ARTE, COSMOVISIÓN Y VIDA

Minerva Solano Moreno

“Vivamos resueltamente, de manera total, plena y bella.”

Friedrich Nietzsche

¿Qué lugar ocupa el arte en nuestras vidas?…Para los antiguos mexicanos, el arte ocupaba todos y cada uno de los aspectos de su vida. Entonces no se trataba de arte, en el sentido actualmente entendido; lo que hoy apreciamos como “arte prehispánico”, en realidad son formas objetivadas de una cultura, representaciones de un entendimiento de la existencia en relación con una muy particular noción del universo; compleja raigambre de creencias expresada en todo momento, en cada ritual, en cada objeto e imagen; expresiones de una aspiración fundamental, la de encontrar un sentido, una respuesta a la eterna interrogante del por qué existo.

Considerar el arte como una experiencia meramente contemplativa, de disfrute estético, de índole conceptual y reflexiva, es una convención relativamente reciente; incluso ahora, desplazada por la multidisciplinariedad del arte contemporáneo, ha quedado atrás la tradicional dicotomía entre bellas artes y artes aplicadas con la que se pretendió distinguir aquellos productos culturales que encarnaban los ideales estéticos de la época y los que no podían ser considerados como artes elevadas; objetos cuya finalidad de existir estaba en realidad circunscrita al ámbito de lo mágico-religioso, objetos a través de los cuales, la cosmovisión de una cultura, convertía la vida en un continuo ritual de significación y sentido.

El asunto de distinguir entre qué es arte y aquello que resulta no serlo, ha sido resuelto por los estudiosos de diversas disciplinas a través del tiempo; desde diversos enfoques, los conceptos de arte y cultura han adquirido cierta elasticidad, que les ha permitido ajustarse en cada época, a cada corriente de pensamiento y a los criterios de sus más destacados pensadores. Para lidiar con la pluralidad de sentidos, ha sido necesario distinguir primordialmente qué es lo distintivo de la cultura, en qué aspecto se finca realmente la existencia del hecho cultural, pues es evidente que la popular concepción de la cultura como un cúmulo de atributos característicos de clase y status social, es por demás, reducida y errónea.

Lo distintivo de la cultura, se remite al hecho simbólico, que comprende el vasto conjunto de procesos sociales de significación. Es a través de lo simbólico, que los individuos se comunican entre sí y se construye la organización social a través de la cual fincan su existencia y principal instrumento de intervención con que el individuo incide sobre su mundo: lo significa. Desde la cultura como significación, es posible percibir cómo está presente en todos los aspectos de la existencia del hombre: resulta imposible constreñirla sólo al ámbito de la contemplación estética y del saber especializado; la cultura permea toda experiencia social y los modos de vida de los integrantes de una sociedad.

El arte no surge cuando se decide aislarlo de la vida cotidiana y encarcelarlo en un cubo blanco para su contemplación. El arte forma parte de la cultura interiorizada que en forma de representaciones sociales constituye el esquema de percepción de la realidad, espacio de comunicación intersubjetiva, en la que se fragua la identidad, elemento vital del tramado social. Toda civilización, elabora un singular entramado de entendidos simbólicos con los que construye su particular visión del mundo y el arte ha sido la vía, a través de la cual, civilizaciones milenarias dotaron al hecho simbólico de una forma objetivada.

Para estas civilizaciones, entre ellas la de los antiguos mexicanos, su cosmovisión -visión del mundo- ocupaba un lugar primordial en su pensamiento y prácticas, impregnando cada instante de su vida. Toda civilización de cada geografía y tiempo, ha objetivado sus creencias en imágenes, danzas, narraciones, música y objetos que las condensan y en las que los individuos encuentran expresado un sentido, que dota su vida de certeza y que lo impulsa a realizar sus más recónditas aspiraciones; pues es a través del significado último que todo devenir puede -por terrible que parezca- ser soportado y aquellos momentos afortunados, colmarse de dicha y gozo.

Arte, cosmovisión y vida, compleja intersección de experiencias, de significaciones y de sentido. ¿Podemos como artistas aspirar a lograr esta recíproca correspondencia? Cuando todo nuestro sistema de creencias se encuentra en crisis: ideologías, religiones y partidos políticos se encuentran postrados ante intereses que aunque evidentes no alcanzamos a precisar; en un momento histórico en el que la última opción que queda pareciera ser la del escepticismo. Resulta difícil encontrar en nuestra vida, un lugar para una cosmovisión como la que a los antiguos brindaba tanto sentido. ¿Cómo distinguir la verdad en este raudal de apariencias y entendidos que permean hasta el mismo mundo del arte?, o bien ¿cómo sostenerse en los propios principios cuando el mercado, el sistema, la institución ejercen un poder que pareciera obligarnos a dimitir las más profundas convicciones?

¿Cuál es el lugar que el arte puede ocupar en nuestra vida? Dudo que la pieza que hoy alcanza el estatuto de arte logre establecer una relación tan profunda con nuestro diario acontecer; hoy, la obra de arte depende desesperadamente de una institución que la legitime y del mercado que la posicione y le atribuya valor. El arte en la actualidad responde más a las necesidades del mismo mundo del arte que a las de la cultura que lo ve surgir, el arte por el arte, ciclo interminable de retroalimentación entre artistas y sistema, en donde no hay lugar para el individuo, para el espectador: para aquellos posibles interlocutores que no representan algún interés dentro de este circuito, para quienes el público, es prácticamente irrelevante.

Quienes defienden este ciclo, postulan como axioma válido que si el arte actual supuestamente se ocupa de reflexionar, de sopesar, transgredir y resituar sus límites y alcances es porque así corresponde a este momento histórico. Sin embargo sus reflexiones, sus juicios y postulados, tienen poco impacto en la realidad, supone cuando mucho un punto de partida, el motivo. Aquella intersección entre arte, cosmovisión y vida lograda en la antigüedad de total correspondencia, hoy es apenas un roce tangencial y quizá fortuito. ¿Realmente el artista que participa en este circuito espera incidir en las realidades que cuestiona? hay quienes dan respuesta a esta interrogante aduciendo que la finalidad es solamente estética y/o expresiva, que en realidad no debe tener relevancia si se incidió o se impacto la realidad, pues siendo arte, toda pretensión es primordialmente estética: arte estéril e intrascendente para el mundo que supuestamente le inspira.

El artista, que aspire a romper con esta realidad tendrá que decidir si quiere crear verdaderas objetivaciones de su muy particular cultura subjetiva, plenas de simbolizaciones y significado y cómo va a situarse como creador ante la realidad que el mundo del arte actual plantea; habrá de decidir y confrontar sus propias convicciones y los dictados, axiomas y creencias que el sistema impone.

Cuando los antiguos mexicanos se vieron violentamente forzados a adoptar una religión que carecía totalmente de significación y relevancia para su vida, ingeniosamente encontraron la manera de depositar simbólicamente, los signos y símbolos en los que veían representados y expresados su cosmología e ideales; pudieron asumir así, con gran dignidad la realidad que el contexto les imponía. A través del signo y símbolo, aquello que alimentaba su espíritu continuaba alentando el ritual de su cotidianeidad; permitiéndoles resistir la más cruel de las imposiciones: la destrucción y negación de las más profundas creencias. Sobrevivir la más violenta de las conquistas y derrotas, la destrucción del imaginario, de la cultura interiorizada y de lo que hoy entendemos como su arte, sólo fue posible a través de una estrategia que recurrió a la simbolización como uno de los más heroicos actos de subversión: A través del arte, decidieron recrear un universo fincado en sus convicciones, con el que la vida podría llenarse nuevamente de significación.