Mas allá de las instituciones, la cultura que hacemos todos.

Num 18  | Sinaloa y su porvenir

Minerva Solano Moreno

“No necesitamos tanto la utopía, sino heterotopías”

Michel Foucault

 

     Repentinamente el panorama cultural de nuestro país y en particular el de Sinaloa, se encuentra en un álgido proceso de reconfiguración al sucederse, en algunos casos, de manera inesperada, la sustitución de quienes dirigen los destinos de la cultura y las políticas culturales; tal como acaba de suceder con el nombramiento de María Cristina García Cepeda, como nueva titular de la Secretaría de Cultura y en días anteriores con el nombramiento de Jorge Volpi como Coordinador de Difusión Cultural de la máxima casa de estudios de este país, la UNAM no sólo contribuye significativamente en la construcción de una oferta cultural diversa, sino que constituye un contrapeso que suele dar voz a inquietudes y discursos distintos de los oficiales.

     Paralelamente, con el cambio de gobierno, en algunos estados del interior de la República se están renovando a la vez, los titulares de las dependencias culturales, como recientemente sucedió en nuestro estado, con el nombramiento del nuevo director del Instituto Sinaloense de Cultura, Papik Ramírez Bernal; escenario que además se reconfigura por el nombramiento de los directores de los Institutos Municipales de Cultura, 18 municipios en nuestro estado.

    Todo el esquema institucional que organiza, gestiona e impulsa el devenir cultural desde los tres niveles de gobierno se está reconfigurando en estos días. Por ende, cada uno de ellos atraviesa por un periodo crítico de redefinición ante las muy particulares circunstancias de cada contexto, especialmente aquellas que definen este momento como un tiempo difícil, de enormes dificultades y por lo tanto, de monumentales retos.

     En este inusual escenario de múltiples cambios y transiciones, inevitablemente surgen, aunque no sin cierta reserva, añejos anhelos y renovadas esperanzas de una transformación que redirija a mejor destino la cultura en cada uno de los estratos de gobierno mencionados; anhelos y esperanzas que son alentados en función del liderazgo, visión y experiencia de cada uno de los recién nombrados.

      A la expectativa de una muy esperada Ley de Cultura, se aguarda con cierta impaciencia, la definición de las reglas del juego que habrán de poner en evidencia si el replanteamiento estructural que significa la creación de la Secretaría de Cultura habrá de transformar o no, la manera en que se crean y ejercen las políticas culturales que la sociedad de este país necesita. Una ley que precisamente en estos días, ha empezado a discutirse y que una vez definida permitirá vislumbrar su pertinencia y eficacia para replantear los fines, compromisos y responsabilidades que el Estado tiene con el desarrollo cultural y la manera en que éstos podrán cristalizarse en realidades tangibles; un asunto que nos preocupa e interesa a todos quienes estamos implicados en el desarrollo cultural de nuestras sociedades.

     Sin embargo, es imperativo reconocer que la administración pública de la cultura y los actores y procesos que forman parte de este empeño constituyen tan sólo una parte del vasto universo que comprende el campo cultural; que incluye además un gran número de actores sociales relacionados con los procesos de producción, distribución y consumo de todo producto o hecho cultural.

     Considerar las políticas culturales en función del reconocimiento de la complejidad del campo cultural y sus actores, permite repensar las posibilidades de participación, gestión, animación y promoción cultural; pero principalmente permite considerar la posibilidad de participar en la creación de políticas culturales que pueden desarrollarse más allá de las instituciones, iniciativas creadas y realizadas por distintos sectores de la sociedad civil, iniciativa privada, organizaciones autónomas y grupos independientes.

     La cultura está presente en todas las manifestaciones de la vida individual y colectiva del hombre, es una construcción social que comprende aquellos signos que hombres y mujeres de todos los tiempos han creado para dotar de sentido su existencia; siempre recreándose a través del intercambio de significados que los integrantes de toda colectividad como seres simbólicos realizan por su simple interacción, proceso en el que todos contribuimos de manera permanente, todos hacemos cultura.

     Reconocer que la cultura está presente en todas las expresiones del pensamiento y quehacer humano nos permite derribar el malentendido y los efectos que la distinción entre alta cultura y popular han impuesto, aún con sus altruistas afanes de democratización, la administración de la cultura bajo dicho supuesto, sólo ha contribuido a crear un abismo entre ella y sus destinatarios. Desdibujar tal escisión permite hacer visible la transversalidad de la cultura, su carácter ubicuo y procesual, para ello es necesario entenderla, en palabras de Gilberto Jiménez “como una sustancia inasible que se resiste a ser confinada en un sector delimitado de la vida social, porque es una dimensión de toda la vida social, está presente en el mundo del trabajo, en el tiempo libre, en la vida familiar, en la cúspide y en la base de la jerarquía social, y en las innumerables relaciones interpersonales que constituyen el terreno propio de toda colectividad.”[1]

     Al entender la omnipresencia de la cultura, reconocer su impacto en cada aspecto de nuestra vida y comprender que todos somos creadores de cultura, se efectúa un cambio de pensamiento que plantea la posibilidad de asumirse como agente social que puede contribuir y enriquecer significativamente este proceso en continua construcción. Entendimiento que no sólo es una posibilidad sino una necesidad; en este sentido, Lucina Jiménez enfatiza como un verdadero imperativo “el surgimiento de nuevos agentes sociales vinculados a los procesos culturales, provenientes de la sociedad civil”[2], al colocar el tema de las políticas públicas “en las agendas de otros muchos sectores que trascienden el aparato estatal, permitiendo ampliar los márgenes del debate y de la interlocución con el poder”[3] Agendas que a su parecer, deben trascender hasta el ciudadano común, y así éste, se atreva a visualizarse como un agente social que puede y debe participar en la conformación de las políticas públicas que modelarán la vida que desea para sí y su comunidad.

      La cultura existe más allá de las instituciones, la verdadera cultura está viva, presente en toda experiencia social, en cada aspecto de nuestra vida y cada uno de los ámbitos del quehacer humano. Nuestras acciones y discursos, en tanto hechos simbólicos, intervienen en la construcción del sentido a través de los significados compartidos, que por su interacción modelan la cultura y entorno social definiendo el carácter de nuestro grupo social.

     Participamos e incidimos en la creación de políticas culturales cuando emprendemos proyectos que tienen el propósito de impactar en el desarrollo de la colectividad, podemos ser creadores de productos y servicios culturales nuevos,  podemos pensar en términos de emprendimiento e industria cultural que signifiquen una fuente de ingresos y desarrollo económico; es posible crear espacios independientes de producción, distribución y exhibición de productos artísticos, que integren distintas voces y discursos para generar diálogos e intercambios enriquecedores.

     Por otro lado, podemos orientar nuestros intereses al ámbito del consumo cultural, del desarrollo de hábitos culturales, de formación de público y por tanto abordar inquietudes que tienen que ver con la animación y promoción cultural, orientación que puede incidir en la manera en que la cultura se integra a la vida de las personas y cómo éstas pueden acceder a la oferta cultural del Estado -en ocasiones sumamente desaprovechada- o aquélla que proviene del esfuerzo independiente que no suele contar con los recursos ni los medios para difundirse y ponerse al alcance del público al que se dirigen; o bien se puede emprender un genuino esfuerzo de formación que potencie el goce estético e intelectual y el desarrollo de vocaciones que inciten a considerar la posibilidad de ser creador, gestor o animador cultural.

     Por supuesto que este llamado a que la sociedad civil se reconozca como integrante del campo cultural, ya sea como prestador de un servicio, como creador, como promotor e incluso como emprendedor cultural y finalmente como público destinatario, no exime a las instituciones ni a quienes desde ahí hacemos nuestro mejor esfuerzo en este tenor, de la responsabilidad que hemos asumido como funcionarios públicos, ni al Estado como principal depositario de tan importante encomienda.

     En el escenario planteado, de transiciones y reacomodos, sin duda es posible esperar nuevos enfoques, otros rumbos por parte de quienes administran la cultura, habremos de presenciar nuevas y añejas prácticas de gestión y promoción cultural, algunas de nuestras expectativas quedarán satisfechas y otras posiblemente no sean cumplidas; podemos detenernos a observar cómo se desarrollan estás transiciones y replanteamientos dejando en manos de las instituciones el desarrollo cultural de nuestras sociedades o podemos empezar a pensar la cultura más allá de las instituciones e incluso más allá del propio campo cultural, pues la cultura como constructo social permea en todo ámbito, “penetra todos los aspectos de la sociedad, de la economía a la política, de la alimentación a la sexualidad, de las artes a la tecnología, de la salud a la religión.”[4]

     La cultura como expresión fundamental que condensa nuestro pensamiento, la clase de sociedad que somos en determinado momento y lugar, revela así mismo el carácter de todos quienes compartimos este momento histórico. La cultura no sólo está socialmente condicionada por las acciones de todos los actores de una colectividad, sino que ella misma “constituye también un factor condicionante que influye profundamente sobre las dimensiones económicas, política y demográfica de cada sociedad.”[5] El efecto que ésta y los demás factores ejercen entre sí es recíproco, y en ambos sentidos condicionantes del desarrollo de la colectvidad.

     Los recursos otorgados al desarrollo cultural se contraen permanentemente, planteando sombríos escenarios que sólo pueden iluminarse por la creación y fortalecimiento de redes de colaboración entre instituciones y diversos actores sociales que están más allá de la estructura de gobierno. Ante el panorama de una economía mundial en crisis, se plantea no sólo con mayor frecuencia sino con un énfasis imperativo la necesidad de plantearse un esquema de colaboración, de trabajo mixto, que subsane los cada vez más escasos recursos públicos dedicados a la cultura por parte de todos los niveles de gobierno. Quienes creemos que la cultura, si bien no constituye por si sola la panacea que alivie los males de la contemporaneidad, definitivamente compartimos la convicción de que constituye una vía a través de la cual sí es posible transformar el pensamiento, los modos de vida y de actuar de nuestra sociedad.

Es tiempo, las circunstancias nos lo confirman, de reconsiderar los supuestos bajos los cuales esperamos que el desarrollo de nuestras sociedades y su cultura sea resuelto por las instituciones, hagamos caso al llamado de Néstor García Canclini y “vamos trascendiendo la discusión sobre políticas culturales y ensayando con flexibilidad, versatilidad,  no sólo qué debe cambiarse en las instituciones, sino lo que podemos hacer fuera de ellas y sin ellas”.[6]

 

 

 

 

[1] Giménez, Gilberto Estudios sobre la cultura y las identidades sociales, Intersecciones CONACULTA, 2007

[2] Jiménez Lucina, Políticas culturales en transición. Retos y escenarios de la gestión cultural en México. Intersecciones CONACULTA, 2006.

[3] Ibid. 2006.

[4] Ibid. 2007.

[5] Citado en: Gilberto Giménez, Estudios sobre la cultura y las identidades sociales. Intersecciones, CONACULTA, 2007.

[6] Néstor García Canclini et al. Itinerarios de cultura contemporánea en México. Editorial 17, CONACULTA, 2015.