Borges, el poeta

Num. 6 | Las drogas y sus mundos  ojo

Jesús Ramón Ibarra

En alguna parte leí, hace mucho tiempo, que Jorge Luis Borges, antes que el prodigioso fabulista que era o el ensayista puntual que lograba desconstruir en tres páginas sus obsesiones literarias, se consideraba un poeta. Un practicante de ese ejercicio que él mismo calificaba de magia menor. Nunca coincidí. Para mí, como lector de la obra borgeana, siempre medí por igual sus cualidades como narrador, como poeta y ensayista. En una dimensión física, incluso, me atrevería a apostar por tres volúmenes del mismo peso, llevando sobre sí los frutos de una irrevocable vocación imaginativa.

Sin embargo, sí es justo señalar que en la poesía de Borges es más amplio el rango de preocupaciones y obsesiones temáticas que el de sus otros dominios. Y son más numerosos, además, los registros que explora. ¿Cuáles eran los temas de la poesía borgeana? ¿Cuáles eran esos signos que puntueaban una cartografía verbal compleja, ceñida a un clacisismo libresco y a una lucidez acequible? Si nos apegamos a sus primeros libros, encontraremos los rasgos de la geografía; la posibilidad de ascenso de una escritura que explora los espacios físicos, sí, pero que se detiene en el impacto que dichos espacios causan en la mirada del poeta. Al mismo tiempo acudimos a la fundación de una caudalosa referencialidad vinculada particularmente a su indiscutible formación lectora.

El nuevo testamento, el libro, los sueños, el laberinto, la rosa, la lengua española, Emerson, el paisaje inglés, las mil y una noches, son apenas las creaturas de una geografía interior vastísima. La poesía de Borges lograba dimensiones clásicas: desconfiaba de la imagen por la imagen -promovida por algunas vanguardias- y se apoyaba en un fraseo narrativo elegante y en su adaptación a una métrica tradicional. No eludió el brillo de oriente ni su minimalismo, ni la milonga o el tango proclive a desentrañar dramas domésticos de malevaje. El soneto inglés, creo, fue su mejor carta de presentación.

Sus influencias abarcaron sus obsesiones. Supo darles a aquellas una cualidad y un gesto personal que volvían el producto de una manufactura única. La literatura inglesa, la mitología germánica. Leopoldo Lugones, y los primeros descréditos de ese modernismo de relumbrón que se abocaba primordialmente al brillo sonoro de Darío y sus adeptos. Stevenson, Kipling, Victor Hugo, Alfonso Reyes, Paul Groussac, Rafael Cansinos Assens, son algunos de los árboles que pueblan el bosque poético borgeano.

A Borges lo comencé a leer hacia principios de los años 80s. En ese tiempo leía en los cafés con la curiosidad atormentada de quien busca, en esos espacios domésticos, las condiciones del mito. Su Antología Personal, editada por Siglo XXI, me siguió durante muchos años. No le entendí al principio a sus cuentos ni a su poesía. Sí a sus ensayos, que comenzaron a despejar la malesa de la comprensión y me acercaron al poeta y al cuentista. Uno del otro es impensable. Uno se alimenta del otro. Hoy en día recurro a su Poesía completa periodicamente, como un acto de recoinciliación hacia un autor indispensable, no sólo para entender la dimensión de una lengua, sino para entenderno a nosotros mismos.

Alguna vez, sobre la poesía de Borges señaló Roberto Bolaños: en la naturaleza de la poesía borgeana hay inteligencia y también valentía y desesperanza, es decir lo único que incita a la reflexión y que mantiene viva una poesía

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