Editorial

Hacia 1909, el poeta italiano, Filippo Tommaso Marinetti, promulga, como parte de su revolución futurista, una extravagante afirmación de la velocidad, menos como un pensamiento premonitorio que como una noción o visión estética del mundo: …la magnificencia del mundo se ha enriquecido de una belleza nueva: la belleza de la velocidad, declara Marinetti con una suerte de encantó naïf que conmocionó, sin embargo, los reductos de ese conservadurismo que permeaba la aristocracia cultural europea antes de la primera guerra.

Hoy en día, el exótico futurismo de Marinetti quedó opacado, sin duda, ante los embates de un presente ofrecido a la sociedad desde diferentes formatos. La velocidad transfiriendo, en el cauce de una meta realidad (explicable solo para especialistas en las variadas tecnologías), información, gestos individuales, simplificación lingüística, intercomunicación a través de redes que han llegado a socavar el paisaje íntimo de infinidad de usuarios, en fin.

Esta falta de trámite, esta desindividualización de los procesos comunicativos, ha dejado abierta la puerta a la nostalgia, ese pasaje emocional donde la memoria cifra las virtudes de un pasado –casi siempre- traducido en el anecdotario permanente de una consciencia colectiva que busca su manutención.  Acaso resulte irónico que en este medio apelemos a la nostalgia. No obstante, en aldea21 creemos que el tema, en sí, invoca muchos escenarios puestos en la reflexión, de donde sobresale, sí, una tristeza por un tiempo, uno o muchos lugares, innumerables rostros que se han ido, pero también la felicidad de haber atravesado esos pasajes y las posibilidades de reconstruirlos desde la palabra.