EL CARDO DE LA POESÍA (Conversación con Jorge Esquinca)

Conversación con Jorge Esquinca

Difícil hablar de la poesía mexicana reciente sin el proceso que siguieron, muchos de sus protagonistas, a través del reconocimiento de una vocación, la charla informal y el compartir manes, fobias, lecturas y consignas cifradas en los talleres literarios. Muchos de éstos han sido leyenda, o por el carácter disciplinado de su coordinador, o por la feliz coincidencia de confrontar talentos indiscutibles (o por reunir ambas cualidades), o por el rigor y la originalidad que rige los trabajos del grupo. De Juan José Arreola y las reuniones en su casa para atender el genio de su oralidad constructiva, a la explosión de talleres que, en cada región del país, documentan la diversidad de tonos y criterios de nuestra literatura presente, son dos los talleres de provincia que más escritores le han dado a la tradición: el del ecuatoriano Miguel Donoso Pareja, itinerante, que se desarrollaba en la Laguna y pasaba por el centro de nuestro mapa, y el Taller del Doctor Elías Nandino, convocado por el departamento de Bellas Artes de Jalisco hacia finales de los años 70s. Uno de sus miembros más reconocidos es Jorge Esquinca. Poeta y traductor, ganador del Premio Nacional de Poesía de Aguascalientes en 1990 y del Primer Premio Iberoamericano de Poesía Jaime Sabines, por su libro Descripción de un brillo azul cobalto, publicado por la editorial española Pre-Textos, Jorge Esquinca dialoga con el también poeta Jesús Ramón Ibarra, sobre el Taller Elías Nandino, la poesía mexicana que vincula su presente con la tradición y los proyectos personales de un poeta imprescindible.


jorge¿Cómo supiste del taller de Elías Nandino, Jorge; llegaste ahí bajo instancias de alguien?

Por el periódico. Yo sabía de Elías Nandino porque lo había leído en la biblioteca del iteso. En 1979 yo terminaba Ciencias de la Comunicación, y mi maestro del Taller de Redacción a lo largo de carrera, el padre Ignacio Gómez Robledo, vio que yo tenía una muy marcada inclinación hacia la literatura; cuando estábamos ya en la últimas semanas de clases me dijo: “¿oye, porque no entras a un taller literario? Nandino va a abrir un taller en Guadalajara, no sé cuándo, pero por ahí me enteré que va abrir un taller literario y creo que vale la pena te acerques ahí”. Entonces, una o dos semanas después, ojeando un suplemento dominical, vi el anuncio del taller, acompañado, además, por una entrevista a Nandino en la que platicaba su experiencia literaria y hablaba con entusiasmo de este nuevo taller donde invitaba a los jóvenes. Entonces fui, pero no inmediatamente. Unas dos o tres semanas después de haber leído la noticia me aparecí un día en las oficinas de la Casa de la Cultura donde tenía su sede el taller. Se trata de uno de los primeros recintos culturales del estado, junto al parque Aguazul, en la calzada Independencia; ahí también estaba la sede de la biblioteca pública del estado que ahora se llama “Juan José Arreola”, en manos de la Universidad de Guadalajara. Fue ahí donde conocí a Nandino. Ya se habían incorporado al taller quienes siguen siendo mis amigos hasta la fecha, son los primeros que arribaron siendo muy jóvenes: Rafael González Velasco, Luis Alberto Navarro, Luis Fernando Ortega, Felipe de Jesús Hernández, Javier Ramírez, Sergio Pedrero.

Me imagino que fue Felipe de Jesús quien llevó posteriormente a Miguel Ángel Hernández Rubio, el célebre Mike, quien luego se convertiría en pieza fundamental del Taller en una tercera etapa.

Sí, Mike llegó después y no directamente al taller. Él empezó más bien a reunirse con nosotros en las cantinas, que eran la natural prolongación de las discusiones del taller, y en algún momento nos dijo que escribía cuentos; era lo que en ese entonces él estaba trabajando, la poesía yo creo que le llegó por contagio, pues se trataba de un taller en el que primordialmente había una vocación poética entre los integrantes.

Pero Felipe de Jesús siempre ha sido narrador ¿no es así?

Sí, Felipe escribía cuentos, el siguió escribiendo cuentos, y luego se puso a hacer traducciones, pero Mike escribía cuentos en un principio, y después comenzó a escribir poesía; poco a poco empezó también a asistir a las sesiones del taller con Nandino pero muy esporádicamente; no era, no fue al principio un miembro regular como éramos nosotros.

Cuando uno piensa en Nandino, en las reseñas, en las crónicas, se habla de un personaje amable, de un tipo paciente que tenía que lidiar con sus demonios pero también con los demonios que permeaban las aventuras del grupo de contemporáneos, con sus maneras y sus formas de concebir la vida y el arte. Se habla que incluso llegó a ser el doctor de ellos. ¿Cómo era Nandino en realidad? Cuando uno habla de él como tallerista piensa, por ejemplo, en una persona afable y generosa. En otros talleres como el de Monterroso, se corre la leyenda que ponía un cesto de basura en el centro de un círculo, donde iban a parar aquellos trabajos que no complacían del todo al coordinador.

De Nandino, en primer lugar, te puedo decir que esta fama de haber sudo un hombre afable y generoso la tiene bien ganada. Siempre nos recibía con una sonrisa y siempre tenía alguna anécdota nueva que contarnos. No llegábamos directamente a una sesión de taller, sino a la estancia donde una conversación con él, casi siempre precedían las arduas sesiones del salón, después los que teníamos tiempo nos quedábamos platicando toda la tarde con él o toda la mañana, según el horario en el que funcionara el taller porque a veces trabajábamos en la mañana, a veces en la tarde, a veces mañana y tarde, pues él disponía de mucho tiempo en ese momento. En la sesión de taller, eso sí, era muy serio, era un lector muy agudo de los textos que proponíamos los integrantes, generalmente señalaba los errores, recomendaba lecturas, por supuesto, y podía ser muy severo con los que ya de muy jóvenes creían saberlo todo, porque no faltó alguno por ahí que anduviera con esa presunción. Creo que sabía detectar muy bien lo que cada uno necesitaba, de pronto había quien necesitaba exigirle más, había a quien le recomendaba la lectura de poesía moderna o concretamente de alguno de los contemporáneos como Villaurrutia, Novo, Cuesta u Owen. Yo, por ejemplo, comencé a leer a Owen a sugerencia suya; él vio en ese momento que había una afinidad espiritual entre lo que yo escribía y la poesía de Owen, y tenía toda la razón, la poesía de Owen me ha deslumbrado y no ha dejado de hacerlo, me parece uno de los grandes poetas mexicanos.

Sí, creo que particularmente se hace notorio en poemas tuyos como Las zorras y el mar y La Noche en blanco, donde también hay un influjo evidente de Villaurrutia.

Exacto. Esos poemas son de esos años, más o menos de principios de los 80. Creo que hay en esa poesía una afinidad muy concreta con Owen y con Villaurrutia, que siguen siendo quizá los poetas con los que más me siento identificado de los Contemporáneos. Por supuesto que conozco bien y admiro muchísimo la poesía de Gorostiza; Muerte sin fin es una de las obras capitales de la poesía mexicana y quizá de la poesía de nuestra lengua, pero si hablamos de tesituras, de sensibilidad, y tal vez hasta de predilecciones literarias, me siento más cercano, mucho más vecino a Owen y a Villaurrutia, sobre todo en aquellos años iniciales.

Empezó de esa forma el taller ¿pero cómo continuó? ¿Siguió ese mismo flujo de poetas con el paso del tiempo?

En 1979, año en que inició el taller, le dan a Elías Nandino el premio Aguascalientes como un reconocimiento a su obra; era la primera ocasión que se declara desierto y el jurado decide dárselo a Nandino como reconocimiento al conjunto de su obra; inmediatamente después, al año siguiente, le dan el Premio Nacional de Ciencias y Artes; esto atrajo inmediatamente todos los reflectores hacia él, en lo particular, y a su labor en el taller. Entonces empezó a ir muchísima gente al taller al grado de que muy pronto tuvimos que auxiliarlo Felipe de Jesús y yo. Felipe hizo un grupo con los narradores y yo con los poetas. Nandino, eso sí, trataba estar lo más posible en los dos grupos, pero no se daba abasto. Hubo un momento en que se tuvieron que abrir diferentes turnos, porque a partir de ese momento, el 80 u 81, el taller empezó a trabajar todo el día, mañana y tarde; entonces Nandino nos consiguió incluso un sueldo modesto a Felipe y a mí como asesores, era un aliciente para estar ahí la mayor parte del día, leyendo mucho, porque también tuvo entre otros aspectos de su personalidad generosa la buena idea de llevarse su biblioteca personal a un cuarto dentro de la Casa de la Cultura, un cuarto vecino al del taller. Quien quería podía entrar y tomar cualquier libro y sentarse a leer. Era un estímulo más para estar allí buena parte del día, conversando con él, trabajando con él o con el grupo que le tocaba a cada uno. Ahí, en su biblioteca, yo hice lecturas que fueron muy importantes en mi formación como las de los poetas franceses o algunos poetas alemanes que empezaron a influir inmediatamente en lo que yo hacía, tanto que decidí estudiar francés en la Alianza Francesa gracias a estas lecturas. Cuando tuve un conocimiento más o menos bueno de la lengua inmediatamente empecé a traducir a esos poetas franceses que me entusiasmaron.

Cuando te encaminabas en tus proyectos propios, cuando sabías que tu trabajo ya iba a salir a la luz en forma de libro, en aquella época ¿Le llevabas tus originales a Nandino?

Por supuesto, yo tengo un manuscrito de La noche en blanco con anotaciones de Nandino. Elías nunca me tachó un verso o un poema, él decía que mi poesía era demasiado intimista, que estaba más preocupado por la aceptación del poema que por su contenido, por su carga emocional. En algún momento dado me dijo: a tu poesía y a ti lo que les falta es sufrir. Yo tenía entonces 22 o 23 años, pero con los años me di cuenta que Nandino, como tantas otras veces, tenía razón. Ese ejemplar que conservo, contiene anotaciones que son más bien comentarios de dos o tres líneas sobre cada poema. Es un recuerdo que tengo, entre muchos otros, muy preciado. Como éramos quizá el grupo inicial del taller nos tenía también un cariño muy especial, al grado que luego nos confió la revista “Campo abierto”, nuestra primera experiencia editorial, de la que solo aparecieron tres números. Con la revista pudimos incluso viajar mucho con él para presentarla en diversos lugares y la relación con él se fue haciendo cada vez mas intima; es decir, si bien nunca dejó de ser un maestro, cada vez se fue convirtiendo mas en un amigo y nos fue contando, en largas platicas, durante viajes o durante muchas tardes en la casa de la cultura, muchos aspectos de su vida. No tenía ninguna reserva con nosotros, conversaciones muy abiertas, muy prolongadas, muy profundas en ocasiones y muy reveladoras también de todo lo que sabía que era un secreto a voces sobre su carácter, su personalidad, su homosexualidad, preferencia que en ningún momento escondió. Fue siempre muy discreto y respetuoso al respecto, no fue nunca alguien que alardeara de su homosexualidad, pero tampoco fue alguien que la ocultara.

¿Y hasta donde llegaste como miembro del Taller?

1984 yo ya estaba casado, entonces mi esposa y yo nos fuimos a Europa por seis meses y durante ese tiempo intercambiamos cartas él y yo. Me decía que empezaba a sentirse ya muy cansado con el taller, que estaba viendo en manos de quien lo dejaba, incluso en algún momento pensó que yo podía quedarme con el grupo, y fue entonces cuando empezó a asistir con menor regularidad; o recuerdo en qué año exactamente pero debe haber sido por ahí en 1984, cuando él tenía 84 años también y decidió pasar cada vez mas tiempo en Cocula. Entonces Luis Alberto y Mike empezaron a hacerse cargo de las actividades. El taller siguió en marcha, el programa de los miércoles literarios que se inició con él sigue hasta la fecha; en ese entonces lo manteníamos nosotros, cuando yo no estaba quienes se encargaban de él eran principalmente Luis Alberto y Mike. Felipe ya se había ido a vivir a México. Cuando yo regresé no me incorporé de lleno a las actividades del taller, continúo mi amistad con ellos, pero me pareció que la etapa del taller literario en mi personal desarrollo ya había concluido; asistía a los miércoles literarios, seguía yendo a las cantinas con todos, pero propiamente las actividades del taller las fui dejando de lado y me dedicaba a visitar a Nandino en Cocula y a otras cosas, proyectos personales…

Fuiste editor; recuerdo en particular, hacia 1990, un libro que sacaste de mi paisano, el excelente poeta Rafael Torres Sánchez; yo estuve en la presentación de ese libro y me emocionó mucho estar frente a tantos poetas que eludían el manido rollo provinciano donde las arcadas, los jardines y la mampostería verbal esgrimen una poesía trasnochada y vieja. Rafael fue el primer poeta sinaloense que conocí…

Sí, claro, fue en 1982 cuando inventamos la editorial Cuarto menguante; además de aquel libro de Rafael, Juego de Espejos, que conjunta a poetas hipotéticos creados por él mismo, sacamos una antología de Guillermo Fernández, Imágenes para una piedad, la primera que se hizo de su poesía; Álbum de zoología, de José Emilio Pacheco, una antología que yo hice de sus poemas sobre animales, y que es un libro que ha tenido más ediciones, dos de ellas con las ilustraciones que hizo Toledo. También publicamos a Alberto Blanco, el primer libro de Pura López Colomé, Sueño del cazador; a Gerardo Montoya, un poeta que dejó de escribir, a Sergio Cordero, Raúl Bañuelos, Vicente Quirarte, en fin, fueron alrededor de 20 títulos a lo largo de más o menos 10 años de, ya sabes, estar dando la pelea, batallando con los presupuestos…

¿Editaste algo de Nandino?

Sí, por supuesto, no lo mencioné antes pero sí, el libro con el que inauguramos la editorial fue precisamente un libro de Nandino, Conversación con el mar; por tratarse de él, atrajo de inmediato la atención de la prensa y de los lectores, quienes comenzaron a ver a Cuarto Menguante como una opción nueva.

El otro día recordaba La otra voz, de Octavio Paz, donde él hace una suerte de corte de caja de su visión de la poesía moderna frente a la, en ese entonces, llamada post modernidad. En un apartado muy breve Paz se manifiesta en contra de los talleres literarios, menciona que los talleristas siempre terminan escribiendo como el coordinador ¿Qué piensas de esto? ¿Sirven los talleres?

Creo que el éxito o el fracaso de un taller depende, en gran medida, de la inteligencia y de la sensibilidad del coordinador; es él precisamente quien tiene que evitar imponer una voz, una visión de la poesía; esa es otra de las cosas que yo le agradezco a Nandino: nunca trató de imponernos ni su visión de la poesía ni su gusto personal. Por supuesto que defendía a los poetas que amaba. Recuerdo largas conversaciones, por ejemplo, en torno a la poesía de Porfirio Barba Jacob, Luis Cernuda o Guillermo Fernández, poetas a los que Nandino leía y releía mucho y que nos fue inculcando. Al no estudiar una carrera de letras, en mi caso, yo siempre he comentado que mi formación más importante se dio en el taller de Nandino y en las lecturas que surgieron a través de su tutela.

 ¿Cuál era la dinámica del taller?

Todos tenían que llevar fotocopias, así fuera en papel pasante; en esos años todos escribíamos en máquina mecánica, o había una fotocopiadora ahí mismo en la casa de la cultura, no admitía que alguien llegara sin fotocopias, lo cual me parece elemental…

Imagino que no era obligatorio llevar algo escrito…

No, no era obligatorio, que bueno que lo hallas mencionado. Se aprovechaban las visitas, por ejemplo, de José Emilio Pacheco, de Guillermo Samperio, de Vicente Quirarte, de Paco Conde, Sandro Cohen o Arturo Trejo, entre otros, todos ellos invitados de la Ciudad de México al programa de los Miércoles literarios; iban a las sesiones de taller y participaban comentando el trabajo de sus integrantes, pero siempre era quien quería llevar algún poema o algún cuento sin ninguna imposición, todos trataban de comentar algo mientras Nandino esperaba para opinar al final.

Tú eres de una generación importante. Gabriel Zaíd ya da cuenta de ello en su célebre Asamblea… Evodio Escalante lo percibe en su Poetas de una Generación, 1950-1959, y hasta un crítico muy joven como Alí Calderón le dedicó un libro a esta diversidad que exhiben tus contemporáneos. Creo que con ustedes nace como una especie de independencia del centro del país. Los poetas nacidos en los 60s, en cambio, son mucho más discretos, trabajan de manera más callada y han ido ofreciendo una obra menos profusa, aunque no menos rica que la de ustedes; caso concreto, Jorge Fernández Granados, María Baranda, Ernesto Lumbreras, José Eugenio Sánchez, entre otros. En cambio los poetas nacidos en los 70s traen otro timming, regresaron a esa efervescencia que los pone de inmediato en un candelero cultural, traducen, prologan libros, hacen crítica, están en programas de arte alternativo, en fin; le tienen un gran culto a la personalidad literaria y algunos se asumen vanguardistas ¿A qué crees que se deba ese pulso de los más jóvenes?

 No es fácil establecer las causas pero sin duda son muchas: la enorme cantidad de apoyos que hay en los programas del estado, los programas culturales de conaculta, el fonca, muchísimos premios, la facilidad de ponerse en contacto a través de la red o de publicar en la red misma. También el hecho de que se han abaratado los costos editoriales, ahora con las ediciones digitales; hoy en día cualquier grupo de amigos pueden reunirse y hacer una revista o una editorial, sin que sea demasiado oneroso. Todo esto junto ha permitido que esta nueva generación de los nacidos en los 70s esté siendo muy propositiva. Por otro lado, creo que también la mayoría tiene una formación universitaria; por ejemplo, en el taller de Nandino el único que estaba estudiando la carrera de letras era Sergio Cordero, el más joven de todos, Felipe de Jesús era dentista, yo estudié Ciencias de la Comunicación, lo mismo que Luis Alberto Navarro, Javier Ramírez había estudiado Artes Plásticas, y Mike era abogado. La mayoría de los poetas nacidos en los 70s que conozco han estudiado una carrera de letras, e incluso muchos de ellos han seguido una carrera académica también dentro de las universidades.

¿Te llama la atención algún poeta de los 70s?

Muchos, Hernán Bravo Varela, Luis Felipe Fabre, Maricela Guerrero, Alejandro Tarrab, Rodrigo Flores…hay muchos poetas muy buenos; muchos han sido de algún modo mis alumnos, porque fui tres años tutor, junto con Tedi López Mills y Josu Landa, de los poetas jóvenes del fonca, y entonces me tocó trabajar y conocer a parte de esta generación que mencionas. Hay poetas que resulta muy estimulante leer y seguir tan de cerca como es posible: Daniel Saldaña, Víctor Cabrera, Inti García, Karen Plata, José Luis Bobadilla, Dolores Durantes, en fin; ya tienen trabajo de una solidez muy evidente, producto de vocaciones incuestionables.

Señalábamos hace un momento tus influencias iniciales, particularmente de Villaurrutia y Owen; luego si se percibe la influencia, creo yo, de poetas franceses vinculados con las primeras vanguardias del siglo XX. Pienso que tus estratos son muy claros y jamás los has maquillados con retórica falaz o con artificios formales. Es decir, sin la exuberancia de St. John Perse, sin la imagen de Char o la emoción lacónica y luminosa de Michaux, creo que libros como Alianza de los reinos, Sol de las cosas o El Cardo en la voz no se hubieran concebido. Sin embargo, a partir de Vena Cava o Uccelo diste un giro hacia una poesía más decantada y sintética ¿Influyó en esto la revelación de la poesía de André du Bouchet, un poeta al que admiras?

du bouchetCada uno de nosotros está formado por sus lecturas, y sobre todo por las lecturas que se hacen de manera intuitiva; me refiero principalmente a los que no tenemos una formación de letras. En mi caso estuve leyendo a partir de recomendaciones de Nandino y sugerencias de los amigos, lecturas que me iban llevando a otras lecturas. Llegué a la lectura francesa por la vía de Octavio Paz. A través de Paz se me abrió de una manera mas directa el acceso a la poesía francesa y entonces estudié la lengua; el empezar a leer a los poetas en su lengua original y el hacer traducciones muy tempranas y eficientes, hizo que me fuera contaminando -en el mejor sentido del término- de ciertos modos, ciertos temas, ciertos tratamientos del poema que, me parecía, tenían una inmediata resonancia en lo que yo quería escribir. Entonces, por supuesto que tenía una relación inmediata con la poesía de St. John Perse, quizás el poeta que más me deslumbró en esos años; luego fui ampliando el horizonte. Primero empecé por los más famosos, Henri Michaux o Pierre Reverdy, por ejemplo, pero de algún modo llegué a poetas menos célebres como André du Bouchet o Maurice de Guérin a los que he traducido y de los que sin duda he aprendido mucho. Nunca será tan estimulante traducir a un autor, un poema y un texto en el momento en que en tu vida tengan una significación especial, en mi caso ha sido así. Ahora bien, no soy un traductor de profesión, no vivo de la traducción como Guillermo Fernández, para poner un ejemplo, quizás el más importante traductor vivo que hay en México. Ha traducido miles de páginas y seguramente entre ellas hay un buen número de autores, poetas, novelistas, ensayistas, cronistas que no son estrictamente de su gusto literario. Lo que veo yo en Guillermo es, en primer lugar, una gran pasión por la lengua, por la literatura italiana; un hombre tan disciplinado como él, sólo así puede traducir en esa vastedad, en esa extensión y en esa diversidad de temas. En mi caso, el libro o el autor con el que he tenido más problemas es con Maurice de Guerin: poeta de principios del siglo XIX, muere a los 28 años y deja algunos poemas en prosa, los primeros en prosa, que podemos nombrar como tales de la lengua francesa y un diario íntimo que tiene momentos muy apasionantes y tiene momentos muy desesperantes, porque para empezar está escrito en un francés que ya no se practica, y porque también resulta de pronto difícil estar de acuerdo con alguno de sus grandes conflictos espirituales. Fue una traducción que hice a lo largo de los años y que completé más que nada por disciplina, el libro está en Ediciones sin nombre y se llama El Cuaderno verde, porque así le llamaba el a su diario. Ahora, mi punto de vista es que en esta poesía mas reciente, en concreto del libro Descripción de un brillo azul cobalto, siento que está en un tono mucho mas cercano a cierta poesía de lengua inglesa, poesía que también, aunque de manera menos evidente, he leído y traducido mucho a los largo de los años; en este camino yo hablaría principalmente de tres poetas: T. S. Eliot, William Carlos Williams y H. D.. Siento este libro más emparentado con esta tradición de esa poesía lengua inglesa que permite narrar, tener un soporte anecdótico, no porque sea anecdótico o narrativo el poema, pero esta narración se da a través de imágenes, algo que no tiene la poesía de du Bouchet, una poesía de gran depuración que prefería, como tu bien sabes, aludir, sugerir, nunca nombrar directamente las cosas. Creo que la descripción a mí me funciona mucho mejor, estos abordajes de la materia poética que se permite la poesía de lengua inglesa y a mi me resultan también sumamente atractivos, me emocionan mucho y me permitieron construir un poema con terceto de versos muy variables, que buscan crear un contrapunto e invitar al lector a participar de una manera mas atenta en su lectura.

Señalabas la imagen, elemento también muy reconocible en tu poesía; una gran parte de tu obra está regida por la imagen poética, pero también por la imagen plástica. Has escrito poesía a partir de la obra pictórica de algunos artistas ¿Cómo inicio esta relación con la pintura?

Bueno, en principio porque he tenido un gusto enorme por la misma, de niño revisaba con atención los libros en casa, mi papá tenía una pequeña biblioteca en la que había libros sobre la pintura de algunos artistas importantes, sobre todo italianos del renacimiento, había una colección de fascículos que mi papá conservaba y me gustaba mucho revisar. Después en el mismo taller de Nandino, el arte muchas veces era el tema de la conversación; ahí conocí a Roberto Márquez, hoy convertido en uno de los pintores mas importantes de su generación, quien en ese entonces llegaba a enseñarnos algunos de sus poemas. Un buen día, y principalmente a partir de una severa crítica de Nandino a sus poemas, se decidió a mostrarnos su taller y entonces ahí le dijimos: ¿porqué estas perdiendo el tiempo con versitos, si eres un estupendo dibujante? Y bueno, no solo se convirtió en un excelente pintor, si no que también en un pintor muy exitoso. A raíz de esta amistad, que muy pronto se hizo muy estrecha y continúa hasta ahora, también mi gusto y mi conocimiento de la pintura se fue haciendo mas profundo; entonces empecé por escribir sobre su pintura de un amanera totalmente intuitiva y empecé a descubrir estas afinidades, estas correspondencias que Baudelaire señala bien en su memorable poema.

¿Qué has descubierto en estos últimos años como lector? ¿Ha habido algún poeta que de manera reciente te haya entusiasmado?

Bueno, son varios. En el ámbito de la poesía norteamericana, la poesía de Louise Glück. De ella hay dos libros en español; el que quizá esté más al alcance es un libro editado por Aldus, traducido por Eduardo Chirinos, El Iris Salvaje; el título me parece que no fue muy afortunado porque más bien se debería llamar el Lirio Silvestre, pero bueno, son interpretaciones de cada traductor. Anne Carson me parece un gran descubrimiento; es quien más me emociona en los casos recientes. Libros de ella como The Beauty of The Husband, La Belleza del marido o Biografía en rojo que tradujo Teddi López Mill, por cierto, muy bien. Son libros espléndidos. Hay una poeta italiana que se suicidó en 1996, Amelia Roselli, o Alda Merini, quien murió en el 2009, dos poetas de lengua italiana que me gustan mucho.

¿Qué estás escribiendo? ¿Estás preparando algún libro?

Estoy trabajando muy despacio en un poema largo, que tiene como punto de partida un fresco de Piero de la Francesca que vi en Italia; es un fresco de una maddona, que se conoce como La Maddona del parto, es una virgen embarazada, a punto de parir, está en un pequeño museo cerca del pueblo en la región de la Umbría, de donde era Piero de la Francesca. Piero es uno de los grandes pintores del renacimiento. Si se puede decir que Paolo Uccello es uno de los que anticipan el renacimiento, también se puede decir que Piero es uno de los que lo cierra; el muere en 1492, exactamente el año del descubrimiento del nuevo mundo. Es una especie de meditación a partir de esta imagen de La Maddona, estoy dejando que siga su camino, su propio cauce, lo estoy trabajando muy despacio. Empecé a escribirlo allá y he continuado aquí en pequeños momentos. No escribo diario, prefiero trabajar en periodos cortos, intensos y después abandonar un poco las cosas y déjame guiar por el instinto. No me impongo un horario, es decir, para mis propios poemas no, pero de pronto si puedo ser un traductor cuando estoy traduciendo algo que me entusiasma mucho, puedo trabajar todos los días en períodos de varias horas.

Written by Redacción