Steiner: Una correspondencia involuntaria

Ronaldo González Valdés

Articulo publicado en Nexos el 1 de Diciembre del 2009

Una mirada a tres aristas de la inteligencia más viva de nuestro tiempo
A Gilberto Guevara Niebla, comandante de crepúsculos y auroras.

Hace más de 11 años Adolfo Castañón describió a George Steiner como una de las figuras clave de las humanidades y una de las inteligencias más vivas de nuestro tiempo. Y no hubo exceso en sus palabras. Steiner es uno de nuestros últimos humanistas (un humanista ciertamente desencantado), un escritor que estimula la curiosidad intelectual, un estudioso serio y riguroso, aunque lejano de la pedantería y el formalismo gratuitos. Me declaro, por lo mismo, incapaz de escribir el ensayo que reseñe y discuta su diversa obra.* En la celebración de sus 80 años de existencia, me dispongo apenas a saldar algunas de las cuentas pendientes con el más entrañable de mis “carteros”.

América Latina y México

Me confieso tropical. He vivido casi toda mi vida en Sinaloa, una provincia ruda, romántica a su modo, lejana y cercana a la vez del Occidente convencional, del Occidente europeo y norteamericano. Las gentes de este rumbo hablamos español, somos católicos, pero somos también hijos de inmigrantes, hijos del cruce europeo y aborigen. Querría haber escrito un ensayo acerca de las enseñanzas de Steiner para América Latina, para México, para Sinaloa: ¿vale para estas tierras el diagnóstico steineriano de las tres culturas: la científica y tecnológica “que se mueve hacia delante”, la humanista occidental “que mira siempre hacia atrás” y la nueva “alfabetización” electrónica e informática cuya omnipresencia modelará pronto inéditas “pautas de pensamiento humano y hábitos de percepción”? (cfr. “Cuestiones educativas”, en Los libros que nunca he escrito, Fondo de Cultura Económica y Ediciones Siruela, México, 2008, pp. 166 y ss.).

steiner

Ya desde 1971, Steiner escribía: “El tercer axioma al que ya no podemos apelar sin una extrema reserva es el que relaciona el humanismo —como programa educativo, como un referente ideal— con la conducta social humana”. Esto porque, en verdad, tal cosa no ha ocurrido. La cultura humanística, sí, esa que de acuerdo con el buen batiburrillo académico cultiva el intelecto y los sentidos del hombre, no produce necesariamente una conducta racional en beneficio de la concordia, la armonía y el progreso de las sociedades. “Hoy sabemos —dice Steiner— que esto no es así. Sabemos que la excelencia formal y la extensión numérica de la educación no tiene por qué estar en correlación con una mayor estabilidad social y una mayor racionalidad política”. Como lo prueban las experiencias totalitarias del siglo XX: “las bibliotecas, los museos, los teatros, las universidades, los centros de investigación por obra de los cuales se transmiten las humanidades y las ciencias pueden prosperar en las proximidades de los campos de concentración” (En el castillo de Barba Azul, Editorial Gedisa, Barcelona, 2001, pp. 100-105).

Hay una tesis particularmente interesante, y quizá pertinente para nuestras latitudes, postulada por Steiner. La conciencia de la muerte individual alimentó el ansia de trascendencia propia del humanismo occidental. El siglo XX, con sus matanzas de proporciones nunca antes imaginadas, alteró radicalmente esta conciencia. El extravío del sentido de la muerte individual y la aspiración de “eternizar” al hombre, significó la muerte de lo humano, dio lugar a la pérdida de sentido de las humanidades, la despojó de su primer desiderátum: la vida humana misma. Desde este razonamiento puede entenderse mejor la apreciación de que acaso, efectivamente, la gran narrativa literaria, filosófica y hasta histórica, estén poniéndose día con día más en crisis: “Lejos de humanizar nuestros reflejos, como dirían Aristóteles o Matthew Arnold, las grandes ficciones, las obras maestras del arte, las melodías cautivadoras inhiben nuestra capacidad de respuesta, nuestra responsabilidad —una palabra clave— a la necesidad, el sufrimiento y la injusticia humanos inmediatos. De alguna manera paralizadora, pueden deshumanizar” (Los libros que nunca he escrito, op.cit., pp. 170-171).

En todo esto está presente el deterioro de la religión organizada. Si en verdad las principales religiones contribuyeron de forma determinante en las primeras grandes empresas de alfabetización tradicional, su debilitamiento, es decir, el debilitamiento de ese amarre “en los supuestos y valores teológicos”, ha propiciado un menoscabo del sentido trascendente de la existencia humana, ergo de las humanidades, de su importancia y significado en las sociedades contemporáneas.

Las preguntas se imponen. ¿Qué tanto de esto vale para Latinoamérica, para México? Somos científica y tecnológicamente subdesarrollados, ¿tendrá esto que ver con nuestro afán de “mirar siempre hacia atrás”, con ese no movernos “hacia delante”? ¿Estamos viviendo, de este lado también, una crisis de las humanidades? Más aún, ¿pudo haber predominio del pensamiento humanístico, así fuera sólo como discurso social, en estos lares fundacionalmente marcados por todos los genocidios imaginables: el cultural con la “matanza” de las lenguas autóctonas, el de las tradiciones y simbolismos fundidos en los más insospechados sincretismos y, desde luego, el de las millones de existencias físicas segadas por la más irresponsable y aventurera ambición de poder y riquezas?

Lengua y lingüística

Durante algún tiempo estudié filosofía del lenguaje y lingüística. Un poco demasiado fragmentariamente leí a los Wittgenstein (Tractatus, Investigaciones…), algo de Quine, Frege, Saussure, el Círculo de Viena (¡ah, el inefable Alfred Ayer!), Chomsky, Benveniste; no menos fragmentariamente leí algo de Lledó, Whorf, Vigotsky, Luria y Piaget. En los últimos años ochenta me convencieron las conclusiones de la ligüística operacional en el seminario coordinado por José Luis Iturrioz en la Universidad de Guadalajara. Por eso, cuando con inexplicable retraso cayó en mis manos Después de Babel (1975), quedé perfectamente extático. ¡Ahí estaba todo! Nada importante, nada realmente significativo quedaba sin mención en esta obra maestra de los estudios del lenguaje y la hermenéutica. Sigo sin entender por qué Después de Babel está ausente de las bibliografías de los programas de estudio de filosofía del lenguaje y lingüística en nuestras universidades.

Justamente para ilustrar la riqueza que supone la multiplicidad de lenguas, la fortaleza que la diversidad supone para las culturas, Steiner cita, entre otros muchos, el caso de ejemplares lingüísticos radicados en… ¡Sinaloa!: “¿Dónde encontrar en la historia humana modelos de perseverancia cultural que expliquen que el yecarome, todavía hablado en el río Fuerte en el siglo XVI, haya podido distinguirse tanto del cahíta, rama de la familia hopi que literalmente le rodeaba?” (Después de Babel.
Aspectos del lenguaje y la traducción, FCE, México, 1980, p. 73). Babel es una bendición más que una maldición, un supuesto de sobrevivencia y enriquecimiento antes que de desastre y empobrecimiento cultural. Contra las pretensiones de la tradición universalista en la filosofía del lenguaje, no lejanas “de la intuición mística de un vasto paradigma verbal o de una lengua original desaparecida” (ibíd., p. 95), acabadamente representadas en la lingüística generativa chomskiana con sus “estructuras profundas universales”, con su “gramática fundamental” subyacente a toda lengua, Steiner afirma que “los fenómenos (aparentemente) marginales, las singularidades anárquicas que las gramáticas generativas y transformacionales dejan de lado o que intentan integrar con el auxilio de reglas ad hoc, son tal vez el nervio motor de la evolución lingüística” (ibíd., p.136). Detrás de esta aspiración universalista, uniformadora, habita, sin duda, una suerte de metafísica del lenguaje, una nostalgia por volver a la Ur-Sprache, a la lengua original en la que las palabras decían a las cosas y el lenguaje decía al mundo-tal-cual, como se supone hacía la lengua del Edén.

Desde luego, Después de Babel es muchísimo más que esta gruesa conclusión: es un compendio de los debates de la teoría del lenguaje a lo largo de la historia, es un tratado acerca de la traducción y la hermenéutica, es el mejor ensayo acerca del lenguaje del que haya tenido conocimiento jamás. Me hubiera gustado confrontar el recorrido de Steiner, erudito y pasmosamente sugestivo, con el realizado en tiempos más próximos por las investigaciones, teóricas y empíricas, de la lingüística operacional.

Los desarrollos de la lingüística operacional, apoyados en la psicología genética, han demostrado, en oposición a las hipótesis de Saussure y el Círculo de Viena, que la lengua no es condición ni necesaria ni anterior a la formación de estructuras cognitivas: el proceso cognitivo construye el objeto aprehendido, y el proceso simbólico (en el cual se incluye a la lengua) lo representa. Por otra parte, los lenguajes formales subsumen ambientes en un sistema, reducen la complejidad del mundo, pero lo hacen a un costo: son incapaces, por sus propias exigencias de claridad y precisión, de dar cuenta de la comunicación cotidiana. A diferencia de los lenguajes naturales que se “acomodan” a los ambientes, se ayudan de modulaciones tonales, solicitan ciertos conceptos y ciertos fondos comunes de percepción, además, por supuesto, de gestos, señas, etcétera, que indican un sentido al oyente, es decir, lo que se denomina “proferencia situada”. Si, a favor de la tesis de la superioridad de los lenguajes formales sobre los naturales, se insiste en que éstos son estructuras profundas presentes en la utilización de aquéllos, no habría razón para no responder que más bien habría que suponer, de entrada, lo contrario: los lenguajes naturales constituyen estructuras presentes en los lenguajes formales. De ahí, y de ningún logos original, fundante, metafísico, provienen.

En esta dirección, la lingüística operacional postula que en la lengua ocurre una interacción entre los principios de indicatividad y predicatividad, consideradas como la manifestación lingüística de las invariantes funcionales de acomodación y asimilación en la epistemología genética: a mayor indicatividad mayor acomodación, a mayor predicatividad mayor asimilación. Aunque el asunto no es tan sencillo. Para el caso de la lengua huichol uno de los inesperados resultados de las investigaciones hechas al día de hoy, es que los nombres, a diferencia del español que los agrupa en tres géneros (masculino, femenino y neutro), se clasifican en siete clases que atienden a sus significados (lo que permite una mayor transparencia semántica). Desde el punto de vista de la lógica de predicados o de la lingüística estructural clásica, debería concluirse de esto que, en la medida en que permite una mayor precisión formal y una mayor independencia de las palabras y sus significados, el huichol es una lengua “superior” al español. Sin embargo, estas investigaciones han mostrado también que tal clasificación (la que ofrece el huichol sobre todo en sus clases más nuevas que son en consecuencia las más receptivas) obedece en buena medida a razones de carácter pragmático (acomodación) dadas por los requerimientos de incorporación y clasificación de términos provenientes del “exterior”. Este ha sido, precisamente, el problema de la lingüística tradicional y en general de las incursiones de los lenguajes formales en los terrenos de la lingüística: querer explicar todo desde la semántica sin reparar en los procesos (pragmáticos) subyacentes a la lengua.

En cualquier caso, y esta es también una conclusión de Steiner, tendría que partirse, desde estos nuevos miradores, del reconocimiento de los lenguajes formales como un-tipo-de-lenguaje que, por un lado, presta apoyo a la lingüística para alcanzar el grado de “variación necesaria” en la investigación de los lenguajes naturales mediante formalizaciones artificiales, caracterizando una “competencia” en una lengua delimitando cortes, facilitando algoritmos que permitan acceder en situaciones determinadas a su estudio, etcétera, pero que, en cuanto a final de cuentas son igualmente lenguajes, son susceptibles a su vez de “ser objeto de la lingüística con el mismo derecho que cualquier lenguaje” (José Luis Iturrioz, “Las variables como técnicas de individuación”, en Tiempos de ciencia 3, revista de la Universidad de Guadalajara, abril-junio de 1986, p. 39).

Desconozco si Steiner esté al tanto de los trabajos empíricos de la lingüística operacional, pero gracias a sus conclusiones ahora sabemos que las bases especulativas en las que se fincaba la pretendida superioridad de los lenguajes formales sobre los lenguajes naturales se han derrumbado. Esto ha abierto paso no sólo a un desprejuiciamiento que hace más libre el estudio de la lingüística, sino también a una nueva posibilidad de colaboración interdisciplinaria —más sana, menos autoritaria— entre la lógica y la lingüística.

Steiner y la crítica

Ignoro la consideración que George Steiner haya recibido en las catedrales del saber europeo y en los centros universitarios norteamericanos. Lo que sí tengo claro es que en América Latina no se le ha prestado verdadera atención. Aún más, no ha faltado quien, tergiversando sus proposiciones, le dedique críticas del siguiente estilo: “Sostengo un añejo desacuerdo con la idea de la crítica literaria sostenida por Steiner desde su libro Presencias verdaderas (1991). Su visión proviene del ámbito académico universitario de Estados Unidos y Europa y se dirige a ese mismo entorno, donde la publicación de papers y la obtención de méritos y puntaje esclavizan a los investigadores al escalafón, los bonos económicos y el reconocimiento curricular, terreno del cual Steiner espiga su tesis del ejercicio crítico como parasitario, dependiente y secundario” (Alejandro de la Garza, en “Contracrítica”, comentario de Los libros que nunca he escrito, en nexos 368, agosto de 2008, p. 103).

Es cierto, ya desde 1963 Steiner escribía que “la crítica existe gracias al genio de otros hombres”. Pero en ese mismo ensayo insistía en la triple función de la crítica, que “ocupa un lugar modesto pero vital”, a saber: 1) “debe enseñarnos qué debe releerse y cómo”; 2) debe y puede establecer vínculos que amplíen y compliquen “el mapa de la sensibilidad” interpretando comparativamente la obra literaria; 3) debe hacer “el juicio de la literatura contemporánea”, preguntándose “no sólo si tal arte constituye un adelanto o un refinamiento técnico, si añade un giro estilístico o si juega astutamente con la sensibilidad del momento, sino también por lo que contribuye o lo que sustrae a las menguadas reservas de la inteligencia moral”.

En un mundo en que la sensibilidad estética clásica cede ancho terreno al culto de lo formal, a la moda credencialista y a la laxitud ética, quizá siga sin sobrar la interrogante: “¿Qué medida del hombre propone esta obra?”. Acaso entonces también podamos concluir que “la labor de la crítica literaria es ayudarnos a leer como seres humanos íntegros, mediante el ejemplo de la precisión, del pavor y del deleite. Comparada con el acto de creación, ésta es una tarea secundaria. Pero nunca ha representado tanto. Sin ella, es posible que la misma creación se hunda en el silencio” (“La crítica y lo humano”, compilado en Lenguaje y silencio. Ensayos sobre la literatura, el lenguaje y lo inhumano, Editorial Gedisa, Barcelona, 1986, pp. 17-27).

Muchos años después, en vísperas de la recepción del Premio Príncipe de Asturias, ante la pregunta: “¿Cuál es, en su opinión, la función del crítico literario?”, Steiner es congruente cuando responde: “Lo que nunca podemos hacer es confundir el genio del creador con el trabajo del crítico. Pushkin dijo de sus traductores que eran sus carteros. Por supuesto que es un trabajo estupendo, pero él los llamó así. Mi batalla es contra los postestructuralistas que han mezclado la importancia de la creación con el comentario literario. El libro viene antes. El señor Cervantes, el señor Lorca y el señor Shakespeare no necesitan al señor Steiner, pero el señor Steiner los necesita a ellos”.

Ronaldo González Valdés
. Sociólogo. Su último libro es Sinaloa: una sociedad demediada.

* En cualquier caso, el lector interesado puede consultar el libro del mismo Adolfo Castañón: Lectura y catarsis / Tres papeles sobre George Steiner seguidos de un ensayo bibliográfico y de una hemerografía del autor, Ediciones Sin Nombre / Ediciones Casa Juan Pablos, México, 2000.

Written by Redacción