Fiebre(s): una reflexión sobre la juventud en 1968 y hoy

Por José Iván H. Rocha Rodelo

En el instante en que se escriben estas palabras se avizora al otro lado de la ventana del tiempo la aproximación del día en el que se cumplirán 50 años de la matanza contra estudiantes ocurrida en la Plaza de las Tres Culturas, en la Ciudad de México. Al momento en que esto se escribe, se cumplen ya cuatro años de la desaparición de 43 estudiantes normalistas en la comunidad de Ayotzinapa, crimen en el cual se vio involucrado el Estado Mexicano y sus cuerpos de seguridad.  Mismo crimen que hasta el día de hoy permanece, lamentablemente, detrás de la estela de brumas que dejó a su paso eso que Jean Baudrillard llamó, en La ilusión del fin, “la huelga de los acontecimientos”: más rápido que en el fatídico año de 1968 nos enteramos de los sucesos; tardamos mucho (¿quién sabe cuánto tiempo más?) en llegar a su verdad, como si lo que acontece se nos escapara de las manos en el momento mismo en que los hechos se nos presentan.

El cuadro en donde se han plasmado las palabras que evocan una comparación/analogía entre lo que ocurrió aquel día del año 2014 y lo que se ha recordado del 2 de octubre de 1968 es realmente grande. Se puede presumir, como señalarían muchos, que la represión estatal, desde entonces hasta hoy, no ha dejado de volcarse sobre esos sujetos sociales a los que se les ha puesto, casi como camisa de fuerza, la carcaza de la rebeldía, el desorden, la irracionalidad, la inmadurez. Los estudiantes de hoy, dentro de esta visión, siguen siendo esos blancos hacia los cuales se dirigen las balas de la pistola del gobierno. Sin embargo, habría que detenerse un poco y sugerir las diferencias (históricas, sociales, e incluso, por acudir a la palabrota: estructurales) que separan y, al mismo tiempo, vinculan en el tejido escabroso de la Historia a los eventos de Ayotzinapa y de Tlatelolco, esto para no dejarnos llevar por el perfume engañoso emitido por una rabia (esta sí irracional) que puede oler a justicia y dignidad humana, pero que lleva en su esencia el panfleto y la propaganda, careciendo a su vez de una conciencia histórica saludable.

Desde luego que los jóvenes de hoy pensamos el 2 de octubre. Desde luego que hemos sentido (algunos día con día) el embate represivo de entidades autoritarias diversas (también, al momento en que esto se escribe, han pasado ya algunas semanas del asalto a la UNAM de “porros” que agredieron a estudiantes que se manifestaban). Pero, claro, también los jóvenes de hoy hemos descuidado la memoria del 2 de octubre. Y no se trata de una mea culpa simplona, ni de un llamado a recuperar “el espíritu de una época” que el leviatán del estado le arrebató a la juventud por la fuerza de las armas. Se trata de observar que la memoria también se pierde cuando se abusa de ella, como diría Todorov. Se pierde cuando se convierte en eslogan, en mercancía simbólica para “dignificar” una agenda política que puede ser de izquierda o derecha, que puede ser progresista o reaccionaria (la memoria no distingue partidos ni se incorpora a ningún monopolio: es humana y ya, demasiado humana). Nuestro descuido es, quizá, que le hemos abierto la puerta al espíritu combativo (ya bastante filtrado, bastante difuso para nosotros, los llamados millennials) del 68 cuando en nuestra realidad social se abren pequeños o grandes boquetes por donde éste puede caber y entrar (como en el caso de Ayotzinapa, como en otros muchos más), sin siquiera detenernos un poco a comprender el 2 de octubre, sin dar cuenta de que somos, en muchas formas, distintos a los hombres y mujeres del pasado, por más similar, por más estanca, por más redonda y cíclica que sea nuestra historia política en México; por más que los desaparecidos de hoy se parezcan a los de ayer.

De entrada, el telón de fondo es sustancialmente distinto: no hay, detrás de los terribles acontecimientos de septiembre de 2014 en Guerrero, una Unión Soviética o una Revolución Cubana a la cual señalar como el virus infiltrado que el Estado busca exterminar, como sí ocurría, desde luego, en 1968. No se busca decir con esto que el Estado mexicano tenía una justificación más clara para asesinar jóvenes en el siglo XX, pero sí marcar que el contexto es profundamente distinto, y ese mismo contexto es determinante para comprender la forma de proceder tanto de las instituciones como de la sociedad. Pero, si ya no hay un enemigo externo, si ya no se concibe la idea de un adoctrinamiento de las juventudes mexicanas en pro de la destrucción del sistema capitalista y la implantación revolucionaria del comunismo, ¿Por qué la represión? ¿Por qué nos siguen faltando 43, cientos, miles?

La cuestión ya fue planteada anteriormente: es un asunto de signos. El joven es un signo del desorden, de la insubordinación, de la rebeldía. Detrás del joven, en el mundo de los significados (o, para decirlo con Schopenhauer, de las representaciones) se erigen los fantasmas de la irracionalidad, de la fiebre. En eso sí somos bastante parecidos a los jóvenes de aquel año de 1968: somos esa generación que sucede a la generación de la pastilla anticonceptiva, del rock and roll y el peace and love, de la psicodelia, del existencialismo romantizado y los sueños de hacer posible lo imposible. La nuestra, en cambio, es la generación del Twitter, de los teléfonos celulares inteligentes, de las pequeñas identidades, de los videojuegos, los fenómenos virales y el desencanto. Ambas, dos generaciones por igual rebeldes, cuyos gestos no son sino los síntomas de esa naturaleza oscura y caótica que ha sido construida alrededor de la juventud. Ese imaginario colectivo sí permanece, sí continua, y propicia, sin lugar a dudas, la estigmatización de un grupo social sobre el cual es factible (y necesario, en la visión autoritaria) ejercer la fuerza para mantenerlo controlado, para incorporarlo al Orden. No olvidemos que son las mentalidades las que más tiempo tardan en transformarse, como hizo bien en señalárnoslo el historiador Fernand Braudel ya desde el siglo pasado. Por lo tanto, esta imagen de la juventud ha sido asociada, ayer en el 68 y hoy, a todo eso que el Estado asume como hostil al mantenimiento del orden político y social. De ahí la facilidad con que se relacionó a la juventud de entonces con el “mal” del comunismo, y la facilidad con la que se vinculó a los jóvenes de Ayotzinapa con los cárteles de la droga. Ahora en la calle, revisando la nota de un periódico sensacionalista que anuncia el hallazgo del cuerpo de un joven asesinado, alguien está diciendo: “pobre morro, pero bueno, de seguro andaba en malos pasos”.

No podemos, con ligereza e irresponsabilidad, decir que lo de Ayotzinapa es la repetición de la historia en relación a los hechos del 68. También las rupturas son importantes, las discontinuidades, las diferencias. Si bien, en el amplio y escabroso espectro de las representaciones, la juventud lleva en sí la marca de hierro de la rebeldía y la irracionalidad, es de resaltarse el hecho de que la represión política ejercida en el siglo XX es, en su sustancia, diferente a la represión de nuestra actualidad.

La misma estructura política del presente nos muestra puntos en los que logra diferenciarse de la que correspondió a la década de los sesentas: aquella es la de un agónico welfare state en plena ebullición de conflictos internacionales vinculados a la polaridad de la Guerra Fría, la de ahora, por otro lado, la de un mundo interconectado por redes de comunicación que han logrado trascender el dialogo personal de los seres humanos (la red, el internet no es otra cosa) en función de constituir una enorme aldea global asentada sobre los ideales del consumo y la promoción de la personalidad como el límite final al que se debe y se puede aspirar. Aquel era un Estado articulado, vamos a decirlo así, en la formula del siglo XX: autoritario, fortalecido por su estructura gubernamentalizante que pretendía hacer efectivo su ejercicio de poder y su administración del control a través de sus instituciones, y el de nosotros, más bien, es un Estado que queda un poco velado tras las cortinas del marketing  y la expansión de las transnacionales, así como también aparentemente abierto al escrutinio social a través del recurso que representan las llamadas redes sociales que el internet ha puesto a nuestra disposición pero que al mismo tiempo nos ponen a disposición, nos exponen, pues, al mundo entero; nos exponen a cualquiera que tenga acceso a la red y pueda consultar nuestra información más íntima, más personal, que engloba desde la ubicación exacta en la que nos encontramos, hasta nuestros gustos, placeres y deseos.

Es por ello que la fiebre que nos invade cuando las televisoras nacionales, los hashtags en las redes, el nuevo arte social-urbano y la voz popular nos recuerdan que nos hacen falta 43 estudiantes, es la misma (en esencia) a la que invadió a los por entonces jóvenes del año de 1968: el joven que habita en nuestro imaginario es rebelde, se deja guiar por pasiones, por la subversión de la tradición que los adultos les imponen, por la inmadurez, por su tendencia al crimen, al caos, y, en este sentido, el joven debe ser reprendido, corregido, vigilado, reprimido, ya sea por sus padres, por sus maestros , o por las fuerzas públicas en beneficio del orden político-social: esto válido para los individuos de ese ayer, como para los de este hoy. Pero, al mismo tiempo, es otra nuestra fiebre: es una fiebre que puede prescindir de la calle para hacerse notar, para expandirse, pues tiene sus espacios (muchas veces no-físicos, como la red) a través de los cuales se comunica. Una fiebre que se conduce a través de grupos moleculares que ya no se soportan sobre los grandes ideales que caracterizaron al universo del siglo pasado, sino que construyen sus discursos orientados a entidades cada vez más específicas de ciertos sectores de la sociedad en general. Una fiebre que ha hervido en las cabezas de jóvenes que han resucitado una conciencia histórica para hacerse oír en las asambleas políticas, en los escenarios públicos, pero que es una conciencia histórica que, en muchas ocasiones, se descuida para arrojarse a los brazos de la propaganda, del comercio de ideas y se deposita en la verborrea a la que en muchas ocasiones se incurre en las plataformas de Facebook o de Twitter.

Sí: los jóvenes de hoy tenemos muy presente el 2 de octubre. No olvidamos. La apuesta que aquí se arroja es la siguiente: hay que recordar bien, hay que cuidar la memoria, hay que salvarla, como escribiría Eduardo Ruiz (“si la memoria no nos salva, que se salve la memoria”, nos dice el novelista culichi); a la memoria no hay que estrujarla, no hay que adornarla,  no hay que venderla. A la memoria no hay que inscribirla en agendas políticas ni en discursos de moral (laica o religiosa): hay que hacerla nuestra , hay que devolverle su humanidad: así, nuestros muertos y desaparecidos (los de entonces, los de hoy, los de siempre) jamás perderán su muy humano rostro.