Algunas teorías sobre “el chapo” Guzmán

Num. 10 | 2015 Luces y sombras

 

Jesús Ramón Ibarra

No lo detuvo la Interpol mientras paseaba un par de labradores en la campiña francesa. No lo reconoció algún comerciante en Berlín, para luego dar el pitazo a la policía local y ganarse los millones de dólares de la recompensa ofrecida por los gobiernos de Estados Unidos o México. Tampoco fue aprehendido en algún movimiento en falso, mientras intentaba hablar con algunos de los caudillos criminales en Sierra Leona o Siria o Timbuctú. No se convirtió a Isis ni se transformó físicamente como imponen los cánones del cine de espías.

La recaptura del Chapo tuvo muy poco de literatura o de pundonor criminal: el enfrentamiento disparejo de la marina contra un puñado de delincuentes que, adormilados, intentaron proteger al mafioso en su fuga, documentado en un video que hoy circula, viralizado, en las redes. Un operativo que recuerda la excepcional puesta en imágenes de Roger Deakens en Sicario (Denis Villeneuve, 2015), cuando los miembros de un operativo peretenden lograr que uno de los suyos ingrese a México en pos del Jefe de jefes (un acto de justicia transformado en una vil vendetta más allá de las leyes diplomáticas entre los dos países).

El delirio de grandeza de Guzmán es directamente proporcional a ese provincianismo enervante del paladín de pueblo. Sus desafíos permanentes a la justicia mexicana le dan a sus estrategias de seguridad una cuota de torpeza montuna. Las primeras imágenes del Chapo, en esta su tercera aprehensión, luego de su fuga cinematográfica en febrero del 2015, nos muestran al capo indoloro, en un cuarto de motel, con una camiseta grasienta y el asomo de un desconcierto en esa misma cara que han venido siguiendo las primeras planas de los medios nacionales e internacionales.

Digno de corridos por esos hechos que sólo suscriben las actas criminales de Gobernación, o esa narrativa popular que acumula querellas, enumera épicas y sabe dibujar el organigrama del crimen con una exactitud pasmosa, el Chapo también ha funcionado como plataforma publicitaria gubernamental, como personaje de gestas orales, como cortina de humo, como un producto del mercado mediático que ve en su personalidad el último lanzamiento de la temporada.

¿Por qué sus capturas no compiten con esas fugas escritas por un buen guionista de Hollywood? ¿Por qué esa voluntad de arraigo en el terruño, en la matria dura, en los lazos vinculatorios del entorno con sus acciones más elementales? Quién sabe. Ha aquí algunas teorías (imputables, por supuesto) sobre esta indiferencia del Chapo a permanecer libre más tiempo de lo que dicta la literatura noir. No se tratan de teorías personales, sino de la traducción que un servidor hace de esa síntesis perversa que encarna la red. Su coro en permanente concierto.

1.-La más descabellada: No existe el Chapo Guzmán sinaloense, el humilde nativo de la Tuna, Badiraguato. Se trata de un personaje creado por el salinismo. El Chapo Guzmán, siendo muy joven, trabajó en la policía bajo el mando del inefable Negro Durazo; se encargó de las extorsiones; diseñó métodos complejos de tortura que le valieron el granjeo de sus superiores y un posterior acenso de sus activos en el esquema del crimen defeño. Se introdujo en la estructura del llamado Cártel de Guadalajara donde funcionó como un insustituible mediador entre el gobierno federal y sus socios.

2.-Existen dos o más Chapos. Uno de ellos es políglota y biólogo y sus investigaciones han servido en el ramo de la agricultura; está casado con una nutrióloga polaca y vive en un chalet en Salzburgo. Es vigilado permanentemente por la Interpol, sin ningún resultado favorable. Se dice que su vida inspiró el papel del Profesor Bressler en la cinta Desconocido (interpretada por Liam Neeson). Otro Chapo es actor en un grupo de teatro alternativo en Bolivia (corre el rumor que fue éste el que utilizaron en la aprehensión de 1993). Influenciado por el Trevor Slattery de Stan Lee, es dicho actor quien da la cara en esta gran estructura del crimen organizado. Su reciente captura, sin duda, traerá como consecuencia el lógico intercambio de Chapos, para bien de todo el montaje teatral. Un tercer Chapo, se dice, fue actor del Tatuas que Óscar Liera rechazó cruelmente al llegar tarde a un compromiso. Sin embargo, esto no está consignado plenamente.

3.-El Chapo en realidad es un periodista freelance que busca desentrañar el manejo en las cárceles de alta seguridad en el país. Ha publicado avances de su investigación con múltiples alias. En su tiempo libre compone corridos a sí mismo que luego vende a músicos pedestres que le pagan bien.

4.-El Chapo Guzmán sí es el protagonista de esa vasta cadena de crímenes y delitos contra la salud que señalan las autoridades mexicanas; sin embargo, dista de ser el primero o segundo al mando. Se trata del comodín en un complejo esquema que incluye empresarios, políticos, autoridades y, por supuesto, narcotraficantes. La droga encaminada como el gran negocio del futuro en pos de su legalización. El Chapo bien podría ser como ese Yuri Orlov (Nicolas Cage) de la cinta Lord of War, quien al final explica a su perseguidor Jack Valentine: “…Sometimes he needs a freelancer like me to supply forces he can’t be seen supplying. So … you call me evil. But unfortunately for you, I’m a necessary evil”.

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