El viejo de Tejalpa contra el rock

El viejo de Tejalpa contra el rock

Paris Padilla

―¡Váyanse!” ―dice el viejo y saca el machete.

―¡Váyanse, porque yo sí soy cabrón! ―les grita a un grupo de jóvenes, quienes, aparentemente, estaban tocando música de rock en la plazuela del pueblo.

El viejo se ve enojado, como si la presencia de los jóvenes en la plaza pública lo ofendiera personalmente. El video que muestra la escena llamó mi atención por las muchas lecturas que nos ofrece en tan pocos minutos.

Sucedió en el poblado de Tejalpa, en el Municipio de Juitepec, Morelos: Un hombre de edad avanzada, vestido con sombrero, guayabera y machete fajado, está gritándole a unos jóvenes a los que se les ocurrió llevar su música a la plazuela del lugar. En este tipo de lugares, pienso, las plazas públicas tienen una importancia central para los habitantes. Ahí se protesta, se informan los programas sociales, se llevan a cabo las fiestas patronales. Ahí la iglesia colinda, quizá, con una pequeña y arrinconada oficina de gobierno.

―Que venga el delegado, o Manolo (probablemente refiriéndose a José Manuel Agüero, el Presidente Municipal de Jiutepec) o el Gobernador” ―exclama, profesando autoridad.

¿Por qué tanta ira contra lo diferente? Tal parece que Tejalpa viene luchando desde hace algunos años por obtener autonomía indígena, así como por separarse del Municipio de Jiutepec. Se trata de la misma lucha por la que han pasado otros pueblos originarios en México para obtener reconocimiento político y autogobierno, basados en la idea de la supresión histórica de su forma de vida y de su cultura.

Veo al viejo con machete en mano, la herramienta de trabajo que pasa a ser arma cuando hay que enfrentarse al Estado o defender la tierra, atacando a unos “rockeros” y se me vienen a la mente los sucesos de San Miguel Canoa, donde los pobladores, influenciados por el cura local, mataron a unos estudiantes a los que confundieron con comunistas en 1968.

―[Llevan] toda la mañana engañando a pendejos―reclama el viejo, como si los músicos estuvieran haciendo un reclutamiento y él fuera el único en percibirlo.

En cierta medida la escena también me resulta cómica, pues creo conocer la situación. Como alguien que ha tocado y promocionado el rock en una región que reivindica mucho la música tradicional y la cultura local como la sinaloense, ese choque cultural me ha llegado a parecer irónico e inevitable. ¿Qué  derecho tiene uno de querer evangelizar con guitarras eléctricas a un México que todavía no termina de asimilarse a sí mismo?, pienso.

Imagino que no es la primera vez que el viejo que saca el machete para ir contra lo que él considera una amenaza de ese tipo, pero uno no puede evitar sentir cierta ternura hacia la ingenuidad y hacia la pureza que pretende defender el hombre, quizá anclado en la noción de que en tiempos pasados, cuando no había TLCAN, ni internet, ni teléfonos celulares, las cosas eran mejores.

―¡Yo soy ranchero, pobre y humilde. Y la música pendeja, ésta! ―, dice, haciendo también una reivindicación de clase. Para él, el rock no solamente es citadino, sino burgués y arrogante. No se imagina, y probablemente nunca sepa, que en otras latitudes el rock ha sido una expresión contra el sistema y contra los valores burgueses.

¿Qué tipo de jóvenes esperaría el viejo ver en la plaza de Tejalpa? Definitivamente no se trata de puritanismo, eso lo deja bien claro casi al final del video:

―¡Agarro, me voy a Garibaldi, me llevo 50 mil pesos y me los gasto, chingado! ¡Hasta las 6 de la mañana salgo y pura botella y mariachi y no chingaderas!, ¡Orale, a chingar a su madre, guangos! ―sentencia, sin saber tampoco de las fiestas que Led Zeppelin hacía en hoteles cuando estaban de gira o de las veces que a Nikki Sixx se le fue la mano con las drogas.

Ser pobre, nos deja en claro el viejo, no es no poderte gastar 50 mil pesos. Porque quizá en eso se le van a uno los ahorros de todo un año trabajando de sol a sol, o es el lujo que se puede dar alguien cuando le pagan la cosecha. No. El pobre al que él se refiere es una cuestión de identidad: “el pobre, ranchero y humilde” va a Garibaldi y canta con mariachi hasta las 6 de la mañana, y no escucha esa música que nada tiene qué ver en Tejalpa.

 

Written by Yuvel Castro

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