Navolato, la nostalgia como brújula.

Por: Vladimir Ramírez

Cuando recordar no pueda, ¿dónde mi recuerdo irá?

Una cosa es el recuerdo y otra el recordar.

Antonio Machado

Llegué a la Sindicatura de Navolato en el año 69. Con mis padres y todavía en sus brazos, viví una infancia que recorrió la década de los 70 en un pueblo que entonces me parecía una ciudad pequeña, dotada de los todos servicios anhelados por una comunidad, que le auguraban un futuro promisorio.

Con una economía sostenida por su ingenio azucarero, la agricultura y su incipiente comercio, ofrecía a sus habitantes una cierta estabilidad, fincada en su carácter comunitario y el esfuerzo del trabajo colectivo.

Una vida, casi pueblerina, envolvía a las familias –de todavía buenas costumbres- entre la gente y los días cotidianos, se reconocía a las personas, a las familias por sus quehaceres que daban vida a un pueblo en el que, acomodado y a la medida, daba nombre y apellido a todo los oficios.

Un pueblo donde todo parecía estar en armonía: su bella iglesia, con su pintoresca plazuela, una imponente escuela primaria y una moderna clínica-hospital con múltiples servicios culturales y espacios deportivos, un estadio de béisbol que convocaba a aficionados de todas las edades y un colorido mercado popular que ofrecía frescura e inmejorables precios.

A sus calles pavimentadas del centro, diariamente arribaban innumerables visitantes de las comunidades rurales, en bicicletas, caballos y las carretas llamadas “Arañas” y diversos medios de transporte foráneo, dando vida a sus avenidas. Una intensa actividad mantenía a Navolato vital y productivo, todos los días de la semana se trabajaba excepto los jueves, día dedicado a la convivencia familiar y a los días de playa, de Altata, lugar de mar en el que se unían, a veces, el origen y final de cada descanso y cada sonrisa. Era así que Navolato y sus habitantes parecían ser felices.  

Cada domingo en su entrañable plazuela, después de misa, circulaban adolescentes a alrededor de su quiosco, recorrido que permitía a jóvenes y señoritas encontrarse en el camino para giñarse un ojo o compartir la complicidad de una sonrisa. Cada fin de semana la juventud se vestía de fiesta y reuniéndose en tardeadas en su orgulloso Club de Leones, lugar donde el baile, tímido y vacilante fue el inicio del amor eterno de muchos.

Las fiestas públicas para honrar a la independencia del país, que con todas las ocurrencias e ingenio de sus participantes, llenaban de júbilo a sus habitantes, divertidos por el palo ensebado, el torito, los castillos y sus buscapiés de pirotecnia, armaban revuelo al tronido y destello de sus cohetes y chiflantes canastas voladoras. Todo parecía estar bien, en esa comunidad alegre y fiestera.

El Navolato de entonces, se percibía ordenado en sus días, con una rutina y acontecer  cronometrado por el silbar del pitón de su ingenio cañero, todo fluía en armónica rutina,  parecía que todos sus habitantes eran amigos, cuando no familia y aquéllos que se decían enemigos, no lo eran tanto.

Las estaciones del año, traían siempre consigo sus tradicionales festividades, los antojos y delicias compartidas por todos: los heladitos, la nieve del chango, la dulce caña y la lluvia de cenizas, el atole de pinole, los quequis y esquimos, los churros de la plazuela, las quesadillas de Pancho Reyes y sus mañanas de neblina camino a la escuela Benito Juárez, la más grande y antigua primaria de Sinaloa.

En aquellos tiempos, los anocheceres llegaban en el silencio del cantar de los grillos y cigarras; antes de la media noche los vecinos y amigos se reunían a platicar, a jugar un poco a las cartas, haciendo tiempo para despedir la jornada. Se podía caminar por las banquetas del centro despejadas del bullicio donde a veces sólo se escuchaban las piezas musicales de Miguelito el ciego, que con una hoja de árbol tocaba melodías sin saber si el día continuaba o la oscuridad de la noche cubría sus calles.

Todo era posible en ese pueblo encantado por su felicidad, testimonio vivo de un del realismo mágico que fue humano y posible.

Así era Navolato, con estas y otras historias, personajes, en la nostalgia de las virtudes de un pueblo que anunciaba la felicidad de estar juntos, en el día a día del tránsito entre la vida doméstica y el trabajo, como en las ferias que lo vestían de fiesta y llenaban de algarabía.

Un día inesperadamente todo cambio. Algunos como mi padre, dicen que fue cuando lo nombraron municipio, lo sentenciaron con ello a dar por terminada la tranquilidad comunitaria de un pueblo que sabía armonizar la celebración y el trabajo.

Otros, llenos de nostalgia afirman que el abandono del viejo ingenio llenó de tristeza a sus habitantes, una economía debilitada por la deficiente administración pública de sus recursos naturales y fuerza de trabajo.

Los años posteriores a la década de los 90’s del siglo XX, Navolato se convirtió en una de tantas pequeñas ciudades secuestradas por el narcotráfico y su imparable capacidad destructora.

Lo cierto es que Navolato ya no es el mismo, poco queda de aquél pueblo de mis recuerdos juveniles, y de los de muchos que como yo, lo llevaran consigo, para siempre. Queda la nostalgia, de un tiempo pasado que no habrá de volver, pero también como la imagen de una manera de vivir a la que siempre se debe aspirar a retornar, a la de una comunidad que trata de alargar las horas del día reuniéndose a platicar y compartir.