Debates, debates, debates

Ronaldo González Valdés

“Menos spots, más debates”, ha insistido Héctor Aguilar Camín (Ricardo Anaya también lo dijo hace más de un año, no sé si lo seguirá sosteniendo). “Los debates son la mejor defensa de la democracia”, rotuló Enrique Krauze, acaso un poco excesivamente,  su intervención en la apertura del Foro “Ciudadanos Opinan”, organizado por el Frente Ciudadano por México el pasado 19 de octubre. Para que los debates permitan el fortalecimiento de la vida democrática y alienten la decisión no sólo emotiva (y de ser posible un poquito racional) entre el electorado, sin embargo, deben quedar claros, en principio, algunos puntos.

Primero, la legislación electoral debe cambiarse para que no todos los candidatos participen en los mismos debates. Krauze sugiere que, de acuerdo con su representatividad en el Congreso o por sus últimos porcentajes de votación, se conformen dos alineaciones en dos espacios distintos. Habrá que ver cómo puede resolverse este asunto que, ciertamente, no es sencillo ni menor: todos los candidatos en un mismo saco es un despropósito, dividirlos en equipos de “primera” y “segunda” división puede serlo también desde la óptica del respeto al pluralismo. Y a como pintan las cosas, con la posibilidad de que entren en contienda entre ocho y nueve candidatos -tres o cuatro de los partidos y quizá cinco independientes-, no veo manera de organizar, con un elenco completo, una discusión seria e interesante que no haga al público cambiar de canal.

Segundo, debe fijarse lo que podríamos llamar la ruta crítica. De inicio, precisar una agenda que puede ser encargada a un grupo de académicos y ciudadanos representativos de la sociedad civil y los sectores productivos. No estoy de acuerdo aquí con Krauze en que el problema de los debates sea su empañamiento por las exhalaciones dogmáticas y doctrinarias. Ese es (o era, porque cada vez más las identidades doctrinarias e ideológicas se desvanecen) un problema, pero me parece que, ahora mismo, el nudo gordiano de los debates está tramado con las hilachas del tapiz desmadejado de las identidades partidistas que se convierten, entonces, en espeso lodazal con que los participantes se lanzan a la menor provocación.

De esta manera, antes que debatir en la tribuna pública, los debatientes se debaten en el lodo. Lo acabamos de ver con Hillary y Trump (todavía resuena el “¡Qué mujer tan desagradable!” trumpiano de aquel 20 de octubre de 2016), lo hemos visto en México en los últimos tres procesos electorales en los que ha estado en juego la Presidencia de la República, no lo vimos en cambio en Alemania en los debates entre los candidatos a Canciller Angela Merkel y Martin Schulz hace un mes, como no lo vimos tampoco en el duro y memorable debate entre François Hollande y Nicolas Sarkozy en Francia hace cinco años.

A propósito del tema, lo deseable no es evitar a toda costa los señalamientos, incluso los personales, pues finalmente las historias personales están también en juego, y no en último lugar. Lo deseable es que los señalamientos que se hagan sean fundados empírica y argumentativamente: no “yo creo”, no “esto hace suponer”. Señalamiento que no esté fundado se suspende y se sanciona de inmediato, para empezar, quitándole la palabra a quien lo saque a cuento.

Por cierto, en su columna de ayer en el diario El Universal, Carlos Loret de Mola recordó que en la reunión sostenida con medios y comentócratas en Los Pinos el 17 de octubre, el Presidente Peña Nieto “se pronunció enfáticamente por que la campaña de 2018 tenga muchos debates, que esos deben definir la elección”. Y miren quién ha lanzado el guante, hay que intentar, por lo menos, recogerlo.

@RonaldoGonVa

 

Written by Redacción