Magnum Futbol

Num. 6 | Las drogas y sus mundos  ojo

Jesús Ramón Ibarra

Antes del mundo como mandamiento, regla, estatuto inaprensible y, sin embargo, arraigado en la tradición cultural de un país, de un pueblo indómito, de una tribu; antes del mundo como un puñado de paisajes agrestes, un puñado de rostros que se acercan, se dibujan, se aclaran y se reconocen con la medida del tiempo; antes del mundo como condición estética, como gusto que deviene en fiebre, veneración sacra, pasión religiosa (el cine de vaqueros, el rostro de Clint Eastwood tallado a mano por un minucioso ángel exterminador, la épica sentimental en technicolor, la sólida oscuridad de la sala del cine, la figura de los réprobos escalando hasta el segundo piso, con las luces altas, el verbo afilado, la mano grasienta y olorosa a vealcream o vaselina, las novelas de Faulkner, el Kalimán, el primer Serrat o todos los Elvis) antes del mundo como página abierta, de las calles como lenguaje, de los personajes urbanos como protagonistas de una secretísima saga de oprobios, heroísmos callados, intimidad trunca; antes del mundo como libro, como literalidad, como verbo entrañado, ahí estaba el fútbol.

La primera pasión, primer recuerdo del músculo. La primera noción de la felicidad (¿será esta noción primordial la que haga de jugadores como Ronaldihno seres distintos?). La primera noción de juego (¿será esta idea básica la que impulsó la carrera del Pelusa Maradona? Idea que privilegia la imaginería práctica, la improvisación, el conejo fosforescente de la chistera cuando vos esperás una mascada, un manojo de cáñamo, un animalito intimidado por los reflectores –Enrique Banch-). La primera noción de imagen (Pelé capturado en una chilena, Gordon Banks congelado en el aire, Garrincha en su posición de baile perpetuado junto a la línea de banda –el cuero cocido a los botines, la mirada buscando el pie rival, el arma enemiga).

La primera noción de convivencia colectiva (la cascarita, la rifa de jugadores, la portería improvisada, el trazado de la meta con cal, la charla en el café o en la cantina acompañando eternas partidas de dominó, cerveza clara, música norteña).Esta noción del fútbol como una forma primaria de relacionar al hombre con su entorno, el fútbol como cultura cívica, como rito de iniciación, es la que rige, sin duda, las páginas de Mágnum Fútbol (Ed. Phaidon, España, 2003), libro de fotografías que capturan, no a los futbolistas profesionales en plena disciplina (de hecho aparecen solo dos figuras conocidas –las más conocidas-, Maradona y Pelé, el primero festejando el triunfo de la albiceleste en el inolvidable México 86, el segundo animando desde las tribunas –luego de una lesión que permitió el milagroso ingreso de Amarildo- a la verde amarela en Chile 62) sino a personas que han encontrado en el balompié una forma de vincularse con su naturaleza esencial, son su cultura, con su paisaje.

Se trata de un libro que transcurre en dos sentidos más que visibles. El primero el estético: la técnica fotográfica al servicio de esas particularidades que permean la conducta de los pueblos, se hace más que evidente en imágenes cuya contundencia es indescriptible. El segundo es social: se trata, también, de hacer un análisis de las implicaciones del fútbol en distintos entornos donde no es ajena la guerra, el rito religioso, la sacralización de los espacios.Ensayo político social basado en imágenes de Mágnum (agencia fotográfica fundada en 1947 por Robert Capa, Henri Cartier Bresson, George Rodger y David Chim Seymour) a lo largo de 55 años, el libro nos vincula, sin duda, con diversos recuerdos donde domina el balompié. El fútbol como memoria colectiva, pero también como recuerdo fijo en la memoria personal. El fútbol, por eso, como la primera pasión, como primera noción de juego y de felicidad humana.

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