El arte de comer en la playa

Jesús Ramón Ibarra

 

 

No recuerdo cuando fue mi primera visita a la playa. Fue una semana santa del setentaitantos. Yo era un adolescente asombrado frente al monstruo azul, mientras bajo una carpa, había mucha gente que bebía y cantaba acompañada por un grupo de animación. Todo me sonaba a queja perpetua, a grito estentóreo. Lo mío con el mar fue amor a primera vista, indiscutiblemente. Olvidé el hecho de que mi tía Engracia, en aquel momento una beldad más o menos graciosa, quisiera cantar una canción de Estelita Núñez, al tiempo que la acosaban una turba de borrachos ávidos de sangre. Era el mar un cuadro de una simpleza radiante. Nadie lo miraba. Todos estaban concentrados en el núbil –e involuntario, debo aclarar- coqueteo de mi tía. Ahí supe que de no haber estado mi tía los borrachos hubieran localizado una ostra en medio del escenario, le hubieran aplaudido o rezado hasta sacralizarla durante el resto de esa tarde de abril. O una piedra o una botella ámbar. El chiste es no ver el mar.

A partir de ahí supe que el objetivo del culichi es engrosar hasta el hastío los fuegos fatuos de una alegría confusa. Supe que la naturaleza del culichi es la celebración porque sí, la banalización de las tradiciones hasta convertirlas en un acto de fe. El culichi habla golpeado porque, imagino, quiero suponer, está acostumbrado al volumen alto, a la ruidosa exhalación de la tambora junto a la mesa de cantina, al encuentro azaroso en cualquier punto de la playa, mientras todos se quedan viendo con la sonrisa babeante y un bote en la mano; está acostumbrado al ruido como parte de una atmósfera congestionada que incluye el estéreo del coche, los cláxones del transporte urbano, la permanente sinfonía de una ciudad que, sin querer, crece hacia sus propias entrañas (en una ocasión, un amigo y yo fuimos a un bar a ponernos al día; era lunes, encontramos uno en el lobby de un hotel; el dueño, al ver sus primeros clientes de la noche, decidió subirle el volumen a la música para cancelar, con ello, nuestra plática en santa paz. Por desgracia ya habíamos pedido las cervezas y pasamos una hora hablando a gritos, por encima de Los Tigres del Norte).

¿De qué hablan en la playa? ¿Qué complejas maquinaciones se hacen mientras se bebe y se escucha la tambora en vivo, los músicos cocinándose bajo el calor de las dos o tres de la tarde, aplicados en un son o un bolero lerdo? De nada. El silencio es sagrado en estos casos. El silencio meditativo es una infeliz extravagancia. El silencio es parcial y dirigido al foco de una diversión básica: tres o cuatro músicos asoleados, un puñado de gente y una hielera babeando en medio del paisaje, atestada de botes rojos y blanco. Querer hablar es como reconocer la culpa: nos urge el encarcelamiento, el castigo colectivo por invadir los rasgos de nuestro regionalismo acendrado. Si quieres hablar alguien te señala a una pareja que baila vertiginosamente mientras la tarola arma un tracatraca, que todos acompañan con un eah eah eah.

Atrás el mar, aburrido y meditabundo.

¿Qué celebraremos en la playa? Pregunté una vez que me invitaron, hace tiempo, a ir a comer. Nada, me dijeron, y me dejé llevar. La simple sensación de comer frente al mar me pareció atractiva, nada estudiada, dejada al cauce de la contemplación que me esperaba mientras la marea comenzaba su camino en la arena maciza de Altata. Sin embargo, no fue así. Estaban remodelando el malecón y habían trasladado los restaurancitos a una calle de tierra, próxima a la entrada de la bahía. Se trataba de una vialidad raquítica, en ese momento escoltada por carros de todo tipo. También había tambora. Y un grupito norteño apocado por el desgano del calorón. No pudimos hablar, aunque eso nos dejó la posibilidad de sonreír bajo cualquier pretexto. Ya terminada la ronda de platillos y agotada la plática más bien chirle, nos fuimos a contemplar los avances de lo que hoy es el rutilante malecón, centro de un rito dominical que perdurará, sospecho, hasta el final del género humano.

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