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La democracia contra el terrorismo

Num. 9 | Revolucionarios y Revolucionados

Articulo Publicado en Nexos el 1 de marzo del 2006

 

Luigi Bonanate

No entenderemos nunca el significado de la presencia del terrorismo en la historia si no admitimos que éste se ha convertido ya en un sujeto político a pleno título, dotado de una teoría, de una estrategia y también de una fuerza persuasiva que son todo menos casuales. Ello no impide la condena más dura o la sentencia de que se trata de un desvarío bárbaro y lastimoso, pero aunque sólo sea por su constancia en el tiempo debemos admitir, en primer lugar, que el terrorismo está motivado por algo muy distinto a la locura y, en segundo lugar, que el modo en el que ha sido afrontado por todos nosotros sufre de ingenuidades interpretativas tales que nos han impedido privarlo de sus argumentos.

Sea interno o internacional (de hecho, una verdadera y propia distinción no puede hacerse), el terrorismo es siempre una forma extremista, cierto, pero extrema de lucha política a la que recurre quien es consciente de no poder realizar de otra manera los fines que persigue. Es una situación de desesperación, entendida como la incapacidad-imposibilidad de concebir alternativas que, a su vez, da pie a la más completa justificación para el abuso de la vida humana, ya sea en lo que toca a las víctimas (en la mayor parte de los casos inocentes) o en lo que respecta a los victimarios (ejecutores, escuadras de fuego o kamikazes, no ya sus jefes).

terrorismo
Admítanse algunos casos como modelo: las Brigadas Rojas de los años sesenta contra el Estado italiano (o contra el “sistema imperialista de las multinacionales”); los kamikazes palestinos contra Israel; Al Qaeda contra Estados Unidos y sus aliados, selectivamente programados uno después de otro: Nueva York el 11 de septiembre de 2001, Madrid el 11 de marzo de 2004, Londres el 7 de julio de 2005… Visto sine ira et studio, y suspendiendo cualquier valoración moral (al menos por ahora y por amor al argumento), se trata de tres casos en los que los “débiles” saben con certeza que de sus acciones no descenderá directamente la victoria de su proyecto; pero los “poderosos” a su vez deben saber que pueden ser golpeados en cualquier parte y también que arriesgan su legitimidad si no saben proteger a sus electores, no ya que se verán un día enfrentando a un compacto y potentísimo frente de liberación internacional.

¿No deberíamos reconocer que tanta hostilidad por parte de un mundo ampliamente explotado durante dos siglos por Occidente es más que comprensible? Podríamos incluso adjudicar a los terroristas un voluntarismo ingenuo e irrealista, considerando lógicamente que tal proyecto no encontrará jamás tantos adeptos como para volverse verdaderamente peligroso; pero si no entendemos la lógica del terrorismo seguiremos sin saber defendernos, sin saber cómo combatirlo y mucho menos evitarlo.

Debemos entonces, en primer lugar, profundizar en la naturaleza de la estrategia terrorista, antes de encarar el punto de las respuestas al terrorismo, que son previas a todo intento de derrotarlo. Pero digamos sin rodeos y para ser claros que, como sea, la lucha contra el terrorismo no se vencerá jamás desatando guerras, debido a la pura y simple incomunicación entre los dos tipos de enfrentamiento.

El terrorista (llamo así a un sujeto simbólico, sabiendo bien que una definición correcta e indiscutible de tal palabra no existe: en la mayor parte de los casos “terrorista” es el epíteto con el que se califica al enemigo -M. Begin, un “terrorista declarado”, fue coronado Premio Nobel de la Paz con A. Sadat, asesinado por un comando terrorista) tiene no sólo convicciones (aberrantes), sino que elabora también un sistema propio de valores. Imaginen estar convencidos de que las cosas en el mundo van mal (y no sería difícil para ninguno admitirlo) y que la culpa de todo ello sea del capitalismo desenfrenado de las multinacionales que en la era de la globalización han conseguido una libertad de acción prácticamente desenfrenada e ilimitada.

Podrían ustedes adaptarse, quizá fatigosamente, y operar de tal forma que las cosas del mundo mejoren progresivamente, aunque lentamente y con dificultad; pero si en cambio provienen de una condición existencial en la cual no sólo la esperanza de una mejoría, sino también la probabilidad verosímil de que ésta se verifique es muy cercana a cero (esta es precisamente la esperanza en el futuro de un niño palestino, afgano o iraquí), el espíritu de rebelión se mezclará con el sabor amargo de la imposibilidad de subvertir los pronósticos. Quizá no será en el bien de toda la humanidad en lo que pensarán, sino solamente en el de ustedes o en el de aquellos que se encuentran en la misma situación y sufren como ustedes y con ustedes el mismo sentimiento de impotencia.

Sin temor de parecer condescendiente con una lógica que acepta poner en el primer lugar de su estrategia a la violencia, pero con la lucidez que requiere quien desee mirar hasta el fondo en el abismo del mal, ¿cómo no admitir que situaciones como la apenas descrita estén justo en los orígenes de la “teoría política” (no debemos tener miedo a las palabras) del terrorista? No podemos excluir que el terrorista se equivoque y que su diagnóstico de la situación sea infundado -pero nadie podrá jamás decir que él no lo vive de esta manera-. Si después agregamos -como hoy parece oportuno hacer (pero se trata de un aspecto accidental, suficiente pero no necesario, por así decirlo)- que frecuentemente el terrorista vive también una profunda (por cuanto mal enseñada) fe religiosa inspirada en el fin último del premio ultraterrenal, debemos concluir que también él posee valores, cree en la oposición entre el bien y el mal, por muy distintos que éstos sean de los nuestros.

Excluyo, metódicamente, considerar a los terroristas puros y simples asesinos: existirán algunos entre ellos, como también los corruptos o los traidores -en todo caso Bin Laden es uno de éstos, ya sea de los estadunidenses o del Islam- pero no son las interpretaciones conspirativas de la historia las que nos permitirán entender al terrorismo (otra cosa es reconocer que el terrorismo se nutre de la secrecía y los complots, los cuales requiere para actuar).

La cláusula que estoy buscando estipular se refiere, en cambio, a la exigencia procedimental de que observemos al terrorista de buena fe, como un sujeto político que no debe ser subestimado, sino que -como cualquier otro actor político- es portador de un conjunto de valores (que sean no-valores desde otros puntos de vista no cambia nada) que pretende actualizar políticamente en la historia.

El mismo mecanismo ha sido utilizado en infinitas ocasiones diferentes: en los bombardeos estratégicos de la Segunda Guerra Mundial, así como en la eliminación de los contrarrevolucionarios en la Unión Soviética; en la batalla de Argel, como en el golpe de Estado de Pinochet; en el desafío de las Brigadas Rojas en Italia, así como en el Medio Oriente de los terrorismos contrapuestos: los valores adoptados se imponen (porque en ellos se cree) a cualquier costo, sin escatimar la violencia. ¿Habrá quien dude que los generales del putsch de Argel en 1961 no estuvieran convencidos de la necesidad de conservar el dominio de Francia sobre Argelia? ¿Habrá quien dude que Pinochet no estuviera convencido de la necesidad de su acción? No se diga que éstas, así encarnadas, eran ideas malvadas (aun cuando eso puede ser cierto) y que fueron adoptadas por minorías restringidas que abusaban de su fuerza para dominar a masas inermes y desorganizadas, porque el mecanismo al que obedecían era el mismo en el que se inspiró la paz del equilibrio del terror, o al que recurría la OLP en los años setenta (aun cuando podríamos justificarlo mayormente, como en el caso de los bombardeos masivos que debían debilitar la resistencia del nazismo en Alemania). El problema que surge es: ¿se puede justificar una violencia y condenar otra?

El punto puede aclararse con simplicidad: o la política controla la violencia, o la violencia determina la política. Se trata de una ley casi natural que, por lo tanto, comporta una verdadera y propia elección de tipo ético. Quien quiere vencer a toda costa debe recurrir a la violencia; quien pone la política primero acepta la posibilidad de toparse con derrotas (provisorias), compromisos, renuncias. Y pronto observamos que Robespierre cayó víctima de su propia política, que Stalin fue enterrado por la historia, que Argelia se liberó, que a Pinochet lo echaron, que el equilibrio del terror cesó. A la larga la violencia, que cuando se impone sobre la política se convierte a su vez en una política, está destinada a perderse.

Permanece de todas formas el juicio (o prejuicio) de que la violencia es un instrumento provisorio y que, alcanzados sus objetivos, ésta podrá ser abandonada. Sin embargo, más que una ilusión ésta es una de las cláusulas vejatorias del contrato que quien la escoge estipula con la violencia: otorga la victoria, pero a cambio impone su gobierno que se sustancia en la perpetuación del reino de la violencia, que no podremos siempre exorcizar sosteniendo que violenta es sólo y siempre la política del “otro”, porque eso produce siempre su redoblamiento, que es justamente aquello que se presenta ante nuestros ojos: a partir del 11 de septiembre, nos parece, pero en realidad estaba ya entre nosotros, como siempre.

Dejemos a un lado si Bin Laden es un sincero revolucionario que quiere sacudir a las masas islámicas del sopor en que el colonialismo y los gobiernos sultanistas postcoloniales las han tenido: su acción violenta inmediatamente llamó a otra en respuesta, contra Afganistán. Podía preverlo: ¿y entonces debía renunciar a sus ideales? Acto seguido asistimos al recrudecimiento del terrorismo y del contraterrorismo en Medio Oriente, como si la inauguración del choque de civilizaciones hubiera habilitado a todas las partes a incrementar la intensidad de la violencia. Finalmente -hasta ahora-, tuvimos la guerra de Irak que inauguró una nueva forma de terrorismo: shock and awe (“golpea y deja atónitos”) no es otra cosa que un puro y total abandono a la violencia. ¿Y cómo escondernos del hecho que el ataque de los “voluntarios” a Irak se ha transformado en una verdadera y propia fuente de antioccidentalismo irrefrenable?

II
¿Qué objetivo tendrá entonces el proyecto estratégico estadunidense? No es difícil dar con él: no se trata más que de otra teoría política, del todo similar -permítaseme decir a riesgo de escandalizar- a aquella del fundamentalismo islámico, pero que no parte, sin embargo, desde una situación de debilidad infinita sino desde una de fuerza ilimitada. Los extremos se tocan. El gobierno estadunidense actual cree firmemente en la superioridad de la democracia (occidental) y sabe que ésta es desafiada por otras concepciones de la política, igual e integralmente convencidas de la superioridad de su propio fundamento; considera, por lo tanto, necesario no sólo defenderla sino imponerla, a cualquier costo: el mundo estará seguro sólo cuando sea todo democrático.

Estamos frente a una verdadera y propia concepción del mundo, que no se debe liquidar polémicamente sino que requiere una atenta consideración porque se funda en una verdadera y propia concepción del bien. Los neo-realistas estadunidenses están convencidos de que en la democracia de tipo occidental se encierra la virtud conclusiva de la historia universal y para defenderla deben (compulsivamente) distribuirla en todo el mundo -podemos leer miles de páginas que argumentan que la democracia internacional (modelada sobre el tipo americano) dependerá de su difusión sin confines (pero atención: aunque es verdad que si tal resultado fuese alcanzado sería en el mayor beneficio de la humanidad, ¿el mundo no cuenta?)-.

Basta confrontar la teoría política del realismo clásico con esta nueva versión para comprender qué tan mayormente virtuosa se considera esta última. En el primero, resignado a las injusticias del mundo y a su inevitabilidad, se consideraba un deber (el único) defenderse en una arena política internacional por naturaleza privada de valores. El único principio era la supervivencia, garantizada en el mejor de los casos por la victoria, pero más realistamente por el equilibrio entre las fuerzas, lo que supone en la práctica la disposición a establecer pactos con el enemigo, lo cual era consentido justamente por la (supuesta) amoralidad del ambiente internacional (por eso las pasadas administraciones estadunidenses no percibieron jamás la inaceptabilidad de ciertas alianzas: con el Sha de Persia, por ejemplo, no menos dictatorial y sanguinario que Saddam Hussein).

A este realismo defensivo, o mejor, pesimista, se contrapone hoy aquel agresivo, optimista y moralista (esta es su gran innovación: la ética entra en la política internacional) de quien ha descubierto un arma que el realismo clásico no poseía, escéptico como era incluso sobre la democracia: el realismo de hoy se anima, en cambio, del fuego sagrado de su descubrimiento: ¡el sueño de la seguridad se podrá traducir en realidad cuando todo el mundo sea democrático!

Quien ya se haya ocupado de este tema clásico en la teoría de las relaciones internacionales sabe también que en los últimos decenios los estudios científicos sobre la llamada pax democratica proliferaron con las alas del entusiasmo subsiguiente al fin de la Guerra Fría. El principal tema de debate concernía a las dificultades de una convivencia entre Estados democráticos y Estados autoritarios, y se preguntaba: ¿cómo puede un Estado democrático actuar en un ambiente anárquico y por lo demás heterogéneo? Hoy tenemos una respuesta paradójica que no es, por cierto, aquella que auspiciábamos: imponiendo la democracia allí donde no existe todavía. Pero para hacerlo es necesario el shock and awe, y esto no puede ser considerado un comportamiento democrático: el fracaso teórico del nuevo realismo, por lo tanto, es total y su juego ha sido desenmascarado.

III
Si observamos la historia de la modernidad (me refiero a aquella posterior a la Revolución francesa) debemos admitir que el terrorismo ha acompañado a todas las sucesivas vicisitudes hasta nuestros días. ¿De ello derivaremos la conclusión de que éste es una condición intrínseca de la vida política moderna? Con fines independentistas o represivos, para hacer nacer un Estado o para conquistar un imperio, para hacer triunfar la revolución o para imponer una dictadura (proletaria o militar), ¿no ha estado siempre el terrorismo entre nosotros? No es que antes de la Revolución francesa en política no se ejerciera la violencia, pero ésta era por así decirlo prerrogativa de los príncipes y sólo entre ellos la violencia tenía una función: el ascenso y declive de los imperios. Pero las poblaciones, las sociedades, permanecían inmovilizadas en la sujeción más absoluta. La Revolución francesa impone al mundo un nuevo tipo de organización estatal: el Estado nacional, que en casi dos siglos produce una sextuplicación de su número (de una treintena a casi doscientos). El cuasimonopolio de la violencia antes ejercitado por pocos príncipes se desmorona en un mercado al cual prácticamente todo grupo político puede acceder, con un mínimo esfuerzo organizativo.

Una transformación tan grande no podía ser la simple consecuencia de un solo evento, por grandioso que fuera el de la Revolución. Se requería una nueva cultura, una nueva teoría política, que la sostuviera: se llama Ilustración, en aquella versión que informa al mundo que la concepción absoluta de los principios (por indestructibles que parezcan a los ojos de quien cree en ellos) se enfrenta a un obstáculo material (no ideal) en presencia de otros principios: tantos Estados, tantos principios de organización, podríamos concluir un poco retóricamente.

Justo frente a esta situación -que se tornó inmanejable por el doble problema de la proliferación de Estados y de modelos- el espíritu iluminista propuso un proyecto político nuevo: hacer a un lado los principios (que permanecen intangibles e indiscutibles) y procedimentalizar la lucha política. De ello se derivan conclusiones: 1) el pluralismo de las concepciones del mundo es inevitable por el simple hecho de que las diversas áreas del mundo tienen una modalidad de desarrollo y formaciones culturales autónomas y diferentes; 2) la adhesión a este o aquel conjunto de valores es preponderantemente consecuencia del cielo bajo el cual se ha nacido; 3) la única alternativa al bellum omnium contra omnes (no ya interindividual, sino intercultural) es la aceptación recíproca realizada a través de la idea de superar la separación en Estados soberanos y autónomos. Todo ello puede ser dicho de otra manera recurriendo a tres palabras solamente: pluralismo, relativismo, tolerancia.

Y éstas, a su vez, se resumen en un término: democracia. Ésta, por tanto -si se atiende a la naturaleza de sus tres componentes-, no es en sí misma un valor sino un conjunto de medios, el instrumento idóneo para consentir a cualquiera perseguir los fines en los que cree con una condición: hacerlo en modo no violento, porque la democracia es por definición el producto de la decisión de sustituir el golpe del fusil por la boleta electoral renunciando conscientemente al “bien” a favor de lo “conveniente” (para la mayoría).

Si la democracia es más un medio que un fin, quiere decir que ésta pertenece a la misma clase de instrumentos de lucha política entre los que figura también la violencia. Pero democracia y violencia son estructuralmente, naturalmente, opuestas e incompatibles: el democrático que recurre a la violencia ya no es tal; el violento no podrá jamás acceder a la democracia.

Permítaseme decir, si bien un poco enfáticamente, que esto me parece en verdad importante: el recurso a la violencia impide el recurso a la democracia. No aceptaría dejarme atrapar por la consideración de que, en determinadas circunstancias, también la violencia del democrático podría justificarse, aunque no fuera más que para defenderse de los ataques de los violentos: es demasiado fácil proclamar que vim vi repellere licet -quedaría siempre la pregunta de quién fue el primero-. Por otro lado, tampoco sostendré que la guerra de defensa es injustificable, sino que -después de recordar que ninguna guerra surge de la nada sino de políticas precedentes que quizá no supieron combatir lúcidamente (políticamente) a los proyectos perversos- el derecho a la autodefensa es admisible a condición de que se sea consciente (si bien con pesar) de que en tal caso la democracia queda suspendida (extrínsecamente lo demuestra el hecho de que también los Estados democráticos en guerra cometen acciones no democráticas o incluso terroristas).

El colocar en planos diferentes a la violencia y a la democracia es, por lo tanto, una condición para observar sin fingimientos y con rigor el nudo más complejo de la teoría política: la elección de los medios no es nunca neutral e incide en los fines. ¿La decisión acerca de nuestras conductas no entra acaso en la esfera ética? Verdaderamente inmoral es considerar que la política no puede detenerse ante ningún límite, lo cual es muy distinto al caso de quien es consciente que el recurso a la violencia es una derrota, por provisoria que sea, y que la bondad del fin (si existe) sabrá limitarla. No hay más que una alternativa a esta dificultad: aceptar la violencia de todos pero justificar solamente la nuestra. Si en cambio nos esforzamos por encontrar una salida universal a esta paradoja debemos admitir que nos movemos en el filo del abismo. Pero caminar a lo largo de éste sin plantearse el problema es una promesa segura de caer.

IV
¿Está desnudo el rey entonces? ¿La violencia domina al mundo y ninguno se salva? Sería, por desgracia, muy fácil sufragar esta conclusión con los hechos a la mano -pero sería la derrota de la política y, en su interior, de la democracia-. En cambio también ésta tiene una concepción propia del límite más allá del cual sabe que no se puede tolerar lo intolerable, o bien, que a un desafío totalitario y absoluto no se puede sucumbir. En suma, toda decisión política contiene una referencia a valores y esto impone elecciones.

En la vida real, en efecto, no hacemos nunca elecciones incondicionales: escogemos siempre entre alternativas. Puede darse que en determinadas circunstancias la suspensión de la democracia sea aceptada como un mal menor en comparación con la pasividad frente al totalitarismo del enemigo y al uso absoluto de la violencia que conlleva, pero no debemos omitir que se trata de una condición de excepción, una emergencia que debe suspenderse lo antes posible. No reconoceremos en ello el rostro demoníaco del poder: como todos los medios, la violencia deberá saber ofrecer una justificación. Sin ella, será siempre y de cualquier modo rechazada.

Existe un criterio amplio y elemental: aquel de las alternativas, que el nazismo tenía y no utilizó, y que le faltaban a la Resistencia que fue obligada a utilizar la violencia. Esto explica también por qué la evaluación de los medios no puede restringirse al tecnicismo de la elección de aquellos más eficientes: no habría ningún freno al uso de los más brutales y violentos y éstos se justificarían por su pura y simple eficacia.

Desde esta óptica resulta posible, finalmente, expresar una verdadera condena al terrorismo, que rechaza toda alternativa aun disponiendo de ella y no podrá jamás asumir en sí el pluralismo, el relativismo, la tolerancia. Esto tanto para Bin Laden como para Bush: por más que sus intenciones puedan ser consideradas como dos polaridades opuestas, la elección de sus medios confluye objetivamente en un amalgamiento de sus estrategias: hacer triunfar o imponer las ideas propias con el terror.

Los terroristas podrían admitir que tuvieron que renunciar al pluralismo y la tolerancia (por motivos tácticos), pero rechazarían de todos modos el relativismo, que incluso derribarían sosteniendo que (no sin argumentos sólidos) el relativismo es justamente uno de los males del mundo, por el simple motivo de que la virtud no puede conocer de compromisos: sería, en cambio, típico del mundo occidental decadente refugiarse en la relativización de todos los valores (¿no lo dijo también D. Rumsfeld?) para vivir más cómodamente (también el pacifismo lo lee en esta clave, siendo adoptado por grandes masas sin fuertes asunciones de valores, con la sola prospectiva de evitar situaciones en las que sería necesario comprometerse políticamente).

El relativismo (podríamos también llamarlo, en el actual contexto político-ideológico, laicismo en tanto reconocimiento civil y respeto del pluralismo religioso no desasociados de la denuncia de todo tipo de fundamentalismo), además, consentirá a cualquiera pedir la ciudadanía para cualquier nueva virtud: para ser pluralistas deberemos aceptarla y ser tolerantes respecto a ella. De esta trampa (bien tendida, me parece) se escapa de todas formas con un solo movimiento, es decir, recordando que la democracia rechaza la violencia y que el terrorismo es un ejercicio de violencia: se podrá acoger el pluralismo de todas las virtudes, con la sola condición de que no se tolere su tentativo de imponerse como superiores una sobre la otra.

V
¿Se deriva de esta impostación la propuesta de una moral que sacrifica la incondicionalidad de la concepción propia del bien, y al contrario cree con paciencia y confianza en el triunfo, a la larga, de la racionalidad? Mi respuesta personal es afirmativa y la propongo a todos aquellos que, por una parte, condenan la violencia terrorista del enemigo y, por otra, la ejercitan de otra forma para afirmarse. Pluralismo-relativismo-tolerancia evitan la trampa retórica, tantas veces utilizada, de “con este o con el otro”: con las Brigadas Rojas o con el Estado; con Bin Laden o con Bush; con Saddam o con la “coalición de los voluntarios”, porque escapan al enfrentamiento entre la violencia de una parte y de la otra, y rechazan ambas (si bien, eventualmente, con argumentos diferentes) en tanto que son como quiera que sea violentas. El problema del terrorismo en la historia está frecuentemente mal planteado: se debe discutir la violencia, no el fin al cual ésta tiende.

El terrorismo es la guerra del tiempo de paz y cuando aparece desaparece la democracia empujando a los Estados (a algunos Estados) a combatir el terrorismo con la guerra sin darse cuenta que no se encuentran sino en la elección común de la violencia: el terrorismo no se derrota con la guerra, ni la guerra con el terrorismo.

Concluyo observando que el mundo actual sufre el ataque de quienes (todos los fundamentalismos) ponen en discusión las raíces culturales que el iluminismo elaboró no en la búsqueda de una solución definitiva al problema político sino, al contrario, resignándose a la civilísima constatación de la imposibilidad humana de encontrarla. Parece que hoy, en cambio, estamos encaminándonos por la vía de la absolutización de la política, de la intolerancia, de la fuga de la democracia.

Si tuviera finalmente que decir en qué momento la tomamos, lo identificaría en el fin de la bipolaridad, que tuvo un vencedor ideológico nítido y único: así inconscientemente anunciamos al mundo que la era de las ideologías había terminado y se había alcanzado automáticamente el fin de la historia, entendida como cumplimiento o realización. Fue un gravísimo error: atenuó la intensidad de nuestra virtud democrática, sugiriéndonos que el mundo no debía ya afrontar problemas. La globalización y el triunfo de la “mercantilización” del mundo parecían estar ahí para demostrarlo. Que todo ello haya fracasado y que inmediatamente después el terrorismo y la guerra hayan vuelto a irrumpir por el mundo no puede ser una coincidencia.

La conclusión operativa es clara: ningún terrorismo, por ninguna razón, es excusable. Pero el hecho de que éste sea escogido por extremismos tan diferentes y opuestos no puede ser más que una pésima señal: del barbarismo al cual el mundo parece dirigirse ahora blandiendo virtudes que, para ser de veras tales, deberían ser pacíficas y no lo son. n

Traducción de Natalia Saltalamacchia Ziccardi

Nexos Twitter:


Written by Jorge.Limon

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61 comentarios

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