Teoría de las élites, resoluciones y guiños

Ronaldo González Valdés

De la ilustración a Marx, en la tradición racionalista occidental, la historia fue concebida como un incesante devenir cuyo impulso principal se localizaría en el avance del Progreso y la Razón, en el desenvolvimiento inevitable de la naturaleza humana (con todas sus variantes de Hobbes a Rousseau), en el motor dinámico de la lucha de clases o en la marcha incontenible de los “siglos democráticos” tan paradójicamente valorados por Tocqueville. Se trataba, en todos los casos, de la imbricación –armoniosa o contradictoria- de las diferentes piezas del engranaje social. Tal fue el campo de siembra y cosecha de las ideas democráticas modernas y el variopinto tinglado del socialismo. La voluntad popular, el equilibrio de poderes y la democracia “formal” o “sustantiva”, dependiendo de la matriz de origen, tienen como trasfondo este supuesto: existen poderosas fuerzas que mueven a la sociedad, un acaecer anónimo, sin autores, un “proceso sin sujeto” diría Althusser, o bien, en el otro extremo, son los individuos en tanto ciudadanos con libre juicio quienes deciden sobre su vida privada y pública.

En la andadura de la modernidad, sin embargo, fueron saliendo a la luz las insuficiencias cada vez más flagrantes de las concepciones democráticas liberales y las previsiones socialistas; insuficiencias relacionadas, particularmente, con la explicación del poder, su ubicación (¿ubicuidad?), sus soportes, los mecanismos a través de los cuales se realiza y las modalidades de su ejercicio. A esta preocupación se propuso responder la conocida como teoría de las élites. Siguiendo explícitamente el rastro de Comte en la búsqueda de las leyes de la historia, Gaetano Mosca escribió en 1896: “Entre las tendencias y los hechos constantes que se encuentran en todos los organismos políticos, aparece uno cuya evidencia se impone fácilmente a todo observador: en todas las sociedades, empezando por las medianamente desarrolladas, que apenas han llegado a los preámbulos de la civilización, hasta las más cultas y fuertes, existen dos clases de personas: la de los gobernantes y la de los gobernados”.[1] Tal afirmación será el punto de partida de toda una corriente de pensamiento en la teoría política: Mosca con la idea de “clase política”, Pareto con la de “élite”, Michels con su peculiar noción de “oligarquía”, Burnham con la de “directores”, C. Wright Mills con la definición amplia de “élite de poder”, todos reunidos alrededor de una elemental comprensión, de un hecho terco, persistente: siempre, desde que la sociedad es sociedad (es decir, desde que hay historia), han estado presentes una minoría organizada que gobierna y una mayoría desorganizada que es gobernada.

Otro acuerdo, desprendido del anterior, alude a su crítica a las ideas democráticas. Al mito de la soberanía popular, Vilfredo Pareto opondrá su segundo axioma: la líbido dominandi, la dominación como algo necesario. Mosca dirá del sufragio universal que es “la gran ilusión del siglo diecinueve”: las masas son instrumentales, y para el caso del socialismo llegará a afirmar que, en dicho sistema, se ejerce “una dictadura en nombre del proletariado”[2]. El propio Wright Mills, en La élite del poder, combatirá, contra la esperanza de Tocqueville en La democracia en América, el gran engaño en que culminó la teoría del equilibrio de poderes en su aplicación norteamericana: el parlamento no representa los intereses sociales ni toma tampoco las decisiones más importantes en política, el poder de las sociedades locales se ha integrado a la red de un poder concentrado, el industrioso y emprendedor americano del siglo diecinueve es ahora modelable arcilla en manos de los mass media, se ha convertido en un nombre sin hombre, sin rostro, sin capacidad ni autonomía de decisión. La expresión más radical de esta oposición a las doctrinas democráticas queda precisada en la célebre “Ley de hierro de la oligarquía” de Robert Michels: “Quien dice organización dice oligarquía”.

Para la ilustración del pesimismo

Pero las  diferentes teorías elíticas no se ciñen a la mera crítica de las tendencias democráticas. En cada uno de sus representantes se advierte, con más o menos claridad, una propuesta apegada a la más sólida corriente de lo que se ha dado en llamar “realismo político”.

En Mosca, el término “formula política” permitirá esbozar una explicación del vínculo élites-hegemonía, ese mismo que en la estrategia política gramsciana se resumirá en el concepto de “clase hegemónica”: la fórmula política se entiende como la justificación legal y moral del poder fundada en elementos objetivos (la lengua, los intereses económicos, el “sentimiento nacional”, un pasado común, la religión, etcétera) en un cierto periodo.

Inmediatamente después están las pretensiones generalizadoras de la “teoría del sentido social” paretiana, abarcando tanto las acciones lógicas como las alógicas (inevitable recordar los dos grandes tipos de acción social: racional e irracional, en Weber): el hombre quiere hacer comprensible su comportamiento. De aquí su indagación por lo que hay detrás de las “derivaciones” (ideologías, derecho, morales, religiones), su pesquisa por los “residuos” (la vida real, el “inconsciente social” en contraste con su presentación oficial), el descubrimiento de los “paralogismos”, de los razonamientos falsos que encubren el verdadero modo de ser del zoon politikón, el verdadero comportamiento de la política. La circulación de las élites en Pareto puede entenderse, por esto mismo, por los cambios ocultos, subterráneos, que ocurren en el roce de las acciones sociales efectivas (residuos): el cambio de “espíritu” de la élite no se debe únicamente a –ni se manifiesta tan sólo en –una sustitución de personal (entrada de aptos, salida de no-aptos), sino que obedece al movimiento social, a la relación élite-sociedad (algo de esto prefigura a la teoría de sistemas contemporánea en autores como Niklas Luhmann: el subsistema sociocultural genera inputs que son procesados por el subsistema político administrativo para producir outputs de diversa naturaleza).

Para Robert Michels, por otra parte, la constatación de la fatal pervivencia de oligarquías dirigentes, pasa no sólo por el reconocimiento de las lecciones de la historia como hace Mosca. El problema de la dominación conduce también, sobre todo en las sociedades modernas masificadas, a la imposibilidad técnica y administrativa de un gobierno de las masas. Y éste no es un juicio de valor, es un juicio de hecho, un producto de la creciente complejidad social que ha dado lugar, a su vez, a la necesidad de organizar la dominación, de asignar roles al haz disperso de relaciones interindividuales. Hay una efectiva delegación (aunque sería más adecuado decir cesión) de poder en los organizadores de la sociedad; hay niveles de decisión y hay, por tanto, quienes toman las decisiones.[3]

James Burnham, por su lado, elabora un modelo de cambio social inquiriendo por la mutua relación de las transformaciones históricas y los sujetos que las protagonizan. A un desarrollo complejo corresponde un saber también complejo: “los directores –apunta Burnham- son sencillamente aquellos  que, de hecho, actualmente dirigen los  medios de producción”[4]. Los directores son el nuevo grupo dirigente que se caracteriza por tener en sus manos el gobierno técnico y la coordinación del proceso productivo, el grupo que se distingue por controlar y planificar, utilizando al aparato estatal como instrumento, la industria, la técnica, las finanzas y el comercio, valiéndose de la manipulación de los medios psicológicos de domesticación social. Sobre poco más o menos, de esto va la denominada “revolución gerencial”.[5]

Por último, en C. Wright Mills encontramos el intento más sistemático de estudio de la élite del poder. La élite se explica, primero, como en Michels y Burnham, por la masificación de la sociedad y el consiguiente incremento de la importancia de las decisiones[6]; segundo, por la cada vez mayor especialización que reclama el vertiginoso desarrollo económico, científico, político y tecnológico; y, tercero, la élite se define por su posición institucional. La importancia de adoptar este tercer punto  de vista reside, según el mismo Wright Mills, “en que nos permite poner en su lugar los otros tres conceptos (criterios: primero, de valores seleccionados; segundo, de conjunto de personas que integran una ‘camarilla’; y tercero, de moralidad inherente a cierto tipo de personalidad. Paréntesis mío, RGV), de un modo sistemático: 1) las posiciones institucionales que los hombres ocupan durante toda su vida determinan sus oportunidades para obtener y conservar valores seleccionados; 2) la clase de tipos psicológicos que son, está en gran parte determinada por los valores que experimentan y los papeles institucionales que desempeñan; 3) por fin, sientan o no que pertenecen a una clase social selecta, y actúen o no de acuerdo con lo que estiman sus intereses, hay cosas determinadas asimismo en gran parte por su posición institucional, y a su vez, por los valores selectos que poseen y los caracteres que adquieren”.[7]

En síntesis, desde el enfoque institucional, para Wright Mills la definición genérica de élite tiene la virtud de comprender: a) la importancia de las instituciones (de la ubicación de las élites en ellas: económicas, militares y políticas); b) la conciencia que de sí misma hace la élite (“ideología de élite”); y, c) permite observar la coordinación cada vez más clara de los grupos dirigentes entre sí, la concentración en la toma de decisiones y en su aplicación.

Pesimismo de la inteligencia

Se sabe de los ensayos que buscan hacer de la teoría de las élites una propuesta positiva de la política. ¿Hasta dónde estos intentos han terminado  por desnaturalizar su sentido básico?, está es cuestión todavía pendiente. Es cosa de advertir en principio que, al parecer, todos los autores que han tratado el asunto, lo han hecho combinando la crítica de los estudiosos de las élites con algún otro discurso propositivo.

Un caso ya clásico es el de Antonio Gramsci, quien, al margen de otras múltiples influencias, modifica la base marxista tradicional restituyendo a la voluntad su significado en la política: los sujetos sociales se forman en un proceso educativo en el cual el partido juega un papel de primer orden. Se trata de construir un discurso contrahegemónico, pero no en abstracto, un discurso que tiene como portavoces a los “intelectuales orgánicos” de la clase. Gramsci, sin embargo, desplaza el problema del “quién gobierna”, sustituyéndolo por el “como gobernar”. A la manera del Platón de La República, no se pregunta tanto por quiénes son los filósofos cuanto por cómo éstos contribuyen a llevar la filosofía al poder. Los sujetos son medios, lo que importa finalmente es el Estado, la política del Estado. Más aún, si bien Mosca culmina proponiendo un gobierno mixto y un parlamento plural y representativo, lo cierto es que a lo largo de su obra el hecho de la inevitabilidad de la clase política está siempre presente. He aquí una radical diferencia: ¿cómo explicar entonces, en esta perspectiva, al Gramsci consiliar (autogestión consejista de la clase obrera) o al Gramsci de los Quaderni, al que propone la “reabsorción de la sociedad política en la sociedad civil”? Mosca, con toda seguridad, tildaría de vanas utopías, de prédicas inútiles, las visiones gramscianas[8].

Otro caso, aunque más debatido que el anterior por lo variado de su interpretación, es el de Max Weber. Como se sabe, Weber influyó en la elaboración de las tesis de Michels, inspirándose a su vez en algunas de ellas para formular su sociología política (el liderazgo, la organización burocrática, el carisma). No obstante, y para sólo señalar este punto, la manera en que Weber concibe la relación entre la voluntad individual y la determinación estructural supone que la tensión individuo-estructura se resuelve, para bien o para mal, en el surgimiento de esferas racionalizadas. Burocratización y democracia serían, así, en cierto sentido, compatibles. Lo que es más, para la existencia de una democracia nueva, de una democracia posible, sería necesaria la asunción de la realidad burocrática (políticos con vocación en la dirección del Estado): “La democracia moderna –escribía Weber en 1918- (…), se transformará en una democracia burocratizada (…). Es un proceso inevitable y esta realidad es lo primero que deberá tener en cuenta también el socialismo: necesidad de una prolongada preparación profesional, de una especialización cada vez más afinada y de una dirección en manos de una burocracia profesional formada con tales criterios”.[9] De este modo, el líder carismático es concebido como contrapeso de las tendencias técnicas a la burocratización del poder bajo la forma de pulsar la opinión social que representa el plebiscito. La “Ley de hierro de la oligarquía” de Michels se transforma o, para decirlo en términos de otra tradición del pensamiento, se “supera”, se “niega”, en la teoría de la acción weberiana.

En otro sentido, habría que considerar también abordajes relativamente recientes, hechos desde un marxismo sugerentemente combinado con las tesis de Pareto, como el de Jorge Alonso. Para este autor existe una dialéctica clases-élites que se expresa en la idea de que la clase tiende a formar su propia élite dirigente, pero, del mismo modo, la formación de una élite se halla prefigurada por el surgimiento de la clase. El poder, para Alonso, “debe ser criticado y controlado por la creciente intervención de los grupos populares en la tendencia a la sociedad sin clases”[10]. La problemática pendiente, todo parece indicarlo, subsiste: ¿cómo se desarrollará esta “tendencia a la sociedad sin clases”?, ¿cómo se despoja a la élite de su primacía, de su (¿necesaria?) capacidad decisoria?[11]

Hay más interpretaciones que transitan por este derrotero, que intentan darle un sentido productivo o “estratégico” a la crítica hecha por los teóricos de las élites. Las elaboraciones mismas de C. Wright Mills y James Burnham, por lo menos, pueden ser consideradas ya como incursiones en este terreno. He querido, por lo pronto, invitar al flirteo con la teoría de las élites. Queden, pues, estos modestos guiños apenas.

[1] Mosca, G. La clase política (selección e introducción de Norberto Bobbio), México, FCE, 1984, p. 106.

[2] Ibid., p. 298.

[3] La obra clásica de Robert Michels es, como se sabe, Los partidos políticos. Un estudio sociológico de las tendencias oligárquicas de la sociedad moderna, Buenos Aires, Amorrortu, 2001 (primera edición en alemán de 1911).

[4] Burnham, James, La revolución de los directores, Buenos Aires, Editorial Sudamericana, 1967, p. 104 (edición original en inglés, The Managerial Revolution, 1941).

[5] En línea, puede verse  de Héctor Villarreal, La revolución de los directores, de James Burnham, en revista Replicante (cultura crítica y periodismo digital), 9 de enero de 2011.

[6] Es en este sentido que Wright Mills ilustra su “voluntarismo” histórico: “Sea cual sea el sentido de la historia –escribe en tono de doliente ironía-, nosotros tendremos que dárselo con nuestras acciones. Pero el hecho es que aunque todos nosotros estamos dentro de la historia, no todos poseemos el mismo poder de hacer historia”. En La élite del poder, México, FCE, 1978, p. 29 (primera edición en inglés, The Power Elite, 1956.

[7] Ibid., pp. 336-337.

[8] Hay reiteradas menciones a la obra de Mosca en la elaboración gramsciana, frecuentemente echándole en cara su positivismo, pero también reconociendo en ella planteamientos que contribuyen a un reconocimiento de la política útil a una estrategia socialista. Cfr. Pedro de Vega, “Gaetano Mosca y el problema de la responsabilidad social del intelectual”, en Boletín Informativo de Ciencia Política, número 7, Madrid, agosto de 1971.

[9] Weber, M., Escritos políticos II, ensayo “El socialismo”, México, Folios Editores, 1984, p. 226.

[10] Alonso, Jorge, La dialéctica clases-élite en México, México, Centro de Investigaciones Superiores del INAH-Ediciones Casa Chata, 1976.

[11] Cfr. Gradilla Damy, Misael, “La dialéctica clases-élites de Jorge Alonso”, en Cuadernos, No. 2, revista del Centro de Investigaciones en Ciencias Sociales de la Universidad de Guadalajara, septiembre-diciembre de 1986, p. 71.

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