ENTREVISTA CON VICENTE ALFONSO. “EL BOOM DE LA LITERATURA NORTEÑA ES MÁS BIEN UN BAZUKAZO”

 Num 18 | Sinaloa y su porvenir

Por Sergio Ramos.

 

A manera de un rompecabezas, las múltiples tramas que integran Huesos de San Lorenzo, la nueva novela de Vicente Alfonso, van formando una imagen, difusa y terrible, sobre la vida de dos hermanos gemelos y un terapeuta que intenta atar los hilos rotos tras la muerte de ambos.

En capítulos muy fragmentados que avanzan y retroceden en el tiempo, la novela recorre la infancia de ambos en un colegio jesuita, su paso por un circo miserable, la búsqueda de uno por encontrar los restos perdidos de su madre, un triángulo amoroso del que solo mana rencor y tristeza, y en medio de todo eso, un reportero buscando recuperar su integridad, una niña que hace milagros y un juez que no sabe cómo aliviar las penas de su pasado.

Vicente Alfonso usa la tercera, segunda y primera persona para armar una novela sobre la identidad, ese mito sobre nosotros mismos que nunca acabamos de aprehender del todo.

Hablamos con el autor coahuilense a propósito de esta novela con la que obtuvo el premio Sor Juana Inés de la Cruz y que recientemente ha publicado Tusquets.

 

La palabra “rompecabezas” se menciona varias veces en tu libro. La estructura misma de la novela es eso, un puzzle, un espejo roto cuyas piezas hay que ir juntando.

Cada historia pide su propia estructura. Lo que me interesaba con esta novela era reflejar el carácter fragmentario de la vida. Es muy raro que lleguen a nosotros historias completas, redondas, perfectas. Creo que, por el contrario, nos vamos enterando de las cosas por pequeños tramos, con leves dosis de información y testimonios muchas veces enfrentados. La realidad es elusiva: esa es la premisa de la novela. Y con lo que contamos muchas veces es solo con testimonios y versiones de segunda mano, y a partir de ahí tenemos que establecer nuestros propios juicios, que muchas veces son muy complejos porque hay que reelaborarlos a medida que va llegando más información. Yo sabía que para recrear este fenómeno que ocurre con tanta frecuencia en la vida real, tenía que recurrir a una estructura fragmentaria que fuera dosificando la información y que también le planteara al lector la necesidad de reformularse sus juicios acerca de los personajes y los contextos.

 

 

Tu novela habla sobre la identidad. Explica cómo se da la crisis de identidad en una relación entre gemelos.  

Yo mismo tengo un hermano gemelo y desde niño padecí ese problema. Recuerdo, por ejemplo, que alguna vez en el jardín de niños, la maestra preguntó: ¿quién de aquí es hijo único? Y mi hermano y yo levantamos la mano al mismo tiempo. Eso ya te revela niños que tienen una crisis de identidad. Desde pequeño tuve que escuchar la pregunta de qué se siente tener un hermano gemelo. Mi intención con esta novela es no tanto responder con afirmaciones tajantes sino tratar de darle al lector la experiencia de qué se siente estar metido en esta situación. Esa es la columna vertebral de la novela y a partir de ahí se fueron desprendiendo las otras historias.

¿Tu hermano ya leyó la novela?

La leyó desde antes de que se publicara. Él escribe también aunque se dedica más a hacer teatro para niños. Yo estaba fuera del país cuando la terminé, se la mandé y me la regresó a los dos días con un mensaje de que estaba muerto de la risa y me preguntaba si él era Rómulo o Remo.

¿Tú ya resolviste ese problema de identidad que puede provocar tener un hermano gemelo?

Digamos que precisamente la terapia de choque fue escribir esta novela. Uno siempre tiene, si no una crisis, sí la necesidad de estarse monitoreando respecto a la identidad que cree que tiene porque, como dicen Luigi Pirandello y R. D. Laing, la idea que yo tengo de mí mismo no corresponde necesariamente con la idea que los demás tienen de mí. Ese es el gran problema de la comunicación y las relaciones humanas, que generalmente nos casamos con la idea que tenemos del otro, o de nosotros mismos, y cuando empiezan a aparecer estos desfases pues tenemos que reformular la idea, y eso es un proceso que termina solo cuando morimos.

¿Cómo fueron saliendo los otros protagonistas de la novela?

El periodista Pepe Zamora puede ser muchos periodistas del norte del país. Es, también, mi visión del periodismo. Yo he hecho periodismo por 20 años y el personaje se desprende de conversaciones que tuve durante mucho tiempo con Federico Campbell, que fue mi amigo y maestro, e incluso digamos que hay una especie de diálogo entre personajes de Campbell y mi personaje Pepe Zamora. A partir de diferentes obras literarias que reflexionan alrededor del periodismo fui armando este personaje. Pero hay otros: la niña es un personaje que pudiera existir aunque es totalmente ficticio. Estos videntes o saurinos existen efectivamente en el norte del país, el más famoso de los cuales es el Niño Fidencio.  En otros casos me basé en familiares. Yo soy hijo de una mujer que fue juez durante muchos años. De ahí se desprende el padre de los gemelos. Entonces hay un ir y venir entre la ficción y la realidad.

¿No te ha ocasionado problemas tomar a tantos personajes de la vida real, de tu entorno más cercano?

Hasta ahorita no, ya veremos después, digamos que desde ficciones anteriores mis amigos, familiares y conocidos, saben que uno suele tomar de la realidad pero que también retuerce las cosas a la hora de armar la ficción. Entonces, como decía Forster, no es que uno tome a una persona en particular y la ponga en la novela, sino que toma los rasgos o las anécdotas que funcionen, donde los personajes no son una sola sino varias personas y se hace una fusión que embona bien en la ficción que uno quiera contar. Entonces lo más probable es que las personas que sirvieron de moldes para los personajes ni siquiera se reconozcan.

¿Escribes a partir de una imagen, una idea o de una anécdota?

Uno nunca sabe de dónde salta la liebre. Puede ser a partir de imágenes, o efectivamente, a partir de anécdotas, incluso a partir de la necesidad de procesar alguna herida del pasado. Lo cierto es que uno pone la plastilina sobre la mesa y le empieza a dar forma, y a partir de ahí se convierte en trabajo, en un oficio casi artesanal donde se usan determinadas herramientas. Digamos que a veces ni siquiera tiene uno muy consciente el momento en que empezó a escribir el libro, ni el detonador, lo que sí tiene consciente son las obsesiones, las pulsiones que están ahí y que quiere exorcizar.

¿Esta novela cuánto tiempo estuvo en ti antes de que la exorcizaras?

Alguna vez tuve oportunidad de platicar un buen rato con Gabriel García Márquez. Yo pensaba entrevistarlo, llevaba mi grabadora y todo, y acabé más bien interrogado porque se enteró de que yo tenía un hermano gemelo y me empezó a preguntar un montón de cosas. En ese momento me di cuenta de que es una curiosidad muy humana, y a lo largo de la vida he tenido que responder las mismas preguntas. Por ejemplo: ¿si te pego a ti, le duele a tu hermano?, ¿si tú te enfermas, tu hermano también tiene los síntomas?, ¿quién es el bueno y quién es el malo? Incluso este diálogo que viene en la novela y que se reproduce es casi sistemático en gemelos: ¿eres tú o tu hermano? Y luego uno acaba contestando: soy mi hermano. Entonces eso se vuelve un diálogo totalmente absurdo si lo analizas. Digamos que en ese sentido había estado reuniendo material durante 38 años. Ahora, ya en cuestiones técnicas y de revisión, el libro me llevo dos años absolutamente dedicado a eso. Tuve que dejar mi trabajo y dedicarme a la novela de tiempo completo.

Me llama la atención que digas que tuviste que dejar tu trabajo para poder escribir la novela. He entrevistado a novelistas de ambos tipos: aquellos que trabajan todo el día en una oficina y aun así escriben buenos libros, y los que necesitan renunciar a todo lo demás para poder terminar una obra.

 

Yo intenté escribir la novela mientras trabajaba en otras cosas y no pude. Siento que uno mis libros anteriores, con el que gané el premio nacional de cuento María Luisa Puga y con el que quería exorcizar ese asunto de los gemelos y las dualidades, no soltó todo el juego que podía soltar con respecto al tema. Y bueno, por consejo de mi esposa, me salí de trabajar y me pude clavar en la novela. Uno de los pactos que teníamos mi esposa y yo era no internet, no televisión, no distracciones porque como decía no recuerdo quién, a nadie le importa que salga una novela más que al autor, el mundo tiene ya demasiada novelas, no va a haber nadie detrás de ti picándote las costillas diciéndote oye, necesitas sentarte a escribir, es más bien uno el que tiene que interesarse, involucrarse, comprometerse, porque si no, el mundo sigue sus dinámicas e inercias y lo más probable es que uno termine archivando los proyectos.

 

Fue un salto al vacío, de no saber qué iba a pasar.

Totalmente. La verdad es que es un volado. Y sí, mucha gente en el trabajo me dijo, de escritor nadie vive, te vas a morir de hambre. Yo dirigía una revista de educación financiera y pues imagínate, la mayoría de mis compañeros de trabajo eran economistas que me dijeron ¡uy qué forma tan rara de suicidarse!

¿A qué hora escribes?

Generalmente en las mañanas. En estos momentos mi vida se ha visto un poco trastocada porque acabo de ser papá por primera vez, pero la rutina que trato de establecer es hacer ejercicio por la mañana, salir a correr, desayunar muy temprano y luego ponerme a trabajar. Ahorita no estoy con la dinámica de las ocho horas que usé para Los Huesos de San Lorenzo porque estoy haciendo periodismo, pero en cuanto la novela en la que trabajo actualmente requiera otra vez las ocho horas pues tendré que dárselas.

¿Qué estás leyendo ahora?

Crónicas periodistas sobre los años sesenta en los Estados Unidos. Es un libro que me encontré cuando vivía en Carolina del Norte y me gustó mucho cómo está armado. Me gusta cómo va uno haciendo un muestreo de herramientas y técnicas periodistas y también te das cuenta de que no estamos descubriendo el hilo negro ahorita. Hay un boom de la crónica y del periodismo narrativo, pero más que descubrimientos estamos haciendo revaloraciones.

Formas parte de esta avanzada coahuilense y norteña de la que han surgido autores tan importantes como Velázquez, Herbert, Boone. ¿Cuál es la lectura que recoges de esta generación literaria ?

Yo creo que, como señala Eduardo Antonio Parra, la tradición literaria del norte es muy larga, tiene bastante tiempo y ha dado exponentes maravillosos, empezando por Alfonso Reyes, pero también en las generaciones más recientes, Federico Campbell o Daniel Sada. Mi perspectiva es esta: el boom de la literatura norteña es más bien un bazukazo, es decir, que las lamentables condiciones de violencia que se viven en el norte del país han hecho que la gente vuelva la vista hacia acá y descubra lo que está ocurriendo. Después de ese estallido inicial viene otro momento que es tratar de entender qué está pasando, no nada más consignar los fenómenos, no nada más narrar la violencia, sino tratar de entenderla. La historia de los territorios, la historia de las identidades regionales: yo creo que ahí es donde entra esta literatura, y se están haciendo cosas importantes.

 

Written by Redacción