EL NARCO, BREVE HISTORIA DE UNA APÓCOPE

Ronaldo González Valdés

¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza

De polvo y tiempo y sueño y agonía?

Jorge Luis Borges, Ajedrez

  1. “Culiacán es tierra de grandes deportistas, artistas, intelectuales…”, decía Sergio Torres Félix, alcalde de ese municipio, cuando su entrevistadora, la periodista Adela Micha, lo interrumpió para inquirirle con autorizada voz: “Sí, ¡pero también es tierra de grandes narcotraficantes!”. Y quién lo duda, Sinaloa es la cuna del narcotráfico en México: aquí nacieron Miguel Félix Gallardo, Rafael Caro Quintero, Ernesto Fonseca, Amado Carrillo Fuentes, los hermanos Arellano Félix, Ismael “El Mayo” Zambada y el propio Joaquín “El Chapo” Guzmán Loera, entre otros personajes ya célebres por su historia de vida delincuencial y no por su hoja curricular profesional. Personajes de vida, más que de obra. De biografía, más que de currículum.
  2. La recurrencia de esta afirmación, sin embargo, ya resulta chocante y hasta grosera. No sólo, por cierto, por lo estereotipada, repetitiva y morbosa, sino también, y sobre todo, por castrante: este aserto, casi pregón del periodismo convencional del centro del país, castra la comprensión de un fenómeno histórico que no es visto más que en su piel más superficial, atractiva por colorida y hasta mórbida. ¡Cuántas historias, cuántos reportajes, cuántas crónicas folklóricas sobre el culto a Malverde, la cultura narca, sus panteones, sus mausoleos, sus corridos! De ahí se desgranan los conocidos neologismos con la apócope de apócopes de nuestros días: narcocultura, narcocorrido, narcofosa, narcolook, narcoEstado, narcojunior, narcosanto, narcofresa, narcopolítico, narcoesto, narco Acaso por eso, Juan Villoro pueda escribir que “Sinaloa se presenta como un desierto de las oportunidades donde los excesos son barridos por el polvo. Esta visión folclórica, de película de vaqueros (o migrantes que sólo se detienen en forma provisional), ha arraigado con tal fuerza que la región suele ser vista como zona de tránsito, indefinida, un territorio incierto entre el centro y la frontera”
  3. ¿Es Culiacán tierra de narcos? ¿Lo es Sinaloa? Claro que sí. Lo que debe inquietar es la pregunta por el por qué. Desafortunadamente, esto no parece preocupar mucho ni a periodistas ni a políticos. ¿De dónde viene la violencia que los sinaloenses hemos padecido secularmente? ¿De dónde la violencia que, recrudecida, hemos sufrido durante los últimos cuarenta años? “La historia debe enseñarnos, en primer lugar, a leer un periódico”, dice Pierre Vilar. ¿Qué historia se trama detrás de la nota de lo narco en Sinaloa, de las narcomarchas y de todos los neologismos que suponen la utilización de esta apócope tan de moda desde hace un buen tiempo?
  4. Se trama una historia terrible e injusta que reclama una narrativa distinta de la prensa que, con sus denuestos y descalificaciones tácitas y explícitas, sólo contribuye, ella misma, a banalizar un fenómeno crudo, espeso y complejo si los ha habido en el México contemporáneo. Va una sumarísima reseña, quizá cruel por simplificada e inapelable.
  5. La historia del narcotráfico se emparenta con la historia de la migración china a estas latitudes. Desde San Francisco, bajando por Mexicali y Tijuana, y desde Baja California Sur, huyendo de la explotación a que eran sometidos en las minas de Cobre de Santa Rosalía, a donde fueron llevados por la empresa francesa Compagnie du Boleo, los chinos trajeron la semilla de la amapola, la sembraron en sus huertos y el producto lo destinaron a su uso personal. Poco más tarde, su historia se entrelaza con el prohibicionismo: “En 1926, el Código Sanitario prohíbe el cultivo y comercialización de mariguana y adormidera (…). Hacia 1927 se desataron encarnizadas campañas antichinas. Acusados, entre otras cosas, de ser opiómanos, la mayoría de los chinos fueron expulsados del país.” Los que pudieron evitar la deportación, se refugiaron en la sierra, donde enseñaron a los campesinos pobres a sembrar la amapola y procesar la goma de opio.
  6. Cuando ocurre la Segunda Guerra Mundial, ante la necesidad de surtir de morfina a las tropas aliadas, inicia la siembra industrial de la amapola en la sierra sinaloense. Al margen de la polémica acerca de si hubo o no un convenio entre los gobiernos de Roosevelt y Ávila Camacho, el hecho es ese: fue entonces que surgen los conocidos como “gomeros” (los que producían y vendían la goma de opio a compradores extranjeros, particularmente norteamericanos). Así dio inicio la bonanza que vivió la región serrana en aquella primera época del narcotráfico.
  7. Entretanto, el campo sinaloense vivía años difíciles con los enfrentamientos entre agraristas (grupos campesinos que demandaban la repartición de los latifundios, sobre todo en la zona sur del estado) y las bandas de sicarios contratadas por los grandes propietarios de tierras, conocidas como “los del monte”. El narcotráfico bajó, primero, a los pueblos agitados por esa tremolina, confundiéndose con la abigarrada mezcla de movimientos e intereses puestos en acto por un conjunto de circunstancias de muy diversa naturaleza y causalidad. La tradición del bandolerismo social y el arribo del narcotráfico se fundieron en el corrido como expresión cultural de honda raíz popular.
  8. La migración del medio rural a la ciudad fue lo siguiente. Para empezar, la inusitada explosión demográfica (de 838 404 habitantes en 1962, se pasó a 1 578 939 en 1975, es decir, la población prácticamente se duplicó en menos de 13 años). Luego, el movimiento poblacional (en 1962 poco más de 62% de la población residía en comunidades rurales, mientras que en 1975 más de 55% habitaba en los centros urbanos). De por sí, Sinaloa, como otros lugares del país, ha tenido siempre un apego más bien escaso a las convenciones normativas y una proximidad secular con el ilegalismo –en tiempos de la Colonia el contrabando de metales preciosos, en el siglo XIX el bandolerismo social también cercano a la actividad minera, después la fayuca, hoy el narcotráfico-, sus agravios pendientes con las fuerzas del orden (¡dos mil pequeños caseríos y comunidades serranas desaparecidas durante la Operación Cóndor!) y el arraigo de una subcultura gestada en la matriz regional, interpeladora persistente de los poderes formales, documentan un desapego de siglos en relación con el ámbito de lo legal-racional.
  9. Por así decirlo, el narcotráfico se “urbanizó”. Penetró simbólica y físicamente en las ciudades sinaloenses. Como lo había hecho ya en el campo, el estigma se volvió emblema de prestigio. El narcotráfico se ramificó a otras ciudades; ya teniendo presencia en Tijuana, con la Operación Cóndor se trasladó a Jalisco, primero, y posteriormente a la frontera Noreste. Lo demás es cosa sabida. El surgimiento de los cárteles, sus confrontaciones y divisiones, sus secuelas sangrientas y sus subversiones silenciosas en un mundo cuyas certezas vigesimales, como diría Hobsbawm, caían por tierra antes de que terminara el siglo XX. En adelante, las transformaciones serán, en un buen número de casos, moleculares: se pasará del usted al  en la relación con los padres, los principios de autoridad perderán buena parte de su fuerza y acreditación moral.
  10. El narco, esa apócope tan colorida y hasta folclórica, llenará vacíos de autoridad, creará cadenas alternas de valor lo mismo en la relación social que en la economía, desatará sinergias inéditas y establecerá jerarquías de las que dará testimonio el tránsito del narcocorrido inaugural, Contrabando y traición, al paradigmático Jefe de jefes en apenas poco más de una década: la primera es una historia de despecho montada sobre un trayecto de viaje con una carga de drogas; la segunda es la canción del jefe-de-jefes-señores-me-respetan-en-todos-niveles, elogio de una mafia organizada y racional que otorga y quita prestigios, bienes y plazas.

Esta apócope se nos agrandó. Se expandió. Es un sustantivo que significa mucho para mucha gente que se lo apropió, no pocas veces con dolor, cada vez más como una celebración, un tanto vergonzante y otro tanto gozosa, que ahora forma parte de la agenda de nuestros medios, tan políticamente correctos ellos en otros temas. La apócope se agrandó. La comprensión del problema se achicó. Mientras tanto, el dolor persiste y la derrota cultural es cada día más profunda y lacerante. ¿Hemos perdido ya esta batalla? No lo sé, por lo pronto se impone una hermenéutica distinta, una nueva narrativa del narco en Culiacán, en Sinaloa, en México.

Written by Redacción