Pedrito, o de la niñez conmovida

Num. 6 | Las drogas y sus mundos  ojo

Jesús Ramón Ibarra

A Ernesto Díez Martínez

Pertenezco a una generación cuya adolescencia vivía en el pleno desarraigo político. Una generación que veía las viejas gestas estudiantiles con la sonrisa –socarrona- del desapego ideológico. Una generación cuya formación intelectual la regían uno o dos libros, el cine y la tele que nos ofrecían o Televisa o Imevisión -antecedente de Televisión Azteca-, la música disco y los arrebatos de un rock insuflado en la repetición de sonidos que, a esas alturas del mundo, sonaban manidos y estentóreos. Sólo rescataría al grupo Queen como el producto de una notable transición entre la fuerza del rock setentero y los escenarios más bien pobres que ofrecían los años ochentas como cultura pop. Sin embargo, esta anemia la suplían otras cosas. La noción de ese nacionalismo que se gestaba en la tele, a través de sus símbolos y esa mitología inacabable que alimentaba nuestra hambre de próceres que legitimaban el sueño mexicano.

No hay un miembro de mi generación que no haya diseñado con las hazañas del Gallo Giro, el Latigo Negro, el Kalimán o el Santos –por la vía de la permanencia voluntaria- una galería sustancial de gestos heroicos, diálogos insuflados por la teatralidad de la época, formas singulares de llevar el peso de salvar vidas o damas en peligro. De la misma manera, no hay nadie de mi generación que no haya protestado –en principio- contra esa voluntad mediática por suscribir el pasado casi obsesivamente por medio del cine nacional, sólo para sucumbir ante el encantamiento de esos dramas o el empacho de esas voces que lograron –comedia ranchera de por medio- educar nuestro sentimentalismo básico.

De todas esas voces, sin duda, sobresale la de Pedro Infante. Y no solo la voz, sino la figura que se ha ido transfigurando en el consciente colectivo a partir de imágenes que son parte de la feliz iconografía de México. No hay foto más reconocible que la de Pedrito posando para la cámara, con el rostro girado en tres cuartos, vestido como el personaje entrañable de Pedro Chávez, aquel vagabundo que Luis Macías (Luis Aguilar) rescata y protege, en el memorable díptico conformado por A toda maquina y ¿Qué te ha dado esa mujer?

¿Qué encarna Pedro Infante? ¿Qué valores son lo que lograron hacer de él un sujeto modélico del pueblo? En primera lugar, creo yo, encarna a la provincia como contrapeso de la gran urbe. Su sencillez casi montaraz, su apego al entorno familiar y la construcción del personaje que vierte en sus papeles muchos rasgos de su propia biografía, nos habla de un irrestricto apego a la querencia inviolada. Sin embargo, también hizo del capitalino un héroe de incontrovertible humanidad a través de un personaje –acaso, su personaje más memorable: Pepe el Toro, un carpintero de barrio que forma parte de una muy conmovedora galería de arquetipos, en medio de un drama reconocible: el de la supervivencia en el amor, en la pobreza, en el arraigo moral. Las tres cintas de Pepe el Toro permitieron el descubrimiento del barrio como ese incontrovertible teatro donde la mexicanidad entiende mucho de sus rasgos. Valores como la honestidad, el pundonor, la sencillez, en fin, son apenas los trazos de un territorio mucho más complejo. Se trata de la revelación fílmica de un territorio intocado por el séptimo arte, pero también de un estudio social dominado por los arquetipos, desde la perspectiva de un cuento simbólico. Pedro Infante encarna, también, la estilización del Muchacho alegre, esa suerte de paladín justo que sobrevive entre sus devaneos amorosos, su irredimible patiño, y los innúmeros dramas que se gestan en el rancho (grande), siempre montado en el caballito del alcohol y blandiendo una guitarra lista como un estilete. Baste, por ejemplo, aludir a Los tres García y su secuela, o a Viva mi desgracia.

Pedro Infante encarna, también, al hombre común (el carpintero) vuelto actor; al joven que, gracias a un talento incontrovertible, emprende a partir de su viaje a la capital el periplo hacia un estrellato, primero, y luego hacia la cúspide de un mito. Su filmografía representa la sólida asociación del director con su artista, y la disolución de éste con un pueblo cuyas necesidades incluyen la búsqueda de íconos.

Hay cientos de escenas que concentran la esencia del ídolo, pero también hay muchos personajes creados desde la naturalidad que encontró, en el sinaloense, un cómplice educado y fiel. Desde el ya señalado Pepe el Toro, pasando por Pedro Chávez, Pedro Malo, Cutberto Caudazas (el genial Cruci de El Inocente que no se atrevía a confesar su nombre) o Alberto Medina (el encantador vagabundo que pide asilo en la desaforada residencia que presiden Oscar Pulido y Blanca Esthela de Castejón) hasta el entrañable Luis Antonio Garcia que llora inconsolablemente en la tumba de la abuela (suya, y de todos, Sara Garcia) mientras canta Mi cariñito.

Tengo muchos actores favoritos, pero mi debilidad es Pedro Infante. No hay nadie que encarne el poder del ídolo con esa naturalidad radiante de quien se reconoce en el entorno, como parte del pueblo. No hay una imagen más trascendental en la memoria del mexicano que hurga, en su cultura, los símbolos de un reconocimiento colectivo. No hay nadie que haya potenciado de esa forma las bondades de una provincia agreste, cándida, sí, pero capaz de saltar su desarraigo con el respaldo de la leyenda. Tampoco hay nadie que haya hecho del vecindario un espacio institucionalizado por la nobleza.

El 15 de abril de 1957, mi padre trabajaba como auxiliar contable en Autos y Camiones de Sinaloa. Su ruta era básica, sin estropicios, pues era la ruta de una ciudad pequeña. Había salido del edificio Quintana, sede de la General Motors en ese entonces. Tomó el camión que lo llevaba a la estación de trenes, para de ahí atravesar caminando el vado que lo llevaba a su casa. En el camión, dice mi padre, escuchó a un voceador gritando la noticia fatal: Pedro Infante había muerto. No necesitaba más. Todos los pasajeros se bajaron del vehículo a comprar el extra. Regresaron a sus asientos y lo abrieron. Mi padre abrió el suyo, y dice que de pronto, en ese ámbito doméstico, común, del transporte colectivo, se comenzó a escuchar un sollozo creciente, hasta encontrarse en medio de un solo llanto generalizado. Se trataba de un homenaje no exento de drama. Pero también se inauguraba, poderoso, el mito que aún late en el centro de nuestra cultura.

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