A diez años de Navajas: el arte de develar

Num 18 | Sinaloa y su porvenir 

Ronaldo González Valdés

Sinaloa es prolífica en el proveimiento de noticias al país y al mundo. Algunas de ellas, aunque ligadas al tema de la violencia y el narcotráfico, resultan curiosas o, diríase, dramáticamente curiosas. Tal fue el caso de la exposición Navajas de la pintora y escultora Rosa María Robles, montada en el Museo de Arte de Sinaloa, en junio de 2007, en Culiacán. Este mes se cumplen diez años de aquel verdadero acontecimiento en la historia cultural del país y la región. En ella, y particularmente en una de sus piezas denominada “Alfombra roja”, se mostraban diversos objetos relacionados con hechos delictivos reales (ropa, cobijas, palos, mantas y otros artefactos) que decían, de manera figurada, acerca de una porción de nuestra vida, de una dimensión moralmente miserable de nuestra relación social cotidiana: aquella que no habla de florecitas-y-amores-míos ni del carácter recio, francote y esforzado de la gente del norte, sino de la manera en que nos lastimamos y aniquilamos los mexicanos y los sinaloenses.

La nota cimbró a una buena parte de la sociedad convencional del estado, incluida, desde luego, su clase política. ¡Cómo es posible que el máximo recinto de las artes visuales en la entidad albergue una exposición dedicada a los temas de la violencia y el narcotráfico!, exclamaron airados más de tres conspicuos representantes de las buenas conciencias locales. De hecho, el balazo detonante de la primera nota aparecida en El Debate de Culiacán (20 de junio de 2007), rezaba, y he aquí de nuevo el apócope de nuestros tiempos: “Narcoexposición en el MASIN”. Era de esperarse que los medios masivos de comunicación sesgaran la nota hacia el morbo y el amarillismo; de eso se trata en el mercado: de la ganancia, de lo-que-deja, del valor de cambio. Y lo-que-deja en este terreno, lo que se intercambia y se tasa en dinero igualador es el escándalo. Quizá esa sea otra forma de violencia, o mejor, una metaviolencia tan agresiva como la violencia a la que, según esto, denosta y se opone.

Fue una lástima que Rosy Robles se enganchara al principio con este discurso ruidoso y mórbido. No sólo los medios locales, sino un número significativo de nacionales (Milenio, Reforma, La Jornada, Proceso, Televisa, algunas cadenas nacionales de radio) e internacionales (Washington Post, La Opinión de Los Ángeles y Univisión, hasta donde me consta) publicaron y transmitieron notas y entrevistas referidas al asunto: Sinaloa violento y narco, exposición sobre el narco y la violencia en Sinaloa. Salvo los comentarios informados y puntuales de articulistas como Martín Amaral y Ernesto Diez-Martínez, por ese rumbo se fue todo, o casi todo, que para el caso es lo mismo. Y ha sido de reconocerse, después, la inteligencia de la misma Rosy para montarse en esa ola inicial e insistir, ahora sí, en su propuesta artística (con todo y temática) para mover su exposición en una itinerancia que, desafortunadamente, no ha tenido la resonancia que merece.

Más allá del núcleo legal del asunto, que se desactivó pronto, es mi convicción que lo que hizo la artista visual, lo que nos propuso con su obra, estuvo y está bien (quien esto escribe era, ¡por mera casualidad!, titular del área de cultura del gobierno de Sinaloa). Por el contrario, más que señalarla con índice flamígero, a Rosy se le debería tomar como ejemplo. Tendríamos que hacer algo parecido desde la literatura, las artes plásticas y escénicas, la antropología y la sociología, para ponernos como sociedad ante un espejo que nos devuelva nuestra imagen de cuerpo entero, la imagen de lo que hemos hecho y deshecho en los últimos años, la imagen contrastante (aunque no contrastada) de nuestra erizada realidad.

La propuesta de Rosy es más pertinente aún si se considera lo señalado por autores como Juan Villoro,  quien, en un escrito que le hizo acreedor al Premio Nacional de Periodismo “Rey de España” en enero de 2010 (“La alfombra roja del terror narco”, publicado originalmente en el suplemento El Cuaderno del Domingo de El Periódico de Catalunya, 1 de febrero de 2009), y que se refiere justamente a esta exposición, da cuenta de, así le llama, “una crisis de los mensajes” como parte de una crisis de gobernabilidad en México: “Si durante siete décadas declarar fue más importante que gobernar (el bienestar como promesa que no admitía refutación), ahora el presidente aparece en las noticias durante unos segundos entre dos asesinatos, un parpadeo oficial en medio de la metralla. En este contexto, el crimen organizado ofrece la nueva simbología dominante. El narcotráfico suele golpear dos veces. En el mundo de los hechos y en las noticias donde rara vez se encuentra un discurso oponente.” Las “firmas” de los cárteles o de los grupos delincuenciales (decapitar, descuartizar, encobijar, colgar de puentes, dejar cadáveres en maleteros de los automóviles, etcétera), las mantas y los videos, junto con el narcocorrido, constituyen, dice Villoro, la mediósfera del narco.

El desdichado lugar común se impone: si de violencia se habla, el caso de Sinaloa resulta paradigmático; pero también, hay que decirlo, Sinaloa se ha vuelto una suerte de estereotipo. Así ha ocurrido porque es cierto que esa violencia que desafía los códigos convencionales de actuación colectiva, destacadamente la que se desprende del narcotráfico, tiene su origen y despliegue en esta entidad. Y así ha ocurrido, de igual manera, porque, como sucedió con la exposición de la Robles, el tratamiento público y mediático del asunto, embozado tras la insoportable levedad de la numeralia oficial y la cruel chabacanería periodística y literaria (no pocos novelistas y cronistas incluidos, con las conspicuas excepciones de escritores como César López Cuadras y Javier Valdez Cárdenas) han alimentado una visión terriblemente ligera, y en el mejor de los casos apenas moralizante, del problema. En contraparte, de la mano del arte, acaso, como sugestivamente lo plantea la obra de Rosa María Robles, la historia y la sociología pueden contribuir al desenmascaramiento de una trama que involucra a las dimensiones simbólicas igual que a las estructuras materiales: la obra de Rosy, entonces, contribuye a resignificar el fenómeno del narco y sus secuelas de todo tipo. Opone a la mediósfera organizada desde lo delincuencial, la muy descifrable cifra del mensaje de alerta, de preocupación, que el arte construye. Diríamos, siguiendo a George Steiner, que se trata de una gramática de la creación que se opone a las gramáticas del nihilismo y el vacío generadas por la comunicación narca.

Tentativas como la de Rosy Robles pueden acercarnos, aunque sea de manera tan brutal, o precisamente por eso, a la comprensión de que ha ocurrido con la organización simbólica del mundo en las generaciones de sinaloenses que hoy en día respiran y sueñan, deambulan e intercambian, se aman y aniquilan entre sí en esta parte del semitrópico mexicano.

 

Written by Redacción