México 68. Los lugares comunes.

Por: Jesús Ramón Ibarra Ramírez 

La matanza del 2 de octubre de 1968 trajo, además de la indignación social, el bloqueo de la cobertura mediática de las autoridades, la revelación de un escenario inédito en la manufactura de las realidades mexicanas y el despliegue de un autoritarismo que –posteriormente- se confirmaría cada sexenio. El 68 desplegó, además, la creación de una poesía, una narrativa y una crítica que, a lo largo de los años, tomaría fuerza en un solo bloque hasta convertir, esta suerte de proyecto colectivo, en una composición coral, ligada por el lenguaje conmocionado de la afectación, el poder evocativo, la originalidad y la rabia.

Difícil entender la literatura de la segunda parte del siglo XX mexicano sin la responsabilidad de algunos de nuestros poetas con la historia. De ahí la necesidad de recuperar, en este portal de aldea21, cuatro de los muchos poemas que se escribieron y se siguen escribiendo sobre el 68, a 50 años de estos hechos que transformaron el país.

 

 

Tlatelolco 68/Jaime Sabines

1

Nadie sabe el número exacto de los muertos,
ni siquiera los asesinos,
ni siquiera el criminal.
(Ciertamente, ya llegó a la historia
este hombre pequeño por todas partes,
incapaz de todo menos del rencor.)

Tlatelolco será mencionado en los años que vienen
como hoy hablamos de Río Blanco y Cananea,
pero esto fue peor,
aquí han matado al pueblo;
no eran obreros parapetados en la huelga,
eran mujeres y niños, estudiantes,
jovencitos de quince años,
una muchacha que iba al cine,
una criatura en el vientre de su madre,
todos barridos, certeramente acribillados
por la metralla del Orden y Justicia Social.

A los tres días, el ejército era la víctima de los desalmados,
y el pueblo se aprestaba jubiloso
a celebrar las Olimpiadas, que darían gloria a México.

2

El crimen está allí,
cubierto de hojas de periódicos,
con televisores, con radios, con banderas olímpicas.

El aire denso, inmóvil,
el terror, la ignominia.
alrededor las voces, el tránsito, la vida.
Y el crimen está allí.

3

Habría que lavar no sólo el piso; la memoria.
Habría que quitarles los ojos a los que vimos,
asesinar también a los deudos,
que nadie llore, que no haya más testigos.
Pero la sangre echa raíces
y crece como un árbol en el tiempo.
La sangre en el cemento, en las paredes,
en una enredadera: nos salpica,
nos moja de vergüenza, de vergüenza, de vergüenza.

La bocas de los muertos nos escupen
una perpetua sangre quieta.

4

Confiaremos en la mala memoria de la gente,
ordenaremos los restos,
perdonaremos a los sobrevivientes,
daremos libertad a los encarcelados,
seremos generosos, magnánimos y prudentes.

Nos han metido las ideas exóticas como una lavativa,
pero instauramos la paz,
consolidamos las instituciones;
los comerciantes están con nosotros,
los banqueros, los políticos auténticamente mexicanos,
los colegios particulares,
las personas respetables.
Hemos destruido la conjura,
aumentamos nuestro poder:
ya no nos caeremos de la cama
porque tendremos dulces sueños.

Tenemos Secretarios de Estado capaces
de transformar la mierda en esencias aromáticas,
diputados y senadores alquimistas,
líderes inefables, chulísimos,
un tropel de putos espirituales
enarbolando nuestra bandera gallardamente.

Aquí no ha pasado nada.
Comienza nuestro reino.

5

En las planchas de la Delegación están los cadáveres.
Semidesnudos, fríos, agujereados,
algunos con el rostro de un muerto.
Afuera, la gente se amontona, se impacienta,
espera no encontrar el suyo:
“Vaya usted a buscar a otra parte.”

6

La juventud es el tema
dentro de la Revolución.
El gobierno apadrina a los héroes.
El peso mexicano está firme
y el desarrollo del país es ascendente.
Siguen las tiras cómicas y los bandidos en la televisión.
Hemos demostrado al mundo que somos capaces,
respetuosos, hospitalarios, sensibles
(¡Qué Olimpiada maravillosa!),
y ahora vamos a seguir con el “Metro”
porque el progreso no puede detenerse.

Las mujeres, de rosa,
los hombres, de azul cielo,
desfilan los mexicanos en la unidad gloriosa
que constituye la patria de nuestros sueños.

 

 

El espejo de piedra/José Carlos Becerra

 

Detrás de la iglesia de Santiago-Tlatelolco,

Los cuchillos de jade hallaron su visaje ceremonial en boca de las

[ametralladoras.

Detrás de la iglesia de Santiago-Tlatelolco, Nuño de Guzmán oró

[ante Hitzilopochtli

y le ofreció el sacrificio.

 

Detrás de la iglesia de Santiago-Tlatelolco, descubrieron aterra-

[dos que otra vez existía ese país,

aquel que ellos creyeron sepultado

bajo jade y las plumas y los estípites y los palacios de Adamo

[Boari y los desayunos en Sanborn´s,

de su oportuna y mestiza retórica.

 

Detrás de la iglesia de Santiago-Tlateloloc, treinta años de paz

[más otros treinta años de paz,

más todo el acero y el cemento empleados en construir la esce-

[nografía para las fiestas del fantasmagórico país,

más todos los discursos,

salieron por boca de las ametralladoras.

 

Lava extendiéndose para borrar lo que iba tocando, lo que iba

[haciendo suyo,

para traerlo a la piedra del ídolo nuevamente.

 

¿Pero lo trajo de nuevo a la piedra del ídolo?

¿Pero tantos y tantos muertos por la lava de otros treinta

[años de paz,

terminarán en la paz digestiva e Huitzilopochtli.

 

Se llevaron los muertos a quién sabe dónde.

Llenaron de estudiantes las cárceles de la ciudad.

Pero al jade y a las plumas y al estofado de los estípites y a

[los nuevos palacios que ya no construyó Boari, y a los des-

[ayunos en Sanborn´s,

Se les rompió por fin el discurso.

Y cuando intenten recoger esos fragmentos de ruido para con-

[templarse,

encontrarán en ellos solamente

a los muertos hablándoles.

 

A treinta años de paz –como otros treinta años de paz-,

Más todo el acero y cemento empleados en inventar la sombra

[de un país,

Más a todos los discursos y los planes de negocios dulcemente

[empapados

Por el olor de los desayunos en Sanborn´s,

Se les rompió, de pronto, el espejo.

 

Se apostaron como siempre detrás de una iglesia,

poco importa si laica o religiosa,

y otras “Noches” y otras “Matanzas”,

vinieron en ayuda de ellos.

 

En la Plaza de las Tres Culturas,

el “Cacique gordo de Zempoala” y don Nuño de Guzmán y el

[anciano general perfectamente empolvado,

descubrieron que en realidad eran uno solo, porque secretamente

[siempre

desearon parecerse a Limantour.

 

Después de haber desayunado juntos en Sanborn´s,

el “Cacique gordo de Zempoala” y don Nuño de Guzmán y el

[anciano general perfectamente empolvado,

En la Plaza de las Tres Culturas, escucharon

-ya uno de los últimos conciertos-

el vals Dios nunca muere.

 

 

Memorial de Tlatelolco/Rosario Castellanos

 

La oscuridad engendra la violencia

y la violencia pide oscuridad

para cuajar el crimen.

 

Por eso el dos de octubre aguardó hasta la noche

para que nadie viera la mano que empuñaba

el arma, sino sólo su efecto de relámpago.

 

Y a esa luz, breve y lívida, ¿quién? ¿Quién es el que mata?

¿Quiénes los que agonizan, los que mueren?

¿Los que huyen sin zapatos?

¿Los que van a caer en el pozo de una cárcel?

¿Los que se pudren en el hospital?

¿Los que se quedan mudos, para siempre, de espanto?

 

¿Quién? ¿Quiénes? Nadie. Al día siguiente, nadie.

 

La plaza amaneció barrida; los periódicos

dieron como noticia principal

el estado del tiempo.

Y en la televisión, en la radio y el cine

no hubo ningún cambio de programa,

ningún anuncio intercalado ni un

minuto de silencio en el banquete.

(Pues prosiguió el banquete.)

 

No busques lo que no hay: huellas, cadáveres,

que todo se le ha dado como ofrenda a una diosa:

a la Devoradora de Excrementos*.

 

No hurgues en los archivos pues nada consta en actas.

 

Ay, la violencia pide oscuridad

porque la oscuridad engendra sueño

y podemos dormir soñando que soñamos.

 

Mas he aquí que toco una llaga: es mi memoria.

Duele, luego es verdad. Sangra con sangre.

Y si la llamo mía traiciono a todos.

 

Recuerdo, recordamos.

 

Esta es nuestra manera de ayudar a que amanezca

sobre tantas conciencias mancilladas,

sobre un texto iracundo, sobre una reja abierta,

sobre el rostro amparado tras la máscara.

 

Recuerdo, recordemos

hasta que la justicia se siente entre nosotros.

 

 

 

 

Las voces de Tlatelolco/ José Emilio Pacheco

(incluí textos reunidos por Elena Poniatowska en La noche de Tlatelolco, de 1971)

 

Eran las seis y diez. Un helicóptero

sobrevoló la plaza.

Sentí miedo.

Cuatro bengalas verdes.

Los soldados

cerraron las salidas.

Vestidos de civil, los integrantes

del Batallón Olimpia

–mano cubierta por un guante blanco–

iniciaron el fuego.

En todas direcciones

se abrió fuego a mansalva.

Desde las azoteas

dispararon los hombres de guante blanco.

Disparó también el helicóptero.

Se veían las rayas grises.

Como pinzas

se desplegaron los soldados.

Se inició el pánico.

La multitud corrió hacia las salidas

y encontró bayonetas.

En realidad no había salidas:

la plaza entera se volvió una trampa.

–Aquí, aquí Batallón Olimpia.

Aquí, aquí Batallón Olimpia.

Las descargas se hicieron aún más intensas.

Sesenta y dos minutos duró el fuego.

–¿Quién ordenó todo esto?

Los tanques arrojaron sus proyectiles.

Comenzó a arder el edificio Chihuahua.

Los cristales volaron hechos añicos.

De las ruinas saltaban piedras.

Los gritos, los aullidos, las plegarias

bajo el continuo estruendo de las armas.

Con los dedos pegados a los gatillos

le disparan a todo lo que se mueva.

Y muchas balas dan en el blanco.

–Quédate quieto, quédate quieto:

si nos movemos nos disparan.

–¿Por qué no me contestas?

¿Estás muerto?

–Voy a morir, voy a morir.

Me duele.

Me está saliendo mucha sangre.

Aquél también se está desangrando.

–¿Quién, quién ordenó todo esto?

–Aquí, aquí Batallón Olimpia.

–Hay muchos muertos.

Hay muchos muertos.

–Asesinos, cobardes, asesinos.

–Son cuerpos, señor, son cuerpos.

Los iban amontonando bajo la lluvia.

Los muertos bocarriba junto a la iglesia.

Les dispararon por la espalda.

Las mujeres cosidas por las balas,

niños con la cabeza destrozada,

transeúntes acribillados.

Muchachas y muchachos por todas partes.

Los zapatos llenos de sangre.

Los zapatos sin nadie llenos de sangre.

Y todo Tlateloco respira sangre.

–Vi en la pared la sangre.

–Aquí, aquí Batallón Olimpia.

–¿Quién, quién ordenó todo esto?

–Nuestros hijos están arriba.

Nuestros hijos, queremos verlos.

–Hemos visto cómo asesinan.

Miren la sangre.

Vean nuestra sangre.

En la escalera del edificio Chihuahua

sollozaban dos niños

junto al cadáver de su madre.

–Un daño irreparable e incalculable.

Una mancha de sangre en la pared,

una mancha de sangre escurría sangre.

Lejos de Tlatelolco todo era

de una tranquilidad horrible, insultante.

–¿Qué va a pasar ahora, qué va a pasar?