Anotaciones sobre Norte. Una antología

Num. 8 | Medios y modos de comunicación

 

Francisco Meza

1

Allende de cualquier indagación antropológica o sesudo estudio idiosincrático, la literatura del Norte ha sido el tema literario más mencionado y controvertido en los últimos años de nuestra republica de las letras.  El «ser norteño», «la identidad del norteño expresada en su literatura», se ha convertido en el escenario de discusiones y coloquios, ocasión de rabietas y de fuegos pirotécnicos. Donde algunos críticos y escritores legitiman, otros defenestran.

Muchos de aquellos quienes se inician en este debate pasan por alto que escritores fundamentales de eso que llamamos nuestro canon nacional son originarios de las heredades centaúricas: Martín Luis Guzmán,  Alfonso Reyes, José Revueltas, por mencionar sólo algunos nombres.

La configuración del prototipo del norteño, me atrevo a pensar, es una de la más llamativas creaciones colectivas generadas por los habitantes del centro del país. Obviamente, la construcción de esa figura parte de rasgos muy localizables como el habla y la vestimenta, sin embargo estos rasgos sufren una transformación hiperbólica en la imaginación de aquellos azorados observadores: el norteño es provocador y festivo por nacimiento; no habla, grita; se arroja a las armas ante el menor motivo, rapta a sus mujeres; es incómodamente honesto y, a la vez, adorablemente beligerante; parrandero, altivo, árido de modales y un largo etcétera.

En fin, el norteño es valorado como un transgresor de las normas y de las formas. Esta transgresión de las formas también puede notarse en la escritura de sus mejores autores. El norteño, pésele a quien le pese, ha sido desde hace más de un siglo un renovador de la prosa nacional.

¿Pero de dónde proviene el espíritu de esta actitud de transgresión? En el prólogo de Norte. Una Antología, Eduardo Antonio Parra, compilador de la misma, menciona en repetidas ocasiones la palabra «migración»; vocablo en donde podemos resumir y entender gran parte de las raíces de este territorio que desde tiempos prehispánicos ha funcionado como un corredor cultural y comercial. En diferentes momentos de la Historia, el Norte ha sido puerta de entrada y puerta de salida de pueblos. El indómito Norte como escenario de los más grandes levantamientos belicosos o como la última trinchera de la dignidad de los nativos precolombinos; las hordas norteñas que acosan las buenas costumbres; el Norte como posibilidad de éxito; el Norte como el Aztlán de la violencia que hoy nos tiene secuestrados; el Norte como el lugar donde lo errante se sedimenta. De tal modo, las sociedades norteñas se han distinguido por tener un mayor flujo de movimiento; es decir, el vértigo del nómada frente a la pasividad contemplativa del sedentario.

2

En términos cronológicos, esta selección de relatos reúne a autores que han vivido y escrito entre la Revolución mexicana y la Guerra contra el narco. El primero de dichos movimientos ha sido  historiado, reconocido y elogiado por la oficialidad en el poder; el segundo de ellos, no ha sido reconocido ni oficialmente historiado pero ha tenido magnitudes sangrientas comparables. Esta antología dibuja la historia de un siglo de cuentos en los territorios norteños, y si bien no es exhaustiva (su mismo compilador menciona que fue pensada para jóvenes entre 12 y 18 años), sí logra ilustrar cuáles han sido los caminos y las apuestas que diversos escritores nacidos en el Norte han decidió tomar en los últimos cien años.

De tal modo, estos narradores de la estirpe de Martín Luis Guzmán, autor que apertura la antología, se distinguen por trasladar un tono y un vocabulario particular del Norte; asunto que es relevante en tanto que ese vocabulario, esa manera de hablar, se materializa en un ritmo sintagmático que da cuenta de la prosodia de esos lares. No todos los autores apuestan a narrar con ese tono (modulación oral que por cierto varía en la diferentes geografías norteñas); incluso, más allá de los textos aquí compendiados, hay muchos que motivados por una supuesta aceptación comercial (dicen que la literatura norteña vende) han fracasado en  el intento. En los mejores cuentos de este libro los personajes no hablan como Camelia la Tejana ni atienden a los códigos morales de Lamberto Quintero o el Chapo Guzmán. Por ejemplo: Revueltas, Arredondo y Gardea se diferenciaron de ese tipo de tratamientos y construyeron una prosa que, sin perder velocidad, logró matices poéticos de gran altura que terminaron por generar entrañables atmosferas. Es así que sus relatos continúan siendo metáforas que no agotan su misterio y escapan de ser una simple enumeración y articulación de acontecimientos.

3

Por otro lado, me resulta importante señalar que el texto de Federico Campbell es un parte aguas de los intereses, referentes y modulaciones que posteriormente (en referencia a los autores arriba mencionados) habría de tomar la narratividad norteña. Esto es, lo urbano como el teatro del fenómeno literario; sin embargo, no será la ciudad de México sino Tijuana y Monterrey el receptáculo de las variedades idiomáticas y culturales; es decir, no veremos al espectro de Carlota buscando por Paseo de la Reforma a Maximiliano; sino las expediciones a la Coahuila y los llanos de la Mesa de Otay. Tijuanenses, un texto que navega entre la crónica y el cuento, anticipa lo que habría de convertirse en la década de los noventa en una de las posiciones más radicales de la literatura en México. No sería un despropósito afirmar que en el diálogo entre el mencionado texto y, del recientemente fallecido Rafa Saavedra, Tijuana para principiantes se podría ilustrar cuál ha sido la evolución y transformación de la escritura fronteriza.  Creo que es justamente entre estos dos creadores ─en ese periodo de tiempo─ cuando la apostilla de la insularidad norteña termina por desvanecerse para darle paso a una narrativa sintonizada con los nuevos ritmos culturales impuestos por la tecnología. Debo mencionar que serían David Toscana, Cristina Rivera Garza y el propio Eduardo Antonio Parra quienes, asimilando su tradición pero buscando nuevos modos de contar y construir tratamientos humanos, habrían de conciliar en su narrativa la herencia de los abuelos y el ímpetu de las generaciones emergentes.

4

Sobre los cuentistas sinaloenses incluidos puedo agregar que ejemplifican los movimientos y transformaciones que en mayor o menor medida han venido sucediendo en la literatura escrita desde y sobre el Norte. En Ramón Rubí se aprecia esa apuesta narrativa cuyo mayor interés es el desarrollo tradicional de acontecimientos, mientras que en el caso de Inés Arredondo  podemos observar la preocupación milimétrica por la forma y la justa acentuación humana en la construcción de sus personajes, sin duda estamos hablando de una de las mejores cuentistas del siglo XX mexicano. En el caso de López Cuadras, fundamental representante de la narrativa sinaloense, se destaca su trabajo por la generación de atmosferas y el ágil tratamiento moral en sus cuentos. Me atrevo a decir, que el último gran libro de cuentos escrito por un sinaloense es La Primera vez que a Kim Novak. En Élmer Mendoza se presentifica, ya lo han comentado sus críticos tanto detractores como apologistas, los giros lingüísticos, la apropiación de un ritmo prosódico y la gran velocidad de su fraseo. Alfonso Orejel narra desde las dos trincheras, una parte de su obra intenta apropiarse de formas e historias propias de sus regiones mientras que otra parte se modula desde un lenguaje más estandarizado. Juan José Rodríguez, cuya  novelística se ha situado principalmente en el puerto de Mazatlán y que guarda como una de sus aportaciones temáticas a los narcovampiros, en sus cuentos apuesta más por un discurso sin tonos ni marcas geográficas. Sin embargo, la conexión con las siguientes generaciones de cuentistas sinaloenses no queda ilustrada en esta selección, quizá por los criterios de la misma. Geney Beltrán, Eduardo Ruiz y Mariel Uribe, quienes no están presentes en este compendio, representan la vanguardia en el género y, para quienes conocemos su obra, ya han publicado cuentos muy bien logrados, los cuales por su calidad podrían ser incluidos en cualquier antología.

5

Me gustaría subrayar que los últimos cuentistas de Norte. Una antología, asumen una posición diferente en cuanto a procedimientos en la trama y modulaciones rítmicas que los de sus predecesores; quizá es la intención por distinguirse de ellos o las nuevas velocidades del mundo que observan y habitan. Es interesante localizar que son los autores fronterizos los que con mayor insistencia quieren nutrir su lenguaje narrativo con las divergentes prosodias de sus contextos.

Particularmente, en Julián Herbert se trasluce una nueva forma de ver lo que se narrará, no hablo del mito de una prosa que se crea espontáneamente por sí sola, sino de otras pulsiones discursivas que terminan por entregarnos fabulaciones descarnadas tanto de universos subterráneos como del mundo de las obsesiones y los deseos. Herbert, por sentencioso que esto pueda sonar, es el narrador que más distingue de su generación. La tensión dramática, sus tiempos narrativos, así como la generación de metáforas continuadas en su prosa son verdaderamente memorables.

Los lectores de esta antología estarán frente a un arsenal de historias y estructuras narrativas, así como frente a un lenguaje que sin sacrificar su acento gana por derecho propio su lugar en la narrativa latinoamericana. La gran aportación de este libro, al igual que los grandes cuentos que siempre narran una historia paralela o subyacente, es que los lectores podrán visualizar el cómo la literatura del Norte se ha venido constituyendo en los últimos cien años y, simultáneamente, podrán disfrutar en específico cada uno de los textos.

CPecJstVEAAwJ9t

Francisco Meza Sánchez. Culiacán, crítico literario, ensayista y poeta.

Siguenos en Twitter:


Written by Redacción