El Tri: Historia de un Desaire

Jesús Ramón Ibarra

 

Quienes nacimos hacia la mitad de la decada de los 60s, tuvimos un nacionalismo futbolero mas bien cauto. Dos ideas de selección dominaban: la de la gesta del México 70 y y sus símbolos (el Halcón Peña, el Gallo Jáuregui, el malogrado Alberto Onofre, Enrique Borja, el Cuate Calderón) aunados a la conmovedora hipótesis especulativa que, con el paso de los años, dio luz a una consigna que hoy late en las arterias del futbol nacional: lo que pudo haber sido y no fue.  

La otra idea es la del estrepitoso fracaso en  el premundial de Haití, en 1973, ese largometraje borroso en el que el Tri se fue diluyendo entre el exotismo y la parafernalia triunfalista, hasta terminar convertido en un capítulo de tintes absurdos en la epopeya patria. Se trata, además, del episodio que da pie a una noción contundente: nuestro futbol es localista y acomodaticio, es incapaz de sobrellevar el pulso (en formato de torneo eliminatorio) más allá de esas fronteras donde la adversidad, lo hostil, el Síndrome del Jamaicón, el campo ajeno, el vudú y la cultura de la molestia permanente diseñan el escenario donde transcurren las pesadillas colectivas. Jugadores como Héctor Brambila, Leonardo Cuellar, Rafael Puente, Héctor Pulido o Genaro Bermúdez regresaron al conformismo de la liga intramuros; es decir, a la maquinaria donde las esperanzas se reciclan, a contracorriente del bocabajeo y la sujeción del pueblo a un sistema político dedicado puntualmente a desactivar, por la vía de la prensa escrita y la televisión, cualquier viso de cambio.                                                                                                                   Estas dos ideas suprimieron, sin duda, la imagen de Borja pugnando por el gol en Wembley, durante el Mundial del 66, mientras la voz de Don Fernando Marcos , al filo de la conmoción, lo conminaba a no fallar porque la patria, ese ideario de hombres y mujeres que pugnan por próceres inmediatos, se lo reclamaría hasta el fin de los tiempos. Aquel legendario “¡Métela Borja, No Falles!” se transformó en un grito de guerra pasajero del consciente colectivo, antes que en una miserable anécdota entre el Tri y quienes apostamos por el permanente fracaso de sus gestas.

El Mundial de Argentina 78 no hizo sino fortalecer estas ideas, pero apuntaladas por la voluntad de un medio de comunicación que estuvo diseñando, sistemáticamente, el espejismo de una fiereza futbolística de dudosa raigambre. Televisa, como educadora sentimental desde la plataforma que Raúl Velasco (al frente de la empresa, claro, El Tigre Azcárraga como teórico de lo jodido) había levantado a fuerza de sonreír y fingir candidez, iniciaba su monopolio en torno a la selección, cobrando con ello su parte de los jugosos derechos de transmisión televisiva. Con cálculos risibles que nos llevaban a la fase de cuartos y, por ende, a ese proverbial quinto juego, el posterior desempeño del Tri dio pie a un apelativo que hoy en día se sostiene como faro de nuestro escepticismo más justiciero: el de los ratones verdes.                                                                                                                        ¿No fue la experiencia de esta Copa del Mundo suficiente para suponer que, luego de una derrota contra Túnez, un país modesto del África musulmana, México no tenía oportunidad de sobrevivir al futbol de potencias consolidadas como Alemania o Polonia? ¿Para qué sostener la tensión del drama nacionalista con especulaciones o cálculos abusivos si ya Túnez se había encargado de desnudar, de poner a la intemperie las falencias que nos han marcado de por vida: la falta de puntería, la carencia de una identidad futbolística que construya y consolide eso que la crítica llama estilo; el desapego emocional a la hora de recibir el gol en contra, el dibujo de una coreografía lastimosa donde once hombres bailan cada uno su propia música ilusoria?                                                        A partir del Mundial de Argentina, el Tri no ha hecho sino diversificar sus derrotas. Es decir, lograr que el guión reproduzca más puntos de tensión para que los aficionados y los medios de comunicación pervivan juntos hasta el fin de los tiempos. La incorporación de TV Azteca a la transmisión de los juegos de México, solo ha multiplicado los vicios de ese trámite que recicla periódicamente consignas nacionalistas, que subvenciona la maquinaria de un mercado financiero voraz, que manipula los rangos de un sentimentalismo donde cada seleccionado se convierte en el protagonista de una telenovela motivacional.

           Luego del ominoso descalabro del Chepo de la Torre, un tipo recio, de expresión dura, incapaz de relajar los ánimos de la prensa, dueño de un sentido táctico inamovible, muchos pensamos que el Tri fracasaría con justicia para lograr un sitio en Brasil 2014. Un gol de chilena al filo de la hora contra Panamá, por parte del americanista Raúl Jiménez, no hizo sino prolongar la agonía de una nación que sigue viviendo de sus gestas mediáticas y de la colectivización de sus manes. Ni el campeón olímpico Luis Fernando Tena, ni el más que probado Víctor Manuel Vicetich, multiganador en el torneo local, ni una nómina profusa de jugadores que militan en el extranjero, pudieron sacar a la selección de un marasmo que muy pocos han traducido o interpretado como histórico. El deplorable hexagonal del Tri no ha sido más que el resultado de una soberbia sopesada en los medios (“¿quién es Costa Ricas, por Dios?”, “a Panamá se le gana caminando”), y un aburguesamiento sustentado por el capital que mueven los de pantalón largo.                                    

     Con dirigentes incapaces de asumir un gesto digno; dirigentes que son parte de una servidumbre lujosa que presiden una junta de dueños y las dos televisoras importantes del país, el balompié nacional promueve el exitismo estentóreo, la mediocridad sistémica por la vía del torneo corto, y una liguilla que funciona como reducto de finanzas robustas. La televisión, por su parte, gestiona la publicidad exacerbada y la manutención del futbolista como el personaje modélico de toda epopeya infantil; articula una y otra vez esa noción turbia de la patria como fruto de la unidad y la esperanza nacional; enarbola consignas en una lírica de primera mano (¡Vamos muchachos!¡La selección somos todos!) como los slogans de un culebrón donde pasta la triste realidad de México. El Tri como programa social o como rito que domestica las necesidades colectivas.                                                                                          La llegada de Miguel Herrera a la selección, parece parte de un calculado guion de la televisora de Chapultepec. Se rumora que Emilio Azcárraga Jean le consiguió al Piojo un pago de 150 mil dólares por los dos partidos, aunque la estructura directiva -Herrera, sus asistentes, Ricardo Pelez- hayan ofrecido el rostro de la incondicionalidad y el amor patrio. Dos triunfos contundentes frente a una selección rústica, vulgar, incapaz de respuesta como Nueva Zelanda, no hicieron sino maquillar el espejismo donde flota una realidad inapelable: la  repetición del mismo libreto con los mismos resultados, el despido del técnico en turno y la contratación de uno nuevo (falaz, soso, apegado a las normas de convivencia doméstica entre el siervo y sus jefes) que, sin pensarlo dos veces, tendrá el mismo final que el anterior. Así hasta el infinito, o hasta que se anule la sujeción del futbol a objetivos financieros que incluyen un sistema de competencia mediocre, la manutención de cinco extranjeros en la nomina de los clubes, la sujeción absurda del balompié al calendario y la gestión de las televisoras, el amparo a las promotorías turbias,  la multipropiedad, el draft vergonzoso, el pacto de caballeros, en fin.                                                                                                                              Luego de una Copa del Mundo más o menos honrosa, El Piojo Herrera se ha convertido en un producto, un personaje que actúa el carismático papel que los medios le dictan, un hombre afianzado en la reproducción de su imagen en el mercado de valores. No creo que llegue al siguiente mundial. Es el dictamen, no de mi visión de sus tácticas insufladas por su declaratoria beligerante; es el dictamen histórico hasta que las cosas no se modifican o reconstruyan desde abajo.