En varios lugares con Cervantes

En varios lugares con Cervantes

Ronaldo González Valdés

Lo confieso: leí el Quijote después de mis cuarenta. Lo leí, como pasa cuando uno se decide a probar el agua de esos océanos, avergonzado y lleno de un sagrado respeto. Como escribe Francisco Rico: “Irá por los doscientos años que nadie debe de haberse puesto al Quijote con inocencia adánica, sin mediaciones ni pautas. Sin saber, en suma, que va a leer ‘el Quijote’”.  Leí un clásico con perfecto conocimiento de que leía una obra maestra, y la leí con mala conciencia. Me ocurrió antes con Dante y poco después con Shakespeare. Eso fue algo que, sin embargo, no me sucedió con Montaigne, quizás porque tenía muy claro que éste era otro tipo de clásico: no el narrador, el dramaturgo o el poeta, sino el creador de un género distinto, pensado acaso como hermano menor, tal vez “dependiente”, de los grandes géneros literarios o hasta de la filosofía y, en general, de eso que está en extinción, diría George Steiner, y que todavía llamamos humanidades.

Pues bien, a mí me ha servido para cierto desahogo la lectura de En un lugar de Cervantes (México, Cal y Arena, 2016), una muy disfrutable reunión de fragmentos sobre Cervantes, su poesía y su dramaturgia y, desde luego, el Quijote, escritos por autores de primera línea a lo largo del tiempo.

Y así encontramos curiosas (y aparentes) diferencias de opinión entre Borges y Jordi Gracia. “Para los dos, para el soñador y el soñado, toda esa trama fue la oposición de dos mundos: el mundo irreal de los libros de caballerías, el mundo cotidiano y común del siglo XVII” (aunque “los años acabarían por limar la discordia”: Borges). “No hay dos Cervantes, uno realista y otro fantástico, uno de fe y otro descreído, uno aventurero y otro costumbrista” (lo que hay es un Cervantes con una visión del mundo “fundamentalmente irónica”: Jordi Gracia).

Claudio Magris, insistiendo con justicia y muy a la Italo Calvino, en el metasentido que porta y produce el Quijote sin cursivas, el personaje, y el  sentido en que nos hace entrar el Quijote con cursivas, la obra clásica: “Maltratado y aun así irreductible, don Quijote tiene fe no en la vida, que no sabe lo que está haciendo, sino más bien en los libros, que no se limitan a explicar la vida sino que también son lo que otorga a ésta un sentido, sus señas”.

El mismísimo Thomas Mann, en medio del mar, con la certeza de que “el Quijote me aguarda en la otra orilla” o Flaubert, luminoso representante del mejor y más radical naturalismo, encomiando al clásico de la ficción desmesurada: “Lo que hay de prodigioso en Don Quijote es la ausencia de arte, y esa perpetua fusión de la ilusión y de la realidad que hace de él un libro tan cómico, tan poético. A su lado, ¡qué enanos todos los demás! ¡Qué pequeño se siente uno, Dios mío! ¡Qué pequeño!”.

Y de ahí a las revelaciones de un Nabokov, no se sabe qué tan auténtico, que lo define como “una auténtica enciclopedia de la crueldad (…) uno de los libros más amargos y bárbaros de todos los tiempos”.

Pero hay en este lugar de Cervantes más autores comentando no sólo al Quijote, sino su apenas justipreciada poesía (J. M. Caballero Bonald) o su dramaturgia (el prólogo de José Emilio Pacheco a El cerco de Numancia, citando la admirativa cuanto enigmática cuarteta de Schopenhauer:

El suicidio de todo un pueblo

Aquí ha pintado cervantes.

¿Se rompe todo? Sólo nos queda

Volver al origen de la naturaleza).

Y no sigo más porque este es el gran mérito de la compilación de Kathya Millares y Luis Miguel Aguilar: estimularnos como conejillos de indias, pincharnos en alguna zona sensible, hacernos entrar en sentido con los que entraron en sentido con Cervantes.

Por mi parte, no puedo más que agradecer el desahogo que su lectura me ha provocado, esa catarsis que, en su aristotélica acepción, no es nunca la misma para cada espectador (para cada lector). Volveré a Cervantes para confirmar a Calvino en esa primera tentativa de definición: al clásico se le relee. Estoy seguro que, después de esto, no estaré frente a la misma obra, ni estará la obra ante el mismo lector.

Written by Yuvel Castro

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