Estuve en la Plaza de Tlatelolco el 2 de octubre de 1968

Nexos-Aldea 21

Por: Joel Ortega Juárez

Los disparos caían sobre nosotros desde un helicóptero al cruzar Reforma, recientemente ampliada. Atravesábamos la avenida de la Unidad Tlatelolco hacia el antiguo barrio de Peralvillo.

Salimos huyendo por entre los edificios de Tlatelolco después de que el Ejército comenzara a disparar sobre la multitud en la Plaza de las Tres Culturas. Gracias a que conocíamos —mis hermanos, un primo y yo— la unidad, salimos del lado adecuado, rumbo al oriente. Muchos de los manifestantes se equivocaron y corrieron en dirección opuesta, hacia el poniente, justo donde estaba el Ejército. En el mejor de los casos intentaron escapar hacia el norte, hacia la avenida Manuel González. Otros, muy pocos, se refugiaron en el Templo de Santiago y algunos más se escondieron en torno a las ruinas prehispánicas.

Tuve la impresión de que los disparos realizados desde un helicóptero del Ejército eran tupidos. Cuando intentamos salir del área tuvimos varias opciones: una era quedarnos dentro de la unidad, que consideré peligroso porque supuse, como ocurrió, que peinarían cada uno de los edificios y cada departamento para detener a los estudiantes. La otra posibilidad era cruzar Reforma con el riesgo de que una de las balas nos hiriera. También pudimos esperar al último camión de pasajeros que transitaba por Reforma del norte hacia el sur-poniente, pero era una decisión arriesgada dado que detrás del camión los tanques cercaban la plaza. Además nada garantizaba que el chofer se detuviese y nos dejara abordar.

Al final opté por lo más arrojado. Decidimos cruzar Reforma y correr el riesgo de ser heridos o morir. Al cruzar el ancho de 30 o 40 metros de Reforma —que yo percibí como centenares—, vi caer a varios compañeros, aunque no tuve oportunidad de saber si estaban heridos o muertos. No era el momento para realizar ninguna “inspección” sobre los cuerpos caídos.

Mis dos hermanos, César Ortega Juárez, estudiante de la Escuela Superior de Física y Matemáticas del Politécnico, Carlos Ortega, estudiante de la UNAM en arquitectura, y yo, llegamos a Tlatelolco alrededor de las 4:30 p.m. Por primera ocasión llegamos juntos a un mitin o una manifestación del 68 porque comí en casa de mis padres en la calle de Mar Adriático 116 de la colonia Popotla, a dos cuadras del Árbol de la Noche Triste.

Tenía bastantes días de no parar en casa. Desde mi regreso a México el 14 de agosto de 1968 procedente de París tras asistir al IX Festival Mundial de la Juventud y los Estudiantes realizado en Sofía, Bulgaria, prácticamente viví día y noche en Ciudad Universitaria, hasta la toma de la UNAM. Durante el día participé en las asambleas, brigadas y manifestaciones. Por las noches hice guardias en Economía y luego en Radio UNAM junto con El Búho. En una ocasión los compañeros quisieron “juzgarnos” por “pequeñoburgueses” porque Radio UNAM tenía alfombras, baño con agua caliente y cafetería atendida por compañeras muy guapas. Éramos “reos” del delito de “desviaciones pequeñoburguesas”.

El 18 de septiembre, al entrar el Ejército en Ciudad Universitaria, por pura casualidad salí unos minutos antes de Rectoría, donde estuvimos con Pedro Noguerón, secretario del rector Barros Sierra.

El 2 de octubre nos dirigimos rumbo a Tlatelolco. Lo hicimos por la calle Manuel M. González y por eso observamos una gran cantidad de carros del Ejército estacionados. Cuando llegamos a la plaza inmediatamente les comentamos a los compañeros que el Ejército estaba sobre Manuel González. Comprendimos que seguramente actuarían y rodearían el mitin. Les planteé lo absurdo de salir rumbo al Casco de Santo Tomás, la ruta prevista para la manifestación de ese día. Con mucha ingenuidad, la marcha al Casco pedía la salida de las tropas del Politécnico, dado que ya habían abandonado Ciudad Universitaria el 30 de septiembre.

Cuando compartí lo que sabía, los compañeros confirmaron que ya estaban informados de la presencia del Ejército. Comentarían al resto de los asistentes que no saldríamos en marcha. Les pedirían que al finalizar el mitin se dispersaran pacíficamente rumbo a sus casas o escuelas, sin hacer caso a ninguna provocación.

Al llegar al pie de los elevadores del edificio Chihuahua noté que había muchos hombres vestidos de civil con un corte de pelo tipo militar. Consideré, junto con los compañeros que estaban ahí, que eran policías de la Federal de Seguridad.

En esa entrada del elevador del edificio Chihuahua se encontraban Alfonso Vadillo Bello, Enrique del Val Blanco, José Bonfilio Cervantes Tavera, Ignacio Hernández, Nachito, Miguel Ángel Salvoch y al inicio también Pablo Gómez, quien subió al tercer piso ante una invitación del Búho, quien nos gritó “vénganse para acá, Pablo, Joel, suban”. Yo le contesté: “No tengo nada que hacer allá, Búho, no soy del CNH ni voy a hablar”. “¡Vengan!” El que sí tomó la invitación fue Pablo Gómez. Ello provocó que más tarde fuese detenido en uno de los departamentos donde estaban prácticamente todos los dirigentes del CNH. Este episodio ha sido narrado en múltiples ocasiones por El Búho, el propio Pablo Gómez, Gilberto Guevara, Raúl Álvarez y Luis González de Alba, entre otros.


Cuando Pablo subió nosotros nos quedamos en la puerta de los elevadores. A punto de terminar el mitin, levanté la mirada hacia el puente de Tlatelolco, situado en el Eje Lázaro Cárdenas, antes Santa María la Ribera, y noté que varios contingentes de soldados con las armas en ristre, cruzadas, marchaban rumbo a la plaza. Miguel Ángel Salvoch me tomó del brazo y dijo: “Cadenas, cadenas, esto es una provocación”. Yo le respondí: “No, Salvoch. Suéltame, estos cabrones no vienen a repartir flores, van a reprimir”. Dicho esto, me solté de los corpulentos brazos de Miguel Ángel Salvoch y examiné hacia dónde correría.

Al final opté por el oriente de la Unidad Tlatelolco, rumbo a Reforma. De manera milagrosa encontré a mis hermanos Carlos y César, y un poco más adelante a Alfredo Juárez, un primo que también asistió. Al que no encontramos fue a Rubén Juárez Johnson, otro primo que estuvo en el mitin.

Al cruzar Reforma llegamos a unas vecindades donde la gente nos gritaba: “Vengan, vengan, nosotros los protegemos”. Nos condujeron al interior de sus viviendas, antiguas vecindades cortadas como rebanadas de pastel para abrir Reforma en 1964, último año del gobierno de Adolfo López Mateos e inicio del de Gustavo Díaz Ordaz. Ese mismo año de 1964 se inauguró ese tramo de Reforma, la Unidad Tlatelolco, el Museo de Arte Moderno de Chapultepec y muchas otras obras gestionadas durante el gobierno de López Mateos.

Tlatelolco es una unidad de varios miles de departamentos. Desde entonces y hasta la fecha quizá la unidad de interés social más grande construida, habitada por gente de la colonia Guerrero, como Jorge Meléndez, que tras la demolición de su vivienda fue a vivir a los departamentos pequeños en la unidad. Había también gente, como se estilaba entonces, a la que el gobierno había dotado de vivienda, entre ellos mi amigo José Natividad Rosales, reportero de la revista Siempre!; también tenía un departamento ahí La China Mendoza. El resto era compuesto por personas de distintos rumbos de la ciudad. En las torres como la del edificio Nuevo León —que tiró el sismo de 1985—, vivía una clase media un poco más desahogada, debido a que sus departamentos eran más grandes y caros.

Conocía Tlatelolco. Muchas veces visité a Natividad Rosales, que vivía en el edificio 2 de Abril. También visité a Jorge Meléndez en uno de los edificios pequeños, muy cerca también de la Plaza de Tlatelolco. Alguna ocasión visité a la familia Condés, que vivía al otro lado de la Unidad Tlatelolco entre Insurgentes Norte, Manuel González, Flores Magón y la avenida Guerrero. En el cuadrante donde estaba una nevería Dairy Queen vivía esta familia, cuyo hijo Enrique estaba en la cárcel desde 1967 por intentar colocar una bomba en la embajada de Bolivia, en protesta por la muerte del Che Guevara.

Por todo esto y porque soy un vago de ciudad, conocía Tlatelolco bastante bien. Eso, además de la buena suerte, me sirvió para salvar la vida o, cuando menos, la libertad.

Después de salir de Tlatelolco permanecimos alrededor de media hora en una de las viviendas donde nos dieron pan y chocolate “para el miedo, para los nervios”. Cuando los vecinos dijeron: “Ya se fue la tropa, pueden salir”, salimos de las casuchas de estas personas impresionantemente solidarias, valientes, hospitalarias. Lo primero que se me ocurrió fue buscar un taxi por el rumbo de la prolongación de la calle Bolívar para dirigirnos a casa de mis tías en la colonia Álamos. Al llegar le pedí al taxista que nos dejara en el parque. Por seguridad no quería que nos dejara frente al portón de la calle Andalucía 168, donde vivían mis tías. Eso lo había aprendido como parte de la cultura clandestina del Partido Comunista Mexicano.

Al llegar a la casa de mis tías estaba angustiado terriblemente porque no encontramos a mi primo Rubén. Simulamos que veníamos de cualquier otra parte y no comentamos nada. Nuestras tías preguntaron sobre Rubén. “Ah, llega al rato, no se preocupen”, contestamos.

En la casa de mis tías vimos el noticiero que conducía Ignacio Martínez Carpinteiro, el noticiero Excélsior, que dio cuenta de lo sucedido con las siguientes palabras: esta tarde en Tlatelolco hubo un enfrentamiento de estudiantes contra el Ejército, al cual dispararon. Hay un número alto de heridos y algunos muertos, producto de una agresión de estudiantes francotiradores contra los soldados. Al escuchar eso se me puso la piel de gallina pero mantuve la calma, y casi de manera milagrosa apareció en ese momento mi primo Rubén.

Inventé que iba a ver a unos compañeros de la escuela para hacer una tarea y me dirigí a la colonia Del Valle, a un departamento al que llamábamos La República.

Los integrantes de la Juventud Comunista de la Escuela de Economía teníamos un sitio que utilizamos como mecanismo de seguridad. Después de cada manifestación, mitin, brigada o cada pinta, acudíamos para reportarnos y comentar sobre nuestro estado y saber si alguien estaba detenido, herido, etcétera.


Del Val nos recibió al llegar a La República. El espacio era un departamento que rentaba Alfonso Vadillo y un conjunto de rock, Los Monjes, de quienes era el gerente. Del Val abrió y nos dijo: “Faltan Pablo y El Búho”. A renglón seguido tanto Del Val como Bonfilio contaron la terrible odisea que vivieron en Tlatelolco.

Al comienzo de los disparos se guarecieron en uno de los negocios que había en los bajos del edificio Chihuahua. Al parecer era una peluquería o taquería. Los soldados los retuvieron por unos minutos y les dijeron: “Cabrones, los vamos a usar de trinchera para que vean lo que se siente”. Estuvieron delante de unos soldados en posición de disparar por bastante tiempo ahí. En una de esas, Miguel Ángel Salvoch, quien murió hace poco tiempo, recibió una bala en sedal en la frente. Por las características de lugar donde recibió el disparo, su cabeza se manchó inmediatamente de sangre y nadie sabía, ni Bonfilio ni Del Val, si era una herida o sólo un rozón, como finalmente se supo. Como pudo, Del Val le aplicó un torniquete a Salvoch y, en cuanto pudieron, lo llevaron a la primera ambulancia que se toparon, una ambulancia del Ejército. En esa ambulancia se llevaron a Salvoch al campo militar y un soldado u oficial dijo: “Este no tiene que estar aquí, regrésenlo”. Lo regresaron a Tlatelolco en medio de la balacera, y más tarde fue trasladado a una ambulancia de la Cruz Roja en calidad de detenido y herido.

Gracias a que su hermano era alto funcionario de ICA logró escapar y no lo detuvieron. Afortunadamente, su herida era una simple bala que rozó el cráneo. De otra manera Salvoch hubiera sido una de las 58 víctimas civiles comprobadas que murieron en la Plaza de Tlatelolco, más dos soldados muertos. Esa cifra la conseguimos Miguel Eduardo Valle y yo en una investigación que hicimos basada en las indagaciones de la fiscalía que dirigió Ignacio Carrillo Prieto.

Con nombre y apellido se tienen comprobados 58 civiles y dos militares muertos. Es decir, 60 en Tlatelolco y otras 10 personas murieron desde los enfrentamientos del 26 de julio. Después asesinaron a otros 17. Sumados a los 68, 85 personas murieron a lo largo del movimiento, desde el 26 de julio hasta los primeros días de enero de 1969.

En el mitin de Tlatelolco había unas 10 mil personas. Entre dos mil y tres mil fueron detenidas y llevadas al campo militar de manera ilegal. No había razón para detener a civiles o mandarlos a penales como Santa Martha o Lecumberri. Al quitar a los muertos no localizados, el número podría subir una decena más. Los detenidos fueron unos tres mil. 200 heridos de distinto tipo. Si restamos tres mil detenidos en Santa Martha, Lecumberri y el Campo Militar Número 1, nos quedan siete mil. Menos un centenar de heridos, nos quedan seis mil 900; menos unas 80 personas muertas, nos quedan unos seis mil 800. Es decir, no fui el único. Más de seis mil, casi siete mil personas estuvimos en Tlatelolco y logramos salir sin ser detenidos ni heridos, mucho menos muertos.

Una versión amarillista e irresponsable, repetida por lo dicho por Oriana Fallaci, herida en Tlatelolco —por cierto en una nalga—, dijo que “ni en Vietnam había visto tal violencia como la que desató el Ejército contra los estudiantes”. A la frase de “ni en Vietnam me ocurrió eso”, añadió: “Hubo 500 muertos en Tlatelolco”. La cifra la repitió The Guardian, el periódico inglés. Después, una buena parte de los dirigentes del CNH la hizo propia, entre ellos Raúl Álvarez, Gilberto Guevara y otros. 500 muertos fue una versión amarillista, estridente, que lejos de servirle al movimiento le sirvió al Estado.

El presidente Gustavo Díaz Ordaz siempre admitió que hubo 27 personas muertas en Tlatelolco, número que coincidió con la investigación que hizo el Comité del 68 presidido por Raúl Álvarez. Los nombres de las víctimas se inmortalizaron en la estela de Tlatelolco con motivo del 30 aniversario del 68, en 1998.

Hay centenares de historias sobre la Plaza de Tlatelolco. Una versión que recomiendo es la narración, hora por hora, desde las siete de la mañana del 2 de octubre hasta la madrugada del día 3, que hace Miguel Eduardo Valle en su obra El año de la rebelión por la democracia, editada en 2008.1 En dicho libro hace un relato pormenorizado de cómo, desde las nueve de la mañana, los batallones se prepararon para ir a Tlatelolco, cómo se produjo la señal de bengala, cómo actuó el Batallón Olimpia, cómo dispararon contra la gente.

Puedo afirmar que la matanza del 2 de octubre en Tlatelolco estuvo planeada a la perfección por el gobierno de Gustavo Díaz Ordaz y varios batallones del Ejército, entre ellos el Olimpia, regular del Ejército. Éste no era un aparato paramilitar como los Halcones, el Batallón Olimpia fue creado con el fin de dar seguridad a los Juegos Olímpicos, de ahí su nombre. Llegaron a Tlatelolco vestidos de civil con un guante blanco y, ante la confusión, gritaron durante varios momentos: “Aquí Batallón Olimpia, no disparen”. Esto lo registra Miguel Eduardo Valle antes que Luis González de Alba en un artículo publicado en la revista ¿Por qué?, dirigida por Mario Menéndez. En ese artículo se publicaron las fotos más dramáticas de los cadáveres, en las planchas del Servicio Médico Forense.


La “teoría” de un supuesto cerco, una emboscada al Ejército, creada por el Estado Mayor Presidencial y Echeverría, es una falacia. Esto lo insinúa el general Marcelino García Barragán en sus supuestas memorias, divulgadas por su hijo. Esas memorias las tomaron Carlos Monsiváis y Julio Scherer para uno de sus libros, Parte de guerra. Pero no se preocuparon por demostrarlo con datos duros. Es una falacia que el Ejército fue víctima de una celada, de una emboscada y que fue blanco de francotiradores desde los edificios. La primera versión del gobierno fue que fueron los propios estudiantes quienes lo hicieron. Esta versión la divulgaron la televisión, radio, prensa; las cámaras de Senadores y Diputados; las distintas organizaciones del sindicalismo charro; todas las organizaciones de los patrones, agrupadas en cámaras. Y por supuesto, la replicaron todos los partidos de esa época, con una excepción quizá un poco matizada del PAN. Es totalmente falso que hubiera una emboscada, mucho menos un intento de golpe de Estado, como quiso decir Marcelino Perelló. Pero el Ejército nunca fue víctima de esa matanza.

La matanza de Tlatelolco fue una acción deliberada planeada por el Estado. Existen miles de evidencias: varios departamentos contiguos a la Plaza de las Tres Culturas fueron previamente ocupados por oficiales del Ejército. Luis Echeverría Álvarez, entonces secretario de Gobernación, ordenó a un cineasta de triste memoria que se instalara en las oficinas de la Secretaría de Relaciones Exteriores en Tlatelolco para filmar toda la masacre. El cineasta Demetrio Bilbatúa registró en varios miles de pies filmados en nueve o 35 milímetros lo ocurrido en la Plaza de las Tres Culturas ese 2 de octubre. Sería muy importante conocer esas filmaciones para detallar lo ocurrido esa noche. Bilbatúa dijo que las cintas fueron decomisadas por el propio Echeverría. Es momento de que se den a conocer los miles de pies filmados por Bilbatúa.

Debemos exigir también que se den a conocer los videotapes filmados por Televisa y los que tienen la Defensa Nacional y el gobierno del Distrito Federal, hoy Ciudad de México. Estos archivos aún no se han abierto.

Repito, existen múltiples versiones sobre lo que sucedió ahí, estaban cerca de 10 mil personas, pero muchas son producto de la fantasía. Hay incluso una de alguien que cuenta, ante las cámaras de cadenas de televisión internacional, que su novia murió en sus brazos. Inventar historias dramáticas se convirtió en un ritual siniestro. De broma he dicho que si todos los que dicen haber estado en la plaza el 2 de octubre de 1968 estuvieron ahí, seríamos casi un millón de personas, porque a todo mundo le dio por ponerse la medalla de héroe por haber estado en Tlatelolco.

Lo digo con todas sus palabras: no soy un niño héroe del 2 de octubre del 68. Haber estado o no en Tlatelolco no crea ningún mérito. Pero sí es uno de los episodios más ominosos de nuestra historia y del comportamiento que tuvo el gobierno, el Ejército, los distintos órganos del Estado mexicano, y por supuesto de todas las fuerzas denominadas poderes fácticos: sindicatos, prensa, medios, patrones. Todos fueron cómplices de este genocidio perpetrado a lo largo de un decenio por el Estado mexicano.


¿De qué sirvió el 68?

¿Para qué sirvió el 68? ¿Se redujo a una matanza salvaje del Estado mexicano contra los estudiantes? ¿Realmente es el antecedente de la llamada transición democrática? ¿Fue sólo una algarada juvenil sin consecuencias? ¿Fue una conjura castro-comunista como dijo Echeverría? ¿Cómo se puede valorar el movimiento 50 años después?

Estas y otras preguntas habrá que responder tras la perspectiva o retrospectiva que otorga el tiempo. Ningún movimiento social se puede “medir” por logros o cambios precisos. Solamente las revoluciones pueden establecer con claridad dónde se encuentra la ruptura o el cambio que generan. No se puede determinar con exactitud qué tanto se transformó o cuál fue el movimiento específico. Incluso es difícil encontrar el cambio tras dibujar paralelos con Francia en el Mayo Francés de ese mismo año o los movimientos en más de 60 países.

Lo que sí se puede afirmar es que el movimiento estudiantil mexicano del 68 estuvo inscrito en el panorama mundial de una rebelión estudiantil contra el poder, no es suficiente colocarlo en los parámetros de una geografía nacional o en los de una lucha estudiantil en las calles de la Ciudad de México.

Como parte de esa ola estudiantil de la década de los sesenta el movimiento respondía a una inercia libertaria contra el Estado capitalista, contra la alienación, producto de una formación social en Francia, Estados Unidos, Italia y Alemania. Pero también fue un movimiento contra la perversión que sufrió el socialismo existente en la Unión Soviética, Polonia, Checoslovaquia, incluso en Cuba.

Una de sus grandes aportaciones fue el rescate de la lucha contra el poder, contra el poder familiar, contra el poder escolar, contra el poder estatal, contra el poder militar, contra todos los poderes que lesionaron, lastimaron y oprimieron al conjunto social. Fue un movimiento que se propuso, sin hacerlo explícito, representar el conjunto del interés general contra ese Estado opresivo, alienante, explotador, que tenía el planeta durante la década de los sesenta.

En el caso de México el movimiento encarnó las apetencias de lucha contra un Estado autoritario, producto de la dominación de varias décadas del PRI y de su herramienta ideológica: la Revolución mexicana. Por eso, juzgar al 68 por el pliego petitorio no contribuye a comprender qué movía ese proceso.

Tampoco es suficiente colocarlo y verlo con el prisma de los intereses que dos décadas después tuvo la lucha electoral de 1988, y por ello convertirlo en un simple antecedente de la denominada lucha democrática o de la transición democrática.

El movimiento del 68 generó, sin proponérselo, que un sector del mismo, harto de la violencia, estuviera convencido de que no había otra vía para terminar con la dictablandaque el levantamiento armado. Por esa razón produjo un verdadero movimiento armado que ocupó a cientos y quizá miles de jóvenes durante los años sesenta en prácticamente todo el país, pero sobre todo en las ciudades de México, Monterrey, Chihuahua, Culiacán, Acapulco, Guadalajara, entre otras.

Esos movimientos estudiantiles, convertidos en movimientos armados, no recibieron apoyo internacional. Tenían un armamento magro y se enfrentaban con un aparato militar más poderoso que su propia capacidad de respuesta.

A cinco décadas, el 68 mexicano puede parecer un referente tan lejano y cerrado casi intrascendente. Para muchos jóvenes el movimiento fue incapaz de conmover las estructuras autoritarias del Estado mexicano. La consecuencia es que vivimos una realidad opresiva, con una desigualdad creciente, con una pobreza y miserias impresionantes, y una violencia que ha llegado a extremos inimaginables, misma que ha producido más de 200 mil muertos. Las cifras inmensas también tienen desaparecidos con cerca de 30 mil y múltiples hechos de violencia cotidiana. En esa perspectiva, algunos consideran que el 68 no sirvió absolutamente para nada.

En otra vista, si se coloca al 68 como simple antesala de la transición democrática, también se le puede considerar como un movimiento derrotado, como un movimiento frustrado.

Trataré de verlo aquí de una forma más dinámica. No lo acotaré ni delimitaré por los seis puntos.2 Mucho menos pensaré en él como la vista posterior de un proceso político articulado por el sistema político mexicano, como es todo el sistema de la partidocracia mexicana.

Tampoco puede ser solamente contemplado como una épica o un movimiento de víctimas que sea sometido a un juicio de carácter legal y que aspira a ser compensado con las denominadas medidas de “reparación del daño” de las justicias transicionales. Esa política sería muy lamentable y ayudaría al Estado mexicano actual, que daría “dádivas” a víctimas imposibles de determinar. ¿Cuál sería el universo de las víctimas? ¿El de los participantes durante el movimiento, unas 300 mil personas? ¿El de los asistentes a las marchas? ¿El de los presentes en la matanza del 2 de octubre? ¿Los familiares de las casi 100 o más personas muertas a lo largo del 68? ¿El de los 68 procesados durante más de tres años en Lecumberri? Esta reparación sería completamente arbitraria y serviría para que el Estado pudiera superar su responsabilidad por el genocidio.

Mucho menos es suficiente ver el procesamiento de los genocidas como algo que haya fracasado. No hay que olvidar que Luis Echeverría fue procesado y reo por el delito de genocidio. Así se recuerda en el libro de Miguel Eduardo Valle, El año de la rebelión por la democracia:

A finales de mayo de 2007, Luis Echeverría Álvarez presidente de la República mexicana de 1970 a 1976 resentía los efectos de un auto de formal prisión resuelto en su contra por su presunta responsabilidad en hechos ocurridos durante el desarrollo del Movimiento Estudiantil de 1968, acusado por la Fiscalía Especial para Movimientos Sociales y Políticos del Pasado (FEMOSPP), del delito de genocidio. El ex mandatario se encontraba sujeto a arresto domiciliario, beneficio otorgado por la ley debido a su avanzada edad y hasta ese momento no había sido fichado, ficha signalética, la cual incluye las principales características físicas de un indiciado y sus huellas digitales junto con diversas fotografías; ni se le había practicado un estudio criminológico debido a que el Quinto Tribunal Colegiado en Materia Penal resolvió que así se procediera en su caso. Con todo un prestigiado magistrado del Poder Judicial de la Federación Jesús Guadalupe Luna Altamirano, titular del Tercer Tribunal Unitario en Materia Penal, tenía la facultad para resolver en definitiva sobre el destino de ese auto de formal prisión relacionado con lo ocurrido en 1968.

Casi tres años antes, el 22 de julio de 2004, la Fiscalía Especial consignó a 12 personajes. Incluyeron a Echeverría y a Mario Moya Palencia, quien fuera secretario de Gobernación, por el delito de genocidio por los hechos ocurridos el 10 de junio de 1971 ante el Juez Segundo de Procesos Penales Federales, licenciado José César Flores Rodríguez, quien dictaminó que el delito había prescrito y rechazó dictar las órdenes de aprehensión.3

En fin, durante un largo proceso se consiguió que Echeverría estuviera preso bajo arresto domiciliario por el delito de genocidio. De esa manera, no se puede decir que el 68 fue un acto más de impunidad. Se logró consignar y apresar en su domicilio al ex presidente Echeverría y también a Nazar Haro, y a otros más, por el delito de genocidio.

Pero la pregunta es necesaria: ¿de qué sirvió el movimiento del 68? Desde mi óptica, el 68 sirvió para construir un pensamiento distinto al hegemónico de la Revolución mexicana gracias a la lucha de masas que se dio durante ese año y que tuvo como protagonistas a los estudiantes.

Sin embargo, el 68 no pudo atraer a los trabajadores. Sí consiguió alguna simpatía expresada en donaciones en algunos actos con los petroleros, electricistas, ferrocarrileros. Hubo presencia en algunos de sus actos, mítines, marchas, pero ningún sector de trabajadores, por mínimo que fuera, realizó un paro, una huelga solidaria con el movimiento estudiantil. Ésa fue una de sus mayores debilidades, misma que le brindó al Estado la posibilidad de realizar tan cruenta represión sin que ello se tradujera en una reacción de la sociedad.

El movimiento logró conquistar las libertades de expresión en las calles de la ciudad, antes totalmente monopolizadas por el Estado y su partido. Sirvió también para generar una gran cultura en todos sus términos: teatro, cine, literatura, poesía.

En perspectiva, impulsó una generación de mirada libre, mucho más que las generaciones anteriores. Los estudiantes sembraron las semillas que se convirtieron en los años setenta en la insurgencia sindical, y sería absurdo negar que no tuvo una expresión en el plano político-electoral, tanto en la fractura del PRI en 1988 como en las diversas contiendas electorales posteriores.

En muchos sentidos el 68 fue más que los simples seis puntos, lo estrictamente político-electoral y lo que a simple vista puede medirse en términos cuantitativos: fue un movimiento hermano de la gran revuelta planetaria estudiantil que tuvo como eje central la lucha contra el poder.

En síntesis, fue un movimiento libertario enfrentado al poder en todas sus formas: familiar, escolar, político, económico, militar… Se presentó como una opción autónoma de lucha, ajena al interior de las estructuras del Estado mexicano. Su lucha fue contra el Estado capitalista determinado por una ideología que aprovechó y manipuló el ímpetu de la Revolución mexicana y la convirtió en la prisión cultural, mental y política de millones de nacionales, tristemente viva incluso en los partidos supuestamente opositores de la llamada izquierda mexicana.

En ese sentido, la herencia del movimiento tendrá que revivir esa lucha contra la ideología hegemónica que tanto nos ha dañado, en especial a los sectores sociales oprimidos. El 68 entonces no ha terminado: está vigente en su canto libertario, no en la letanía que repite: “2 de octubre no se olvida”.

 


1 Miguel Eduardo Valle Espinosa, El año de la rebelión por la democracia, Oceáno, México, 2008, pp. 79-90.

2 Gilberto Guevara Niebla, La libertad nunca se olvida. Memoria del 68, Cal y arena, México, 2004, p. 110: 1. Libertad a los presos políticos, 2. Destitución de los jefes de policía, 3. Extinción del cuerpo de granaderos, 4. Derogación de los artículos 145 y 145 bis del Código Penal Federal (delito de disolución social), 5. Indemnización a los familiares de las víctimas, 6. Deslinde de las responsabilidades de los actos de represión de las autoridades.