las celebraciones del 5° aniversario del Teatro Diana en Guadalajara. Acompañó al pianista sinaloense Joel Juan Qui, ejecutando el concierto Emperador de Beethoven. De igual manera, dentro de la Feria de las Artes, realizó conciertos debutando a tres artistas sinaloenses: el director de orquesta Víctor Osuna, la pianista Linda Caudillo y el clarinetista Pavel Ocampo.

En el 2009, tres producciones fueron relevantes: la primera, el montaje de Cuadros de una Exposición con el grupo Delta Teatro, bajo la dirección de Teresa Trentín, de la compañía italiana Brujerías de papel; la segunda, la obra de teatro Todo buen niño debe cantar, de Tom Stoppard, dirigida y actuada por Angélica Aragón. Participaron además los actores Miguel Ángel Ferriz y Alejandro Calva. La obra se presentó en Culiacán, Mazatlán (ambas en septiembre) y en el Teatro de la Ciudad de México (noviembre).

La tercera fue homenaje por los noventa años del maestro José Ángel Espinoza “Ferrusquilla”, para lo cual se hicieron catorce arreglos sinfónicos de sus canciones, a cargo de los maestros Dimitri Dudin, Ricardo Martín Jáuregui, Alberto Núñez Palacios, Gonzalo Romeu, y Tony y Aneiro Taño. Los conciertos se presentaron en Sinaloa y en el Auditorio Blas Galindo del Centro Nacional de las Artes en la Ciudad de México. Se realizó una edición en disco compacto con la grabación en estudio de estos arreglos, primero de la OSSLA que tuvo distribución nacional.

En abril  de 2010, dentro de la Feria de las Artes, la OSSLA volvió a hacer el montaje al aire libre de la ópera Cavalleria Rusticana, ahora en el atrio de la Catedral de Culiacán, con solistas pertenecientes a la Compañía de Ópera de Sinaloa, a excepción de Fabiola Venegas, ganadora del primer Concurso Internacional de Canto de Sinaloa. Terminó el año y el sexenio dedicando la Temporada de Otoño al ciclo completo de las sinfonías de Ludwig van Beethoven.

En el área educativa, el impacto de la OSSLA en la enseñanza de la música fue notable. No solo la Escuela de Música de Difocur (Instituto Sinaloense de Cultura a partir de julio de 2008), sino también la de Mazatlán, pudieron contar con maestros egresados de las más prestigiadas universidades y conservatorios nacionales e internacionales.

La Escuela de Artes José Limón ya había obtenido el registro de validez para su Licenciatura en Música, y la presencia de la sinfónica aseguró maestros para todos los instrumentos.

Ricardo Urquijo, director del Instituto de Cultura de Mazatlán entre 1993 y 2004, y organizador de los encuentros entre la OSSLA y la Orquesta Juvenil de Mazatlán, cuenta que “Los maestros músicos compartieron con los muchachos, no solo técnicas, sino secretos personales de interpretación, y se creó entre ellos un vínculo de identidad (tal) que unos y otros se convirtieron en admiradores mutuos y amigos.

“Algunos de los integrantes de la hoy Orquesta Sinfónica Sinaloa de las Artes se convirtieron en maestros de planta de la escuela de Mazatlán, asistiendo cada sábado a impartir clases de algún instrumento a alumnos de nivel avanzado”.

7). Las falencias

Con el trabajo realizado en este periodo que comprende de 2001 a 2010, fueron muchas las experiencias obtenidas, pero también quedaron varios problemas pendientes. A continuación, enumero los que creo son más importantes:

a) Formalización de la compañía artística. La OSSLA siempre fue considerada un programa, no compañía estatal: del presupuesto general de la institución, se determinaba, enero con enero, cuál sería el correspondiente a la agrupación. Esto generaba una incertidumbre que no permitía la programación de la orquesta con la anticipación debida, de tal manera que se esta se elaboraba, en los momentos óptimos, con un máximo de cuatro meses.

Había una repercusión también en el tipo de contrato que se podía hacer: se recurrió al esquema de pagos por honorarios abarcando los periodos de temporada y los meses de receso. Aunque durante los primeros nueve años solo se rescindió el contrato a un atrilista (por problemas disciplinarios), no dejaba de provocar inseguridad laboral este sistema, aun y cuando los nuevos contratos se emitieran y firmaran antes del receso de verano.

Esta inseguridad, entre otros motivos que tienen que ver con asuntos que más adelante mencionaré, hizo que hubiera una rotación de músicos más numerosa de lo deseado.

b) Administración. La administración del presupuesto de la orquesta requería de un centro de costos propio, que permitiera el flujo de los pagos, sobre todo los de solistas e invitados, renta de partituras, compra de instrumentos, etc. En el esquema de administración no fue posible y, a todas luces, resultaba una gran carga de trabajo para la dirección administrativa. Hay que tomar en cuenta que la complejidad de una agrupación profesional de esta magnitud requiere de movimientos financieros semana tras semana.

c) Infraestructura física. También fue notoria la falta de equipamiento físico para albergar a la orquesta. Mientras funcionó como orquesta clásica, aun con su aumento a 36 integrantes, ensayaba con regularidad en la Sala Lumière (hoy Socorro Astol) y hacía los conciertos en el Teatro Pablo de Villavicencio. Cuando se aumentó a sinfónica era necesario hacer todo –ensayos y presentaciones– en el teatro. Considerando los múltiples usos para los que era requerido el recinto, cada vez fue menos posible que la orquesta tuviera la exclusividad de uso. Entonces se habilitó la parte de los altos de los camerinos como salón de ensayos, oficina administrativa y bodega de instrumentos.

Otro asunto pendiente fue el del transporte. Por su costo, no fue posible contar con camiones propios, que permitieran versatilidad y continuidad con el servicio, indispensable para una compañía que recorría todo el estado.

d) Los servicios médicos fueron otro problema recurrente. Aunque se tenía un convenio con el Hospital General de Culiacán para otorgarlos, con frecuencia resultaban conflictivos por la carga de trabajo que generaba para el hospital atender también a los afiliados al Seguro Popular. En ocasiones, gracias a la benevolencia del Hospital Civil se canalizaron a esa institución algunos casos.

e) Representatividad laboral. Debido a los conflictos que se fueron dando entre el director artístico y los músicos –entendible, considerando el trato cotidiano, la formación y los intereses de cada cual– fue necesaria la creación de dos representaciones del cuerpo orquestal. Una, el Consejo de Músicos, orientado a dirimir conflictos de relaciones laborales y el cual se integró eligiendo por votación interna a un representante de cada una de las secciones de la orquesta; y la otra, el Consejo Artístico, que era integrado por los principales de sección y donde se trataban los asuntos concernientes a las audiciones para nuevos integrantes, repertorios de temporada y otras consideraciones tipo técnico-artístico.

Sin embargo, las evaluaciones de desempeño –tanto internas como externas– para todos los integrantes, administrativos y artísticos, incluyendo al director, nunca se hicieron de forma sistemática.

f) Los públicos. Tampoco se hicieron estudios acuciosos de impacto social, más allá de las estimaciones de público asistente, que resultaban imprecisas debido a que la OSSLA se presentaba en recintos abiertos donde era difícil contar la audiencia, y a que muchas de las temporadas tuvieron entrada libre, por lo que –en la mayoría de los casos– no había un boletaje que permitiera el conteo. Este último asunto tuvo también repercusión en la formación del público, pues no se acostumbró a pagar por asistir.

g) La promoción. No se logró integrar un aparato de promoción eficiente. Si bien se contó con el apoyo de Amigos de la Música, este se fue diluyendo por la falta de sistematicidad. Si una cosa quedó clara, además, es que la publicidad no es suficiente; que no bastan los boletines ni los anuncios en cartelera. Que hace falta quien motive a todos los segmentos del público interesado, que haya pláticas y conferencias, y que se conforme una programación coherente con la formación y los intereses de los aficionados a la música.

Tampoco se hizo de manera sistemática una encuesta de satisfacción, ni una investigación que diera luz sobre qué épocas, autores y géneros musicales resultaban más interesantes para la audiencia, ni para conocer el perfil demográfico del asistente, mucho menos para saber los precios que se consideraban justos por concierto. Esto es un instrumento necesario para el diseño de temporadas y para conocimiento de las audiencias, aunque en algunos rubros no resulte definitorio por completo.

Con eso y todo, la presencia de las orquestas ha resultado –y esto está a la vista– benéfica para Sinaloa. Desde los pioneros que hace más de cincuenta años iniciaron el trabajo de difusión con una orquesta compartida, hasta la agrupación propia, la OSSLA, que ya forma parte de la cotidianidad sinaloense.

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Written by r00t

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5 comentarios

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