El PRI sinaloense, intuición y pragmatismo

 

Ronaldo González Valdés

La reconstrucción de las zonas afectadas por la devastación sísmica en el país costará mucho dinero. Cálculos preliminares hablan de 40 mil millones de pesos. Tiene razón Raymundo Riva Palacio cuando, en su columna del pasado 22 de septiembre en el diario El Financiero, escribe: “En 1985 fue la metamorfosis política; en 2017, hoy mismo, lo que está en juego es el proyecto de nación”.

Porque, ciertamente, la pura reconstrucción material sin recuperación económica no será suficiente para resarcir los daños en la infraestructura productiva y de vivienda, el empleo, los puentes fracturados de la relación humana y la relación con la política causados por los terremotos. De cara al proceso electoral del año que entra, ¿están preparados los partidos políticos para salir ellos de sus propios temblores y hacerse cargo de los temblores sociales? Este es un buen marco para iniciar la serie sobre los partidos en Sinaloa.

Iniciemos con el PRI, un partido poco afecto al debate político y programático en estos días (o ideológico en otros tiempos). En su versión regional, esta característica se acentúa. Sinaloa ha prohijado clases políticas priistas hábiles para la acción inmediata, para la negociación y el acuerdo práctico y en cortito. Los políticos “sabios” de la leyenda priista sinaloense, poco o nada se parecen a Lázaro Cárdenas, Jesús Reyes Heroles, Enrique González Pedrero o, en el otro extremo, Carlos Salinas de Gortari. Acaso la excepción sería el mazatleco Rodolfo González Guevara (que terminó saliendo del PRI con la Corriente Democrática), pero ese tipo de personajes, como ocurrió en la literatura o el cine con Gilberto Owen o Pedro Infante, adquirieron fuste en el altiplano y no en esta Aridoamérica nuestra.

Acaso eso explique porque el PRI local se infla y desinfla con tanta facilidad dependiendo de la circunstancia nacional. Los priistas sinaloenses, como sucedía en el siglo XIX con sus antecesores centralistas y federalistas o liberales y conservadores, orientan su veleta en la dirección del viento. Y ahí los tenemos un día reforzando y otro día destrabando los candados para la designación de sus candidatos, un día siendo nacionalistas revolucionarios (ah, temps, temps), otro recitando las divisas del liberalismo social y otro más las de un neoliberalismo “globalizador pero nacionalista”, tal y como está sucediendo con la renegociación del TLC. De ahí que sus apuestas actuales, en Sinaloa, estén más fincadas en lo que dejen de hacer los demás partidos… y los electores. En el elemental pragmatismo priista, hay algo de intuitiva astucia: no es la segunda ley de la termodinámica, pero está muy claro que al PRI le va bien cuando la gente no sale a votar.

Ahora mismo, el PRI sinaloense es una organización burocratizada y con una implantación social cada vez más frágil. Sus triunfos en los comicios de junio del año pasado para elegir Gobernador, presidentes municipales, diputados y regidores, obedecieron en buena medida al altísimo porcentaje de abstención registrado en las urnas (el más elevado en los últimos 15 años, con un  55.6 por ciento). El mismo PRI local tuvo una votación históricamente baja en número de votos, pero le fue bien, ganó la gubernatura, la mayoría legislativa y los municipios más importantes. Esto, y el fracaso de la intentona de alianza PAN-PAS, desbrozó su camino a la recuperación del poder regional. La pregunta se desplaza: ¿a qué apostará el PRI sinaloense en las elecciones locales y federales del 2018? ¿Presentará planteamientos programáticos? ¿Cuáles serán sus alianzas? Y en función de eso, ¿quiénes sus candidatos al Senado de la República?

 

Written by Redacción