El temblor en los partidos, ¿el terremoto en la política?

 

Ronaldo González Valdés

Los partidos han sufrido sus propios temblores provenientes de los mismos epicentros geológicos que los sismos de días pasados. A propósito de la tragedia, y a raíz de la crítica multánime de que fueron objeto en las redes sociales, las sucesivas respuestas de las dirigencias de los institutos políticos han sido un extraordinario compendio de desmesura pragmática, irracionalidad e insensatez. Y digo:

  1. Que desde luego que el clamor contra los partidos tiene justificación. Por muchas razones, entre otras su financiamiento público ofensivo, dada su evidente inoperancia como agentes de representación  y agregación de los intereses sociales.
  2. Que la puesta a remate en subasta mediática en la que entraron el Frente Ciudadano por México (PAN, PRD y MC), Morena y el PRI, ha contribuido a enrarecer más el ambiente ya de por sí turbio de la vida social y política nacional. “¡Hagan su oferta, quién da más, quién da más! —exclama el martillero intemperante de las redes sociales y los medios de comunicación—. Yo, responde el otro dirigente nacional, acá está mi postura: no el 20, no el 50 por ciento, ¡el 100 por ciento del dinero, las prerrogativas totales del tiempo electoral y el ordinario, por reforma constitucional, ni un centavo de financiamiento público a los partidos nunca más!”.
  3. Que lo primero que uno hubiera podido sensatamente esperar es que las dirigencias partidarias se reunieran, dieran una demostración de madurez y fijaran una postura compartida. Se me ocurre que, en principio, dicha postura pudo ser la siguiente: “Muy bien, adelante, nos hemos reunido y hemos acordado renunciar a todo el financiamiento público que resta por asignar y ejercer este año (alrededor de mil millones de pesos) para que se destine a las tareas de la reconstrucción de las zonas afectadas por los sismos”.
  4. Que en el marco de ese hipotético espacio ejemplar creado por los partidos, se hubiera anunciado que dentro de un mes, previa deliberación a su interior (¿o aquí nadie se acuerda de esa señora llamada democracia interna?) y con la opinión de especialistas y estudiosos del tema, se planteará una revisión de los esquemas y mecanismos de financiamiento a los partidos (“Sin votos no hay dinero” y demás), de los tiempos otorgados en medios (menos spots, más debates, dice Héctor Aguilar Camín) y de las propias posibilidades de reglamentar el financiamiento privado que de todos modos está presente más allá de la ley  y de la peor manera, aunque este es un asunto bien espinoso que, de entrada, puede dar lugar, como ha escrito José Woldenberg, a una mayor espiral de arreglos opacos e indeseables.

Pero no, nada de esto ocurrió. El presidente del Comité Ejecutivo Nacional del PRI, Enrique Ochoa Reza, lo declaraba ayer: “dejaremos de recibir recursos públicos, con la reforma constitucional que proponemos nuestras fuentes de financiamiento serán los bolsillos de los militantes y las aportaciones privadas”. Y la inevitable pregunta se formula por sí sola: ¿estamos preparados como sociedad para eso, está preparado el Instituto Nacional Electoral, podremos garantizar el funcionamiento de un órgano de fiscalización que asegure que los recursos del gran capital no condicionarán las decisiones públicas o que el recurso no provenga de fuentes extranjeras o del crimen organizado?

Ahora mismo, en contra de su propia pervivencia, los partidos nos han dado otra magnífica prueba de su incapacidad para asumirse como entidades de interés público. Las elecciones del 2018 están a la vuelta de la esquina, hay que acercar simpatías, credibilidad, hágale cada quien como pueda para acarrear agua a su molino. ¿Y nuestra germinal democracia? Bien, gracias. A estas alturas de las declaraciones en subasta, ¿podremos esperar todavía que se imponga un poco de cordura, que los temblores de los partidos no se conviertan en el terremoto de la política en México?

Written by Redacción