Democracia y partidos políticos

Num. 11 | 2016 Lo que viene

 

Vladimir Ramírez

La democracia es el régimen de las opiniones relativas

Octavio Paz

Considerados hijos predilectos de la democracia los partidos políticos en México inician su historia moderna en la segunda década del siglo XX. A la fecha y con una diversidad de matices ideológicos en sus primeros años y posteriormente de competencia electoral, arroja todavía una asignatura pendiente por resolver: el tema de la vida interna en términos de democracia.

Aproximadamente en estos 87 años de existencia de partidos y elecciones en el México posrevolucionario, los institutos políticos han ido cambiando las reglas electorales para una mayor participación y pluralidad en nuestro sistema democrático logrando finalmente transferir la participación de los electores en verdaderos conductores de la alternancia en el poder en todos los órdenes de gobierno y representación.

Sin embargo, aún pervive el dilema interno de la democracia en su origen político frente a lo que se considera en el país como un “Estado de partidos”, una deuda que espera ser saldada en su invención democrática por dentro. Si bien los partidos en México gozan de autonomía y normatividad propias, la importancia de que se practiquen esquemas que ponderen los valores de la democracia hacia su interior se vuelve cada vez más necesario para la ciudadanía, tomando en cuenta que las grandes decisiones en este país se definen al interior de los partidos. Son en todo caso el intermediario entre la sociedad y el gobierno, el filtro político de nuestra democracia mexicana, con mayor presencia, si consideramos a la todavía marginal figura de las y  los “independientes”.

La pluralidad política, la alternancia y las alianzas electorales, propiciaron un interés mayor por el control de los partidos políticos al convertirse en verdaderas opciones para tener acceso al control de las instituciones y los espacios de representación. Así se observa en los últimos 20 años. La apertura democrática y alternancia electoral no sólo dieron como resultado mayor pluralidad sino cambios al interior de los partidos que ahora se vuelven una especie de antítesis de la democracia. Si durante casi 70 años el sistema político nacional funcionó con la presencia del partido hegemónico y cierta estabilidad se vivió en país, hoy esa forma hegemónica del antiguo PRI parece representarse pero al interior de los partidos. Nuestra democracia electoral no hizo más democráticos a los partidos.

En estos últimos años, los partidos políticos han reproducido tres formas de control hacia dentro y hacia fuera: una de ellas es la formación de pequeñas oligarquías políticas que detentan las decisiones y se distinguen por ser grupos con evidente poder económico. Una segunda es la formación de ciertas dinastías familiares que trabajan en función de una lógica de ejercicio de la política como patrimonio familiar. Y una tercera que se determina por la conformación de élite políticas alrededor de grupos muy bien definidos que negocian “plazas” en las estructuras del partido, el servicio público y los espacios de representación popular. Este fenómeno que al parecer se repite en la mayoría de estos institutos políticos, desestima el peso específico de su militancia y envía señales al resto de la sociedad. Así es como la partidocracia aparece en México, en una democracia que genera mayores compromisos y acuerdos al interior de sus partidos y muy poco hacia el exterior con los electores. Esta son algunas de las principales causas que ahora justifican la aceptación y simpatía con las candidaturas independientes.

Sin embargo, también ha habido intentos y experiencias que no siempre han funcionado cuando se consulta a la ciudadanía para definir candidaturas o posiciones políticas. El PRI en 1999 lanzó su primera y última gran consulta para definir candidato a la presidencia de la república y perdió la elección, el PRD ha intentado con poca aceptación utilizar el método de consulta abierta para determinar posicionamientos, como el caso del Fobaproa y la reforma energética. En los casos de consulta a la militancia, el PAN ha experimentado rupturas importantes que marginan la participación de su capital humano y político.

El aprendizaje de nuestra democracia en los partidos aún vive experiencias que generan avances y retrocesos. En el actual proceso en Sinaloa se observa cómo se promueven candidaturas de unidad y de consulta ciudadana. Esto no significa que garantiza el triunfo en ambos casos. Los antecedentes demuestran que diversos factores pueden determinar el triunfo o la derrota. Las alianzas que se anuncian entre el PRI-Nueva Alianza-PVEM y PAN-PAS, tendrán que ajustar con mucho cuidado e inteligencia para sacar provecho de las fortalezas que ofrecen ambas circunstancias.

Nuestra democracia tiene dos momentos importantes que involucra tanto a partidos como a la sociedad: uno es elegir y ganar la elección y otra gobernar. El segundo debiera ser nuestra mayor preocupación, sin dejar de considerar que si aspiramos a un gobierno democrático habrá que elegir a partidos democráticos. Aunque no siempre es una regla. Convendría más a la sociedad tener gobernantes legitimados en el ejercicio de gobierno, que candidatos legitimados por su militancia y simpatía política.

vraldapa@hotmail.com

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