Cuaderna

Jesús Ramón Ibarra

 

Ornette Coleman

(1930-2015)

 

Cuando comencé a escuchar jazz, en los años 80s, Culiacán sólo tenía dos discotecas más o menos decentes: La Parroquia (conservando el nombre del café, ubicado en el mismo punto unos años antes) de la Casa Grande, y Discoéxitos, en la Juan Carrasco, casi esquina con Ángel Flores. Difícil acceder al jazz en una ciudad proclive a mantener, por lo alto, los gestos de una cultura popular que se disemina en la música ranchera, las ferias, el béisbol, la tambora y el raudo peregrinar de coches para ir a comer a la playa, en medio del calor y la zozobra del domingo.

Un amigo, Pedro Álvarez, saxofonista que en aquel tiempo tocaba en lo del Cachi Anaya, comenzó a dotarme de música. En una triste grabadora Pionner iniciaron su desfile casetes rotulados en plumón rojo o azul. Charlie Parker, John Coltrane, Freddy Ventura y Supersax fueron los primeros. Las entregas incluían notas en vivo donde Pedro me explicaba las cualidades de cada músico. Me hablaba del bebop en explicaciones básicas, sin metáforas ni adjetivos exuberantes, sólo para concluir con un imperativo contundente: siéntelo.

Fue en una de esas tandas cuando recibí una selección de Ornette Coleman. Se salía del rango del bop y sus secuelas, encarnada por músicos como Clifford Browne y Art Blakey. Acaso, en mi formación musical de entonces, sólo se equiparaba con los últimos discos que había hecho Coltrane, de los cuales tenía un par de piezas en un casete que aún conservo. Era el Free Jazz (inventado por Lennie Tristano, según unos; por Charles Mingus, según otros) como una sustancial paradoja: había en cada interpretación una cuota de orden y de fidelidad a un concepto en el que el músico dejaba de lado (aparentemente) los acordes para bordar de forma paralela una nueva versión de la melodía. Era la atención a un poli-ritmo y la noción de un diálogo multiistrumental (la improvisación colectiva como sistema). Un lado del casete estaba formado por la jam sesión –cortada de tajo- del mítico Free Jazz que le daría licencia de edad adulta a dicho subgénero.

El Free Jazz, lo supe después, corría de forma paralela a los movimientos civiles de los negros en la Norteamérica convulsiva de los años 60s. Se trata de un signo de esa rebelión que se radicalizaría en grupos como las Panteras Negras, o que mantendría el pulso de una resistencia pacífica en el Dr. Luther King o casi mística en la figura de Malcom X. El lanzamiento de un disco como Kind of Blue, en 1959, tan calibrado en su ejecución como en su concepto, le había dado la espalda al bebop tradicional de la década pasada. Kind of Blue inauguraba la vertiente de un jazz más abierto, más conceptual, más profundamente sabio.

Free Jazz, de Coleman, es manifiesto y ejecución al mismo tiempo; un disco emblemático, atestado de guiños y señales que, al vincularse con escuelas precedentes, prácticamente las anula. Una música difícil que con el paso del tiempo encontraría a críticos lúcidos como Leroy Jones. En su libro La música negra, Jones dedica muchas páginas tanto al autor de The Shape of Jazz to Come, como a músicos que compartieron esta preocupación musical hasta radicalizarla: Archie Shepp, Art Ensemble of Chicago, Don Cherry (miembro célebre del cuarteto de Coleman y creador, posteriormente, de Codona, grupo de jazz acústico alternativo), Bobby Bradford y Albert Ayer, entre otros. En una entrevista con Jones, Bradford plantea algunos conceptos sobre Ornette Coleman y sus búsquedas: “La gente me pregunta siempre, incluso músicos, cosas sobre la música de Ornette. Vienen y me preguntan cosas como ‘¿Puede Ornette tocar cortes como “Tea for Two”? temas estúpidos como esos?’. Creo que eso ocurre porque Ornette tiene un sentido muy libre del ritmo y la armonía…En ocasiones Ornette consigue cosas muy bellas con tres compases. Tiene incluso un blues de once compases y medio. Una cosa muy bella. Él no escribe los temas con los acordes en la cabeza. Los temas son como un estímulo para conseguir llevar la música a una cierta dirección melódica y rítmica. No están escritos para que te vayas. La gente dice que son notas sin sentido. Pero hay una secuencia armónica lógica en todo lo que toca Ornette…”

Al poco tiempo de escuchar por primera vez a Coleman conseguí Song X, colaboración de Ornette con Pat Metheny, Charlie Haden y Jack Dejohnette El jazz vinculado a la sonoridad de la propia naturaleza y siguiendo los acordes como se sigue con el oído el canto de las especies en extinción, o con la vista el vértigo de un juego de video. Una genialidad más de un músico sabio y maduro. Se trata de un jazz heterodoxo tramando, en el aire, texturas complejas y bellas al mismo tiempo. Una jazz enteramente orgánico a la vez que conceptual.

A los 85 años de edad, ha muerto Ornette Coleman. El alumno de Charlie Parker y Coltrane, posteriormente convertido en su maestro, exhaló el último suspiro el pasado 11 de junio. Aunque me gustaría pensar que fueron muchos los suspiros y que todos juntos, liberados, dialogaron con el legado del genio que les dio luz.