Sinaloa: campos fragmentados

Num. 6 | Las drogas y sus mundos  ojo

José Manuel Valenzuela Arce

Por senderos de hienas se sale de la tumba

Si se supo ser hiena

Si se supo vivir de los despojos

Gilberto Owen

Desde hace algunas décadas, la violencia y el narcotráfico han marcado la historia sinaloense. Aunque no son fenómenos de su exclusividad, ahí han cobrado especial visibilidad, asumiendo rasgos específicos que han convocado la atención de diversos escritores y estudiosos de los fenómenos sociales preocupados por entender las fracturas y divisiones sociales que la narcocultura ha provocado en la región. ¿Puede Sinaloa dejar de ser una sociedad demediada?, ¿Cómo puede lograrlo?, ¿Quiénes son los actores que pueden liderar ese cambio? ¿Cuáles son las causas que han propiciado su condición actual?, ¿Cómo inciden los elementos generales y los factores locales en este proceso? Estas son algunas de las preguntas que orientan la mirada de Ronaldo González Valdés, intelectual sinaloense, quien ha tenido una participación destacada en la gestión cultural en su estado, y quien es también un académico serio que ha estudiado los procesos socioculturales de su región de origen.

Las realidades demediadas son inacabadas, segmentadas, partidas, divididas, polarizadas, “entre dos fuegos”, condición que trasciende a la metáfora cuando Ronaldo González muestra los elementos de la vida sinaloense que dan sentido al título de la obra y analiza los eventos que participaron en la ruptura del blindaje social y dieron cause incontrolable a la violencia (para utilizar la figura del ex Gobernador sinaloense Juan S. Millán). Con esta imagen, Millán trataba de ubicar el desfondamiento de las instituciones de socialización primaria: la familia y la escuela en la función de definir trayectorias de vida dignas y respetuosas. González Valdés reflexiona sobre los elementos que impiden que Sinaloa cierre los capítulos de su historia y culmine sus procesos civilizatorios y cobijar su atávica intemperie espiritual. Para ello revisa lo que considera el problema principal: “el quiebre de las representaciones y los principios de autoridad que dieron sentido a la vida de varias generaciones de mexicanos y sinaloenses desde la consolidación del Estado de la Revolución, hasta la primera mitad de los setenta”, pero esto no agota su búsqueda: González Valdés intenta comprender la actual “organización simbólica del mundo” de los sinaloenses.

Al observar los principales elementos destacados por González para entender la modernidad sinaloense podemos identificar que, en términos generales, corresponden a los grandes ejes que han marcado el proyecto nacional. Sin embargo, su aportación principal deriva en que, además de identificarlos, analiza las formas específicas que adquieren en la realidad sinaloense. Así, su análisis ubica dos momentos, el Milagro Mexicano influido por la recuperación económica de la Segunda Guerra Mundial y el modelo de Sustitución de Importaciones hasta su agotamiento que dio paso a una etapa posterior, caracterizada por una mayor inestabilidad económica, política y cultural y por la presencia del narcotráfico. Sin caer en la tentación de apostar a causalidades unívocas, González Valdés ubica algunos elementos que inciden en la división social sinaloense, entre las cuales se encuentran la concentración demográfica, la urbanización de la población, los conflictos agrarios, los procesos de descampesinización, la demanda de servicios urbanos, los imaginarios bucólicos adaptados a los nuevos escenarios urbanos, la migración para “el norte”, el crecimiento del narcotráfico. Los rasgos culturales fueron alimentados por un regionalismo exacerbado e identificado con figuras que definían el imaginario nacional: Pedro Infante, Lola Beltrán, Luis Pérez Meza, las bandas sinaloenses (el Quelite, el Recodo, la Tamazula, la Mazatlán), el terruño como horizonte civilizatorio, la identidad sinaloense romántica, autorreferida y autodefinida como franca, sincera, bondadosa.

Junto a los problemas económicos, el crecimiento demográfico, la inmigración, los conflictos rurales y los problemas urbanos, surgieron nuevos actores que incidieron en la escena política, tal como destaca González Valdés: el movimiento universitario y nuevas expresiones de una izquierda políticamente atrasada y radicalizada en sus formas de acción que opto por opciones armadas, mientras que en el campo los conflictos rurales coexistían con el crecimiento de los narcocultivo.

Además de analizar la base social del narcotráfico y de la violencia en Sinaloa, González Valdés interpreta su expresión cultural, desde la introducción de la amapola y el consumo de opio con las comunidades chinas hasta la ampliación del cultivo por acuerdo intergubernamental entre México y Estados Unidos (Roosevelt y Ávila Camacho) durante la Segunda Guerra Mundial, con el fin de abastecer de morfina a los aliados. Sin embargo, al terminar la Guerra, los gomeros siguieron trabajando. Junto con las complicidades gubernamentales, el narco se fortaleció, al mismo tiempo que los dispositivos para erradicarlo, al estilo de la Operación Cóndor, actuaron como elementos generadores de múltiples formas de violación a los derechos humanos. La violencia se fue generalizando desde los campos legales e ilegales y la sociedad en su conjunto ha pagado las consecuencias.

González Valdés huye de los esquemas maniqueos para analizar la narcocultura, cuestionando la percepción convencional construida desde la lógica del derecho y el deber ser, y la informal que construye una visión apologética del narcotraficante; por el contrario, propone abordar el tema del narcotráfico desde una óptica global, identificando sus causas en el desequilibrio regional y en la historia local, así como en las distorsiones culturales que, afirma, “han dado lugar al quiebre del principio de autoridad y las representaciones más o menos consagradas en los diferentes órdenes de la vida social, empezando por la familia misma y siguiendo con la escuela, las figuras públicas y la erosionada legitimidad de los gobiernos”. El autor recurre a diversos testimonios que conforman una unidad diacrónica para interpretar las percepciones sociales. A través de estas voces, González identifica “lo que se ha ido y lo que tenemos hoy” y presenta un conjunto de testimonios que participan como campo fragmentado de evocaciones costumbristas, recreaciones nostálgicas, atrincheramientos morales y posicionamientos éticos. Narrativas que recurren al recuento de costumbres para ilustrar los atributos y los cambios culturales que han marcado a tres generaciones de sinaloenses.

Ronaldo González no renuncia a pensar la posibilidad de construir otra sociedad, a imaginar nuevas formas de convivencia, a definir escenarios alternativos de vida y propone un marco de opciones construido a partir de compromisos y responsabilidades del Estado, que debe garantizar condiciones de vida digna en condiciones de legalidad y respeto a los derechos humanos. Ronaldo González Valdés, recurre a la reflexión y a la reflexividad como elementos de concienciación, pues, siguiendo a Spinoza, considera que “la libertad es la conciencia de la necesidad” y que: “Sólo podemos trascender aquello de lo que hemos hecho conciencia”. González Valdés, analiza a Sinaloa como una sociedad demediada, dividida, que no puede generalizarse, pues no es ni totalmente buena, ni sólo maldad acrisolada. Es una sociedad dividida, con sus partes buenas y malas, como el Vizconde Medardo de Torralba (el vizconde demediado), personaje de Italo Calvino que poseía una mitad proba y otra perversa. Esta división dejó de ser sólo axiológica para volverse anatómica, cuando fue partido por un cañonazo. Sin embargo, ninguna de las mitades muere y mientras la mala posee un paso avasallante produciendo calamidades, la buena trata de resarcir los estropicios de su otra mitad. Tal vez esta sea una metáfora lograda de nuestras sociedades, pues al pensarnos como partes completamente ajenas impide acercarnos a soluciones posibles donde entendamos que para comprender el verdadero sentido de muchos de nuestros problemas, es necesario que los ubiquemos de forma íntegra, reconociendo que lo bueno y lo malo derivan de la misma estructura social que genera desigualdades. Tal vez entonces veamos lo que millones de mexicanos perciben cuando sienten que en el tema del narcotráfico, policías y ladrones no participan como antagonistas, sino como personajes complementarios unidos por múltiples intereses y complicidades. Tal vez entonces comprendamos que una parte importante de los elementos que definen a la otra mitad nos conculcan, nos reflejan, nos implican.

Ronaldo González Valdés, Sinaloa: Una Sociedad demediada, Instituto Municipal de Cultura de Culiacán, Casa Juan Pablos, México, 2007, 134 pp. Prólogo de Juan Villoro.

*José Manuel Valenzuela Arce, sociólogo, Dr. En Ciencias Sociales, miembro del SIN, adscrito al Colegio de la Frontera en Tijuana, Baja California, autor de varios estudios y ensayos sobre inmigración, cultura y sociedad en la frontera norte de México, entre otros, Jefe de jefes: corrido y narcocultura en México, México: Plaza y Janés, 2002.

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Written by Redacción