Transcurrir el 68

Por: Vladimir Ramírez 

A mis amigos de la prepa, para los que están y ya se han ido, siempre jóvenes, llenos de memoria, historias, circunstancia y hazañas.

¿Qué queda después del 68? Durante 50 años, el significativo movimiento estudiantil del 1968 en la Ciudad de México ha estado presente en la memoria histórica de generaciones posteriores. En ese transcurrir de los años, su influencia permaneció vigente en las diferentes expresiones de la cultura, el arte y la política con mayor presencia en al menos dos décadas después en nuestro país.

A quienes nacimos en ese año, nos tocó vivir desde la primera infancia hasta nuestros días, la sucesiva rememoración de lo ocurrido y sus consecuencias en el seno del hogar a través de las historias y recuerdos compartidos por quienes vivieron tales acontecimientos. Hoy la mayoría de mis contemporáneos, casi todos, también hemos cumplido 50 años.

Para muchos, la terrible y legendaria historia del 68 y su aciago 2 de octubre, nos acompañó durante la juventud estudiantil, teniendo gran peso en nuestra escasa idea de buscar un significado y propósito para la cándida rebeldía natural de nuestra edad.  Jóvenes entre los 14 y 18 años,  para principios de los años 80, el 2 de octubre y su trágica y lamentable noche se habría acomodado ya en un suceso más de la historia, y a la vez en una historia terrible, apasionante, enigmática y seductora para muchos como ninguna otra después de la primera mitad del siglo 20.

Pero fue también en este período ochentero, cuando daría inicio el recuento de lo sucedido. Mientras se realizaba este inventario, se narraban los recuerdos y anécdotas, en todas sus versiones, perspectivas y recuerdos, dando cuenta de lo que resultó de aquel movimiento estudiantil y universitario, que terminó por inspirar y movilizar a otras muchas universidades del país en los años 70. Movimientos campesinos, sindicales y de maestros, se agitaban en diferentes regiones, teniendo como respaldo moral y político a las universidades públicas, que para entonces se habían convertido en el principal semillero de protagonistas y aliados de las luchas sociales.

Al mismo tiempo, en gran parte de las universidades públicas se discutía el rol social de la educación y su mediación para el cambio social. Los planteamientos de una economía y democracia socialista motivaban las querellas y revisión de las ideas, teniendo como escenario los recintos educativos de nivel medio y superior, alentadas por distintos grupos y corrientes del pensamiento marxista y sus más allegados teóricos de la época. Así se fue prefigurando lo que posteriormente daría un rostro cada vez más visible a lo que en su tiempo se conoció como izquierda mexicana.

Era notable la marcada influencia del espíritu del 68 y las ideas libertarias de una juventud que apostó en su momento por una sociedad más justa y democrática. En universidades como la Autónoma de Sinaloa, la Universidad de Guadalajara, de Puebla y de Chapingo, por mencionar quizá las más representativas, surgen también, en la década de los 70, movimientos radicales que veían en la guerra de guerrillas el camino para lograr el cambio de régimen y de sociedad. Situación que por otro lado, también fue resultado de una respuesta violenta y persecutoria del gobierno federal para apagar los movimientos estudiantiles que se replicaban en universidades y escuelas normales del país.

Fue sin duda en las universidades, donde se originó la historia del antes y después del 68; pero fue en ellas también, donde se padecieron las consecuencias de la represión militar y policial de los gobiernos federal y estatales. La mítica amenaza del socialismo y los tiempos de la guerra fría justificaron la violenta persecución de estudiantes, maestros y luchadores sociales en todo el país. Esta sería la guerra más obscura y sucia conocida en el México postrevolucionario. Asesinados, secuestrados, desparecidos, presos, torturados, perseguidos y exiliados, sería la suerte de miles durante poco más de 10 años.

Las universidades convertidas en ágoras de la discusión y búsqueda del -qué hacer- como institución educativa, significó tiempos de ensayo y errores, de justificación y acusaciones  entre grupos de universitarios, de ideas que defendían y exigían una razón y un deber ser para las universidades y la educación. Un rol histórico, una responsabilidad crítica y un compromiso de cambio para la sociedad. La suma de anhelos y el romántico fuego de los deseos de una sociedad de iguales y de justicia social para México, mezclaron candorosa y efusivamente los propósitos y objetivos de la educación, la política y los gobiernos.  Y la confusión duró al menos otros 10 años.

Así, más tarde que temprano o más pronto que tardío, como sin saber o sabiendo, la generación de estudiantes y maestros del 68 se fue acomodando al inevitable tiempo de lo que seguía, de las nuevas páginas de la historia que cambiaron en el azar de lo humano y lo complejo de nuestra sociedad, de lo seductor. Llenos de recuerdos y frustración, la academia, los partidos políticos y la lucha electoral, las lecciones del miedo y la vida misma, fueron el manto friático que apagaría, sigilosamente, el fervor revolucionario de lo que un día pudo ser.

Todavía para la primera mitad de la década de los 80, en el país existían organizaciones políticas y sociales por lucha de la propiedad ejidal y apoyos para la producción, algunas expresiones del sindicalismo ferrocarrilero, de los petroleros, trabajadores agrícolas y maestros tenían presencia en la reivindicación de los derechos laborales y constitucionales, así como de cooperativas pesqueras, por mencionar sólo algunas. Una sociedad organizada en torno a intereses y búsquedas colectivas que representaban al grueso de la población y que reunía sus reclamos a un Estado mexicano que asumía en su visión de gobierno el respaldo a las mayorías a través de una intervención directa para lograr el bienestar social y económico de la población. Se escuchaba la voz de organizaciones sociales, de sectores obreros, campesinos y de las burocracias, como ventana y rostro que les otorgaba existencia y presencia social para dirimir el futuro del país y sus habitantes.
Pero luego la historia cambió, el desengaño de los regímenes socialistas, la caída de la URSS y su humano fracaso de la promesa de un mundo mejor, terminó también con todos aquellos anhelos revueltos que dieron origen al 68 mexicano y del mundo. El capitalismo y su mejor apuesta de la economía del libre mercado, cancelaba la utopía de lo colectivo. El sueño de lo común cedió sus trincheras en pos del bienestar individual. Y luego todos o ese 99% que nos explica el economista Josep Stiglitz en su libro “el precio de la desigualdad”, huérfanos y cansados, terminaron por perder sus ideales y un lugar para la memoria de un mundo mejor para todos. Así se asumieron las ideas neoliberales como única y penosa opción, síntoma inequívoco de su propia invalidez de un pensamiento social, de la incapacidad de implicarse en la construcción del bienestar compartido.

Una especie de indolencia, una  conciencia anestesiada se fue acomodando en la prudencia de un quehacer político e ideológico fincado en el campo de los intereses y aspiraciones personales, una reducida perspectiva para terminar en los límites de una geografía que no va más allá de sí mismo y sus allegados. Así la izquierda mexicana se llamó moderna, socialdemócrata, renovada y tolerante.

Y así trascurrieron los años, la familia y las adquisiciones patrimoniales, el espejismo de la buena vida y el american way of life… siendo incapaces de haber decidido ser diferentes. Los anhelos del 68 se disiparon en las nuevas generaciones, mientras asumíamos hacer cada quien lo individualmente correcto en una sociedad por la que no pensamos pero que sí experimentamos con toda la resignación de estar lo mejor posible, en un mundo en crisis ambiental y económica. Ahora, podemos mirar las consecuencias de lo que este olvido ha traído y de lo que depara.

¿Qué nos queda del 68 en la actualidad? Es otra historia que pensar, que contar.