Sinaloa: la literatura que viene

Num 18 | Sinaloa y su porvenir

 Jesús Ramón Ibarra

Son dos, sin duda, los momentos notables de la literatura en Sinaloa, hacia finales del siglo pasado y principios de éste. Primero, la presentación de Un asesino solitario, de Elmer Mendoza, novela inaugural de un ciclo de escritura que incluye, en primera instancia, la manutención de un registro que reproduce el habla local; y en segunda instancia, una –implícita- doble noción de la provincia: como escenario rústico, ideal para la potenciación del crimen organizado y la sacralización de sus próceres, y como territorio creativo, capaz de dialogar desde su propio tramado simbólico con la tradición nacional.

A partir de Un asesino solitario, Elmer ha mantenido su narrativa entre los márgenes de un discurso localizable y, al mismo tiempo, ha encontrado la manera de dotar los espacios físicos de sus tramas de una fidelidad espléndida. Segundo, la obtención del jovencito Francisco Alcaraz Medina del Premio Nacional de Poesía Joven Elías Nandino, el más cotizado certamen para poetas menores de 30 años que se otorga en este país.

Miembro de un taller literario emanado del seno institucional, Francisco pertenece a una generación que abandonó –muy temprano- la idea de la poesía como la obligada exaltación del entorno; deshizo las nomenclaturas del romanticismo para reponer, sistemáticamente, nociones clásicas del ejercicio escritural con un aliento netamente vanguardista y arriesgado.

Con estos dos eventos, Elmer y Francisco inauguraron, acaso sin proponérselo, una suerte de esplendor en la literatura local cuyas resonancias mantienen su pulso en el mapa mexicano y, en el caso del narrador culichi, lo rebasa.

Como parte de una cultura literaria creciente en el estado, Elmer también alienta las posibilidades de otros discursos que paulatinamente se han ido abriendo camino en el cambiante y cruel mercado del libro. No podemos suprimir el diálogo entre proyectos narrativos que se sostienen por la percusión del habla, del aliento, del modo de ser norteño;  y la abierta proclividad para fraguar héroes o villanos con fortuna. La literatura de Elmer faculta el diálogo con, por ejemplo, César López Cuadras, desde andamiajes que involucran profundidad histórica (en el caso de César) y eficacia narrativa (en el caso de Elmer). Narradores como Juan José Rodríguez obedecen a ambas nociones para apoyarse –al final- en la referencia casi libresca, en la nostalgia evocativa y en la elegancia de su discurso. Por su parte, Alfonso Orejel ha ubicado sus preocupaciones en la literatura infantil, explotando los temores, los territorios inexplorados, los monstruos que el niño dibuja en el imaginario domésticos y que pueden ser enteramente ficticios o perturbadoramente reales.

La poesía sinaloense, por su parte, ha dejado a un lado la permanente invocación de la provincia cándida como tema central; ha anulado las referencias a una bohemia permeada por el modernismo tardío, para afianzarse en una serie de ejercicios de contracción y explosión del discurso y diversificación de los temas. Se salvan de este juicio, claro, Gilberto Owen, Enrique González Rojo, Norma Bazúa, Alejandro Avilés, Jaime Labastida.

De la publicación de La musa enferma, aquel libro de Francisco Alcaraz que representó el premio Elías Nandino del 2002 para el culichi, al tiempo presente, la poesía sinaloense ha encontrado solidez y templanza, intensidad y riesgo. Son varios los premios y títulos que la han puesto en el mapa, logrando legitimar su afinación en el concierto lírico de la tradición mexicana. Francisco Meza (Premio nacional Clemencia Isaura), Mario Bojórquez (Premios Enriqueta Ochoa, Clemencia Isaura y Nacional Aguascalientes), Mijail Lamas (Premio Clemencia Isaura), Leonel Rodríguez (Premio Clemencia Isaura), Rubén Rivera (Mención honorífica en Premio Internacional Sor Juana), AE Quintero (Premio Nacional de Poesía Aguascalientes), son sólo algunas de los poetas sinaloenses vinculados con logros más o menos recientes. No menos valiosos son Moisés Vega, Óscar Paúl Castro, Ana Belén López, Ernestina Yépiz, Fernando Alarriba, Rene Higuera, León Cartagena, Julio César Félix, Javier Velázquez, Luis Gastélum o Lucy Leyva, sólo por mencionar a algunos.

La redimensión de un entorno cultural buscando vincular a la literatura en el resto de sus procesos, y no como colofón de la agenda; la disposición de un espacio exclusivo para el ejercicio literario, el tramado de una red de talleres que doten de novedad a las letras del estado, la consolidación de políticas editoriales que permitan la manutención de productos de calidad indiscutible, son sólo algunas de las cuentas pendientes de la literatura sinaloense y de su relación con las diversas instituciones que se encargan de promoverla. A la literatura sinaloense le hace falta, también, un espacio exclusivo para su formación, promoción y ejecución. Un centro que forme escritores, que exponga sus logros y desarrolle dinámicas interdisciplinarias con otras artes: un lugar que impida a los escritores mendigar foros (con libros bajo el brazo) y convierta su potencial monólogo en una conversación productiva.

En estos años han surgido voces que permiten continuar con el optimismo. Mariel Iribe, Isaac López, Sergio Ceyca, Jorge Iván Chavarín, Emilio López, Isabel Hión, Karina Castillo y Saúl Valdés, del lado de los narradores. Tomás Alejandro Lee, Raúl Durán, Adalberto García López, Alfredo Soto o Manuel Escobar. Mi apuesta por ellos sigue en pie.