Regala un libro

Oscar Urcisichi Arellano

Mi participación en organismos ciudadanizados me ha permitido intercambiar opiniones -generalmente en términos respetuosos- con quienes tienen como principal obligación velar por las necesidades de sus ciudadanos. Desde 2010, formo parte del Consejo Directivo del Instituto Municipal de Planeación Urbana de Culiacán y en sus reuniones de trabajo se han puesto sobre la mesa para su análisis y discusión, numerosos proyectos, la mayor de ellos, enfocados a la obra física que requiere la ciudad.

Hace algunos presidentes municipales, en una reunión ordinaria, la administración central nos informaba de algunos proyectos viales -pasos deprimidos, pavimentaciones-, reunión en la que decidí tomar la palabra para reconocer que si bien era importante dotar de infraestructura a la ciudad, ésta necesita también una infraestructura que promueva, facilite y sostenga la implementación de políticas culturales;  señalando enfáticamente la urgencia de contar con bibliotecas -una red de ellas en realidad- al margen de la importancia de contar con una emblemática en la capital del Estado.

La respuesta del presidente en turno fue la afirmación de que ahora la información está en la palma de la mano -refiriéndose a los teléfonos inteligentes y las tabletas- a lo cuál reaccioné diciéndole que tales artefactos constituyen tan sólo una interfase de acceso a información, al margen del uso y ventajas que éstas pueden brindar, entonces tuve la oportunidad de defender cuán necesario es entender el lugar que las bibliotecas deben tener en nuestras sociedades contemporáneas como un sitio de encuentro, un espacio público para el intercambio de ideas.  Sin dejar de lado la importancia de identificar las necesidades de una ciudad como la nuestra, que reclama un esfuerzo en áreas estratégicas como las de integración social y asistencia de los barrios y comunidades,  como sucede en los parques  y bibliotecas de Medellín en Colombia.

Nuestra ciudad tiene muchas necesidades, lo entiendo. Entonces, la promoción de la lectura requiere encontrar sus propios caminos en tanto los intereses políticos y las condiciones económicas se encuentran. En ese contexto, hacer de Culiacán una ciudad lectora no es una tarea fácil. Los programas formales impulsados desde las secretarías de educación o los institutos de cultura tienen aliados en diversos frentes. Uno de ellos es el programa Regala un Libro (R1L).

R1L nació en Culiacán de la mano del Notario Manuel Díaz Salazar y el escritor Elmer Mendoza en 2003. El referente de este proyecto está en Barcelona. En nuestra ciudad, igual que allá, se promueve la lectura y se festeja la fundación de la ciudad invitando a la comunidad a que sin otro interés que el halago a un amigo se promueva la lectura, regalando un libro. Las actividades de R1L iniciaron con un pequeño grupo de ciudadanos que primero informalmente se reunían en las vísperas del aniversario de la ciudad que se conmemora el 29 de septiembre y que posteriormente terminaron por organizarse como asociación civil.

Los preparativos en realidad inician en julio y se extienden todo agosto. En esos 2 meses, los organizadores eligen quién será el escritor insignia. Lo han sido Carlos Fuentes, Rosario Castellanos e incluso el propio Elmer Mendoza en 2014. En ese periodo se preparan los materiales de promoción como separadores de libros, carteles, panfletos y la página de Facebook que promociona el programa. En septiembre se recorren las estaciones de radio y TV pero también escuelas y fuentes de trabajo en las que se estimula la idea del intercambio de libros. En las vísperas del 29 de septiembre, las pocas librerías de la ciudad se ven llenas, extienden sus horarios de atención al público, abriendo de noche e incluso los domingos. Es un gusto escuchar niños de escuelas que ni siquiera alcanzaste a visitar para promover el programa, comprando un libro de El Principito, Judy Moody o el Diario de Greg para regalar a su amigo secreto.

El festejo se cierra el propio 29 de septiembre; temprano, en la misa de Acción de Gracias, aprovechamos para regalar un libro al presidente municipal, al gobernador y al obispo; tomarnos la foto y esperar que la imagen en los medios ayude a que esta nueva tradición (suena contradictorio pero así es) se fortalezca y un día deje de requerir de un comité organizador. Si el sushi llegó a Culiacán para quedarse, porqué la lectura no. Por la tarde, finalmente, en la plazuela Obregón a un costado de Catedral, en el centro de la ciudad, tenemos nuestro festejo, modesto pero muy emblemático: libros, música, lecturas, una mesa para intercambio de libros y un pastel bellamente decorado con la imagen del evento.

La apuesta es grande: queremos una ciudad que lea. No podemos esperar la infraestructura.

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Written by Redacción