DE LA SERRANÍA A LAS CIUDADES

 

Everardo Mendoza Guerrero

 

De sobra es conocido que las ciudades a lo largo de su historia han crecido poblacionalmente más por los movimientos migratorios que por sus tasas de crecimiento normal, el esperado, el resultante del equilibrio entre la natalidad y la mortalidad de su población. La búsqueda de mejores condiciones para vivir está en la naturaleza social del ser humano, sin embargo muchas veces ocurren circunstancias que obligan a los individuos a moverse de sus lugares de origen contra su voluntad. En este último sentido, quizá lo que más abona al incremento poblacional de las ciudades sea el movimiento repentino de una masa que se moviliza por causas extraordinarias hacia estos lugares con la esperanza de mejorar su situación o para salvar su integridad.

Aunque para este artículo mostraré datos de la ciudad de Culiacán, Sinaloa, las motivaciones, aunque no los hechos, claro, y las características de su explosión demográfica seguramente han de ser semejantes en muchas otras ciudades de México y en las de otras latitudes de América Latina. Si bien mi interés se fija en los éxodos del campo a la ciudad en la segunda mitad del siglo XX, no desconozco que en la última década de dicho siglo y en lo que va del presente el crecimiento poblacional ha sido de igual forma alto, pero sin alcanzar la magnitud de los periodos que resalto.

Habida cuenta que los pueblos ya no son lo que eran y que no hay más pobladores que expulsar, el crecimiento de las ciudades sinaloenses se ha sostenido principalmente por la inmigración proveniente de otras entidades del país, y, en menor medida, por la que se mueve entre las mismas ciudades del estado. Es claro, como lo sostienen diversos especialistas del tema, que una ciudad entre más grande es se vuelve más atractiva para los migrantes, pues las posibilidades laborales aumentan por la diversificación de su economía y por la correspondiente oferta que el tamaño de su población demanda; ello también se corresponde con el tipo de economía que desarrolla, pues es más atrayente una ciudad que basa su riqueza económica en la industria que la que la sustenta en las actividades del sector primario o terciario. Culiacán, como el resto de las ciudades de la entidad sinaloense, no es un centro industrial, basa su economía principalmente en actividades agropecuarias y las que se desarrollan alrededor de éstas, además de las relacionadas con los servicios, lo que ha determinado su desarrollo, el tamaño de su población y el tipo de migración que registra.

DINÁMICA POBLACIONAL DE CULIACÁN, SINALOA
1900   10,380
1910   13,527
1921   16,034
1930   18,202
1940   22,025
1950   48,936
1960   85,024
1970 167,956
1980 304,826
1990 415,046
2000 540,823
2010 675,773

FUENTE: Archivo histórico de localidades geoestadísticas.

 

Como puede apreciarse en la gráfica, el primer gran salto poblacional del siglo XX en la capital sinaloense se dio en la década de los cuarentas, el cual coincide, o quizá sea producto de esto mismo, con el conflicto agrario suscitado en Sinaloa entre los terratenientes, protegidos por sus guardias blancas conocidos como “Los del monte”, y los agraristas, campesinos sin tierras que exigían el reparto de los latifundios, mismo que desembocó, aunque no fue la única causa, en el asesinato del entonces gobernador Coronel Rodolfo T. Loaiza de manos de Rodolfo Valdés “El Gitano” durante el carnaval de Mazatlán de 1944; también coincide con la construcción de la presa Sanalona, obra hidráulica realizada de 1939 a 1948, que se convirtió en un foco de atracción de mano de obra de diversos rincones del estado, misma que por su magnitud y duración exigió el traslado de las familias y no sólo del trabajador, permitiendo por su cercanía, a sólo 24 kilómetros de Culiacán, que dichas familias se asentaran en la ciudad.

La apertura de la presa Sanalona propició la habilitación de las tierras de riego que dieron origen al floreciente valle de Culiacán, atrayendo no sólo a personas del propio estado sino de otros estados de la república e incluso extranjeros, lo cual contribuyó a un crecimiento sostenido en las décadas de 1950 a 1970. Claro, la oferta de trabajo en los campos agrícolas y la creación de empleos en los agronegocios y en otros no vinculados al campo no fue lo único que disparó el crecimiento poblacional de la ciudad, pues no se puede dejar de mencionar que desde la misma década de los cuarentas el negocio de los estupefacientes, que alcanzó su esplendor en los años sesentas, y sus repercusiones sociales contribuyeron al desplazamiento de otro tanto de la población serrana hacia las ciudades sinaloenses, principalmente a Culiacán.

El gran salto poblacional de las décadas de 1970 a 1990 coincide con la llamada Operación Cóndor que, como ha quedado documentado, obligó a los pobladores serranos a abandonar más de dos mil comunidades y a desplazarse hacia los centros urbanos en busca de seguridad y sustento, incrementando significativamente la población de los mismos, como puede apreciarse en la gráfica anterior para el caso de esta ciudad.

El campo aún sigue expulsando a los pocos que quedan, tanto por la inseguridad como por la pobreza y el abandono. No obstante la añoranza por volver, han sido estas mismas razones las que han determinado la permanencia de los desplazados en el lugar de refugio. Tan larga ha sido la espera en la nostalgia que ha dado tiempo a que los hijos y los nietos nazcan en el nuevo solar urbano que ahora les es propio, tanto que volver se ha convertido sólo en un asidero de identidad anclado en el recuerdo.

La inserción de los inmigrantes en la ciudad es muy compleja y no tan esquemática como aquí la hago parecer, pero para los propósitos de lo que pretendo explicar permítaseme abordarlo de esta manera. En cuanto a la ocupación del espacio, cuando menos se pueden advertir dos escenarios: por un lado están los que se asientan en las áreas ya pobladas por los citadinos, ya sea en casas de familiares o amigos o de manera independiente en casas prestadas, de renta o propias; luego están los que empujan los límites de la ciudad fundando nuevas colonias, o más recientemente ocupando los llamados fraccionamientos de “interés social” que, claro, no sólo ellos los ocupan sino también pobladores de la ciudad, nativos o inmigrantes que llegaron antes, necesitados de vivienda. Aunque la tendencia de los inmigrantes es a formar comunidades por lazos de familiaridad y de origen en el lugar de adopción, es claro que no todos los familiares y procedentes del mismo pueblo se asientan en el mismo barrio, de tal suerte que éste se conforma por una diversidad de orígenes, hábitos, costumbres y hablas.

Reconozco que a estas alturas debí haberme preguntado qué es la ciudad y qué es lo urbano, pero como mi propósito no es entrar a discutir sobre estos conceptos, ni en las limitaciones de los existentes, tomaré como válido lo que el hablante común sin mayores profundizaciones entiende por tales; es más, simplificaré tal entendimiento a la socorrida oposición de ciudad frente a pueblo o rancho y urbano frente a rural.

No es la inmigración paulatina la que ocupa mi reflexión, puesto que el efecto social, como el de tipo lingüístico, por ejemplo, es muy diferente cuando se tienen condiciones y tiempo para absorber la presencia de elementos ajenos a la tradición; y digo absorber sin que ello signifique aceptar, puesto que habrá elementos que se incorporen al habla del lugar, otros que por un tiempo alternen con los usos ya establecidos y otros más que de plano se rechacen. Este arribo a la ciudad, quizá continuo pero moderado, de sujetos con otros hábitos lingüísticos, con otras tradiciones, particularmente provenientes del ámbito rural, no representa mayor complicación para los hablantes citadinos en lo particular, y menos aún para la norma lingüística que la comunidad ha constituido, pues, como tengo dicho, por su carácter de expresión mayoritaria el habla urbana bien puede absorber los elementos que los inmigrantes traen consigo. En cambio, los efectos causados por la inmigración masiva, sobre todo la que en un tiempo muy corto suma un número igual o mayor al de los habitantes del lugar receptor, altera la vida social de la comunidad, propiciando reacciones de muy diversa índole y dimensión. En este caso, la situación lingüística que genera es por demás complicada, pues afecta tanto a los hablantes de la ciudad como a los inmigrantes que se ven obligados a comunicarse no sólo con aquéllos sino con otros inmigrantes del mismo registro pero de diferentes variedades lingüísticas.

Ampliemos el punto. La comunidad lingüística de la ciudad a la que ahora llegan los inmigrantes ha construido una norma que establece los usos aceptables por ésta. Cuando los inmigrantes llegan paulatinamente en número reducido no tienen tantos interlocutores ni de su registro ni de su variedad como para presionar al habla urbana, de tal forma que la situación los obliga a tratar de integrarse al habla citadina con menor resistencia; ello no implica, por supuesto, que estos hablantes no puedan aportar elementos al habla de la ciudad, los cuales, una vez aceptados por los usuarios citadinos, generalizados y normalizados, pasan a formar parte de la norma. La situación es muy distinta cuando el arribo de inmigrantes es en las cantidades y en los tiempos que se muestran en la gráfica, ya que tal concentración de usuarios de un mismo registro o de una misma variedad lingüística asegura de cierta manera interlocutores, lo que provoca, por un lado, que los hablantes mantengan sus usos, compitiendo con la comunidad lingüística receptora, y por otro, que la integración al habla citadina presente mayor resistencia, presionando al habla de la ciudad en sus usos y en la posible normalización de los mismos.

Cómo entender lo anterior. Supongamos que el habla urbana usa la variante guajolote para nombrar el mismo referente que el habla rural llama güíjolo, esto es el “ave de la familia de las gallináceas… que se caracteriza por tener la cabeza y el cuello desprovistos de plumas, que en el macho están recubiertos por excrecencias carnosas que cambian de color, desde el rojo al azul pasando por el blanco y otros tonos intermedios, y sobre el pico se tiende una membrana retráctil llamada moco.” (Tomado del Diccionario del Léxico Regional de Sinaloa) Ambas variantes, el mexicanismos y el regionalismo, se usan entre los hablantes de la ciudad; quizá el primero sea el que la norma reconozca como prestigioso, ejemplar y correcto, aunque poco a poco el regionalismo va ampliando sus espacios más allá del coloquio y aparece en el discurso de los medios, en textos periodísticos, literarios y de otra índole.

Es claro que los hablantes de la ciudad, sin importar si son nativos, descendientes de nativos o de inmigrantes, o naturalizados, en todo caso orgullosos de su urbanidad, asumen con reserva la presencia de cualquier elemento lingüístico con aroma campirano y, aunque incidentalmente lo usen, no dejan de tomar distancia del mismo en tanto no se normalice como propio del habla urbana; con el tiempo, para el hablante común, es posible que se pierda su origen y los citadinos crean que tal elemento es tan urbano como cualquiera otro de los que usa su comunidad; claro, habrá quienes tengan noticias de su procedencia, pero de igual forma no aceptarán muy convencidos su carácter rural y buscarán alguna explicación para hacerlo parecer como una influencia de la ciudad hacia el campo.

La ciudad, que se esmera en construirse un perfil basado en su historia, tradición y linaje, va decantando lo aceptable, lo prestigioso y ejemplar en todas las esferas de su actividad y comportamiento; así, lo urbano va adquiriendo un sello que se imprime como impronta de pertenencia y aceptación. Entre esos consensos, el lingüístico juega un papel preponderante en la conformación de la urbanidad, de tal suerte que “el buen decir”, “el bien hablar”, se convierte en un eje que va estirando y contrayendo los límites de lo citadino frente a los otros marcadores sociales que también participan en el establecimiento de dichos límites. Digo lo anterior porque es innegable que en el habla de la ciudad existen elementos que quizá en el momento de su aparición entre los usuarios no eran considerados de “buena cuna” y, por lo tanto, no muy recomendables para un hablante de la ciudad; me refiero a indigenismos, ruralismos, arcaísmos y voces populares, generalmente atribuidas, sin fundamento la mayoría de las veces, al habla rural. Los hablantes de la ciudad por lo general consideran su habla libre de toda mácula campirana y creen que sus palabras, sus significados, sus construcciones gramaticales, sus articulaciones y su acento, les vienen de la más castiza tradición de la lengua española, herencia de hablantes cultos e instruidos que han difundido los mejores usos lingüísticos y que han servido de base para normar lo que sí y lo que no es propio del habla citadina, llegando a considerar los usos urbanos no sólo prestigiosos y ejemplares sino correctos.

Sin duda, como toda comunidad lingüística, la de la ciudad ha creado esta norma para regular los usos aceptables entre sus hablantes, como miembros de un centro urbano y como hablantes de esa comunidad y no de otra. Dicha norma, como hemos visto, no sólo postula elementos de estricta raigambre urbana, pues la comunidad lingüística citadina no sólo se compone de hablantes nativos, cuyos ancestros también lo eran, en ésta conviven los citadinos, descendientes de citadinos o de inmigrantes rurales, de larga data o de nuevas generaciones, y los inmigrantes mismos. Por otra parte, es importante tomar en cuenta que la ciudad no está en un aislamiento tal que el entorno no la afecte y, por ende, que ninguna influencia la perturbe. Muchos factores juegan en la difusión de los usos lingüísticos, de tal forma que su generalización y su posible normalización dependen de muy diversas circunstancias: por ejemplo, que el referente sea una realidad rural y no urbana, y por lo tanto que el nombre de éste sea del habla campirana; que los hablantes rurales triunfen sobre los urbanos en la generalización de su variante, ya sea por el número de hablantes o por otras razones; y, que los hablantes con instrucción, la escuela, los medios de comunicación y otros sujetos que lideran la normalización de los usos lingüísticos opten por la variante rural.

En conclusión, la ciudad es un mosaico de hablantes de variadas procedencias que siguen una norma que se va construyendo con elementos de diverso origen, entre los que se encuentran los provenientes del habla rural. Claro, una vez que el habla urbana ha hecho suyos dichos elementos, les confiere su estatus y les niega a los usuarios originales el derecho a reivindicarlos. Y como dicen en Culiacán, “hasta los sierreños ahora le dicen a los plebes plebes, como les decimos aquí”.

 

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