68: Abriendo el baúl.

Por: Ricardo Arredondo Yucupicio

Supe por primera vez del 2 de Octubre de Tlatelolco cuando iba en la primaria. En la clase de Historia (que, gracias a la insistencia de mi madre en que la memorización era buena, era una de las materias en las que mejor podía entrenar esa capacidad) nos comentó el maestro, de manera sencilla, que cada 2 de Octubre se celebraba a los estudiantes que se movilizaron en 1968, exigiendo mayores libertades. Recuerdo que, después de esa clase, me dispuse a investigar un poco más en internet sobre el tema. Lo que me encontré me perturbó (normal en un niño de 10 años): disparos, cadáveres, miedo. Decidí guardar el tema en el baúl, y hacer como si nada, pero, desde entonces, siempre relacioné Tlatelolco con esas imágenes vistas en el monitor de la computadora.

¿Por qué abrir el baúl, entonces? Por la atracción del mexicano por los números redondos. En diciembre del año pasado, en el Congreso de Historia Regional de la Facultad de Historia de la UAS, Paul Garner, historiador británico, bromeaba con la tendencia del mexicano a sacralizar los números redondos. Nos gustan las quincenas, las décadas y los siglos, y se celebran en grande. Así, pues, el baúl se abre porque se cumplen 50 años del movimiento estudiantil más importante en México, que culminó con uno de los eventos de represión más recordados en la historia moderna de nuestro país.

‘El estudiante a las aulas, y a estudiar’, seguramente pensaron muchos en aquél momento. Se le etiquetaba al joven como un delincuente, un alborotador, el rebelde que sólo quiere hacer desastre y no cumplir con las leyes. ¿Eran eso los jóvenes del 68? Durante la marcha del silencio, el 13 de septiembre, fueron muy claros:

Sabemos que tenemos responsabilidad como estudiantes, que esa responsabilidad consiste en estudiar, pero no queremos anteponer el interés mezquino de llegar a ser abogado o médico para enriquecernos con una profesión. Nuestra primera responsabilidad es saber ser mexicanos y cumplir con la obligación de luchar al lado del pueblo. Estamos dispuestos a volver a la normalidad, sí, pero no sin democracia y sin libertad. [1]

 

Democracia y libertad decían buscar. Se enfrentaban a una sociedad heterodoxa, paternalista, católica; a un Estado autoritario, presidencialista, represivo. Nos preguntaremos porqué fueron los estudiantes quienes tomaron esa lucha para sí. Jóvenes entre 15 y 18 años eran quienes más recurrentemente sufrían los abusos de un cuerpo policial poco preparado, prepotente y abusivo. La intervención de granaderos que siguió a la riña entre estudiantes de la Isaac Ochoterena y la Vocacional 5 invadió el espacio estudiantil por excelencia: los planteles educativos. El estudiante, pues, tenía una razón más para sentirse ofendido.

El Rubicón, sin embargo, se encontraba en el Zócalo; plantarse en él era una respuesta del estudiante de ojo por ojo, pues el Zócalo era un lugar reservado para el Presidente. El 26 de Julio es el día del verdadero génesis del movimiento estudiantil, el momento en el que ese sector de la sociedad toma conciencia de su poder. En los siguientes tres meses el movimiento tomará forma: se desplegará el pliego petitorio; el Consejo Nacional de Huelga surgirá como organismo director del movimiento; se unirá al movimiento el rector de la UNAM, Javier Barros Sierra; se darán enfrentamientos fuertes en distintas partes de la ciudad; las brigadas buscarán el apoyo de la sociedad.[2]

Todo eso queda en segundo plano en nuestra memoria. La contundencia con que se descabezó al movimiento el 2 de Octubre, que dio fin al 68 mexicano (si bien el CNH se disolvió hasta diciembre), parece haber trascendido al movimiento en sí. Lo decía bien Ronaldo González en alguna de sus clases en la Facultad de Historia: el 68 es más que Tlatelolco, se olvida lo que realmente querían los jóvenes, cuál era su lucha, hay una banalización del movimiento a causa del 2 de Octubre. El 2 de Octubre no se olvida, pero tampoco deben olvidarse las razones de la pelea contra ese monstruo omnipresente que era el Estado Mexicano de los 60’s. Como lo decía Monsiváis: se diluye lo que fue el 26 de julio, por una memoria que relaciona (como yo a los 10 años) al movimiento con la matanza.

No sólo el año redondo trae de vuelta recuerdos del 68, sino los hechos actuales mismos parecen querer recordarnos la lucha que culminó en la Plaza de las Tres Culturas. En los últimos días, el vocabulario universitario en la Ciudad de México incluye palabras como: porros, marchas, pliegos petitorios, movilizaciones, etc. Hoy, empero, no se exige libertad a presos políticos, derogación de artículos o extinción de cuerpos de represión; la pelea hoy es interna, pues se pide por mayor transparencia en asignación de docentes y manejo de finanzas, libertad de expresión política dentro de la universidad, así como solución de problemáticas, elementales para una convivencia sana en el campus (erradicación del acoso, mayor seguridad, etc.).

¿Qué podemos recuperar nosotros, los jóvenes, de dicho movimiento, a 50 años de su realización? Me inclinó por una revaloración de las libertades conquistadas. Pareciera, sin embargo (y así se percibe), que acabamos de estrenar nuestra democracia, que acaba de salir del paquete, que la entrega se retrasó unos cuantos años. Hoy, una buena parte de los mexicanos, sienten que su voto cuenta y su voz es escuchada. ¿No es eso lo que buscaban los jóvenes del 68? Libertad de asociación, de opinión, de decidir: cuestiones básicas de una democracia funcional, que en ese momento, en la práctica, no existían realmente.

Hoy los jóvenes parecen tener la atención del político, se les valora y se les escucha. Obviamente, el papel de las redes sociales ha sido clave para llegar a este punto. Se ha pasado del espacio público al ciberespacio; las grandes campañas políticas o publicitarias hoy se realizan en las redes, controladas éstas por la juventud. Y su poder está más que probado: el movimiento YoSoy132; campañas como las de Rodríguez Calderón en Nuevo León y Pedro Kumamoto en Jalisco; activismo como MeToo; etc.

El 68 mexicano retó a nuestra historia, la del pueblo acostumbrado al mando único: el tlatoani, el cacique, el virrey, el caudillo, el presidente, el charro. Buscó libertades, alzó la voz, llamó al pueblo a unírsele. No fue perfecto: era un movimiento heterogéneo (no podía ser distinto), visiones distintas del mundo unidas por un enemigo en común; fue radical, pero su lucha era legítima. Díaz Ordaz, Echeverría, Del Rosal, todos, actuaron como sabían hacerlo. El precedente, sin embargo, ya estaba ahí. Los movimientos de los siguientes años, en pro de la democracia y la libertad, encontrarán ecos en los jóvenes que, convencidos la necesidad de un cambio, salieron a las calles a exigirlo. El 2 de Octubre de 1968, el movimiento murió junto con cientos de jóvenes, adolescentes algunos, en la Plaza de las Tres Culturas, de Tlatelolco. El lugar, por cierto, de Cuauhtémoc, el último tlatoani que, al ver a su pueblo caer a los pies del conquistador, le pidió a éste que le matara, pues su mundo se había derrumbado.

 

“Señor Malinche, ya he hecho lo que soy obligado en defensa de mi ciudad, y no puedo más, y pues vengo por fuerza y preso ante tu persona y poder, toma ese puñal que tienes en la cinta y mátame luego con él”

Cuauhtémoc a Hernán Cortés

[1] Citado en Sergio Zermeño, México: Una democracia utópica. El movimiento estudiantil del 68, Siglo XXI, México, 1978, p. 136.

[2] La referencia obligada para los eventos de 1968 sigue siendo Sergio Zermeño, op. cit.