De las victorias de un César

Num 17 | Quizá la muerte

Ronaldo González Valdés

César López Cuadras es uno de los mejores narradores sinaloenses de todos los tiempos. Un autor relativamente poco conocido más allá de este solar semitropical, a quien el crítico literario Geney Beltrán describió como “uno de los secretos más inexplicablemente relegados de la narrativa mexicana”.

César hacía muy pocas concesiones en todo. Y así como no concedía a la robotizante estulticia de la meritocracia académica (“Lo doctor no quita lo pendejo, mi Rony”, me dijo alguna vez en los pasillos de la facultad de Humanidades de la Universidad de Guadalajara), no concedía tampoco a las trampas de alguna novísima narrativa del norte con sus narcos tan sórdidos cuanto chabacanos y, ay, tan vendedores de libros en las mesas de novedades. “En mis cuentos y novelas hablo, entre otras cosas, del narcotráfico, es cierto; para un escritor sinaloense eso es inevitable, pero en el fondo pienso como Borges: no es eso lo que nos define, la literatura es buena o mala, ni católica ni protestante, ni revolucionaria ni reaccionaria, ni de denuncia ni de complicidad. Otra cosa es la vida personal y pública del autor, pero como dice El Feroz -me comentaba en algún bar culichi la noche en que recibió el Premio Sinaloa de las Artes-, eso es otro pedo”.

No concesivo, para empezar, consigo mismo: nada de historias fáciles y ya lamidas por su penosa (aunque muy redituable) recurrencia; nada de seguir el juego a esa mitología, tan poderosa comercialmente, del Gran-Capo-señor-de-dominios-extensos-y-ferreamente-controlados, dador y quitador de vidas y plazas. Había que contar la historia real, la del sicario ordinario, la de los pequeños líderes (casi nunca jefes de jefes) que se disputan con todo la plaza para el trasiego y la venta en el mercado autóctono. Y junto con eso hacer aparecer otros personajes, otras trayectorias que, ciertamente, se entrecruzan con las del narcotráfico y sus actores: un estudiante radicalizado en los inicios de los setenta que vuelve a su tierra, Guasachi, a vengarse del proxeneta que arruinó la vida de su hermana, un alemán que se naturaliza sinaloense pero no deja jamás de buscar el tesoro nazi, un Truman Capote subyugado por la magia miserable de este clima tan exuberante como su gente.

No es poco lo que le debo a César.

Le debo las cervezas y las pláticas con Jorge Medina Viedas, René Jiménez, Nery Córdova, Arturo Madrid, Arturo Lizárraga y otros amigos de aquellos tiempos en el Mazatlán uaseño del asedio toledista en los tempranos ochentas.

Le debo mi maestría en Sociología, de la cual él era coordinador cuando en 1986 hice maletas para viajar a Guadalajara.

Le debo mi más cabal comprensión del marxismo que inspiró la hechura de aquella tesis Universidad-Fábrica, documento animador de la acción y el drama de los “enfermos” de Sinaloa (López Cuadras fue un muy serio estudioso de la economía política antes de recoger arreos y arar en terrenos de la narrativa literaria).

Le debo el aprendizaje práctico de la hospitalidad en otro medio académico (como profesor en la Licenciatura en Sociología de la U de G) y en su mismísimo hogar con su amabilísima compañera de aquellos años, Etelvina, y sus talentosas hijas, sus orgullos de siempre.

Le debo la tertulia generosa con Álvaro Rendón Moreno, nuestro Feroz, en más de una cantina de Culiacán en tiempos no muy lejanos.

Le debo la posibilidad de contrastar los estilos y los contenidos de una escritura que jamás cedió al brillo fugaz del mercado con la fatigada escritura de los autores de aparador y reflectores mediáticos.

Le debo, en fin, una mañana de un 22 de febrero de 2010, acompañados por Héctor Ruvalcaba, charlando sobre la literatura del norte en la Feria del Libro del Palacio de Minería.

Le debo eso, la cena, las copas y las risas ya nocturnas en el restorán La Ópera con Rafa Pérez Gay, Delia Juárez, Héctor de Mauleón y Ariel González Jiménez, gente que lo conocía, que conocía su obra, que lo apreciaban mucho a él y que apreciaban mucho su trabajo narrativo.

Todavía debo hoy mismo el recuerdo de su erudición, de sus enseñanzas, de su humor y su amistad entrañable. Por cierto, no quedó debiendo, este César tan socráticamente sinaloense, ningún gallo ni al palenque ni a Esculapio.