ANATOMÍA DE UN ESCRITOR (Conversación con Eduardo Ruiz)

Jesús Ramón Ibarra

Conocí a Eduardo Ruiz hace más de 10 años. En ese entonces yo coordinaba un taller literario trashumante que iba -de café en café- alentando vocaciones y dibujando el perfil de una generación de poetas vitales para entender la nueva lírica sinaloense y su eco en el concierto nacional. Animado por el descubrimiento de narradores proclives a la manutención de un aliento poético en su escritura, Eduardo llegaba en silencio y se ubicaba en un sitio estratégico que le permitiera atrapar conceptos, sopesar querellas, activar el feliz anecdotario que enriquecía esa épica sustantiva de la corrección literaria, y el impúdico aprendizaje entre amigos recién descubiertos. Miembro del grupo de narrativa que coordinaba Elmer Mendoza, Eduardo comenzó a abandonar el ideario del escritor de provincia: no lo tentaban ni el registro del habla local como mera parafernalia estilística, ni las historias de amores contrariados que se desarrollan entre arcadas, caserones funestos o jardines exuberantes. Lo atraía más esa búsqueda que singularizan la dimensión de un personaje dentro de la anécdota: el drama que lo mueve, el pantano de sus obsesiones, los tics o rasgos que lo vuelven el mapa visible del relato. Lo tentaba más la consciencia que transcurre entre la historia y el lenguaje, ambos como un flujo indistinguible de poder narrativo. Hasta el año pasado, Eduardo vivió en Barcelona, ciudad donde estudió un postgrado en Historia de la Ciencia, y donde tras cubrir el Master en Escritura Creativa, producto de la primera emisión de la beca Han Nefkens, sacó a la luz su primera novela, Anatomía de la memoria. Editado por Candaya, el libro se convirtió en un acontecimiento literario en España, tanto en ventas como en crítica, al revelar a un autor maduro en conceptos (a pesar de su juventud), arriesgado en el volumen de una empresa narrativa que apunta hacia la polifonía, la oralidad del lenguaje, la disolución del yo en el vertiginoso flujo de una consciencia colectiva. Eduardo ha venido a engrosar las filas de la narrativa joven mexicana, sí, pero también ha venido a abrir su propio camino en una aventura donde no está ajeno el mercado, la crítica complaciente, la competencia exacerbada por estímulos oficiales. Será uno de los 20 escritores jóvenes mexicanos invitados a la feria del Libro de Londres este año. En su regreso a Sinaloa tuve la oportunidad de platicar con él de eso que nos gusta: la literatura, la literatura sin complejos que ha regido su vida práctica, su visión profesional, su mirada sobre las cosas que pueblan el mundo.

-Eduardo: obtuviste el Premio Nacional de Cuento Inés Arredondo por La Voluntad de marcharse, un libro posteriormente editado por Tierra Adentro; y el año pasado publicas Anatomía de la memoria, una novela vasta, intensa, compleja, que ha tenido muy buena recepción en España y espera la acogida de los lectores mexicanos en su edición nacional. Por eso creo que ya mereces que se te haga esta pregunta:¿Cómo inició tu camino en la literatura?

Empecé a escribir hacia los 15 o 16 años, más como entretenimiento que como otra cosa. Posteriormente, gracias a un circulo de lectura que había en la Casa de la Cultura del ISSSTE, aquí en Culiacán, coordinado por Martin Amaral, comencé a leer cosas que ya no encontraba en casa. En el hogar paterno había comenzado a leer, por ejemplo, libros de Agatha Christie, libros de misterio, detectivescos, policiacos, o literatura fantástica, mucho Julio Verne o Edgar Allan Poe, más porque estaban a la mano que por inclinación. En el Círculo de Lectura, con Martin, comencé a leer, en cambio, a Borges, Cortazar, Arreola, y hubo un cambio en mi hábito de lectura. Por entonces no acostumbraba comprar muchos libros; leía casi siempre lo que me prestaba Martín. Fue él mismo quien me recomendó, luego de mostrarle mis primeros cuentos, el taller de escritura de Elmer Mendoza. Empecé a asistir a las sesiones de Elmer en enero del 2001, creo, en la antigua biblioteca Gilberto Owen. Todavía no me lo tomaba muy en serio; era más como un pasatiempo, pues acababa de empezar mis estudios de Ingeniería Industrial en el Tec de Culiacán. Sin embargo, a lo largo de ese año la literatura empezó a ocuparme más tiempo que la escuela y empecé a escribir una novela que estuve trabajando varios años y que finalmente destruí. El cambio más radical en este sentido fue en el 2005. Luego de volver de Tijuana, donde trabajé como ingeniero, empecé a dedicarme al libro de cuentos que luego sería La voluntad de marcharse. A partir de aquí mi visión fue distinta, la literatura se convirtió en un objetivo y una vocación. Mi dedicación fue más intensa; dediqué un año a la escritura del borrador del libro. Cuando me fui a Barcelona tuve todo el tiempo del que disponía para dedicarlo a la lectura y escritura. Tiempo antes de escribir cuentos había empezado a escribir poesía, igualmente como hobby y muy mal. Fue en la narrativa donde me empecé a sentir más cómodo.

Así fue, más o menos, como empezó todo, entre el azar y ayuda de muchas personas. Primero Martín Amaral,  posteriormente Elmer, luego Cesar López Cuadras y David Toscana, quienes me ayudaron mucho, ya sea al ofrecerme una perspectiva más técnica del oficio de narrar, o al darme ánimo. Me prestaban libros, me recomendaban lecturas a las que yo no podría llegar de otra modo. Después vino el contacto contigo, con Paco Alcaraz, con Frank Meza con Óscar Paúl Castro; me ayudaron mucho a abrir el abanico de lecturas, a leer una poesía y una narrativa que no conocía. Ya esa amplitud creció cuando me fui a Barcelona. No es lo mismo entrar a una librería o una biblioteca con un acervo limitado, que a una de esas librerías donde está todo lo que puedes leer y donde, además, hay gente que te recomienda títulos y autores necesarios para tu formación.

-Eres Ingeniero Industrial y además escritor. Tengo entendido que esta relación de la ingeniera y la literatura se ha convertido en algo más bien común. La cercanía con las ciencias exactas, o con la ciencia en general, les ha permitido a muchos escritores adoptar de otra manera la disciplina literaria; les ha ayudado, incluso, en la concepción de proyectos literarios y en que estos lleguen a buen puerto. ¿No es así? ¿O cómo se da esta relación en tu caso específicamente?

Estoy de acuerdo con eso. Hace unos meses, hablando con editores de Candaya, Olga y Paco, alguien preguntó este asunto, del porqué había algunos escritores, pocos, que venían del área de las ciencias, a la literatura. Sin embargo, haciendo cuentas resulta que no son tan pocos. Sólo en el catálogo de Candaya hay unos cuatro ingenieros o gente proveniente de las ciencias: físicos, matemáticos, ingenieros o ingenieros forestales, como es el caso de Ednodio Quintero. Si buscamos más a fondo, la lista se extiende hasta Ernesto Sábato, que era físico, por ejemplo. Creo que, ciertamente, el desarrollo de la ingeniería nos proporciona una estructura de pensamiento más ordenada. A mí me ha servido mucho, a la hora de plantearme un proyecto, ya sea un texto breve o un trabajo mucho más extenso o elaborado. La forma de establecer ciertos órdenes a la hora de escribir creo que viene mucho de la ingeniería.  Uno parte de un esquema estructurado y más o menos fijo, pero también hay que tener la delicadeza o la libertad de torcerlo cuando sea necesario; aquí es donde entra el instinto literario, el bagaje de lecturas, la voluntad lírica.

-¿A qué científicos admiras?

Siempre he admirado a científicos que tienen una formación humanística muy intensa. Hoy en día quizá no sea tan fuerte la formación humanística, por el marco de competencia que se plantean las universidades, pero si hablamos de mediados o principios del siglo XX, todos los grandes físicos o químicos tenían esta formación. Eran grandes lectores de literatura o filosofía, conocían varias lenguas y ese conocimiento venía a partir de la literatura, no necesariamente de la ciencia. Mucho se cuenta, por ejemplo, que Werner Heisenberg leía a los clásicos griegos en griego, y eso se nota en su prosa ensayística o de divulgación. Yo cuento siempre el caso de Erwin Schrödinger, fisico autstraico, uno de los mas interesantes para mí. Aprendió español sólo para leer La vida es sueño, de Calderón de la Barca. Escribió poemas e incluso, según sé, intentó escribirla español. Un tipo que estaba en las mas altas esferas de la fisica de su momento, se daba tiempo para dedicarse a la literatura. No solo a su lectura sino a la produccion literaria: era muy mal poeta, tengo entendido, pero finalmente lo hacía.

-En La ciudad ausente, Ricardo Piglia refiere a Lazlo Malamund, un profesor húngaro que lee el español pero lo habla mal y cuando lo hace sólo usa versos del Martín Fierro. Supongo que hay ecos de Schrodinger en este personaje del argentino.

Puede ser, de Schrodinger se sabe que hablaba el español bien y usaba La vida es sueño como una referencia domestica. También me gusta mucho la prosa de Niels Bohr, un físico de la epoca. Cuando un cientifico, un historiador de la ciencia, lee a Niels Bohr, lo encuentran generalmente muy complicado y denso, sin embargo cuando yo lo leo me gusta mucho y he reconocido ciertas influencias literarias en él. Era un hombre que leía en muchos idiomas. Estaba muy cercano a la literatura inglesa sobre todo y leyendolo desde una perspectiva literaria su valor cambia. Lo que diferencia a unos fisicos de otros, o al trabajo de unos fisicos de otros es ciertamenete esa cuota de creatividad. Fisicos como Schrodinger, Heisenberg o Bohr eran tipos muy creativos. Muchas de sus formulaciones científicas se aclararon gracias a su formación literaria. Sin esta es probable que no hubieran logrado resolver muchos de los problemas a los que se estaban enfrentando.

-Sé que escribes crónica, cuento y ahora novela. Tu escritura se mueve muy bien en estos territorios; está muy bien definida por un estilo que abandona ciertos convencionalismos. En el caso de la novela, pienso que la influencia de Lobo Antunes es determinante; aún así,  tu apuesta va más allá del monólogo del portugués para tramar un concierto que pasa por la, o las historia de tu libro, como una suerte de consciencia colectiva. Tu prosa es de largo aliento y atiende aspectos básicos de la poesía como lo son el ritmo, la músicalidad. No planteas nunca una narrativa de meras acciones concretas. Háblame de esto y de tus infuencias.

En el libro de cuentos me sentí muy cómodo. Casi todos los cuentos son extensos, el mas breve tiene –creo- diez páginas. Poco a poco ese asunto fue extendiéndose pero me senti muy cómodo en él, lo mismo que en la novela. En el caso del libro de cuentos procuré que fueron saliendo de esa manera; es decir, estaba un poco programado a que fuera un libro de cuentos. La novela, en cambio, era una parte de un proyecto mucho mas amplio. Anatomía de la memoria se escapó de ese proyecto incial y cobró un cuerpo autonomo. Dejé que la historia fuera creciendo, me senti muy bien haciéndolo y me senti incomodo condensando todo en unos cuantos capitulos de otro libro; por eso hice ese cambio. Ahora, el libro de cronica que escribi está asumido como una amalgama ensayo, cuento o relato, aunque creo que estas tres formas las puede englobar el ensayo sin ningun problemo. Sin embargo, no me considero ensayista ni cronista, aunque tampoco me considero cuentista ni novelista. Los géneros literarios no son algo que me preocupe mucho.

La voluntad de marcharse es resultado, sobre todo, de mis primeras lecturas de cuentistas como Cortazar, Borges y Arreola. Cuentos como El guardagujas han sido determinantes para mí. En la novela sí, evidentemente Lobo Antunes está muy presente. Creo que fue uno de los narradores que más me impresionó en cuanto lo leí. Porque puede haber narradores que me gustan pero que dificilmente han generado esa impresión tan grande como en su momento me produjo La muerte de Carlos Gardel, el primer libro que lei de Lobo. Creo que esto sólo me pasó mucho tiempo despues con Danilo Kiss, un narrador en su momento fundamental para mí. Me sigue pasando con Fernando del Paso. Leer José Trigo es para mí sempre una revelacion, lo mismo que Farabeuf, de Salvador Elizondo. Otros autores que me gustan, pues tienen una forma muy particular de entender las cosas son los servios: Pavic, Petrovic…Anatomía de la memoria es justamente el resultado de esas lecturas. El espíritu de los libros de Lobo Antunes, y principalmente de Buenas tardes a las cosas de aquí abajo -el libro que más me gusta de él- es el que ha marcado la novela. La mezcla entre la oralidad de los personajes y la oralidad de un narrador, aparentemente omnisciente, pero nada ajeno a la historia, era algo de lo que quería intentar.  Era muy importante para mí que las voces de los personajes aparecieran como los ecos rulfianos de Pedro Páramo, acaso el libro que más he releído. Ahí esta la genesis de la novela, la intension de configurar un concierto de voces, las voces de los personajes pero tambien la voz del narrador.  Que este no solo fuera un elemento aglutinanate de voces sino una mas. Como si alguin estuviera contando una historia a otra persona y alrededor mucha gente se involucra. Recuerdo ese titulo maravilloso de Daniel Sada, Porque parece mentira la verdad nunca se sabe. El título en realidad fue una frase que había escuchado Daniel en la antigua Central de Autobuses de Culiacán. Su oído es una cosa que me ha sedujo siempre de él, y en este sentido es una referencia, Mi intención era similar a ese hallazgo: hacer que la voz del libro fuera un concierto de voces, y que la historia se fuera construyendo a partir de ese concierto.

-Daniel Sada se quejaba de que los novelistas no leían poesía. De ahí que recomendara siempre Imitacion de Basho, poema en prosa del extraordinario poeta peruano José Watanabe. El lo ponía como ejemplo del ritmo que puede aportar la poesía al ritmo de la narrativa.

Creo que, fundamentalmente, ritmo y cadencia son elementos innegables que todo narrador debe buscar. Pero también la escritura pasa por la forma de decir las cosas. Por ejemplo, es muy común mencionar en los talleres de literarios aquella frase atribuida a Cortazar: “un personaje no desciende las escaleras, las baja”.  Por eso, pienso, tiene que ver con una forma de decir y de explicar las cosas que sí tiene la buena poesía y que a aveces le falta a la narrativa. Esto lo he visto muchísimo. Roberto Juarroz, por ejemplo, es un poeta que piensa mucho y ademas tiene poemas bellisimos, con un ritmo muy particular. Se trata de poemas que enarbolan un pensamiento muy estructurado en su interior y que, al leerlos por primera vez, es probable nos pasen de noche. Sin embargo nos quedamos con la belleza de un verso o con su ritmo, pero conforme uno lee y relee un poema, encontramos ese sentido interno del poeta.

-Señalabas que en algun momento escribiste poesía, recuerdo casos muy particulares de narradores que han intentado, con menor o mayor fortuna, escribir poesía: Joyce, Hemingway, Cortazar; más recientemente Willam Ospina o Andrés Neuman  y acá en México Cristina Rivera Garza o Julián Herbert, entre otros. No se te conoce formalmente como poeta pero tu novela tiene elementos poéticos dignos de señalar: muchas imágenes que enriquecen el lenguaje narrativo y a un aliento lírico insdiscutible. Por momentos psa por un poema en prosa que se sale de control y entran en los cauces de una narrativa caudalosa y de vértigo.

Lo que me permitió hacer ese discurso poético y lírico en la novela fue justamente la sangría. Esa estructura de parrafos me permitió darle ese aliento. Es curioso, pero justamente el usar esa froma de escribir, en ese aliento y ese ritmo, me fue orillando poco a poco a volver a escribir poesía. Mientras hice el master de Creación Literaria en la Pompeu –que era un agregado de la beca Han Nefken- llevabamos una clase de poesia con José Maria Mico. El trabajo final era escribir un par de poemas. La verdad, yo no queria hacerlo pero había que hacerlo, no me podía escapar. Nos dio a escoger cinco posibilidades: un soneto, un poema a un vaso de agua, un poema libre, un epitafio o una versión de un poema que nos gustara mucho. Yo escribí el epitafio, porque era corto, y el poema libre. Resulta que este poema me satisfizo bastante. Un texto de una o dos cuartillas, me gustó y luego seguí. Luego de terminar Anatomia… la novela, y durante la epoca de presentaciones, me dediqué muy intensamente a escribir el libro de poemas, y sorprendentemente tambien quedé satisfecho. Quiza no todos los poemas estan a un nivel que a mi me gustaria como lector de poesía, porque eso sí, leo mucha poesía. Durante la escritura de la novela leí más poesía que narrativamucho mas poesía que narrativa. Al final del libro estuve atorado con las ultimas treinta páginas, tuve un bloqueo muy intenso.  Así que me dedique a leer la obra completa de Gamoneda, la obra completa de Gonzalo Rojas, la obra completa de José Barroeta y Pedro Páramo.

-¿Qué o quienes te llaman la atención de la narrativa mexicana actual? Finalmente formas parte de ella y compartirás el foro con algunos contemporáneos tuyos en la Feria del libro de Londres, donde México es el país invitado.

Si te soy sincero he leído muy poco de narrativa actual, de mi generación. En algunos de los que he leído encuentro esto mismo que dices, una narrativa de acciones concretas. En cambio, por ejemplo -lo comentábamos el otro dia- sentí una inmediata identificacion con José Luis Peixoto.  Los libros que he leído de él me han gustado muchísimo. Tiene esta suma de estilo: prosa y estructura de elaboración compleja,  pero ademas plantea siempre una guerra interior una cada personajes. Una novela como El cementerio de pianos es una maravilla narrativa. Me ha costado mucho encontrar un narrador actual en español que me guste tanto como Peixoto. Por ejemplo, para señalar más o menos la diferencia, los dos narradores portugueses más o menos de la misma generación son Gonçalo Tavares y José Luis Peixoto.

Tavares es muy conocido; escribe de todo, libros fragmentarios, novelas voluminosas, cuadernos de notas, perfiles poéticos e incluso poesía. Es un muy buen escritor y es, acaso, el más reconocido autor portugués en la actualidad. Sin embargo nunca ha terminado por golpearme tanto como cuando descubrí a Peixoto. Con él el golpe fue rotundo. La primera novela que lei suya se llama Libro; se divide en dos partes: la primera me parece maravillosa; la segunda no tanto. Están escritas de manera distinta. A pesar de que la segunda parte no me gustó del todo, creo que es uno de los mejores libros que he leido en los ultimos años. Es decir, libros recién publicados. A la altura de Goncalo Tavares, literariamente hablando, hay un monton de escritores muy buenos, pero yo no he sentido ese golpe que sentí con Peixoto en escritores mexicanos o hispanohablantes. Aún así me atrevo a señalar, de la generacion de los escritores jóvenes o relativamente jóvenes en México, a Julián Herbert como el mas apto, el mas sobresaliente.

-Luego de un 2014 bastante agitado: los hechos de Ayotzinapa y el abuso permanente de poder por parte de las autoridades; los deslices de la presidencia en hechos como el de la casa blanca, ¿crees que sea el momento ideal para escribir sobre la realidad mexicana en una novela?

Yo diría que, tristemente, sí. Y digo tristemente porque esto puede caer en uno de los dos extremos: el extremo positivo que sería propiciar la reaccion o la accion de los escritores hacia los hechos reales del país. Tratar temas de los que es necesario hablar puede plantear una literatura o un trabajo honesto, pero también una visión oportunista, como fue el caso de la ya muy mencionada -desde hace muchisimos años- narrativa del narco, afín al mercado y a sus intereses. Se repente se convirtió en el tema absoluto para muchos narradores; incluso llegué escuchar a algunos de ellos que decían: yo tambien puedo hacer una novela sobre el narco, y lo hacian y era un éxito. La literatura política te puede dar mucho volumen, es cuestión de buscar una buena literatura política.

-Como la de Álvaro Uribe…

Sí, o la de Daniel Sada, la de David Toscana y Fernando del Paso, o la del mismo Juan Rulfo. Pedro Páramo es una novela politica, no diria en esencia, pero lo eso; Palinuro de México lo es, e incluso Jose Trigo. A veces pasa que llega un escritor, causa mucho revuelo y luego hay una serie de autores, detrás de el, que tratan de emular registros.

-Pienso en Revueltas también.

Sí, por supuesto. Decía que tratan de emular lo que este gran escritor hizo. El caso más reciente y sonado es el de Bolaños. Toda su narrativa, practicamente toda, es política, es esencialmente politica, desde los cuentos hasta las dos grandes novelas: Detectives salvajes y 2666. Sin embargo, muchos de los imitadores de Bolaño se van por el elemento de la autoficción, hoy en dia una moda. Lei una vez en una nota de Ignacio Echevarria sobre la obra de Roberto Bolaño: Bolaño lo que hace es hablar de política y demostrar que se puede hablar literariamente de politica. Y es que uno vive en un contexto y tiene que hablar de ese contexto. Hay una frase de Eliseo Diego que dice, más o menos: uno no nace por azar ni por casualidad en este mundo, en determinado lugar, sino para dar testimonio sobre lo que eres,  dónde estás parado, qué te afecta. Nos afectan muchisimas cosas. Creo que la diferencia está en donde se para uno frente a estas cosas…

Siguenos en Twitter:


Written by Redacción