Nuestra realidad distópica

Num 18 | Sinaloa y su porvenir

Vladimir Ramírez

Distopía: es una utopía perversa donde la realidad transcurre

en términos opuestos a los de una sociedad ideal.

Oxford English Dictionary

La historia en Culiacán y en Sinaloa, parece vivir una suerte de distopía social manufacturada y ciega desde su pasado. Escrita sus páginas con la discreción de los grandes acontecimientos de la historia, desde la conquista hasta la revolución mexicana. En nuestra entidad durante la primera mitad del siglo veinte, sus habitantes se formularon para sí mismos una especie de acuerdos y concesiones para la convivencia sin mayores sobresaltos.

La vida urbana y rural compartía un mismo aliento de promesa y sueño de progreso. El sacrificio en el trabajo y el esfuerzo en los quehaceres brindaban el anhelo y certidumbre de la recompensa. Había propósitos demarcados en el campo y la ciudad. La vida comunitaria en ambos mantenía la conectividad de valores y cultura que alcanzaron a definir incluso a los Sinaloenses como hombres y mujeres de trabajo, recios pero amables, sinceros, abiertos y nobles en su amistad y palabra. La vida cotidiana tenía oficio y los problemas económicos respuesta en el corto plazo. Nada era tan complicado como ahora.

Luego vendrían las dificultades de la modernidad, las nuevas épocas y las ideas reivindicadoras, las nuevas promesas de justicia y las nuevas traiciones. La segunda mitad del siglo veinte sería el anuncio de nuestra distopía social actual. Pronto y durante la primera década de nuestro siglo, los felices ofrecimientos de la democracia, el bienestar social y las oportunidades para todos, se verían prácticamente secuestrados como consecuencia del surgimiento de una criminalidad colectiva nunca antes imaginada.

Durante los últimos 40 años en Sinaloa, el germen del narcotráfico creció en sus inicios como la vida silvestre, sin el consentimiento de la sociedad, pero también sin su rechazo explícito. Las consecuencias que sin referente y sin medida del daño social que se avecinaba y que inicio en las faldas de la Sierra Madre Occidental, se convirtió en la peor experiencia de las historias de violencia colectiva en México. Nada tienen que ver ahora las ideas de independencia, de reforma y de revolución. No existe en ella, la más mínima sustancia utópica de las ideas. Es la criminalidad, la ambición y tal vez el rencor social lo que alienta esta guerra contra y entre los cárteles del narcotráfico.

Mucho hemos preguntado ¿cómo es que llegamos a tal situación? Nos cuestionamos llenos de mortificación ¿qué pasó con nuestros jóvenes? ¿Qué fue lo que falló? Y buscamos respuestas en la familia, la educación, la cultura, el deporte, los medios de comunicación, la corrupción, la impunidad y más.

Sin embargo, negamos el pasado y olvidamos hasta entonces que durante estos poco más de 40 años, a las familias en la sierra se les marginó, y la pobreza y el olvido siempre estuvo presente, hasta que por medio de las redituables ganancias del tráfico de drogas, se alinearon a la vida urbana y económica de la entidad y entonces, se les aceptó para compartir los beneficios de sus actividades ilícitas y nos asociamos, les abrimos la puerta de casa incluso.

El chantaje se aceptó a tal grado que rebasó nuestras fronteras, y así, desde la marginalidad rural, sus actividades delictivas han llegado a todos los rincones de la nación. La infamia de lo que vive el país empezó aquí, en Sinaloa, aunque nos duela y aunque, sin remedio, nos perjudique decirlo.

Hoy vivimos una circunstancia de extrema descomposición social, el desprecio a la vida humana es quizás su punto más álgido, sin duda, pero también se anida en el desprecio a la política, a las instituciones, a los anhelos fundado en una vida esforzada, honesta y solidaria. Nuestro lenguaje y nuestra estructura mental han cambiado en las generaciones que hoy forman parte de las decisiones que mueven nuestra economía y desarrollo social, el significado de palabras como benevolencia prácticamente han desaparecido. Hoy no pensamos, hablamos o actuamos en función de aspiraciones que consideran el deseo del bien para los demás, por el contrario nos mueve el deseo el bien de los otros, de lo que ostenta como el éxito por encima de los demás, de su capacidad de compra, de su estilo de vida. Todo alcanza un precio en nuestra economía de mercado, incluyendo nuestras vidas y nuestro tiempo.

El futuro no puede ser sino pesimista aunque se empeñe la idea de que somos más los buenos en Sinaloa y en México. Nada cambia el pensamiento de percibirnos inocentes y ajenos a lo que sucede, porque no sólo no ha cambiado, sino que ha empeorado en los últimos 10 años la crisis de violencia y de ingobernabilidad en el país. Pensar distinto es pensar como el optimista que se aferra en ver que las cosas están bien en nuestra sociedad, por eso quizás sería mejor ponernos del lado de los pesimistas que no aceptan lo que sucede y que por lo tanto habrá que cambiar el estado de cosas.

Todos buscamos la salida por caminos que no la tienen, porque en el fondo no queremos cambiar. Nos ha chantajeado la posibilidad mezquina de acceder a los privilegios efímeros y descontrolados del dinero fácil en el delito y la corrupción oficial. Somos muchos los buenos, se insiste, pero los pocos están ganando.

El modelo social que hasta ahora hemos edificado se desmorona por dentro, antes de que acaso vea sus primeros frutos. Y no los habrá, nos comemos sus raíces a mordidas cotidianamente.

Los caminos de nuestra realidad distópica aún no terminan, porque se han construido con la voluntad equivocada de nuestra indiferencia.

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Written by Redacción