Crónica periodística del movimiento del 68. Cuarta Parte

Por: Azalia López González

Periódico Excelsior

MÉXICO, D.F octubre 2

Tercer piso del edificio “Chihuahua”. Poco más de 10,000 personas en la Plaza de las Tres Culturas, tres estudiantes han usado el micrófono, uno de ellos para las presentaciones; otro, representante del Politécnico, y uno más de la Universidad.

En el balcón central del edificio están los periodistas, algunos fotógrafos, camarógrafos, reporteros y corresponsales extranjeros.

Los oradores atacaron a los políticos, a algunos periódicos e inclusive llegaron a proponer el boicot contra un diario capitalino.

Entre aplausos fueron recibidos algunos obreros, que se dijo eran ferrocarrileros. Exhibían una manta que decía: “Los ferrocarrileros apoyamos el movimiento y desconocemos las pláticas Romero Flores-GDO”, y algunos de ellos anunciaron la iniciación de paros escalonados.

A las 18:10 horas, tres luces de bengala cayeron sobre los espejos de agua. Varios centenares de agentes de la Policía Judicial, de la Procuraduría General de la República, de la Dirección Federal de Seguridad llegaron y gritaron a los periodistas “¡Bájense!” Llevaban pistolas en la mano.

Los mismos agentes dijeron a los estudiantes: “¡Alto aquí: que nadie se mueva!”

Los periodistas apenas alcanzaron a bajar. Se inició una intensa balacera, disparos al aire, ráfagas de ametralladora y carreras de todos. Los elevadores estaban atrancados mientras que los agentes cubrieron las dos escaleras de acceso.

Abajo, en la Plaza, la gente se arremolinaba, caía y se despeñaba sobre las escaleras de piedras, frente a la iglesia de Santiago Tlatelolco.

Por lo altoparlantes se escuchaba: “No se vayan… no se vayan”. Al mismo tiempo, al lado del edificio de Relaciones Exteriores penetraba el Ejército suscitándose más disparos. En este tercer piso fueron detenidos unos cuarenta estudiantes del Consejo Nacional de Huelga, mientras oscurecía y faltaba luz en el edificio.

Agazapados, pegados a la pared de las escaleras todos bajaban al segundo piso impulsados por lo gritos de los policías. Agentes y periodistas juntos, cargaron contra la puerta del departamento 206. La chapa cedió: no había nadie. Sus moradores huyeron.

En el pasillo del departamento junto a dos teléfonos hay varios heridos, unos sobre otros. Continuó el desfile de lesionados, de los cuales tres de la Judicial y tres de la Federal de Seguridad, además de Oriana Fallaci y uno mujer grávida, con su hijo de doce años.

El jefe de la DFS se comunicó por teléfono: “¿Hay francotiradores?”.

Por la misma vía, el jefe de la DFS informó: “No funcionan los ‘walkie-talkies’ (transmisores-receptores). No funcionan. Aquí sólo nos movemos y nos disparan. Ustedes comuníquense con ellos porque, además, hay francotiradores. Necesitamos que manden un convoy de ambulancias civiles para ver si los dejan pasar y saquen los heridos. Que vengan con las sirenas abiertas para que vean que son ambulancias”.

Mientras tanto, a varios de los agentes se les aplicaban torniquetes para evitar desangramientos.

Un capitán del ejército empleó el teléfono y llamó a la Secretaría de la Defensa, informado de lo que ocurría: “Estamos contestando con lo que tenemos”.

Allí se veían ametralladoras, pistolas 45, 38 y una de nueve milímetros.

Se sucedieron disparos de abajo hacia arriba, inclusive detonaciones de bajo calibre, alternándose con más ráfagas de ametralladora.

Cerca de dos horas después bajaron agentes y periodistas, antecedidos por los detenidos, quienes fueron colocados frente a la pared, con los brazos en alto.


CÓMO SE DESARROLLO EL MITIN

El mitin convocado por el Consejo Nacional de Huelga se inició a las 17:30 horas.

Desde una hora antes, centenares de manifestantes –estudiantes, hombres, mujeres y señoras con niños– habían comenzado a congregarse.

Entre los asistentes cundió el rumor de que había decenas de agentes policiacos vestidos de civil entre ellos.

En los edificios cercanos decenas de inquilinos abrieron sus ventanas para observar desde ahí lo que acontecía.

El primer orador afirmó que el movimiento estudiantil continuaría, “a pesar de que todo” dijo que “ya había logrado algo importante

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Otro orador que dijo ser de la Facultad de Comercio y Administración, iniciaba su perorata con ataques al Gobierno, cuando se anunció que en ese momento arribaban representantes de petroleros y ferrocarrileros. Estos fueron ovacionados.

Dos helicópteros sobrevolaban la Plaza de las Tres Culturas.

En tanto que el orador seguía lanzando ataques a las autoridades, decenas de activistas repartían propaganda y vendían ejemplares del órgano del movimiento estudiantil, llamado “El Victorioso”, a $0.50.

Cuando tomó el micrófono una muchacha la multitud se calculaba en unas 5,000 personas. Después de ella habló otro joven. Cuando terminaba habían transcurrido escasos 45 minutos.

De pronto, tres luces de Bengala aparecieron en el cielo. Caían lentamente. Los manifestantes dirigieron, casi automáticamente, sus miradas al cielo. Y cuando comenzaron a preguntar de qué se trataría, se escuchó el avance de los soldados. El paso veloz de estos fue delatado por el golpeteo de los protectores de sus botas.

Luego se inició la balacera. Con ello, la confusión. Nadie observó de dónde salieron los primeros disparos. Pero la gran mayoría de los manifestantes aseguraron que los soldados, sin advertencia y sin previo aviso, comenzaron a disparar.


GRITOS, LLANTO, LA LOCURA

La Plaza de las Tres Culturas se convirtió en un infierno. Las ráfagas de las ametralladoras y los fusiles de alto poder zumbaban en todas las direcciones. La gente corría de un lado a otro. Muchos se arrojaron al suelo. Otros se protegieron en escalinatas y en los vestigios prehispánicos de la Plaza. Los periodistas nacionales y extranjeros, que junto con fotógrafos y camarógrafos había sido comisionados.

Las tropas, que aparecieron por el oriente de la plaza, avanzaron rápidamente y en cuestión de minutos se apoderaron del sitio.

Pero los disparos no amainaron. Por el poniente, a un costado del edificio de la Secretaría de Relaciones Exteriores, comenzaron a aparecer tanques ligeros, que llegaron hasta las puertas del edificio “Chihuahua”. Decenas de personas, tiradas “pecho tierra”, se protegían con las manos en la cabeza. El tiroteo era increíblemente generalizado. El ruido de la balsera, de metralletas, rifles de alto poder y pistolas, se confundía con los gritos. La confusión era general.

El fuego intenso duro exactamente veintinueve minutos. Luego los disparos se hicieron con menor intensidad, pero no acabaron. Cerca de las 19.00 horas, cuando empezaba a anochecer, la situación comenzó a ser controlada por el Ejército. En ese momento los tanques ya estaban en las entradas del edificio “Chihuahua”, donde se habían fortificado los líderes del Consejo Nacional de Huelga.

Una vez que amaino el fuego, decenas de personas, con las manos en alto –periodistas y reporteros gráficos entre ellos– fueron conducidas por los soldados hasta el muro sur de la iglesia de Santiago Tlatelolco. Allí fueron “cacheados” todos.

Una a una fueron pasadas hacia un corredor que forman el costado norte del edificio de la Secretaria de Relaciones Exteriores y el sur del templo.

Todos, a excepción de fotógrafos y periodistas que pudieron identificarse, quedaron detenidos allí. Fueron llevados luego a un lugar seguro, en la Cancillería los representantes de los diarios pudieron retirarse algunos de ellos, maltrechos, golpeados y hasta con lesiones leves, el fotógrafo de “Excélsior” Jaime González quien junto con el reportero Ramón Morones fue comisionado para cubrir la información del mitin, fue herido por un soldado. La Cámara fotográfica le fue quitada con lujo de fuerza y estrellada contra el suelo. Después fue hecha añicos a culatazos. Cuando trato de protestar, le dieron un bayonetazo en una mano.

En el mitin estuvieron presentes varios periodistas extranjeros. Comisionados por sus órganos de difusión para cubrir los Juegos Olímpicos.

No fue encendido el alumbrado. De la explanada de la Plazoleta ya en poder del Ejército, surgían constantes ráfagas.

Los automóviles situados en los estacionamientos de la zona sirvieron de refugio a muchos estudiantes.

También se parapetaron en ellos agentes policiacos e inclusive algunos soldados que no veían de donde provenían las balas.

Y así, nadie que no tuviera una identificación que satisficiere al Ejército, no pudo abandonar la zona.


MUERTOS, HERIDOS, PANICO POR DOQUIER.

Una vez que se tuvo conocimiento de la refriega, “Excélsior” envió al sitio de los sucesos a los reporteros Jaime Reyes Estrada, Emilio Viale, Miguel Ángel MartínezAgis, y Fausto Fernández Ponte, así como a los fotógrafos Jaime González, Ricardo Escoto y Carlos González, y a los camarógrafos del noticiario “Excélsior”, Javier Roberto Zetina e Ignacio Nalfavón”.

La situación que ellos encontraron fue la siguiente: Varios cadáveres en la Plaza de las Tres Cultura. Decenas de heridos, Mujeres histéricas con sus niños en los brazos. Vidrios rotos. Departamentos quemados. Las puertas de los edificios destruidas. Las cañerías de algunas rotas. De varios edificios salía agua. Y las ráfagas aún continuaban.

Al pasar frente a la entrada del ex convento anexo al templo de Santiago Tlatelolco, los periodistas vieron tres cadáveres de mujeres y dos de hombres.

El Ejército no permitió a la Cruz Roja ni a la Verde que recogiera ninguno de los cadáveres. Los cuerpos eran sacados en camiones del Ejército. Casi todos fueron colocados entorno de la iglesia y de allí sacados.

Los reporteros observaron también que entre las miles personas que fueron detenidas, aproximadamente, se encontraban casi todos los dirigentes del Consejo Nacional de Huelga. Estos fueron desnudados y puestos contra la pared, con las manos arriba. Casi todos fueron capturados en el edificio “Chihuahua”. Tres pisos de este inmueble ardieron, al parecer por una fuga de gas.

Corresponsales extranjeros fueron detenidos también.

Se calcula que participaron unos 5.000 soldados y otros tantos agentes policiacos, la mayoría vestidos de civil.

Tenían como contraseña un pañuelo envuelto en la mano derecha. Así se identificaban unos a otros, ya que casi ninguno llevaba credencial, por protección frente a los estudiantes.

Los periodistas observaron como el edificio “Chihuahua” fue desocupado, casi en su totalidad, violentamente. Para ello, los soldados rompieron los zaguanes, vidrios puertas y ventanas. También fueron destrozadas las tiendas de ese edificio.

Unos 300 tanques, unidades de asalto, “yips” y transportes militares tenían rodeada toda la zona, desde Insurgentes a Reforma, hasta Nonoalco y Manuel González. No permitían salir ni entrar a nadie, salvo rigurosa identificación.

Dentro de la confusión, se supo que algunos estudiantes fueron muertos cuando disparaban contra los soldados desde las ventanas de por lo menos diez edificios donde buscaron protección.

Casi todos los detenidos fueron golpeados con culatas y pistolas; también con los puños.

Los reportaron contaron entre los muertos que eran sacados en camillas, cuando menos a 22, entre ellos varias mujeres, y niños.

A las 21.00 horas fue desalojado el edificio de la Secretaría de Relaciones Exteriores. La policía puso a salvo a los empleados. De ahí sacaron a un chofer, que fue herido por una bala perdida que penetró por uno de los ventanales.

Algunos de los jefes militares, al ser abordados por los periodistas, dieron esta versión de cómo se iniciaron los hechos:

Que el General José Hernández Toledo, que dirigió la operación. Se dirigió a los manifestantes y les dijo que no podían salir. Aseguran que cuando hablaba por el magnavoz, un grupo se desprendió de los manifestantes y disparó en contra de él.

Los soldados no permitieron que los fotógrafos tomaran foto de los muertos. Tampoco de los detenidos. El fotógrafo de “Excélsior”, Ricardo Escoto, quiso tomar varias fotografías de las víctimas y fue agredido, le quitaron la cámara y la estrellaron contra el suelo.