De Simitrio a No manches Frida.

Num 18 | Sinaloa y su porvenir

Jorge Gastélum-Escalante.

La concepción educativa de Televisa, en seis puntos.

I. Cuando mi generación cursaba el segundo grado de primaria, se estrenó en los cines del país la película Simitrio (Gómez, 1960), con José Elías Moreno, Javier Tejeda y el eternizado villano Carlos López Moctezuma. En el pueblo se recuerda al dueño de la sala cinematográfica, un señor de nombre Wilfrido Oloño, vocear por las calles empedradas, bocina «Radson» en ristre, la publicidad de esa cinta.

Es una película a tono con la época: la revolución mexicana cumplía su quincuagésimo aniversario y no se notaba mucho la mejoría ofrecida por los próceres. El cine jugaba, aún entonces, a vigorizar la esperanza.

En Simitrio, Elías Moreno protagoniza a Cipriano, un maestro rural avanzado en años y a punto de quedar por completo ciego, pero con una vocación magistral a toda prueba. A su escuela unitaria debía acudir Simitrio, un niño a quien sus padres matricularon pero nunca fue porque la familia se mudó de pueblo el mismo día de inicio de clases. El alumno que recibe el mensaje tiene la ocurrencia de hacer desatinar a Cipriano sin riesgo de ser reprendido. Se llama Luis Ángel. Javier Tejeda lo personifica inteligente, malévolo y noble, todo junto, y así como teje  travesuras a nombre del ausente, termina por revelar el secreto y volverse el  lazarillo del profesor, mientras este jura convertirlo en «hombre de bien», según el pensamiento a la sazón.

II. De aquellos cuarenta alumnos, debimos haber egresado ―no diré «si la memoria no me falla», sino si la estadística no miente― treinta y uno de sexto grado, mientras algunos nueve se extraviaron entre la lectoescritura y las matemáticas elementales. La merma estudiantil seguiría en los siguientes subsistemas: en secundaria la pérdida aumentaría a trece, en preparatoria a veinte, y a licenciatura debimos haber ingresado trece, pero egresado sólo siete.

En 1971, cuando quizá sobrevivíamos al sistema educativo la mitad de los integrantes de la generación del 59, otra película de docentes, alumnos y cacique, fue estrenada: El profe (Delgado, 1971), con el inefable Mario Moreno Reyes, que personifica a Sócrates García, un profesor de primaria que tiene por método educativo una mezcla de comedia y la severidad típica de ese tiempo, en un pueblo en el que existen los problemas sociales que provoca la presencia de un cacique que explota al pueblo y propicia su ignorancia. Aquí también hay un alumno desordenado que boicotea el trabajo docente, sólo que en este caso por encargo del cacique, a quien con dedicación, inteligencia y la comprensión bonachona del gobernador, el Sócrates del Romeral termina por vencer.

Esa película ya no la vimos en el cine de Oloño, sino en el Tepeyac, la sala que ―por gestión de Rodolfo Zazueta, un señor que de día era taxista y de noche cácaro― llevaba a El Fuerte los filmes de la Metro Goldwyn Mayer, la Warner Brothers, la Twentieth  Century Fox, y Posa Films. A pesar del 68, y a pesar del 10 de junio de ese mismo 1971, quienes concurrimos al cielo abierto del Tepeyac aquel domingo de diciembre, ingenuos como éramos salimos ―además de reídos― colmados con la ilusión que el filme se propuso insuflar en su público: con educación era posible vencer la ignorancia y a los caciques. Los maestros eran, entonces, los quizá inmejorables mediadores educativos.

De eso se trataba, de eso trata el cine: de insuflar ilusiones. En materia de utopías educacionales, había por lo menos un antecedente fílmico: Río escondido (Fernández, 1947), en la que María Félix hace la maestra rural Rosaura Salazar, quien por encomienda ―nada menos que del mismísimo presidente― sale rumbo al pueblo epónimo de la película, para encargarse de un plantel que lleva meses utilizado como establo de los caballos de Regino Sandoval (interpretado por Carlos López Moctezuma), el cacique de turno, quien explota y niega el agua a los campesinos y ha clausurado la escuela. Rosaura ―cargada con esa plasta de ideas del profesor de «Luvina» (de Rulfo el grande)― debe enfrentarlo y, por supuesto, termina superando.

Entonces todavía estaba fresco un aire vasconcelista en la Secretaría de Educación Pública (SEP), y el presidente Miguel Alemán había encargado a su secretario del ramo una Campaña Nacional Pro-construcción de Escuelas. José Vasconcelos, fundador de la SEP en 1921, hizo de cada profesor un «apóstol de la educación». Lo que de apostolado residual tiene la profesión magisterial en México, se debe a este personaje de claroscuros. El respeto de la gente hacia los docentes mexicanos, y su prestigio, se deben a tal vocación y tal ejercicio.

III. Hoy que de mi camada debimos haber terminado la licenciatura unos siete, en México los profesores no gozan del prestigio que antaño ostentaron, cuando emprendieron y lograron en gran parte ―junto con los gobiernos postrevolucionarios―[i] alfabetizar a un pueblo iletrado en 90 por ciento, desde  principios del siglo XX.

En la actualidad, como afirma Carlos Fuentes (1997:10): «no cabe duda que México fue transformado por la educación […] México ha cambiado. El país agrario y pueblerino de 1910 es el país urbano, comercializado, industrializado de hoy». Aunque persisten algunos problemas ―ha crecido la desigualdad social, v gr―, el país es otro en lo ciudadano y de los valores concomitantes, y eso se debe a  Vasconcelos y a los apóstoles-maestros que le acompañaron en la «misión cultural» de transformarlo.

IV. Pero hoy que los caciques no son pueblerinos ni maniqueamente burdos, hoy también los maestros ―sobre todo los de educación básica, con todo y sindicato― son cuestionados desde diversos flancos. Andrés Oppenheimer (2010) asevera que, según diversos estudios,[ii]

México está fregado […] En México, por increíble que parezca, muchos maestros pueden comprar sus puestos vitalicios por unos 10,000 dólares o heredarlos de sus padres, sin tener la menor capacitación para estar al frente de un aula. Y a pesar de que oficialmente debe haber 200 días de clase por año, en muchos estados […] los días efectivos de clase no llegan a 160 debido a huelgas, reuniones docentes y ausencias de maestros. O sea, México tiene una gran cantidad de maestros que no están capacitados para enseñar, y para colmo en muchos casos enseñan poco. (Oppenheimer, 2010: 321).

Por su parte, Pedro Landaverde y Leonardo Kourchenko (2011) consignan que hoy el principal problema de la educación mexicana es la deserción. «¿Por qué se van los jóvenes de las escuelas?» ―preguntan. Ellos mismos responden: «Según los propios estudios de la SEP […] las razones se dirigen a los contenidos y al ejercicio docente» (p. 32). Desde tal diagnóstico se dirigen a los educadores:

Señores maestros: lo que estamos enseñando no les sirve [se entiende que a los alumnos], no les brinda herramientas, no les permite desarrollar sus habilidades ni descubrir o poner en práctica sus competencias. Lo estamos haciendo mal. Dice la OCDE que ‘para mejorar las escuelas mexicanas se requiere fortalecer la gestión y la supervisión. México tiene que abordar problemas relacionados con la calidad del profesorado, así como el ausentismo, la impuntualidad y la falta de preparación pedagógica’. (Landaverde y Kourchenko, 2011: 32-3).

V. Otro frente es la televisión: en sus programas de telecomedia, la fáctico/poderosa Televisa presenta la imagen de los maestros como caricaturas de las que sus alumnos no sólo no son tales, sino que asisten al aula en exclusiva para mostrar su mayor ingenio y que, para «educarse», no necesitan a sus mentores sino a sus pares. Dos son las series en las que aparecen docentes: «El chavo del ocho»[iii] y «Cero en conducta»:[iv] en la primera ―que duró de 1971 hasta principios de los noventa―, el profesor Jirafales ―apodado «maistro longaniza» por «el chavo»― es la sátira de un docente solterón, ingenuo, obsesivo con su vestir, que escenifica constantes rabietas y con frecuencia no tolera a sus alumnos ―quienes se ríen de él por la disonancia cognoscitiva que provoca el choque de lenguajes, profesoral versus vecindad― y con los padres de estos. Aquí acaso el enemigo sea la ignorancia, porque en el aula de barriada ya no hay cacique contra quien luchar.

En la segunda ―que entre 1999 y 2001 fue el programa más visto de la televisión mexicana―, dos son los docentes: la maestra Canuta (una agresiva mujer de invariado ceño fruncido, obesa, de peinado ridículo y vestimenta folcloroide) y el profesor Virolo (un personaje a quien nadie hace caso, de bigote hitleriano, llamado Rigoberto Patiño, director de la escuela «Mártires de Almoloya»).[v] Ambos secretan un romance ―lo que los denota perversos―, portan una regla represiva cada uno y son blanco del irrespeto de sus alumnos, Jorgito del Mazo Geis y su pandilla de albureros bautizados con nombres anfibológicos,[vi] quienes a coro pueden proferir con total impunidad: «el maestro es burro», «la maestra es mula». Jorgito es el más irrespetuoso y quien ―dueño del libreto― dice el último chiste que denigra a sus docentes. Aquí ya ni la ignorancia es el enemigo; son los docentes.

Otro producto de Televisa[vii] es De panzazo (Rulfo y Loret, 2012),[viii] «reportaje televisivo para verse en pantalla grande» (Silva-Herzog Márquez, 2012), que trivializa el complejo sistema educativo mexicano al reducirlo a generalizaciones que no distinguen subsistemas, grados, regímenes institucionales ni capital cultural de maestros, padres y estudiantes, y que, según Silva-Herzog Márquez, tiende una trampa en una explicación acerca del sistema educativo mexicano, y que, de nuevo responsabiliza a los docentes, sobre todo por su ausencia.

El más nuevo bodrio en el que Televisa muestra su concepto relativo al ejercicio docente es No manches Frida (García, 2016). La película es un solo chiste escatológico. Omar Chaparro personifica a Ezequiel Alcántara, alias «Zequi», un malandro que, recién excarcelado, ansía recuperar el botín de un robo cometido trece meses antes. Para encontrarlo necesita trabajar en la escuela construida sobre el terreno donde su cómplice-novia ocultó el dinero.

Por error Alcántara se convierte en un profesor del Instituto Frida Khalo que debe domesticar a un grupo de preparatorianos problemáticos. Su éxito pedagógico consiste en actuar como el delincuente que es. Pero luego de imponerse a puntapiés y palabrejas sobre sus alumnos, se enamora de la maestra Lucy (Martha Higareda) y se convierte en un guía apapachador y comprensivo.

En contraste, Adal Ramones interpreta al señor Valdez, un estricto cuanto inefectivo profesor. La lección es que, a estudiantes problemáticos: docentes formados en el hampa. Ese es el remedio de Televisa.

VI. Lejos ha quedado el quijotismo atrabiliario de El profe. Más lejana aún la vocación del profesor de Simitrio. Y todavía más remota la valentía de Rosaura Salazar en Río escondido. Ya no hay caciques pueblerinos de quienes defenderse con las escudos de la inteligencia ni a quienes superar con los valores de la sabiduría y la justicia. Ahora los enemigos o los delincuentes son los propios maestros, y los paladines son los nuevos oligarcas: quienes ostentan los poderes fácticos, herederos de una progenitura que llegó a ostentarse como «soldado de la revolución», según la frase de Emilio Azcárraga Milmo.

Con mentores como Rosaura Salazar, Don Cipriano y Sócrates García, mi generación de la «Club de Leones» produjo cuatro licenciados, un máster y dos doctores en ciencias; con el junior Azcárraga como guía espiritual de Televisa y docentes denigrados como la maestra Canuta y el profesor Virolo, o de plano hampones como alias Zequi, ¿qué futuro espera a los alumnos del presente?

A cuarenta años de El profe, cincuenta de Simitrio, y sesenta y cinco de Río escondido, el concepto cinematográfico y televisivo sobre la educación y los docentes ha cambiado, y con ella la idea de la gente y de los estudiantes, sobre quienes ambos media ejercen un influjo definitivo: que las personas hablen como los personajes del cine y la televisión, es una prueba irrefutable; constituyen una paideia más influyente que la del propio sistema educativo.

¿Quién no ha oído a la gente solicitar como el corrupto Poncho Aurelio: «Póngase la del Puebla»? ¿O escuchado inventar barbarismos tales como «recepcionar» al epistemólogo del juego que se practica con lo más tonto del cuerpo, Enrique Bermúdez? ¿O todavía recordar con la paradigmática Laura Bozzo: «¡Que pase el desgraciado!»? ¿Cuántos docentes hoy en formación querrán ser o actuarán como Zequi Alcántara?

Oppenheimer, Kourchenko, Loret de Mola y García son cuatro máscaras distintas de una sola intención verdadera: hoy es a Televisa a quien conviene la ignorancia del pueblo o domeñar a la juventud a puntapiés y palabrejas. Oppenheimer (a quien Televisa sostiene el programa «Hora 21»), Kourchenko (que trabajó veinte años para Televisa), Loret de Mola (conductor de espacio y horario ventajosos de Televisa), ni García, ninguno de los cuatro refieren en sus ataques a los maestros el papel de la televisora que por decenios ha ejercido un deplorable actuar en la mal-formación de los mexicanos mediante sus noticiarios, sus programas de chacota, sus telenovelas y películas, definidas en 2011, por Alonso Lujambio, el sucesor de José Vasconcelos en la SEP, como «poderoso instrumento educativo».

¿De qué son responsables los docentes mexicanos? ¿Qué pueden hacer contra la influencia contaminante de una televisora que, en potencia, puede llegar a los ojos y oídos del 98 por ciento de los mexicanos? ¿Cuál es la responsabilidad del sistema? ¿Y cuál la de ese cíclope mal-formador llamado Televisa?

Notas:

[i] Entendido esto de Álvaro Obregón a José López-Portillo, el «último presidente de la Revolución».

[ii] Entre ellos el «Informe de la Competitividad de México 2009» del Foro Económico Mundial.

[iii] Restablecido con «El chavo animado», caricatura en la que Jirafales se reitera.

[iv] Después «La escuelita VIP».

[v] La escuela es un reclusorio, en el concepto de Televisa.

[vi] P. ej., Próculo Adame y Rosa Dávalos Montes. Los docentes también llevan nombres anfibológicos: Patiño es un payaso comparsa; Canuta es un despectivo que refiere a una persona protestante.

[vii] Aunque en la ficha técnica aparece Mexicanos Primero como responsable y codirector, no debe olvidarse que, tras bambalinas, está Televisa. Claudio X. González, hasta marzo de 2017 presidente de dicha asociación, fue por once años presidente de Fundación Televisa.

[viii] En los créditos aparece como director el fotógrafo Juan Carlos Rulfo, sólo para desmerecer el apellido de Juan Rulfo el grande. Como codirector aparece el periodista Carlos Loret de Mola.

Referencias:

 

Delgado, Miguel (1971) El profe. México: Posa Films.

Fernández, Emilio (1947) Río escondido. México: Producciones Raúl de Anda.

Fuentes, Carlos (1997) Por un progreso incluyente. México: Instituto de Estudios Educativos y Sindicales de América (Ieesa).

García Velilla, Ignacio (2016) No manches Frida. México: Videocine.

Gómez Muriel, Emilio (1960) Simitrio. México: Corsa.

Landaverde, J. Pedro y Leonardo Kourchenko (2011) El desafío del maestro en el siglo XXI. México: Imu.

Rulfo, Juan Carlos (2012) De panzazo. México: Mexicanos primero.

Oppenheimer, Andrés (2010) ¡Basta de historias! México: Random House Mondadori.

Silva-Herzog Márquez, Jesús (2012) «De panzazo», en Educación a debate. Disponible en <http://educacionadebate.org/32438/de-panzazo-2/>.