Pedro Páramo y la mirada historiadora

Por: Ronaldo González Valdés

Después de la celebración de su centenario por todo lo alto el año pasado, no sobrarán estas líneas sobre Juan Rulfo desde la lectura del historiador. Lo primero que hay que asumir, con José Saramago (o con Ortega y Gasset o con O´Gorman o con quien ustedes quieran de los no pocos que han dicho algo semejante), es que la historia es de algún modo una invención. El historiador, afirmaron Nietzsche y Burckhardt, es un creador.

Leer literatura, leer novelas, entonces, tiene que ver acaso, en principio, con la posibilidad de que el historiador estimule la imaginación. Y no cualquier imaginación. Acá tenemos, en la línea planteada por Jordi Canal i Morell, a esa invitada de la novela que entra, como dijera Luis González y González en El oficio de historiar, al taller del “hacedor de novelas verídicas”: la imaginación moral. Canal i Morrell recuerda que alguna vez le preguntaron a Carlo Ginzburg qué aconsejaría a los jóvenes que quieren dedicarse a la historia, a lo cual el autor del paradigma indiciario respondió muy orondo y sin asomo de duda: “Leer novelas, muchas novelas”. ¿Por qué? Porque la imaginación moral es diferente a la mera fantasía; la fantasía prescinde del objeto, la imaginación lo incorpora, lo recrea: lo hace creíble, le da sentido. Por eso decimos que hay una “verdad literaria”, lo que es lo mismo que decir que la literatura hace sentido al mundo.

He aquí, entonces, una primera idea de cómo la lectura de la obra de un autor como Juan Rulfo es pertinente para la historia, para el historiador. José Ignacio Uzquiza González, un estudioso español, en su ensayo “Símbolo e historia en Juan Rulfo”, ha señalado la ruptura íntima -que denuncia una ruptura social- presente en los personajes y en la trama de Pedro Páramo: hay una ruptura en ese pueblo llamado Comala en el que todo es “un puro vagabundear de gente que murió sin perdón”. Hay un pecado en Pedro Páramo y en todos los personajes de la novela, en todas y todos los que sucumbieron al cacicazgo, incluido quien tendría que dispensar el perdón y prefirió huir aterrado por su propio pecado de sumisión y complicidad con el cacique: el padre Rentería, el cura del pueblo.

Ese pecado mantiene penando a las almas en el limbo del purgatorio, ese pecado ha desarticulado sus vidas. En varios momentos, Rulfo mismo declaró que Pedro Páramo es la historia de un pueblo antes que la de un cacique: como Luvina de El llano en llamas, que cae ante la ley de Dios, Comala tiene su propia caída cuando se rinde ante la ley de un solo hombre. Lo que, visto desde esta perspectiva, equivale a salir de la historia. Y así salieron de la historia todas esas gentes y esos pueblos devastados por la revolución y la guerra cristera en esa región del país. Convulsiones sociales como la revolución (“ahora somos villistas, después seremos carrancistas”) son la circunstancia externa, el cacicazgo y el pliegue al cacicazgo constituyen la circunstancia interna: la caída, el paso de una Comala en la que se puede  

Ver subir y bajar el horizonte con el viento que mueve las espigas, el rizar de la tarde con una lluvia de triples rizos. El color de la tierra, el olor de la alfalfa y del pan. Un pueblo que huele a miel derramada (en el recuerdo de Eduviges Dyada que a su vez recordaba a Doloritas, madre de Juan Preciado).

El trance de esa Comala a la Comala que está -en las palabras de Abundio, el arriero, el que describe a Pedro Páramo, que también es su padre, al padre-cacique de todo un pueblo-,

… sobre las brasas de la tierra, en la mera boca del infierno.

Con decirle que muchos de los que allí se mueren, al llegar al infierno regresan por su cobija.

Por eso, Luis González y González ha recomendado que cuando el historiador aspira a revivir un pasado, lea literatura: “Si se aspira a escribir sobre la sociedad del sur de Jalisco en tiempos de la cristiada –escribe el autor de Pueblo en vilo-, no puede dispensarse la lectura de los tres libros de Juan Rulfo y La feria de Juan José Arreola” (¿cuáles son los tres libros de Juan Rulfo?, supongo que acá don Luis incluye a El gallo de oro, porque, como se sabe, La cordillera no se publicó nunca). Desde ahí empieza a forjarse, dice don Luis, una imagen interina del pasado.

Por su parte, en otro sentido, en su ensayo “Lección de arena. Pedro Páramo”, Juan Villoro ha apuntado que “Pedro Páramo no pretende ser una novela histórica, sin embargo, la idea de la Historia es un elemento decisivo en su elocuente laberinto. Los alrededores de Comala llevan los apropiados nombres de Los Confines o la Andromeda; ahí (en esos lugares), la historia sigue su curso” (revolución, guerra cristera). ¿Hay aquí algún sentido histórico oculto en el sentido literario de la novela? En el mismo escrito, Villoro afirma que “la dimensión política de Pedro Páramo es específicamente literaria. La historia de quienes no pueden tener Historia”.

En Pedro Páramo hay murmullos. Juan Preciado, ya sabiéndose difunto, dice a su compañera de ataúd: “Es cierto, Dorotea. Me mataron los murmullos”. Los murmullos marcan el territorio escindido de un pueblo en el que todo se rompió, en el que nadie habla realmente con los demás, “donde se han muerto hasta los perros y ya no hay ni quien le ladre al silencio”. De aquí la alegoría de la expulsión de la Historia.

Pero hay una esperanza con nombre y apellido: Susana San Juan, la mujer amada por Pedro Páramo, la que se convirtió en su obsesión de toda la vida, a la que hizo venir a Comala, a la que le mató al padre, Bartolomé San Juan, para que necesitara amparo, porque eso es lo que ofrece el cacique: mandato, silencio cómplice y subordinado, aquiescencia ante lo arbitrario e injusto, vida que no es vida, subordinación que es pecado. Susana no concede, Susana se entrega a la locura antes que ceder ante Pedro Páramo, Susana mantiene la esperanza en sus recuerdos reales o en sus recuerdos inventados, en su mar que la abraza y la acaricia aunque no lo haya conocido jamás. Por eso es la única que habla desde su  propio, único, ataúd, desde un espacio no compartido. Ella es la que mantiene el lazo con el otro mundo, el de la esperanza, el que no se dio a las puras sombras, a los murmullos:

Pedro Páramo nunca tuvo en realidad acceso al mundo de Susana, un mundo poseído de visiones del infierno, pero también de ensueños de placer y felicidad: “el mar moja mis tobillos –dice Susana en su ensueño- y se va, moja mis rodillas, mis muslos, rodea mi cintura con su brazo suave, da vuelta sobre mis senos, se abraza de mi cuello, aprieta mis hombros. Entonces me hundo en él, entera, me entrego a él en su fuerte batir, en su suave poseer, sin dejar pedazo (…). Y al otro día estaba otra vez en el mar, purificándome. Entregándome a sus olas”.

Hay en Susana, dice Uzquiza González, una relación amorosa y primordial, casi cosmogónica con el mar. En esa purificación, Susana recobra la mejor conciencia de sí, sus vínculos más antiguos y profundos con la tierra, con el mundo, con su mundo, con el mar, aunque nunca lo conociera sino en sueños, como afirmó el mismo Rulfo en alguna entrevista.

Pedro Páramo es una novela que forma parte de la historia de la literatura y de la historia cultural (que no son lo mismo). También por este rumbo la obra literaria se liga con la historia. La narrativa de Rulfo posee una voluntad de estilo (mucho más allá del mero costumbrismo, ciertamente). Algo podrá servir a la voluntad de estilo de los historiadores.