Woldenberg

Bugarini sobre Woldenberg: hasta la democracia y más allá

Ronaldo González Valdés

En su comentario al último libro de José Woldenberg, Cartas a una joven desencantada con la democracia (México, Sexto Piso, 2017), Luis Bugarini muestra las virtudes de lo que en otros tiempos se llamó “diálogos cruzados”. Un escritor y crítico literario lee con una mirada distinta a la del especialista la obra de un politólogo, establece una interlocución distinta con él. El lector se beneficia entonces de un texto legible, bien escrito y comprensible. Y eso permite al autor, además, decir las cosas directamente, sin el engorro de los protocolos académicos y terminológicos. De su artículo, “Woldenberg ante el desencanto” (publicado en el blog “Asidero”, edición digital de nexos, 11 de octubre de 2017), me interesa la siguiente idea: “Quizá sea momento de hibridar la experiencia democrática con mecanismos para lograr un auténtico balanceo de fuerzas políticas”. Aquí está, me parece, un gran tema de la agenda política en México y otros lugares (la mayoría) donde la democracia representativa está severamente puesta en cuestión.

No estoy totalmente de acuerdo con otras cosas. Por ejemplo, con la afirmación de que el entusiasmo democrático de Woldenberg, que lo lleva  a estetizar ese modelo al afirmar que “lo mejor de las elecciones son las propias elecciones”, sea entendible “debido a su labor en el entonces Instituto Federal Electoral”. José Woldenberg es parte de la que fue acaso la última generación de mexicanos de izquierda que abrazaron, en su juventud, la causa del socialismo. Una causa que incluía la crítica radical de la “democracia formal” y la apuesta por la “democracia real” (todavía hasta el XIX Congreso del PCM, en 1981, se discutía si el partido debía postular como objetivo la conquista del “poder obrero democrático” o la “dictadura del proletariado”, aunque, hasta donde sé, Woldenberg nunca militó en esa vertiente del comunismo).

Luego de transitar por el Movimiento de Acción Popular y el PSUM, de participar en las primeras esforzadas lides del sindicalismo universitario y, poco más tarde, del Frente Democrático Nacional en 1988, y de la fundación del PRD un año después, personajes como Woldenberg hicieron su propio ajuste de cuentas y se decidieron por la lucha democrática sin más (su libro El desencanto, publicado en 2009, narra este característico periplo suyo y de buena parte de su generación).

En este ajuste de cuentas, destaca la revisión de su paso por la lucha sindical inspirada por la Tendencia Democrática de los Electricistas, encabezada por Rafael Galván en los setenta. Y es justo de ese pasaje que se pueden sacar lecciones provechosas para, como dice Bugarini, “hibridar la experiencia democrática con otros mecanismos…”, aunque yo diría que no sólo para “lograr un auténtico balanceo de fuerzas políticas”, sino para hacer que la democracia electoral propicie el funcionamiento de gobiernos eficaces, por un lado, y contemporice con otras formas de representación de intereses, por otro.

Creo que por aquí se podría avanzar en dos líneas: primero, las formas de representación no irreductiblemente electorales, y segundo, las reformas al sistema político emanado de las elecciones tanto en el poder Legislativo (Congreso de la Unión y congresos estatales) como en el Ejecutivo (gobierno federal y gobiernos locales).

El primero es el más complicado, pues remite al inmediato (y deplorado) pasado del corporativismo prohijado por el viejo PRI durante la mayor parte del siglo XX. El corporativismo fue desmantelado, y eso está muy bien, pero uno no puede dejar de interrogarse, ¿dejó el corporativismo un vacío en la negociación política y en la representación de intereses en la sociedad mexicana? Si así fue, tendríamos que desplazar la pregunta: ¿de qué otras formas podría representarse en la esfera de lo político ese ámbito, como le llamaba Max Weber, de la constelación de intereses colectivos, heterogéneos pero organizados u organizables, que ahora mismo no están en ninguna negociación, en ninguna decisión, si no es por el disparejo juego de su fuerza fáctica?

Menciono, en este sentido, dos ejemplos a mano: los empresarios sí están en el “cuarto de junto” en la discusión del TLCAN, pero solamente algunos, ningún otro actor social; el Pacto por México se hizo con los partidos representados en el Congreso de la Unión y con nadie más, es decir, ningún otro sujeto colectivo discutió y acordó ese Pacto. Es por eso que digo que la revisión de la experiencia del Sindicato de Trabajadores Electricistas de la República Mexicana (STERM) y la tentativa de conformación de la Central Nacional de Trabajadores (CNT) con los telefonistas, la CROC, la CRT y otras organizaciones, auspiciada por Rafael Galván, puede ser oportuna y aleccionadora hoy en día: ¿cómo alentar el surgimiento de agentes de negociación social que ostenten una representatividad que los partidos simplemente no pueden ostentar?

En relación con lo segundo, el mismo Woldenberg se ha ocupado recientemente de estos temas al ofrecer propuestas orientadas a preservar el pluralismo, abatir la fragmentación, mantener la representatividad y fortalecer la gobernabilidad. En principio, está la posibilidad del tránsito de un sistema presidencialista a uno parlamentario, aunque como esto es en verdad complicado en un país con la historia y la cultura política de México -siempre requerido del Tlatoani- están otras sugerencias muy precisas: llevar a cabo las reformas necesarias para regular más rigurosamente la aparición de nuevas opciones partidistas cada tres años en la boleta electoral, formalizar un sistema de representación proporcional aritméticamente estricto, la introducción de la segunda vuelta electoral y la construcción de gobiernos de coalición (en “Parlamentarismo y/o ajustes al régimen de gobierno”, en el blog “De chile, dulce y manteca”, edición digital de nexos, 2 de octubre de 2017).

Convengo plenamente con Woldenberg cuando advierte que “ojalá ese malestar en la democracia no se convierta en un malestar con la democracia. Pues entonces estaríamos en problemas mayores”. Pero me resulta muy pertinente la inquietud de Luis Bugarini por avanzar, paralelamente, en esa hibridación de la experiencia democrática electoral con otras que tienen también su andadura histórica, doctrinaria y teórica (el corporativismo social de Durkheim, el neocorporativismo de Scmitter, la negociación de intereses en Gian Enrico Rusconi). Hay que estar con la democracia, siempre imperfecta, y por eso hay que intentar perfeccionarla, pero hay que agregarle quizá otros elementos, hacerla converger con otras tradiciones políticas: como aquel Buzz del mainstream gringo, acaso debamos ir hasta la democracia y más allá.

 

Written by Yuvel Castro

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