Me acuerdo

Por: Jesús Ramón Ibarra

Cuando el inclasificable artista gringo, Joe Brainard, publicó su libro magistral I Remember (1970) inventó una nueva forma de la autobiografía o la memoria: aquella que se basa en hechos sustanciales, aportando menos en la construcción de un personaje cultural –o un mito- que en la manutención de un ser doméstico sensible, capaz de rendir tributo a los actos de su épica cotidiana.

Vivir, bajo la consigna de Brainard, debe ser memorable. La escritura del libro la inspira un trabajo sensorial que amplía los márgenes de su consciencia, hasta atravesar tres décadas distintas del país del norte. A partir de la frase I remember, Brainard va desplegando una vida fragmentada por sensaciones, emociones, imágenes, como piezas de un complejo mapa interior que había estado disperso. Al mismo tiempo, I remember plantea el ejercicio de una nostalgia percutida en bloques breves y, sin embargo, trascendentales.

Cada tanto tiempo, lo confieso sin pena, hago el mismo ejercicio de Brainard. Comienzo a enumerar recuerdos, algunos vívidos, otros borrosos, cuyo libreto se sostiene por frases que acaso he ido completando o inventando a lo largo de los años.

En uno de mis recuerdos más lejanos, por ejemplo, mi padre me lleva a una jornada electoral donde él es funcionario de casilla; es en un kínder, en el mismo kínder donde yo comenzaré a estudiar unos meses más tarde o, no lo sé, donde ya estudio. Me aburro muchísimo sentado en el piso, dibujando figuras invisibles, acompañado por otro niño, hijo –seguramente- del representante de algún partido político. No tenemos juguetes y usamos piedras que vamos acarreando, sin orden, de un jardín interior del lugar hasta un pasillo amplio y lechoso. Es un día largo y ominosamente gris, escucho las conversaciones serias de los adultos, veo la fila de unos cuantos votantes, atribulados, pues los han sacado del marasmo dominical a cumplir el deber cívico de apoyar el continuismo y la hegemonía del partido en el poder.

Con este recuerdo descubrí la incapacidad de mi padre para ser ingenioso, sin involucrar dinero de por medio.

En otro recuerdo voy llegando a casa, después de la escuela. En un rincón de la sala hay una gran caja de madera sobre cuatro patas tubulares. La caja resplandece. Me acerco y la abro con una curiosidad sana. Es, sin duda, mi primer contacto con la tecnología de un entretenimiento que se convertirá, posteriormente, en una pasión legítima y generosa. Descubro la música. En la consola hay algunos discos: Roberto Carlos, Navidad con Topo Gigio, El tema de Lara y un álbum triple de Javier Solís. Yo tendría 6 años en ese entonces y aún tengo fija la fascinación por ese artefacto activado, en marcha, dominando la escena desde una esquina, pero también llenando el ámbito con la voz grave, modulada, exacta, del charro capitalino.

Sirvan estos dos recuerdos para enumerar, a la manera de Brainard, otro cúmulo de fragmentos que, acaso, representan la mejor tesitura de la memoria, esa maquinaria de sentimentalismo, imprecisión y bondad. Esa maquinaria de la nostalgia.

-Me acuerdo de papá llevándome a la Costa Azul frente a correos, por la Rubí, y de cómo me daba miedo sentarme en sillas con el asiento de baqueta perforado.

-Me acuerdo de un vecinito con el que jugaba a las guerras con mis soldados verdes. Era mi primer amigo, quien al poco tiempo moriría de leucemia.

-Me acuerdo del frasco con la cebolla curtida en la Nevería Morales, en el pasillo del mercado.

-Me acuerdo de la escuela Velina León de Medina, donde estudié los primeros dos años de primaria.

-Me acuerdo que lloré cuando mi madre me dejó un primer día de clases.

-Me acuerdo de una película de luchadores en el cine Ejidal.

-Me acuerdo de la primera vez que fui al Parque Constitución.

-Me acuerdo de la isla de Ipacaraí, hoy Isla de Orabá, y de su puente colgante de madera, raquítico e inseguro.

-Me acuerdo de la cama de mis padres: una monstruosidad de latón pintada de amarillo, con una imagen del Buen Samaritano en la cabecera y una lámpara de luz tenue.

-Me acuerdo del guayabo del patio.

-Me acuerdo del catre de yute donde dormía de niño.

-Me acuerdo de la televisión National que presidía los domingos.

-Me acuerdo de mi tío Guillermo, vestido de Santa Claus, depositando a mis pies una caja grande que contenía los instrumentos de una banda de música, incluyendo una batería que nunca use.

-Me acuerdo que mi madre me subía a la cama para acicalarme antes de ir a la escuela. Y de cómo su rostro quedaba frente al mío.

-Me acuerdo del patio frontal de mi casa: un paraíso rectangular de tierra bordeado por un jardín florido que mi madre cuidaba con paciencia y atención casi científica.

-Me acuerdo del olor de los frijoles llenando las noches silenciosas del barrio.

-Me acuerdo de mi negativa a adelantarme de grado. Tenía que decidir en ese momento, a los 9 años, si quería ir de 4º a 5º de primaria a la mitad del curso.

-Me acuerdo de La vorágine, de José Eustacio Rivera, recorriendo mi casa.

-Me acuerdo de muchos días lloviendo en diciembre.

-Me acuerdo de Alejandra, la niña que me gustaba a los 6 años.

-Me acuerdo de la casa de mi abuelo, en la colonia del Ferrocarril.

-Me acuerdo la primera vez que visité el Ángel Flores.

-Me acuerdo cuando vi con mi padre el tricampeonato de los Atléticos de Oakland.

-Me acuerdo cuando mi casa comenzó a crecer.

-Me acuerdo del miedo de mi padre a los truenos.

-Me acuerdo de los camiones urbanos de colores.

-Me acuerdo de la gran laguna que anegaba la mitad de mi calle cuando llovía.

-Me acuerdo de la música de Leo Dan.

-Me acuerdo de la discoteca de la Casa Grande.

-Me acuerdo del tricampeonato de Cruz Azul, contra Atlético Español.

-Me acuerdo del estreno de Tiburón, en el cinema Reforma.

-Me acuerdo del primer libro que leí completo: Un capitán de quince años, de Julio Verne.