Cinco Poemas de Solana

Por: Fernando Trejo

Tú lo forjas, sólo tú; desde dónde forjas estas hojas como el árbol que eres, como el camino de hojas del limón a la casa. En la oscuridad, en el puerto invisible de las horas, estás, quizás en el tendón de mi cuerpo, sosteniéndome, doliéndome en el diente. Esta costilla, estos ojos, la mano como una extremidad más alargada, en la nobleza de la luz bajo la noche; este cansancio de invierno, esta pesadez, tú la forjas. Sólo tú forjas este esqueleto en mí, como una columna asida a los hilos de Dios.

Carlos


Sábado, diez de la mañana. Mamá traía en su voz los ojos dilatados. Como un hachazo al árbol de mi infancia, su mano entre los dientes. Mordida la razón desde sus pechos maduros, caída en su dureza, marcó mi corazón y lo abrazó. Carlos, dijo. Y la ciudad se tambaleó con los estruendos de un mar adentro de una lágrima. Carlos, repitió, sentada en el albor de su adolescencia mientras me calzaba los zapatos. La casa no era ya la casa. El viento deshizo las paredes como arenas movedizas. En medio de la nada, mamá en su madurez, limpió la tela de mis ojos con un beso y derramó una sencilla, pura lágrima detrás de su vejez. Carlos, insistió. Y comenzó la lluvia.

Carlos


De ti nace el refugio de los ciegos. De ti, la cicatriz del beso. La mancha de la eyaculación. El ruido y los bostezos de Dios. De ti, Carlos, crecen los rumores de los pájaros, las ramas de los árboles, los jugos del limón. De ti, la voz del río y de los peces. De ti, las sombras en la casa, los vasos rotos, las llaves encendidas. De ti, las palmaditas en la oscuridad, los pasos en las escaleras, los portazos. De ti, este silencio. La niña que llora en la azotea. De ti, Carlos, este papel. Esta lectura. Hasta aquí.


Luis llora en la ventana

El sábado, Luis tocó a la puerta. Jugamos a quién sabe qué cosas. El pasillo era diminuto en su largura. Apenas si cabíamos. Las paredes parecían caminar, tristes también: los cristales, el tanque de gas. En la ventana, mientras un cúmulo de nubes atravesaba de prisa la ciudad, Luis sostuvo en sus manos una lágrima. ¡Por Carlos!, dijo, y se soltó a reír. Llorando.


Árbol de cedro

A la altura de mis ojos, el árbol tiene dos hachazos deformes que aún conservan la tajada, la marca del metal ceñido en líneas paralelas. Ahí Carlos golpeó con sus brazos el pequeño cedro. Ahí sostuvo el ámbar del árbol que lloró en sus manos. Por ahí atravesaron dos zumbidos al quebrar de dos zarpazos el aire. Carlos no sabía que sus manos dejaban tatuado su recuerdo en la corteza. Alto, sigue creciendo; entre sus ramas una parvada de quetzales gorjea y se echa a volar.