El Gallo Lotería

Por: Jean Turpy

Desde hoy, con la colaboración del poeta, ensayista y narrador Jean Turpy, ofreceremos una entrega semanal de una sui generis lotería, relatos que aluden a alguna de las cartas que canta el corredor en el juego hasta nuestros días.

Lotería 1. El Gallo

El Corredor:

“Quisiera del gallo el canto/ y del burro el instrumento/ para metértelo dentro/ hoy que es día de tu santo…” Renato Leduc.

 

Antes de contar la historia de Jorge Tamayo Corrales, gallero de Angostura, y su gallo “Rasputín”, un par de palabras sobre la carta de marras, El Gallo,  la número 1.

En mi colonia de la infancia había distintos grupos que jugaban a La Lotería y en cada uno de los diferentes grupos había más de un “corredor” de cartas con sus propios versos y sentencias. Dependiendo sobre todo del sexo y la edad la cantada adquiría tonos particulares y era (casi siempre) un deleite escuchar a algunos rapsodas y sentenciosos hilvanar  el siempre caprichoso azar con gracia y criterio. Iba a decir con razonada elegancia y verdad. Mucho improvisaban todos ellos  con autoridad y fortuna.

No es mi propósito, no esta vez,  glosar los diversos y divertidos apotegmas. Sólo diré dos cosas:

Que la variante de La Dama que más me gustaba era: “La que le rezumba el miado” y que una carta que TODOS cantaban igual (nosotros no) era El Gallo: “El que le cantó a San Pedro”

El santoral católico, como se ve, imponía sus acaecidos. Y los apóstoles llevaban la mano. Y no era para menos: el futuro prefecto del cielo había negado al Meramente antes que el ave de corral cantara tres veces (Palabra del Señor.) Pero casos hay más. Veamos uno.

Cuatrocientos treinta y dos años antes que Jesucristo, Sócrates (hijo de Sofronisco de profesión escultor y Fainarate, comadrona) sentenciado a beber su propio cáliz (una copa de cicuta), amonesta con sus últimas palabras a Critón, uno de sus más aventajados discípulos:

“Recuerda Critón que le debemos un gallo a Esculapio. Paga mi deuda y no la olvides”, es decir al dios griego de la medicina, llamado también Asclepios. Según Steiner: “En la muerte, efectivamente, nos convertimos en ‘nosotros’. Si esta es la intención de la sintaxis, la modestia demostró ser de corta vista. Sócrates ha llegado a ser, en la práctica y lógica de Occidente, sinónimo de ‘hombre’”.  Ya Nietzsche, que no era devoto del ateniense (“Sócrates, el que no escribe”, subraya) ni del judío (“El crucificado”, que, por cierto, tampoco escribía) traduce así la sentencia socrática: “Recuerda, Critón, que el mundo está enfermo”, lo cual le resulta decepcionante, y agrega: “Y yo que pensé que se trataba de un Sofista”. Y es que el prusiano no dejaba títere moralista con cabeza.


NAPOLEÓN, EL GALLITO FRANCÉS

En 1952, tras la muerte de su padre, Lorenzo Tamayo Andrade había heredado el negocio de bienes raíces. Hijo único, huérfano de madre al nacer, se convirtió en un acaudalado empresario a los  20 años. A  los 28 años se casó con Rosa Armida Corrales de la Vega, siete años menor que él, en una ceremonia con invitados exclusivos; la fiesta fue lujosa y los invitados gente encumbrada socialmente. Un año más tarde vendió la vieja mansión heredada y se mudaron a una casa que le  hizo construir a su esposa en La Campiña. Al matrimonio le gustaba la música y a menudo asistían a conciertos y a bailar. Así, un día Armida le pidió que la llevara a la inauguración del palenque de la Feria Ganadera 1961 a ver a un cantante de moda y él no quiso no complacerla: terminaron asistiendo todos los días, todos los años. Ella a escuchar a sus ídolos del momento y él a su nueva afición: las peleas de gallos. Durante los siguientes cuatro años no faltaron un solo día. Hasta que Rosa Armida quedó embarazada y a los nueve meses parió un niño, al que llamaron Jorge; hasta que Rosa Armida quedó paralítica  luego de su único parto debido a  una obsoleta  raquea mal aplicada.

Una noche, luego de apostar y ganar mucho dinero con los gallos del  famoso gallero de Angostura Horacio Gutiérrez, el “Horación”, Lorenzo le invitó a éste una copa. Y se hicieron amigos. Acompañó a Horacio a otras ferias y pronto se hicieron socios en los gallos. Cierto día que Lorenzo, su mujer y su hijo fueron a  Angostura a ver al Horación, Rosa Armida le dijo que le gustaría vivir en la colina que se encontraba a la entrada del pueblo, que le hiciera una casa. Seis meses más tarde el matrimonio y su pequeño hijo vivían en Angostura mientras Lorenzo, a veces acompañado por el Horación, a veces solo, recorría las ferias habidas y por haber, que para eso tenía gallos bravos  y desafiante dinero.

La última noche de la feria de san Marcos, noche de mucha suerte en las peleas, conoció a Berenice Peña que también había ganado apostando a los gallos del sinaloense. Le invitó un par de copas que ella correspondió invitándolo a cenar en su departamento al otro día. La muchacha era de Jalisco y tenía 24 años, menos de la mitad que él. En noviembre la invitó a la Feria Ganadera de Culiacán y la hospedó en la casa de la Campiña. Ya no la dejó salir de ésta: le cambió el menaje y le compró carro, ropa, joyas, todo lo  que su joven amante quisiera se lo compraba, a cualquier precio, estuviera o no a la venta. Como el pollito francés por el que pago una fortuna a insistencia de la muchacha.

Cada que regresaba de alguna feria se quedaba un par de días en  Culiacán con Berenice. Ni siquiera cuando lo acompañaba Jorge, su hijo, dejaba de hacerlo, primero en secreto y luego, sin mayores trámites, se la presentó en el palenque de Culiacán. Al año ya viajaban los tres a cuanta feria cundiera en el calendario.


Cuando el muchacho iba a la casa de La Campiña, Berenice se esmeraba en su arreglo con los vestidos que más resaltaban su cuerpo y caminaba con sensualidad y coquetería alrededor de Jorge que no se cansaba de mirarla, que no dejaba de admirarla, que no podía no desearla. Que sentía una oscura envidia por su padre.

El día que Jorge cumpliera 22 años la amante de su padre le regaló el polluelo francés al que llamaron Napoleón. Sin mayor discusión decidieron que se quedaría en la casa de La Campiña quien lo cuidaría para el muchacho que visitaría al emplumado cada fin de semana. Y así fue: Jorge llegaba los sábados y se marchaba el domingo. Cuando estaban solos, los palpitantes silencios y las  miradas furtivas eran inevitables. Para estar con ella a solas lo menos posible, Jorge pasaba largas horas en el patio con Napoleón que se había convertido ya en un gallito galante, gallito que un día de tantos cantó a la llegada de su dueño. Y se hizo costumbre.

—“¡Pinchi, gallito franchute!, el cabrón sólo canta cuando mi hijo llega, ni antes ni después”, —le comento festivo Alfredo. Y era cierto, Napoleón sólo cantaba a la llegada de su dueño.

Pasaron un par de años de ferias y visitas, de miradas furtivas y cantos de Napoleón a la llegada de Jorge. Regresaba de Culiacán  a Angostura cuando Alfredo sufrió un accidente que le arrancaría la vida. Antes de morir tuvo tiempo de hablar con Jorge a quien hizo prometer que cuidaría que a  Berenice nada le faltara. Cumpliendo su palabra, el muchacho visitaba con relativa frecuencia a la ex amante de su padre con el pretexto de ver a Napoleón que a su llegada cantaba. Justo un año después de la muerte de Lorenzo, luego de ir con estricto luto a la iglesia con él, la muchacha le pidió que se quedara a dormir en la casa porque tenía miedo de quedarse sola ese día. Llegaron a la casa y ella fue a la recámara a quitarse el vestido negro y ceñirse un bata larga, casi transparente: la pantaleta y el brassiere se dibujaban indiscretos sobre la blancura tenue de la seda. Tomaron una copa: hambre de comida no tenían.

A las once de la noche ambos fueron a sus habitaciones a dormir; era la media noche cuando un grito de Berenice despertó a Jorge, que se apresuró a ir a la habitación apenas con un bóxer y una playera improvisada como pijama. Ella se echó en sus brazos y besó su pecho y tomó las manos del muchacho y las puso en sus nalgas. Jorge buscó su sexo, húmedo y tibio. Gozando palmo a palmo, ella encontró el del muchacho extraordinariamente erguido y arrogante

—“¡Jorge!…”, —gimió Berenice mientras el muchacho la penetraba.

Se casaron por lo civil en Culiacán, tomando como testigos a un matrimonio que pasaba por la calle. Invitados no hubo. Cuando le dijo a su madre de su matrimonio, le pidió su consentimiento para vivir con su esposa en la misma casa, para poder atender a ambas. Rosa Armida aceptó sin decir una palabra. Y el matrimonio se mudó con ella. Suegra y nuera se veían con recelo, y se trataban con desconfianza y desprecio. La intuición femenina, que le dicen, mal aconsejaba a la vieja y envenenaba a la joven.

En abril llegó a vivir a la casa de Angostura (“por un par de meses”), Rodolfo Corrales, sobrino, de Armida. Al mes de haber llegado  Berenice y Rodolfo se hicieron inseparables. Buscaban la manera de encontrarse a solas cuando Jorge salía con sus gallos, pronto se convirtieron en amantes. A los pocos meses Berenice ya no quiso acompañar a su marido a las ferias Desde entonces eran felices al escuchar el ruido de la camioneta del gallero que se marchaba y entristecían al escuchar el canto de Napoleón, a su regreso.

Eran finales de noviembre, antes que su hijo se marchara a la feria de Culiacán Armida puso un papel en sus manos y le pidió que lo abriera “cuando terminaran todas las peleas de sus gallos. O antes, si la situación lo ameritaba.” Jorge lo metió en la billetera, le dio un beso en la frente y se marchó con el corazón sobrecogido por la mirada de su madre.

La noche del jueves, luego de una pelea Rodolfo lo sacó del palenque y le dijo que su madre había fallecido ese mismo día en la madrugada de un paro cardiaco, que la estaban velando y que la sepultarían el sábado a las seis de la tarde en el cementerio de  Angostura. Jorge le hizo saber a su primo que quería estar solo y caminó alrededor del palenque llorando a su madre en silencio. Abrió su billetera para ver su foto de la difunta y recordó el recado que llevaba en la billetera: lo leyó. La letra era dispareja, nerviosa y decía: “Tu mujer y Rodolfo son amantes, cuando no estás duermen juntos en tu recámara. Cuando leas esto yo estaré muerta.” Apretó los puños: las lágrimas del dolor cedieron ante las lágrimas del odio. Entró al palenque y le dijo a Rodolfo que no podía ir al velorio ni al entierro y le encargó que le llevara unas flores. Que él iría a la tumba de su madre cuando terminara la feria. Y volvió al juego. Esa misma noche arregló con el Horación que las peleas de compromiso pactadas para el ese fin de semana las atendiera él solo, pues se sentía muy enfermo. Eran órdenes médicas estrictas, le dijo, y para guardar absoluto reposo se cambió a un hotel a la salida a Mazatlán. Antes de llegar dejó su camioneta a quinientos metros del establecimiento argumentando una falla mecánica que solucionaría el lunes.


Después del sepelio de Armida los amantes se encaminaron sin prisa a la casa. Estaban solos y felices: Rosa Armida muerta y Jorge en el palenque por dos semanas más. Eran las ocho de la noche cuando se duchaban en sus respectivas habitaciones; a las nueve cenaban y brindaban por su amor. Luego se retiraron a la recámara matrimonial e hicieron el amor como si supieran que sería la última vez que lo hacían. Dios sabe sus designios y el deseo no los desacata, ni mucho menos.

Eran las tres de la mañana cuando Berenice despertó a Rodolfo para decirle que había una silueta en la ventana del dormitorio. “Sí”, dijo el muchacho. Sus palabras olían a miedo. Luego: las bisagras de la ventana y el canto de Napoleón, el gallito francés de Jorge, el huérfano mancornado,  sonaron como música fúnebre…