JOSÉ LIMÓN, LA TRAVESÍA DE SER ARTISTA

Minerva Solano Moreno

“Trato de componer obras que estén involucradas con la tragedia básica del hombre y con la grandeza de su espíritu. Quiero escarbar debajo de los formalismos vacíos, las muestras de virtuosismo técnico y la superficie lisa, para explorar la entidad humana y encontrar la belleza, poderosa y a menudo cruda, del gesto que habla de la humanidad del hombre”

José Limón

Dónde y cuándo nacemos, suelen ser situaciones fuera de nuestra volición, ambas ejercen un poder determinante en el destino que habrá de alcanzar la travesía de nuestra vida. José Limón eligió en un ejercicio pleno de voluntad, el momento y el lugar que lo moldearía como artista y a través del cual se construiría a sí mismo, al situar su nacimiento como artista precisamente en el tiempo y lugar en que América vería surgir la danza moderna: Nueva York. El advenimiento del modernismo en América, si bien guardaba relación con el de Europa, se distinguió principalmente por el espíritu nacionalista con el que los artistas deseaban distinguirse; configurar la propia identidad, devino una imperiosa necesidad para quienes participaron en este importante movimiento.

Si bien José Limón decidió definirse como artista en el entorno que sus padres putativos: Isadora Duncan, Harald Kreutzberg, y los adoptivos: Doris Humprey y Charles Weidman le brindaron como precursores de la Danza Moderna. En gran parte fue esta necesidad de volver a la identidad primigenia lo que lo llevó a trascender límites formales y temáticos, aportando no sólo su singular manera de explorar el lenguaje del cuerpo, sino a plantear más allá de lo formal, un discurso en el que se afirmaba como creador y como mexicano.

Su visita a México constituye el encuentro con lo propio, con su patria, donde después de tantos años deja de ser un extranjero, un “traductor” como él mismo lo expresa; para nutrirse así de la sustancia que impregnará su quehacer y la que definirá el papel y efecto que su mexicanidad tendrá en su legado artístico.

La Gran Depresión y la Segunda Guerra Mundial constituyen el enclave exterior al que Limón sobrevive y sobrelleva para renacer nuevamente en 1945, al fundar su propia compañía de danza. Si bien cada momento y lugar fueron determinantes, no hay un periodo de su vida en el que Limón no haya ponderado con gran elocuencia y generosidad a cada una de las personas que le enseñaron e inspiraron a alcanzar la plenitud como artista e individuo a la que aspiraba. Recordándonos quizá que lo más importante de una travesía no son las distancias o los destinos, sino las personas con las que hemos tenido la fortuna de compartir el trayecto.

LA DANZA Y EL SER


”¿Qué disciplina, qué ejercicios había para convertir al hombre interior en una fuente digna de ese gesto que uno se debe así mismo y a los demás?

¿Cuáles rigores, cuáles sacrificios e inmolaciones?

El ascenso a la excelencia y la virtud es un trabajo de Sísifo. Cada hombre, cada mujer, cada miembro de la tribu de la danza, tiene que empujar montaña arriba una pesada roca. Y cada uno busca su disciplina redentora y su salvación.

Para mí durante este periodo formativo, la solución fue seguir el instinto y darme órdenes. Trabaja. Incesante y obsesivamente. Escucha. La música de Bach, y como el sacramento de la comunión, como se cuerpo y bebe su sangre para que seas santificado y purificado. Aprende. Lee biografías, historias y obras de filosofía; si aspiras a hablarle al hombre, aprende de qué está hecho. Mira a otros bailarines, sus obras, estilos, música, vestuarios y decorados. Escucha a los poetas, pues ellos también son bailarines, y a tus viejos amigos, los pintores y escultores, y a los arquitectos e ingenieros que hacen tan bellas coreografías en piedra. Y trabaja, siempre trabaja.

Un gesto, ya sea un salto, giro, carrera, caída o caminata, es sólo tan bello tan fuerte, como elocuente es su fuente interior. Así que ten cuidado. Purifica, magnifica y ennoblece esa fuente. Párate desnudo y descubierto. ¿Quién eres? ¿Quién, qué quieres ser?

¿Cuál es tu calibre espiritual?

 

Trabaja, escucha y aprende.”

José Limón

Cómplices en la travesía por México

Miguel y Rosa Covarrubias, conocen a José limón a mediados de la década de los treinta en Nueva York. Sin embargo, no es sino hasta 1950 en que Miguel Covarrubias, como jefe del Departamento de Danza del Instituto Nacional de Bellas Artes, visita a Limón planteándole la posibilidad de invitar a su compañía a bailar en la Ciudad de México. Sellado así el acuerdo, 1950 sería el año en que Limón por fin se reencontraría con la patria de la que se había separado siendo apenas un niño.

Conscientes de la importancia que tenía para Limón este reencuentro, los Covarrubias se aseguraron de proporcionarle las experiencias que enmarcaran las emociones que embargaban el ávido espíritu del artista. Largas conversaciones entre Limón y Covarrubias, intensas jornadas creativas de intercambio de intereses y sueños de las que surgieron los bocetos y dibujos que darían forma al cartel con el que se difundirían las funciones de la Compañía de Danza Limón en el Palacio de Bellas Artes de la Ciudad de México

La impresión que México causaría en Limón estuvo en gran medida determinada por los Covarrubias y la pléyade de personalidades que éstos le allegaron, sin embargo fue el común interés por la danza y el interés de abrevar tanto en la música, como en las artes plásticas, la dramaturgia y la historia, lo que determinó la naturaleza de las puestas en escena realizadas en nuestro país: Cuatro soles, Tonantzitla, Antígona y Redes.

Surgidas del trabajo creativo compartido, finas líneas entretejieron los vínculos a través de los cuales Limón, los Covarrubias y Luis Barragán, construyeron una entrañable amistad; a la que cada uno aportaba, en mutua retroalimentación, las cadencias y ritmos de su propia esfera creativa. Coincidiendo no sólo en el modernismo y nacionalismo de la época, sino en las ideas y visiones compartidas, el fruto de esta convivencia interdisciplinaria, queda como vestigio de los lazos que entrelazaron el destino y la obra de tan singular grupo.

Técnica Limón

La formación de José Limón, como bailarín sucedió bajo la tutela de dos notables figuras de la danza moderna estadounidense: Doris Humphrey y Charles Weidman. Humphrey concebía la danza como el movimiento del cuerpo a través del espacio, llamando a la transición que va desde la posición erguida hasta la horizontal, como reacción a la fuerza de gravedad: “el arco entre dos muertes”. Al estudiar la acción de inhalar y exhalar y su efecto sobre el movimiento, se hizo consciente del sentido de los ritmos naturales del cuerpo y exploró la acción de “dejar caer y recuperar” construyendo así un estilo fluido, rítmico y teatral; que al combinarse con el ingenio de Weidman para la improvisación y la mímica resultaba en un una expresión de gran complejidad dramática y formal.

La mixtura entre el formalismo de Humphrey, la espontaneidad de Weidman y el carácter trágico que Limón aportó a la compañía, resultó una interesante fórmula que revitalizó la escena de la naciente danza moderna. Aún así, Limón sabía que para tomar su lugar en el escenario de la danza moderna, tenía que ahondar en su identidad, investigar su mexicanidad, necesitaba hablar con la voz de su lugar de origen, de su raza.

Con el tiempo y la experiencia que la compañía Humphrey-Weidman le brindó, Limón elaboró su personal manera de entender la danza: partiendo de la concepción del cuerpo humano como una orquesta, consideraba cada parte del cuerpo como un instrumento musical. Así, el aprendizaje de moverse y bailar se hacía por segmentos, aislando partes del cuerpo, que posteriormente se integraban en conjuntos armónicos capaces de aludir las más sublimes emociones humanas, tal como sucede en una orquesta.

Conformando lo que hoy conocemos como Técnica Limón, José desarrolló una serie de ejercicios que permiten controlar el peso de cada parte del cuerpo mediante el trabajo aislado, su método consiste en la distribución proporcional del peso en las distintas partes del cuerpo. Aporta así, el método con el que añadiría a la técnica de Humphrey-Weidman una nueva dimensión; al grado de ser conocida posteriormente como la Técnica Humphrey-Limón.

Reconocido por la revitalización de los varones en la danza moderna por medio de su presencia viril sobre el escenario. Para Limón, la danza tenía un principio básico: la fuerza, elocuencia y belleza del movimiento debía “surgir del centro orgánico del cuerpo. Debía tener su fuente vital y su impulso en la respiración de sus pulmones, en los latidos del corazón. Debía ser intenso y completamente humano, pues de lo contrario serían sólo movimientos gimnásticos y la danza resultaría mecánica y vacía”.

En su Memoria Inconclusa, Limón hereda a la posteridad importantes reflexiones de la travesía de vida, aquélla de la que habría de surgir un magnífico bailarín. Memorias que dan cuenta de la profundidad y extraordinaria sensibilidad de un hombre y que develan las profundidades de un hombre excepcional, del artista que devino una de las figuras más importantes de la danza moderna de su época y de la técnica, que constituye uno de los más significativos referentes de la danza contemporánea en la actualidad.