Del arte rupestre al arte grafiti

Nino Gallegos

Las tendencias, las galerías, las exposiciones, las instalaciones y las multimedia en lo mejor de lo peor, cualquiera puede hacerse pero no ser artista en el canon académico y artístico, a reserva de las fuerzas a contracorriente y las debilidades a favor de la corriente desde que el Renacimiento fue el mecenas de lo que hoy es el arte del capitalismo funeral, de lujo y artístico: Warhol & Basquiat and Company.

El arte contemporáneo ha estado y está expuesto a sí mismo por los egos y los estilos, el autor y la obra, el mainstream y la firma, la cantidad exorbitante sobre la calidad: un Van Gogh no lo compró nadie para finales del siglo xix, y para finales del siglo xx, el arte contemporáneo se vendió y se ha vendido caro a nuestras miradas por un comprador anónimo, capitalista de lujo y funeral, el mainstream de la corriente principal que diseña y estiliza a la obra sobre el autor, sea en la pintura y en la literatura como en las bellas y las feas artes.

El autor como personaje de sí mismo es inexistente, sea central o periférico para la obra que lo impulsa y lo repulsa porque el autor se vende al mejor postor con su mejor anecdotario plástico y literario que, la crítica, hace suyo con rayas menos o más a las arrugas de una lozanía con la cirugía plástica de esas tendencias estilísticas que hace tiempo envejecieron en su propia decadencia y desaparición forzada porque ha trascendido demasiado en el mercado de las galerías y las editoriales.

Quiénes mejor o peor que los pintores y los escritores a la hora de verlos y leerlos en esta actualidad que pesa por ser pesarosa e insufrible, más liviana por su liviandad y por su “insoportable levedad del ser” pintor, escritor, autor y personaje de todo y de nada: el autor como personaje de sí mismo se ha transformado en un paria de una sociedad ignorante, estúpida y arrogante que quiere saber más del autor que conocer la obra, obligado uno a citar a Foucault:

“La obra que tenía el deber de traer la inmortalidad recibe ahora el derecho de matar, de ser asesina de su autor.”

Uno pensaría en Mishima como autor y personaje de sí mismo, así como en Pasolini, Van Gogh y Bacon, no importando el orden literario y pictórico, el canon académico y artístico de esas vetustas academias de la lengua y del arte que nomás representan, pero no significan, un poema es una pintura sin palabras, cantándole Jethro Tull al poeta y al pintor:

“El poeta y el pintor

proyectando sombras en el agua

mientras el sol juega con la infantería

a su regreso del mar.”

O qué es la Eternidad Rimbaudiana, sino, “el sol peleando con(tra) el mar”, la pierna cancerosa, amputada y colgada en el gancho de un rastro en una carnicería-masacre de armas contra esclavos, traficando con la poesía y la pintura por los salones de lecturas y exposiciones, donde lo más granado de la élite está en el culo del capitalismo de aquella burguesía lumpen-elitaria de hoy en día y puesta en el periodismo cultural de las páginas sociales.

O que Artaud no quiso separar al autor de la obra y hurgar en las entrañas del suicidado de Van Gogh lo que en Artaud fue el camino espiritual alucinado para llegar a la doble crueldad del Yo-Soy Otro que Rimbaud vio la separación del autor de la obra dejando de ser el personaje para transformarse en un hombre marginal de toda autoría intelectual y material para lo que fue otra manera de hacer desaparecer el autor, dejar que otros hablaran de su personaje y alejarse de su obra, poniendo distancia, tierra y desierto de por medio.

En lo mejor de lo peor en la tradición y en la ruptura de la filosofía francesa, el peso de la ética y la moral, es lo que no fue el premio Nobel de Literatura para Sartre y sí fue para Camus: aceptar o no el compromiso social de una obra conjunta al autor, poniéndolo en la guillotina de la autocrítica y la crítica sobre ese peso muerto del personaje público tan ocupado en publicitarse como si la obra del autor fuera un discurso, una teoría y una práctica asociada a liberar el yo de los otros, llevándolos al destino manifiesto de la utopía social o de una democracia en la que no creía ni creyó Rimbaud, y si Sartre y Camus fueron dos confrontados, hubo momentos en que uno no quería saber del otro, teniendo que desaparecer uno de ellos, haciéndose válida la Eternidad Rimbaudiana: el autor peleándose con su obra.

Los autores de hoy, pintores y escritores, que están en todas partes ocupando lados y sitios por doquier, de la academia de la lengua a la lengua de la vox populi, es aún más lamentable por patético: el autor se desvive (en y por) su obra, se amarra a la pata de la cama para que le rindan homenajes inmerecidos pero males necesarios en sus intestinos para aliviar sus flatulencias y excrecencias que le salen por la boca. Hoy el pintor y el escritor tienen en común que no son comunes y corrientes, algo los lleva y los trae: su obra, sus seguidores y sus desgustadores que, aunque pinten rayas y escriban letras, sus obras están en las galerías y en las librerías del mundo mercantil.

Lo que pinta el pintor son dípticos y trípticos monumentales y lo que escribe el escritor son novelas episódicas y seriales, sin el The End y con El Continuum, viajando como mosca de mesa en mesa de presentaciones y exposiciones, la firma de la obra, la fama y la fortuna, las entrevistas y las conferencias de prensa, el jet lag por los husos horarios, las grandes exposiciones con las grandes ferias del libro como los rockstars: al autor le está permitido todo, menos llegar y superar su obra, Van Gogh con una obra vendida y Rimbaud con dos libros publicados, porque la eternidad no da para la inmortalidad, acaso para sobrevivir la vida con la muerte, no habiendo más allá que este aquí: ¿la obra o el autor?, ¿quién es el autor intelectual y material de la obra o quién es la obra intelectual y material del autor, el asesino o la asesina, la eternidad o la inmortalidad, la fama o la fortuna?

Todos los premios a todos los pintores y a todos los escritores, deberían dejar  una aguja de maestría manual y dedal para buscarla en el pajar de la mercadotecnia actual que, habiéndola encontrado, usarla con la hebra artesanal para pespuntearla con los hilos finos sobre un bordado de tiempo y espacio que perduren en el lienzo contaminado del cielo y en la hoja manchada de la puerca tierra, entretejiéndose Rulfo donde Van Gogh en esos trigales de maizales secos y quemados por sol, revoloteando los cuervos y las auras cuando los atardeceres prenden las luces para entrar y quedarse en las noches y en las deshoras más altas de las madrugadas como para mirar con los ojos de las estrellas una medialuna sobre Comala y Borinage, ladrándoles los perros a dos hombres que conversan con la tierra abajo y el cielo en medio, escuchándose más arriba un mundo de voces, muertos, desaparecidos y desplazados por todos los remolinos y los vientos que fueron y los tiraron más allá desde el más acá, porque mañana será ayer.

La crítica de los críticos de arte no es autocrítica porque ella y ellos, la crítica y los críticos, se han posesionado y posicionado de lo que autor y la obra, en sus excrecencias y flatulencias, pictóricas y literarias, pasan a la crítica de los críticos una manufactura-facturada a nombre de la obra maestra que acaba de emerger a los ojos de la contemplación y la lectura, tanto en una galería como en una librería, dando al autor y a la obra la clasificación de los nuevos y renovados clásicos modernos: lo que se pinta no está en las galerías sino en las fachadas de las casas y lo que se escribe no está en las librerías sino en las redes sociales, generando autores, obras y plagios al por mayor.

Por eso es mejor hurgar en los bazares y en los libreros de (lo) viejo, quien quite alguien le quite el polvo a lo dorado de un sepia que sepa y le encuentre a esa obra de X pintor o X escritor el asma del color y el alcohol del dolor: nadie sabe para quién busca hasta que asoma un autor por debajo de una obra de menor cuantía pero de mayor calidad: Les Onze Mille Verges ou les Amours d’un hospodar, de Apollinaire, que era ¿pintor o escritor?, amontonándose y amotinándose les voyeurs de los lectores.  

Cuando se está en una sociedad del espectáculo y de riesgo, nadie quiere arriesgarse nada, el conservadurismo se confunde con los conservadores ideo-ecológicos que le hacen tanto daño a la naturaleza, no porque la defiendan sino porque le agregan ese discurso conservador de los autores y las obras de no arriesgarse por nada y por nadie, confundiendo la biopolítica con el biopoder, zánganos los empresarios capitalistas de lujo y funerales y perros guardianes los políticos gobernantes, mientras tanto un pescador  y un poeta navegan con los de Greenpeace de una playa al horizonte donde el mar está infectado de barcos mercantes con Melville a la proa y Moby Dick arponeada y arrastrada a un puerto de pesca industrial, donde el viejo y el mar se ponen a pescar un gran pez espada, y cuando lo pesca, un mar infectado de tiburones nomás le dejan las espinas enganchadas en el anzuelo, diciendo alguien: “tanto para nada”, pensando uno lo mismo cuando se trata de la mayoría en los artistas, los escritores y los intelectuales, como la Corte dei Miracoli en la Europa y en la América.  

Del arte pobre de la naturaleza al arte de la basura industrial, el working in progress, es la línea de la evolución y la producción del arte rupestre al arte grafiti, encolmados y encumbrados, del comunismo primitivo al capitalismo salvaje, de las herramientas a los instrumentos, siendo con la imprenta Gutenberg el inicio de la información y la comunicación en relación a los autores y a las obras que se crearon en periodos o en épocas que los afianzaron a las corrientes del pensamiento y el conocimiento: La Biblia, La Divina Comedia y El Quijote; Miguel Ángel, Caravaggio y Da Vinci nos trajeron del ayer a esta mañana con los grandes relatos y los grandes formatos, pasando de la inspiración a la provocación: la Wikipedia y el Google, a disposición del ocio ignorante y estúpido, los viajes ilustran pero apendejan, las redes sociales y las selfie para saberse, conocerse y sentirse alguien cuando no se es nadie, tan efímero como tan intrascendente, el autor y la obra con sus seguidores, degustadores y detractores en la sociedad del espectáculo y el escándalo, del riesgo y el desafío en el deporte extremo que vuela y cae en las redes sociales del egoísmo, el cinismo y el triunfalismo del yo no soy esos otros brincando muros y alambradas fronterizas con los éxodos, los exilios y los inmigrantes de esos hombres, mujeres, ancianos y niños ahogados en un mar de gentes-ingentes-indigentes de la barbárica civilización humana en un viaje del delirio en los archipiélagos negros de los autores y sus obras con sus crisis de conciencia.

Del hombre de a pie prehistórico al hombre de a caballo histórico, llegando al culmen y al colmo de lo que para quien esto escribe es tiempo de hacer una parada en una esquina y mirar alrededor para ver cómo ha quedado el espacio en que se habita urbana, citadina y cotidianamente, día a noche, para leer a Ulrich Beck: “Elegir, decidir y configurar individuos que aspiran a ser autores de su vida, creadores de identidad, son las características de nuestra era”, es lo más parecido a lo que no es parecido y no es igual: autor y obra; autores de su vida como si fuesen su obra, lo cual reviste y disfraza el trono del “Yo Primero” Beckeano sobre el “Yo soy otro” Rimbaudiano, tornándose el “Yo soy alguien”  alegórico y carnavalesco que  va entre la multitud siendo nadie, del poeta Ledo Ivo.

Como el asunto público y el problema social son en cuanto al derecho de autor y a la propiedad intelectual (la obra), la vida de cualquiera puede tener el precio que le pongan en la oferta y en las demanda de los egos, los formatos y los contenidos existenciales, individuales, sociales y culturales, haciendo extensión y provocando tensión, en eso que no tiene nada de anónimo, privado, intimo, sino, el Yo de lo seudónimo, público y éxtimo, por lo cual la obra (la vida) se cobra mediante el asesinato o el suicidio los fragmentos de un Yo-Autor hecho mierda y sobrevolándolo las moscas en el banquete de no sabe para qué tanta fiesta, ruido y escándalo, sobrando las sobras de las excrecencias y las flatulencias con un Artaud-harto de tanta crueldad cuando los franceses siempre ha repudiado su doble crueldad: capitalismo y terrorismo en el escenario del premio Goncourt y la biblioteca Pléyades, donde los autores y las obras son acervo y referencia de cómo se debe comportar para quien pretende ganar el premio y ser parte de la biblioteca, porque cuando hay un examen de conciencia, desde luego, hay crisis de conciencia con una honda inhalación para oler la mierda intelectual de ese autor con esa su obra que genera y degenera en lo demasiado que se escribe para las revistas y los suplementos culturales y que no hay quién lo detenga con ese arrebato de eternizarse e inmortalizarse mientras vive guardado de cualquier otra crisis que le venga de afuera, guardándose de la contaminación atmosférica, recibiendo Emails de felicitaciones, Facebook y Twitter de admiradoras(es), pensando y creyendo que no es él, Houellebecq, en Sumisión, sino, Daoud, en Mersault, contre enquète, dialogando con “el extranjero” de Camus:

“Un hombre sin ética es una bestia salvaje soltada a este mundo.”

Pudiéndose escribir también: un hombre que necesita del reconocimiento de los otros y de los demás hombres, y si no lo obtiene, es capaz de hacer con su autoría intelectual y de su obra material, una pila de libros y de nombres para quemarlos en la plaza pública de su conciencia íntima desde el Minotauro en su laberinto, donde se alimenta, antropofágicamente, de hombres y nombres, autores y obras, dejando que los pensamientos, las palabras, los actos y los hechos se pudran en la humedad del tiempo o que sean rescatados, y si son huesos, limpiados y pulidos con el polvo acumulado del lustre natural pero manchado hasta la nervadura ósea de su origen en el espacio cósmico y biológico que fue o que es vida, amor, guerra, paz, creación y destrucción con la muerte antes, durante y después de un funeral orgasmo.

Lo imaginariamente cierto y crítico es que en el principio del arte rupestre al final del arte grafiti, el autor y la obra, se han transformado en contrarios, por no decir y escribir, enemigos a vida y muerte, a fuego y sangre, no importando cuándo la asíntota histórica y económica, la diáfora autoral, la disforia humana, la anomia social y la euforia consumista en el cinismo y en el egoísmo reempiecen-reproduciendo un sonido de menos a más, in crescendo, audible desde Medio Oriente a Occidente, visible como una tormenta de arena con remolinos y tornados con nada de relación con los cuatro jinetes del apocalipsis, jalando y arrastrando a la obra de Dios y del Hombre como autores del padre al hijo en medio de una nada desértica que de tan desolada belleza hace sentir miedo, temor, terror, dolor y horror, levantándose de entre la piedras Pedro Páramo, y decir: Me cruzaré de brazos y Comala con el mundo se morirán de hambre, así como algunos más de muertos, desaparecidos y desplazados, resguardando ese sonido de silencio de menos a más como si alguien escarbara con las uñas la tierra que lo parió y lo murió siendo su propio y ajeno autor de su propia y ajena obra en un páramo de bellísimas palabras agarradas con las uñas desgarradas por la tierra de un hilacho de humanidad de ese ser humano  en un paisaje, full color digital, entre el arte rupestre y el arte grafiti, donde el bisonte es un recuerdo y es un olvido de sí mismo y de nosotros mismos en la oscura era digital donde el autor ha sido borrado junto con el borrador inacabado de la obra en que el final es el final de las palabras y las cosas como un niño ahogado y vomitado a la orilla de una playa con el rostro enarenado y desdibujado por el mar.         

Written by Redacción