La lectura como experiencia del placer

Francisco Meza Sánchez

La promoción de la lectura en México es una asignatura pendiente dentro de las agendas públicas de los tres órdenes de gobierno. En las más recientes estadísticas de la OCDE y de la UNESCO se arrojan datos que activan las alarmas sobre los hábitos lectores en nuestro país, colocándonos en el lugar 107 de 108 países que fueron parte del estudio. Además, la Encuesta Nacional de Lectura 2012 nos informa que en referencia a la encuesta realizada en 2006 ha habido una disminución del 10% en el número de lectores de libros, dando como resultado que más de la mitad de la población lectora de nuestro país ya no acude a este medio para leer. En esta encuesta también se nos dice que por cada 200 mil personas existe una sola librería y que solamente el 2% de nuestra población tiene el hábito permanente de lectura. Otros estudios nos informan que el mexicano lee en promedio 2.8 libros por año o que por cada 15 mil habitantes existe solamente una biblioteca pública. Los datos resultantes son negativos y, más allá de mostrarnos sólo números gélidos, nos ilustran los paisajes de una sociedad que a pesar de tener un grado de alfabetización del 92%, según el INEGI, tiende a ver al libro como una herramienta prescindible, por decir lo menos, para su culturización.

Ante este panorama, hablar positivamente sobre los efectos de la lectura en los individuos ha cobrado el halo de lo didáctico y políticamente correcto y, simultáneamente, ha generado todo un arsenal de lugares comunes, lo cuales son pronunciados a diestra siniestra en cada ocasión en que organismos internacionales ponen el nombre de México en las últimas posiciones de esas listas que dan cuenta del nulo progreso que se ha tenido sobre el tema. Entonces, el desgarramiento de vestiduras se convierte en un lugar común entre funcionarios públicos y líderes de opinión cuando se aborda este tópico.

Por ello, cobra sentido hablar sobre un título que ha tratado con profundidad y sin concesiones las razones sociales, económicas e históricas del poco apego que tenemos los mexicanos al hábito de la lectura: ¿Qué leen los que no leen? de Juan domingo Argüelles. Curiosamente, al igual que Los demasiados libros de Gabriel Zaid, esta obra ha sido reeditada en numerosas ocasiones, acto irónico por la temática en que indaga. Esto significa que en un país que no lee, los libros que hablan sobre ello han tenido éxito en ventas.

Para Juan Domingo Argüelles la lectura tiene un poder inmaterial, una dosis inasible que expande su materia en aquél quien ha decidido navegar en ella; esta posición puede sonar un tanto romántica, pero es la piedra fundacional de la disertación del libro. Este poder inmaterial, como menciona Argüelles, son «[…] una serie de valores culturales, fundamentados en la tradición de los siglos».

A su vez, la posición que el autor asume frente a las bondades de aquéllos que leen no es para nada convencional, es decir, que las personas por el solo hecho de adquirir cultura a través de los libros no garantizan convertirse en excelentes y virtuosos ciudadanos: «[…]¿por qué, entre los que leen y escriben, hay tanta gente fastidiosa, molesta, impertinente, colérica o ya de plano agresiva». A esta lista podríamos agregar a los hipócritas, oportunistas, veleidosos, corruptos, trepadores, etc, que gozan de una amplía educación y cultura. En fin, recorrer miles de páginas e impregnarse de conocimientos no significa per se que los individuos construyan y practiquen una moral personal que los humanice y solidarice con su misma especie; el despotismo de la razón ilustrada se encuentra a la orden del día tanto en los poderes fácticos como en el seno de las propias familias y los contextos laborales.

Argüelles camina un poco más allá, nos recuerda que el placer por la lectura, concretamente por la literatura, fundamenta su seducción en el albedrío de cada mujer y hombre que toman la decisión de explorar mediante ella los mundos imaginados, los cuales por su propia naturaleza ponen a funcionar los mecanismos de la imaginación. Por ello, él habrá de criticar la escolarización de la lectura cuyo efecto ha provocado en generaciones enteras la noción de que leer debe de servir únicamente para acreditar exámenes y conquistar certificaciones. A razón de lo mencionado, el autor rememora una anécdota relatada por el filósofo español Fernando Savater: «Cuando el verano pasado recomendé leer algo a unas aburridas jovencitas, protestaron así: ¡Pero si estamos en vacaciones!» Esta anécdota le sirve a Savater para marcar las diferencias entre leer y estudiar; justamente entre lo que es un hábito, una forma de estar y de ver la vida, y lo que se asume como una obligación de la cual se obtendrán beneficios profesionales.

A su vez, en este campo de ideas, Gabriel Zaid, en Los demasiados libros, menciona que los estudiantes en México estudian para dejar de estudiar, categórico señalamiento para varias generaciones de profesionistas mexicanos que han visto a la lectura como una herramienta de certificación que habría de librarlos para siempre del acto de leer. En fin, tener que leer, para posteriormente decidir dejar de hacerlo.

A propósito de ello, me viene el recuerdo de aquellas ceremonias de fin de cursos donde cándidamente quemábamos libros, como si éstos fueran el vestigio de un encarcelamiento sumario que nos alejaba del mundo del deseo; torpeza colectiva de adolescentes que no aprendimos de nuestros maestros ni de nuestros mayores la idea de que la palabra escrita puede convertirse en un estimulante para las geografías de la pasión. Sobre este rechazo a la lectura en edades tempranas Argüelles apunta: «[…] porque se les impuso como un penoso ejercicio del deber por medio de personas (generalmente los padres y los maestros) que también lo asumían como un penoso ejercicio del deber, y cuya acción fue sin duda decisiva para despojar a la lectura de todo sentido del gozo».

En apego al sentido común, Juan Domingo no se pone a proponer faraónicas políticas públicas para promocionar el gusto por la lectura; él advierte que «Hay muchas formas de apego por la lectura, pero se ha comprobado que ninguna es más eficaz que la natural emulación. Padres que leen engendran hijos lectores, pues sobre todo a través del ejemplo nace el interés, a diferencia del discurso que amonesta y castiga la falta de inclinación». Obviamente, esto es una generalidad, todos conocemos a excelentes lectores cuyos padres jamás tomaron un libro (esta lógica también es aplicable al caso de: padres que escuchan narcocorridos generan hijos que escuchan narcocorridos); sin embargo, la emulación puede venir del maestro, del vecino, del amigo; cualquier persona o cualquier sitio donde se lea puede funcionar como trampolín para que los otros inicien su vida lectora.

Sobre este mismo tema pero en otras antípodas, a luz de la reciente reforma de la Ley para la Lectura y el Libro en nuestro país qué podemos esperar: ¿se leerá más?, ¿se abrirán más librerías?, ¿se demandarán más bibliotecas? No lo sabemos porque sencillamente ni siquiera por curiosidad leemos las reformas a las leyes que nos mandatan, esta ley no ha generado ningún tipo de debate ni manifestación pública; escritura que obedece a otras razones lejanas a las del gozo, pero que determina los deberes legislados por el Estado, lo cuales tiene como objetivo impulsar el hábito lector en los mexicanos.

En este sentido, sería bueno intuir que la responsabilidad de contagiar el hábito de la lectura nos corresponde a todos; de igual manera, que contagiar una cultura del rechazo y denuncia contra la corrupción, la violencia o la impunidad. Por lo tanto, sería útil ejercer nuestro conocimiento crítico para poder disminuir ese paternalismo ante el Estado, atroz ideal que nos arroja a una permanente condición infantil como sociedad. Es decir, promocionar y reflexionar desde nuestras trincheras personales ─operar desde nuestra cotidianidad las ideas que pensamos son valiosas─ actitudes que puedan generar efectos en nuestros contextos inmediatos: familia, escuela, trabajo y círculos de amistades, lugares desde donde se puede promover al libro como un sitio de autoconstrucción placentera, no a través del sermón ni de los discursos edificantes sino mediante el diálogo, la plática común.

Esta obra, ¿Qué leen los que no leen?, no tiene el objetivo ni la misión de darnos fórmulas fijas de lectura ni de incrementar los índices lectores del país. Este libro guarda entre sus páginas cuestiones más valiosas como la promoción de una inteligencia sensible, del diálogo, así como la importancia de reconocernos en la tradición literaria y humanística de los siglos. Su crítica sobre la escolarización de la lectura no es un misil dirigido para desaparecer a la institución escolar; sino un cúmulo de nociones enunciadas por especialista y pensadores sobre este tema: Daniel Pennac, Warren G. Cutts, Michele Petit, Ivan Illich, entre otros, las cuales apuestan para que en los espacios escolares se practiquen otras técnicas de motivación donde el infante se sienta más estimulado para emprender por pie propio su vida como lector. Para finalizar, entre las muchas ideas que Argüelles trata y recupera en su obra, nos gustaría mostrar la paráfrasis que hace de Alfonso Reyes en referencia a la vitalidad y pasión que puede impregnarnos la lectura; quizá el mejor puerto al que podríamos encomendar los esfuerzos y tiempo invertidos en nuestros libros: «[…] la lectura se vuelve vida, que a diferencia de la fría erudición, es el mejor destino de la cultura».

 

 

 

 

 

 

 

 

Written by Redacción