Xavi o el arte de la discreción

Mi relación con el futbol data de hace más de 40 años. Mi comprensión de sus reglas específicas, de los esquemas que lo mueven, de las estrategias que constriñen ese ánimo libertario de sus protagonistas, es más o menos reciente. Si digo libertario, me refiero a ese impulso de todo jugador por atravesar, a golpe de regates y fintas, ese mar de piernas que sufragan la defensa encarnizada de un territorio propio.

Todos, de niños, protagonizamos o quisimos protagonizar el papel de ese hombre distinto: el jugador tocado por la habilidad. Mientras jugábamos en el baldío o en la calle, narrábamos el juego en voz alta apelando a ese nombre: nuestras jugadas se fundían con el recuerdo de su imagen en la televisión. Fuimos Fernando Bustos un día, y al día siguiente Johannes Cruyff o Gunther Grabowski. Nunca quisimos ser el Kalimán Guzmán o Franz Beckenbauer, a pesar de que el alemán había revolucionado la posición defensiva con elegantes incorporaciones al frente, inventando lo que hoy se conoce como medio de contención. O éramos el que metía los goles, o el que volaba para salvarlos, ese héroe vistoso que se pasaba en vilo los 90 minutos, atajando obuses, impidiendo con sus salidas los remates o comandando la defensa como el líder de una retaguardia vulnerada de pronto.

El futbol moderno, ese que vemos cada fin de semana y que se consolidó gracias a una reconfiguración táctica, nos regaló otro tipo de jugador: el artesano discreto que se mueve entre líneas con un grado de invisibilidad, pero con una eficacia contundente que de manera regular se refleja en el marcador. Ese jugador que los niños no quieren ser, pero que los adultos que entendemos el futbol como un lienzo de trazos precisos, hubiéramos querido ser de niños. Jugadores acompasados que cubren la pelota como nadie y que lanzan pases milimétricos, al espacio o al pie, dependiendo de la necesidad de esa ofensiva. Jugadores como Benjamín Galindo, Sócrates, Andrea Pirlo o Juan Román Riquelme. Pero sobre todo como Xavi.

No hace mucho, el admirable técnico Sir Alex Ferguson declaraba su admiración por Cristiano Ronaldo, por encima de Lio Messi. El argentino, decía el escocés, no ha triunfado más que en un solo equipo, el maravilloso Barça que aún cuenta con suficiente crédito para imponer condiciones en la historia del futbol actual. Dicha apreciación carece de matices, esos detalles que suprime la declaratoria llamativa. Ferguson no sólo atendió una legítima admiración por su expupilo, sino que faltó al respeto a una camada de jugadores fieles a un mismo color, esas rarezas que ya no entiende la salvaje ley del mercado de piernas en el mundo. Entre otros: Totti, Iniesta, Maldini, Gerrard, Messi, Puyol, Giggs y el mismo Xavi, conforman esa pléyade de deportista unidos a un solo fervor, ajenos a las fluctuaciones del comercio bestial que convierte a los futbolistas en productos intercambiables.

¿Pero que hace tan especial a un jugador como el Motorcito de Terrassa? ¿Qué es lo que le ha dado lustre a una carrera sin mácula, sólo marcada por el sortilegio inacabable de un club que convirtió la cancha en un recreo de 90 minutos? En primer lugar, creo, una notable seriedad y mucha concentración. Un militar sin aspavientos (como sí los tuvieron Dunga, Simeone o Gattuso)  Xavi asumió el control de la media cancha con la discreción del primer toque y un giro del cuerpo, repetido hasta la humillación de rivales que nunca le encontraron el pulso a su danza silenciosa.

Callado, sí, pero también autoritario y caballeroso, Xavi es de la estirpe de Giggs, Pirlo o Gerrard, mediocampistas que acompañan su toque privilegiado, su apostura y su serenidad con pausas que le dan expresión a eso que se llama sabiduría en el campo. Xavi no quita balones como lo hace Busquets, ni regatea como Iniesta ni se sacude rivales como Messi; sí, en cambio, funciona como eje de estas tres lecturas de juego. Es el traductor de sus intenciones y las expresa repartiendo el juego y dando pie a las ofensivas del club. Literalmente es el heredero de Guardiola: sus participaciones iniciales fueron como sustituto natural del Pep. Pero también de sus conceptos: es un director técnico con el balón en los pies (dirá Cruyff de su pupilo en la época del dream team).

¿Qué proyecta Xavi? Una falsa melancolía, convertida en concentración incendiaria a la hora de ir al frente. Dicha concentración jamás se vio tan manifiesta como en el gol que le hace al Madrid, quitándose a su amigo de la selección, Iker Casillas, y luego explotando en un estallido de gozo justificado al concluir una jugada de Nintendo. Xavi es el jugador que no pudieron ser ni Riquelme ni Arango, por ejemplo, dos virtuosos sin empaque (en el caso de Román) o sin suerte (en el caso del venezolano).

Como seleccionado de la roja, Xavi fue titular indiscutible de una concepción de juego, que no era sino la prolongación de su ideario en el Barça. Ganó dos Eurocopas y un Mundial, en una época fascinada por un futbol completo, un futbol generoso donde la manutención de la pelota y la multifuncionalidad eran las normas más estrictas. Verlo jugar era atender la noción del deporte como un conjunto de rasgos de comprensión simple.

Cuando se habla del Barcelona que funcionó a la perfección con el Pep Guardiola, poco se alude a las individualidades que calibraron la prodigiosa maquinaria culé. Se evoca el tiki taka como la onomatopeya de una noción futbolística. Verlo representaba ver un ensamble donde todos manifestaban una noción del juego de conjunto; es decir, la complementación colectiva para trazar un concepto unívoco: el futbol como puzzle donde cada pieza embona hasta exhibir el dibujo total de un orden. Xavi era el centro de este dibujo. No verlo más vestido de blaugrana equivale a la pérdida de una de esas piezas, y a su posterior búsqueda en los esquemas del orbe.

Hace algunos años, el narrador hispano-mexicano Imanol Caneyada y un servidor discutíamos sobre esos nombres que definen el futbol actual. Hablábamos del pasado pero también del presente o, al menos, de ese presente que comienza diluirse. Frente a nosotros Tijuana era una sombra. Hubo un momento en que le pregunté a boca de jarro: Xavi o Xabi. Xabi, me dijo. Hoy entiendo que su respuesta, además de atender un gusto futbolístico, atendía un callado gusto literario: era la respuesta de un narrador que apuesta a la prosa eficiente, práctica, recia, de Xabi, como si jugar fuera escribir dentro del campo. Mientras yo prefería la poesía de Xavi Hernández. Su minimalismo sutil alternado con esos trazos puntuales, largos, entre las líneas invisibles de la cancha. Era la decisión de un narrador contra la decisión de un poeta.

Luego de levantar la quinta Champions para el Barcelona (título número 25 en su carrera), Xavi se convirtió en el jugador español más importante de la historia. Lo hizo hablando en la cancha, con la discreción y el imperturbable clasicismo de un artista que, acaso, en su persona se extinguió para siempre.